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El tren presidencial, tras el atentado en Comonfort. / FOTO: Archivo Casasola
Eugenio Amézquita

COMONFORT, GTO.- Para muchos, es desconocido un hecho que puso a Comonfort en el centro de las noticias nacionales a principios del siglo XX: El atentado dinamitero al Presidente de la República, Emilio Portes Gil, quien viajara en el llamado "Tren Olivo", dándose el intento de magnicidio a su paso por estas tierras.

Lo interesante del tema, es que es enriquecido por dos investigadores comonforenses. El primero, el cronista del municipio, el Arq. David Carracedo, y el segundo por el historiador Lic. Carlos Francisco Rojas Gómez, coordinador del Archivo Histórico Municipal. Los dos muy amablemente nos comparten sus conocimientos y datos obtenidos con sus respectivos estilos.

Habla el cronista municipal de Comonfort

En su descripción, Carracedo nos dice que "un atentado presidencial siempre es noticia, aun cuando éste haya sido fallido. Para los chamacuerenses este atentado tiene la singularidad de haber sucedido en el territorio de nuestro municipio. Este dato es muy poco conocido, tuvo que ser un hombre de edad avanzada quien me platicara el suceso y me llevara hasta el propio lugar de los hechos".

"Nuevamente, y por tercera ocasión, agradezco al señor Andrés Sepúlveda García el ponerme al tanto de este acontecimiento".

El Tren Olivo

"Antes de relatar el suceso conviene recordar que en los años veinte el tren era el más  importante medio de comunicación en el país. El presidente de la República, para desplazarse por el territorio nacional, utilizaba un tren exclusivo para su uso oficial. Desde 1927 se utilizaba el “Tren Presidencial Olivo”, uno de los más lujosos del mundo, según se cuenta.  Algunos vagones, convenientemente restaurados, se conservan en el Museo Tecnológico de la CFE.  De su lujo dan fe las siguientes fotografías que tomé de la página de la presidencia de la república".

"Pero sobre el suceso en sí,  el mejor testigo y relator de los hechos es el propio Emilio Portes Gil quien nos cuenta: Tal y como se me había anunciado en Tampico, cuando Valente Quintana me entregó la carta de la llamada Liga Defensora de la Libertad Religiosa, el tren presidencial en que viajaba en compañía de mi esposa y de mi pequeña hija Rosalba, entonces de dos años de edad, la mañana del 10 de febrero de 1929 fue dinamitado al llegar al puente ubicado en el kilómetro 327, entre las estaciones de Comonfort y Rinconcillo, en el Estado de Guanajuato".

Y continúa Carracedo citando a Portes Gil: "Serían aproximadamente las seis y media de la mañana del citado día cuando, en los precisos momentos en que terminaba de vestirme, se sintió un fortísimo choque en el tren. Inmediatamente salí, para darme cuenta de lo que ocurría, reuniéndose conmigo los señores generales Joaquín Amaro, secretario de Guerra y Marina; Anselmo Macías V., jefe de las Guardias Presidenciales; Ing. Marte R. Gómez, secretario de Comunicaciones y Obras Públicas; Enrique C. Osornio, jefe del Servicio Médico Militar; Ing. Mariano Cabrera, director general de los Ferrocarriles Nacionales; Valente Quintana, jefe de las Comisiones de Seguridad; Adolfo Roldán, secretario particular, y otras personas, civiles y militares, que me acompañaban en mi recorrido".



"Momentos después del accidente se me presentó el presidente municipal de Celaya, licenciado Ernesto Gallardo, actualmente subdirector administrativo del Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado, y otros funcionarios de la ciudad para ponerse a mis órdenes.
Todos pudimos darnos cuenta de que la dinamita que estalló había sido colocada bajo el puente, en cuyo lugar se encontraban aún varios cartuchos que no habían hecho explosión".

"Cerca del sitio de la voladura había huellas que demostraban que los autores habían pasado la noche -o quizá días- en espera del tren. El saldo de aquel atentado dinamitero fue la muerte del garrotero Agustín Cárdenas; la destrucción de dos carros pullman y la voladura de la locomotora y el tanque que saltaron sobre el puente".



Explica Carracedo que "antes de seguir la narración de Portes Gil, le muestro un mapa donde marcamos la ubicación del puente, éste dista  6 kilómetros de la estación de Ferrocarril de Comonfort y cruza un pequeño arroyo, de muy ocasional cause.  Don Andrés Sepúlveda lo llama “Puente San Pedro” y puso más empeño que un servidor para llegar hasta él, no obstante sus años y sus dificultades para desplazarse".

"Finalmente llegamos, luego de transitar los caminos paralelos a la vía de norte a sur, habiéndolo intentado de sur a norte. ¿Qué tanto este puente será el mismo de aquél entonces? La mampostería de los muros que sostienen el puente se ve sumamente añeja,  bien pudiera ser la original. La narración de los hechos no dice que el puente haya sido destruido.  El resto de los elementos seguramente si son posteriores a la fecha del suceso".



Cita el cronista municipal  de Comonfort: "Quizá, amable lector, se pregunte el  por qué de este atentado. El presidente Portes Gil había sido amenazado de muerte si no procedía a indultar a José de León Toral, asesino material del presidente electo Álvaro Obregón. La ejecución de León Toral sucedió el 9 de febrero. Es decir que un día después los autores del atentado cumplieron su amenaza".

"Al respecto, nuevamente Emilio Portes Gil nos dice. De las investigaciones que, para descubrir a los autores intelectuales del atentado, practicó el detective Valente Quintana, llegó a la conclusión de que la carta recibida en la Inspección General de Policía había sido escrita por una distinguida dama de la ciudad de México, miembro de la Liga Defensora de la Libertad Religiosa. Esta misma señora confesó a Quintana su participación y, arrepentida, se resolvió a denunciar a la policía aquel hecho.
En cuanto a los autores materiales, lo fueron un muchacho de 17 años, de nombre Fernando Islas, aprehendido en la casa de la señora Concepción del Moral, en la ciudad de Celaya, y Eulalio Anaya, que logró fugarse". 

"La señora Del Moral manifestó que había sido llamada a México por señoras de la Liga Defensora de la Libertad Religiosa, quienes le entregaron trescientos pesos para que a su vez se los diera a un muchacho de nombre Fernando Islas a quien no conocía, éste negó terminantemente ser el autor del delito y para evitar que las autoridades inferiores cometieran con él una violencia, opté por mandarlo a las Islas Marías, recomendándole al Gral. Múgica, director de dicho penal que se le enseñara algún oficio".

"Antes de entregar el poder a mi sucesor, el Gral. Múgica llevó a mi presencia a Islas y al interrogarlo para que confesara su delito, se negó terminantemente, y al decirme que pensaba radicarse en León para dedicarse al oficio de zapatero, le regalé mil pesos, poniéndolo en libertad. Durante años no volví a saber de este individuo hasta que Agustín Arroyo Ch. me informó que vivía en León en donde era propietario de un importante taller de calzado. En cuanto a la señora Concepción del Moral, cómplice de los dinamiteros, fue puesta en libertad inmediatamente después de haberse cometido el atentado".
"Es por demás extraño que, habiendo explotado unos cartuchos, otros permaneciesen intactos;siendo tan susceptibles a detonar ¿por qué no explotaron? Sólo pueden hacerse conjeturas, pero en lo personal, amable lector, tengo dos razones para alegrarme de que el atentado haya fallado en su objetivo (lamento por supuesto el deceso del inocente garrotero Agustín Cárdenas): Por una parte, me impresiona la magnanimidad que el Presidente expresa en el último párrafo transcrito, ya sea que fuera auténtica o por motivos de imagen pública. Y por otra parte no quiero imaginar que el Presidente de la República hubiera muerto en territorio chamacuerense, si por un expresidente sumamente gris, muerto en el extremo sur de Chamacuero, le cambiaron el nombre al pueblo y al municipio, con más razón por un presidente en funciones".



"¿Cómo hubiera quedado el nombre?  ¿Chamacuero de Comonfort de Portes Gil? ¿San Francisco de Chamacuero Portes Gil?  O Comonfort De Portes. Lo cual haría que los fuereños pensaran que todos somos bien asiduos al fútbol o a la maratón. Para bien de casi todos, la mitad de la dinamita no hizo explosión y aquí siendo un poco irónico diré que, aunque la Liga Defensora de la Libertad Religiosa quería que el tren completo volara, no quiso Dios que así sucediera".

La investigación del historiador Carlos Francisco Rojas Gómez

El Lic. Carlos Francisco Rojas Gómez explica, los datos de su investigación. "La mañana del domingo 10 de febrero de 1929 el tren presidencial en que viajaba Emilio Portes Gil, su familia y algunos funcionarios que lo acompañaron a Tamaulipas para una reunión con las autoridades de ese estado, detuvo su camino al volcar sobre las vías debido a una explosión de dinamita. La volcadura tuvo lugar en el kilómetro 327  entre las estaciones de Rinconcillo y Comonfort [1], en un puente entre las comunidades de San Pedro y Arias en el municipio de Comonfort, Gto".


"El atentado era la respuesta, por parte de los grupos cristeros, al fusilamiento de José León Toral llevado a cabo un día antes, el sábado 9 de febrero en la Ciudad de México. Toral había sido sentenciado por perpetrar el asesinado del presidente electo Álvaro Obregón en el restaurante La Bombilla en la Ciudad de México. Los miembros de la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa (LNDLR) habían amenazado al presidente Portes Gil para impedir que llevará a cabo la sentencia sobre Toral, sin embargo esto no sirvió de nada".

Fusilamiento de León Toral./ FOTO: Archivo Casasola
"De la misma manera que la amenaza no tuvo efecto para cambiar la decisión sobre la vida de Toral, el atentado tampoco logró su cometido, pues el presidente, su familia y los funcionarios que lo acompañaban salieron ilesos, perdiendo la vida un garrotero de nombre Agustín Cárdenas [2].  Las investigaciones realizadas posteriormente indicaron la intervención de hombres y mujeres de la LNDLR, en particular de algunos vecinos de Celaya, pero el testimonio de un hombre originario de la comunidad de Orduña de Abajo, muy cerca de donde ocurrió el atentado permite apreciar la participación de los cristeros y sus simpatizantes en Comonfort".

"Según recordó el señor Santiago Valle (†), él era un niño cuando veía que a su casa asistían frecuentemente algunos hombres armados, entre ellos un tal Sidronio Muñoz, de quien después se enteró fue apresado junto a un tío suyo llamado Juan Valle, acusados de ser cristeros y de haber participado en el atentado al presidente de la República. Aunque Santiago Valle negó que su tío hubiese andado con los cristeros los documentos demuestran su participación. Entre los recuerdos del señor Valle también estaba la ocasión en que unos señores llevaron algunos paquetes a su casa, allí los guardaron sus padres, pasados algunos días (no recordó cuanto tiempo) fueron a recoger el encargo; después supo que era la dinamita que se utilizó para volar el tren presidencial [3]".

"No fue la única ocasión que los cristeros se hicieron presentes en Comonfort, para cuando sucede el atentado al tren presidencial, los comonforenses partidarios de la causa cristera ya tenían tres años de experiencias en la guerra, y más de dos décadas de formación de una conciencia político-social".

Parroquia de San Miguel de Allende. Año 1900

"Los primeros brotes de rebelión se dieron al norte del municipio en las comunidades colindantes con San Miguel de Allende y Apaseo el Grande y se integraron a los grupos que dirigió el ex general federal Rodolfo Gallegos, quien vivía en Celaya y que fue contactado por gente del comité local de la Liga de San Miguel de Allende. Este grupo inició su movimiento en el rancho de la Lagunilla a inicios de octubre de 1926 y con la ayuda de un sacerdote de nombre José Isabel Salinas, quien probablemente era vicario de ese lugar. Aunque Gallegos fue asesinado el 4 de mayo de 1927 otros jefes cristeros siguieron con su lucha en la región, entre ellos hay que mencionar a Fortino Sánchez, Refugio Avilés, Próspero Jiménez, Casimiro Becerra y Sidronio Muñoz".

Precisa el historiador Rojas Gómez que "los cristeros tomaron en varias ocasiones el pueblo y asaltaron la estación del ferrocarril, casi siempre con la ayuda de las autoridades locales, quienes eran denunciadas porque hacían caso omiso de las leyes e incluso eran aliados y en algunos casos, subalternos de los sacerdotes [4]. Esta acusación era acertada en Comonfort, por lo menos con algunas autoridades locales, como en el gobierno del presidente municipal Miguel Hernández, quien en febrero de 1927 informaba a la Secretaría de Gobernación que hacía todo lo posible por localizar a los sacerdotes pero no podía encontrarlos [5], cuando de todos era sabido que el párroco Florentino Valencia seguía dando asesoría espiritual a las asociaciones piadosas como la Vela Perpetua [6]".

Comonfort de Chamacuero. Hacia el año 1920.
"Aunque las autoridades municipales dirigidas por Miguel Hernández “por razón natural se mantienen dentro del orden legal, sin embargo parece que no se hallan muy identificadas con el Gobierno sino mas [sic] bien con los rebeldes”. Hernández era acusado de que el 4 de abril cuando Refugio Avilés se apoderó de la población éste se escondió en una panadería cuando ya había dado instrucciones a sus empleados de que no se opusieran a los cristeros [7]. Y no era la única denuncia, un vecino del pueblo que no simpatizaba con los alzados le escribía al secretario de gobernación lo siguiente: “por todos estos rumbos son muy fanáticos y creo que no pierden la oportunidad de aprovechar cualquier movimiento armado, y como las autoridades civiles tal parece que son complacientes, por eso prosperan los levantamientos.”[8]"

"Pero los cristeros no siempre gozaron de las simpatías de las autoridades locales. Después de Miguel Hernández, siguió en el gobierno municipal Ranulfo Centeno quien informaba más seguido a las autoridades de los movimientos de los cristeros y salía a perseguir las gavillas con la policía local y los elementos federales [9], llegando incluso a diferir con el presidente de San Miguel de Allende sobre los movimientos de los grupos armados que merodeaban la zona. En enero de 1928 Centeno avisaba que había alrededor de 100 rebeldes en Las Minas, entre los dos municipios, y el presidente de Allende contestaba que todo eso era falso, pues “todo estaba en tranquilidad” [10] cuando era evidente que la zona estaba bajo control cristero".

"Además de la colaboración y silencio cómplice de las autoridades los pobladores también hacían lo propio. Por ejemplo, el 3 de marzo de 1927 la Estación del Ferrocarril de Comonfort fue asaltada y robada; los cristeros, según declaraciones del encargado Agapito E. Lira, no paraban de golpear la puerta y éste tuvo que abrir por miedo a que la fueran a tirar y lo colgaran; se llevaron los fondos y un reloj. Cuando los agentes de Gobernación hicieron la investigación y preguntaron a los vecinos, todos coincidieron en que no habían visto ni escuchado nada [11]".

"De manera más abierta se vio la simpatía el 4 de abril de 1927 cuando la población fue asaltada por Refugio Avilés y Próspero Aguilera; estuvieron en el pueblo alrededor de una hora y media, dejaron libres a los presos y robaron la Tesorería, la Receptoría de Rentas y la Estación de Ferrocarril además del caballo de un vecino. Mientras andaban por la calles gritaban ¡Viva Cristo Rey!, compraron en las tiendas de la población sin que se reportara ningún abuso contra los negocios; al salir del pueblo  fueron acompañados por un grupo de alrededor de doscientos vecinos que gritaban ¡Viva Cristo Rey![12]"

"Para 1929 fue notoria la reorganización de los cristeros y la efectividad de sus acciones en la región, prueba de esto fue la orden de reconcentración, estrategia que consistía en mantener a las personas en una hacienda evitando pudieran seguir a los cristeros; muchas personas fueron fusiladas por no refugiarse en una finca y muchos jacales y chozas que estaban en el monte fueron quemados en algunas comunidades de San Miguel, Comonfort y Apaseo, pues eran consideradas “zona rebelde”.

Se puede decir que el atentado al presidente Portes Gil, si bien es una respuesta a una situación ajena a la región, también es la evidencia de la organización y de las redes de colaboración con que se contaba en ese momento. En agosto de 1929, un mes después del licenciamiento de las tropas cristeras, en Empalme Escobedo fueron capturados los jefes  Sidronio Muñoz, Jesús Villafranco y Juan Valle [13], el cristero de Orduña,  sobre quienes también había la sospecha de su intervención en el atentado dinamitero, y quienes según don Santiago Valle (†) sí estuvieron involucrados (excepto su tío Juan) y fueron entregados por una mujer, miembro de la Vela Perpetua de Comonfort [14].

La guerra dejó una huella en los habitantes del pueblo, los cristeros tomaron diversos caminos, quien depuso las armas, quien nunca las dejó y siguió en la lucha, quien se alejó de la Iglesia por sentirse traicionado con los “arreglos”, quien se integró a las nuevas organización religiosas. La vida no sería la misma y tardaría en regresar a la normalidad, pero se dejó la huella de una tradición social y política conservadora que se haría presente durante los años siguientes.

NOTAS
[1] Archivo General del Gobierno del Estado de Guanajuato (AGGEG), Fondo Secretaría General de Gobierno (FSGG), Sección 1er. Departamento, 1929, Exp. 66, Clasificación 1.54 (10)2. Archivo General del Poder Judicial Federal en Guanajuato (AGPJFG), 1º Distrito, Serie Penal, 1929, Legajo 1, Exp. 19.
[2] Ibídem.
[3] Conversación con el señor Santiago Valle (†), 1 de abril de 2016.
[4] AGGEG, FSGG, Sección 1er. Departamento, 1928, Exp. 12, Clasificación 1.40 (78)12.
[5] Archivo General de la Nación (AGN), Fondo Secretaría de Gobernación (FSG), Sección Dirección de Investigaciones Políticas y Sociales (SDIPS), Caja 210, Exp. 08, Clasificación 313.1-12 (4.4), f. 116.
[6] Archivo Histórico Parroquial de San Francisco de Asís, Comonfort, Gto., Libro de cuentas de la Asociación de la Vela Perpetua, años 1926-1929.
[7] AGN, FSG, SDIPS, Caja 247, Exp. 58, Clasificación 313.1-1068.
[8] AGN, FSGG, SDIPS, Caja 2022 B, Exp. 47, Clasificación 313.1-367.
[9] Como el 2 de marzo cuando combatió a los cristeros cerca de la cabecera municipal. AGGEG, FSGG, Sección 1er. Departamento, 1928, Exp. 1, Clasificación 1.54 (9) 1.
[10] Ibídem.
[11] AGPJFG, 1º Distrito, Serie Penal, 1927, Legajo 2, Exp. 40.
[12] Ibídem, fs. 5, 14 y 15. AGN, FSG, SDIPS, Caja 247, Exp. 58, Clasificación 313.1-1068.
[13] AGGEG, FSGG, Sección 1er. Departamento, 1929, Exp. 70, Clasificación 1.54 (10)6.
[14] Conversación con el señor Santiago Valle (†), 1 de abril de 2016.

Escopeteros de Apaseo el Alto./ FOTO: Archivo Francisco Sauza Vega
Francisco Sauza Vega
Cronista Municipal de Apaseo el Alto

Apaseo el Alto al igual que todos los pueblos precolombinos era un pueblo artesanal por naturaleza y necesidad. Los metates y molcajetes, utensilios pétreos para sus cocinas eran indispensables entre las familias y la gran variedad de formas y tamaños hacían la diferencia entre lo artesanal y lo estrictamente utilitario.

Los hallazgos en las múltiples zonas arqueológicas del territorio de Apaseo el Alto lo confirman como un pueblo de naturaleza artesanal.

Enmarcado en la zona de influencia de la Cultura de Chupícuaro, el prehispánico poblado se caracterizó por la confección de todo tipo de vasijas de barro, cuyos diseños no reflejaron homogeneidad en sus trazos, esgrafiados, texturas y tinturas, debido probablemente a lo trashumante de sus tribus. En los múltiples sitios arqueológicos existentes en el municipio, abundan los vestigios de nuestros ancestrales alfareros, muestra inequívoca de su cotidiano quehacer que, además de ser satisfactor de primera necesidad se convirtió en oficio y forma de vida.

En Apaseo el Alto, los alfareros se establecieron en un barrio en donde cohabitaban los más prolíficos y especializados productores de ollas, cántaros, chondos y muy especialmente platos finamente terminados que abastecían y ocupaban un lugar preponderante en las cocinas de las vetustas chozas, jacales y casitas de adobe de toda la región. Don Juan Martínez Sauza fue un artesano del barro que reencarnó en un artista de la Talla de Madera y que aparecía en el teatro de la vida, portando sus fantásticas máscaras que hacía para representación de las representaciones teatrales.

El pueblo fue adquiriendo otras modalidades para darle variedad a los enseres domésticos y cuando inventó la alfarería, adquirió identidad como una aldea altamente especializada en la elaboración de variados objetos de barro de uso doméstico, tales como los platos , ollas, cántaros, chondos, silbatos y ocarinas y demás utensilios imprescindibles en las humildes chozas del poblado.

Con el paso de los años Apaseo el Alto no abandonó su vocación de alfareros. Los tianguis del pueblo y la región eran amenizados por los Chonderos que ofrecían bellas piezas de barro diseñados y elaborados por los naturales del lugar. Desafortunadamente un día se descubrieron y comercializaron los objetos de plástico y paulatinamente, los alfareros fueron desapareciendo y con ellos la Calle de los Chonderos.

Los vendedores de "chondos"./ FOTO: Archivo Francisco Sauza Vega 

Las fértiles tierras y la abundancia del agua en las inmediaciones del poblado, eran huertas de frutos oriundos del lugar como las guayabas, los nísperos y los Ates o Chirimoyas, cuyos solares eran protegidos por artesanales cercas de piedra y asegurada su entrada con una “Puerta de Golpe” fabricada con madera de Sabino, Mezquite, Sauz o Fresno, producto de quienes fueron los primeros carpinteros del pueblo, quienes además fabricaban las puertas de las primorosas casas de adobe que
aún prevalecen en nuestra localidad.

Estos mismos hombres elaboraron de acuerdo a sus particulares necesidades, los arados que jalados por los parsimoniosos bueyes, dejaron atrás las primitivas Coas con las que los hombres primitivos de Apaseo el Alto hicieron sedentaria la agricultura.

Cuando llegaron los españoles e impusieron su religión sobre la de los naturales y una de las costumbres implícitas era la de ponerles la cera a sus difuntos, angelitos y santitos en Apaseo el Alto hubo personas especializadas en la fabricación de velas de cera o cebo animal. La costumbre de arrimar las veladoras a los santos prevalece, pero ya no se fabrican y usan las velas tradicionales ni tampoco son hechas por familiares de aquellos veleros.

Fue tal la religiosidad del pueblo de Apaseo el Alto, que desde el siglo XVI se familiarizaron con la costumbre hispana de poner a los recién nacidos el nombre que de acuerdo al calendario les correspondía, sin importar si fuera agradable o no; no les importaba que se llamaran Crisóforo, Nicomedes, Herculano, Silvestre o Primitivo, de tal suerte que el niño recién nacido ostentaba un nombre de un santo que a lo mejor ni existió y a ese santito se le encomendaba. Cuando la criatura enfermaba de gravedad lo llevaban a la iglesia y le pedían al santo en cuyo honor lo habían bautizado,
que les hiciera el milagro de devolverles la salud… y así nacieron los Exvotos, pequeños retablos dibujados en madera, cartón o lámina en la que un artesano del pueblo plasmaba las circunstancias del milagro. 

Esta costumbre desapareció aunque no por completo, porque ahora lo sustituyen con fotografías de quien recibe el favor y los Exvotos de aquellos años ahora son materia prima de comerciantes de arte sacro. Con la llegada de los españoles también, arribó un oficio que se puede calificar de artesanal su producto: el Pan. Como los españoles no se acostumbraron de inmediato a los alimentos elaborados con maíz, calabaza y ante todo de chile, trajeron desde el viejo continente a los expertos tahoneros y su variedad de productos, que se enriqueció con la inventiva del mexicano.

Pequeños artesanos./ FOTO: Archivo Francisco Sauza Vega

El pan es tan diverso, como variadas sus denominaciones: Pan de Muerto, Roscas, Orejas, Bolillos, Chilindrinas, Cancanes, Conchas, Polvorones, Huesos, Campechanas, Alamares, etc. En Apaseo el Alto, desde 1538 hubo molinos para el trigo que luego los panaderos convertían en piezas de pan
para los españoles y en pleno siglo XXI aún prevalece esa artesanía que difícilmente veremos desaparecer. ¡No creo que los chinos nos traigan pan desde su tierra, porque seguramente llegará duro!

Las vetustas y pesadas carretas que transitaban el Camino Real al llegar a las Postas ubicadas en la misma vía, requerían del mantenimiento del que los quincalleros o buhoneros de Apaseo el Alto eran especialistas. Cualquier pieza de hierro forjado lo reproducía fielmente. Cotidianamente esos herreros fraguaban los sables que los españoles portaban para ahuyentar el miedo que les tenían a los mexicanos y salteadores de caminos; en sus hornos forjaban el hierro para los machetes, hoces y
pizcadores que usaban en las labores agrícolas.

En esos primitivos talleres hacían los primeros quinqués y linternas que se usaron durante más de tres siglos como único medio de iluminación artificial.

Terminada la Revolución Mexicana, nacieron los talleres para la fabricación de escopetas de chispa para uso agrícola. Cada arcabuz fabricado en talleres Apaseo el Alto era una obra de arte que durante muchos meses adornaba las improvisadas salas de armas de los campesinos. También nacieron los fabricantes de chapas, herrajes, clavos y todos los enseres que adornaban las coloniales casonas que los peninsulares tenían en todos los pueblos y ciudades del país.

Aún prevalecen en Apaseo el Alto otros artesanos que en su momento tuvieron gran auge en la población, como son los ladrilleros, que se derivaron de la alta especialización de los alfareros. Muchas de las grandes casonas que existen en el centro del poblado, siguen siendo las que las artesanales manos de Apaseoaltenses fabricaron con sus asombrosas manos. Pero también hacían tejas, baldosas y tabiques.

En la actualidad los han venido desplazando los fabricantes de tabiques de concreto y tablaroca.
En las haciendas de Apaseo el Alto, no obstante las quejas que pudiera haber en su contra, supieron hacer que la madre tierra produjera miles de cuarterones de cereales que el hombre requería para su sobrevivencia. La gente pobre que sembraba un pequeño solar, una parcela, depositaba las semillas en los surcos en espera de un buen temporal.

Tanto los ricos hacendados como los humildes labradores, se llenaban de vida cuando sus maizales comenzaban a jilotear, pero entonces también eran presa de las preocupaciones por las probables pérdidas provocadas por miles de pajarracos que buscaban hurtar los granos que sin mucho esfuerzo conseguían.

La fragua al rojo vivo, a golpe de martillo y auxiliados por otras herramientas hechizas que ellos mismos fabricaban, los herreros de Apaseo el Alto elaboraban escopetas de chispa como las que habían traído los españoles y que tanto pavor habían provocado; dichas escopetas fueron mejoradas en diseño, funcionamiento y efectividad. Fabricaron nuevos modelos y lo más común era que en las haciendas tenían hasta sala de armas con escopetas de Apaseo el Alto exclusivamente. En cualquier casa de los humildes agricultores existía al menos una de ellas, colgada de una de las paredes de
adobe, presta para ahuyentar con su detonador estruendo a los pájaros parásitos que amainaban sus cosechas.

En los paisajes de la época post-revolucionaria, no podía faltar el cazador con su escopeta al hombro, como evocando los días en que anduvieron en la bola.

Con su ingenio y creatividad, esos herreros fabricaban también los herrajes de los portones de las haciendas, los barandales de sus alcobas, los chapetones de sus cofres, los arados para sus yuntas, los diferentes tipos de hoces para la siega de sus cultivos. Fue así como las escopetas y herrajes de los forjadores de Apaseo el Alto circularon en todo en centro de la Nueva España y del México post-revolucionario.

Pero un día, esos pacíficos artesanos fabricantes de escopetas, fueron acusados de ser fabricantes de armas y hasta de guerrilleros, les clausuraron, encarcelaron y decomisaron sus artesanales artefactos y no guardaron una sola para recuerdo…

Casarse es un paso ineludible en nuestro transitorio paso por la vida; que la novia luzca hermosa en el momento de jurar amor eterno ante Dios como testigo, es una ilusión que las desposadas quisieran se volviera realidad. Los artesanos de Apaseo el Alto hicieron posible ese sueño a miles de jovencitas que vestidas de blanco complementaron su atuendo con un ajuar diseñado y fabricado a mano por hábiles artesanos Apaseoaltenses, que veían en la prenda que estaban haciendo, la misma que
quisieran lucir el día de su boda.

En la década de los setentas Apaseo el Alto produjo el 90% de los enseres para novia que se elaboraban a nivel nacional; también capacitaron a los que ahora ocupan su lugar.

En 1967, las familias de Don Heraclio Galván y Ma. Asunción García y Francisco García y Senorina Galván, vivían el D.F., trabajaban haciendo Ramos para novia a base de azahar, migajón y vidrio soplado, pero ellos no sabían que tres años después que se regresaron a su tierra natal, iban a detonar una nueva artesanía de calidad y mercado extrafronteras.

Cuando estas dos familias estuvieron de regreso en Apaseo el Alto, nació un oficio artesanal que aún tiene prestigio a nivel nacional. En muchos hogares había un pequeño taller que hacía ramos de azahar, flores de migajón, de vidrio que eran parte de los enseres que se confeccionaban en los talleres de Don Laco o Doña Senorina. En la actualidad Carlos, Dagoberto y Antonio García tratan de mantener el prestigio de su oficio, con menor producción, pero con calidad y diseños novedosos
que las felices novias portan el día de su boda.

Fue una industria artesanal fugaz, artesanos que hicieron suyo un oficio de un origen distinto al de sus antepasados, que escribieron una página que dejó como enseñanza que el Apaseoaltense puede
convertir en realidad los quiméricos sueños.

Y era de madera el santo, por eso pesaba tanto tamañota…escultura.

El origen de la artesanía en Talla de Madera, tuvo su cuna en el Rancho de Galvanes, sí, ese pequeño caserío vecino de la Hacienda de la Cuevita. En los primeros años del siglo XX, Don Francisco Sauza Girón, a quien los Apaseoaltenses conocieron como “Don Panchito el Campanero”, originario de aquella comunidad, aprendió el oficio y construyó para su familia unos muebles zoomorfos, fruto de su intrínseca creatividad; unos simples troncos de madera los convirtió en artísticas colmenas para la producción de miel.

Sus trabajos resolvieron una necesidad familiar, talentosa forma de plasmar su habilidad, pero que nunca trascendió, quizás porque él era un hombre que había nacido para ser un artista en el repique de las campanas. Don Juan Martínez Sauza, sus orígenes y antepasados tuvieron asiento también en el
Rancho de Galvanes. De genio e ingenio incomparables; creó sus propias técnicas y obras, le dio un toque especial o lo tradicional: soñó con crear un centro de capacitación artesanal. Lo mismo trabajaba el barro que la madera con igual talento, pero fue único para plasmar las humanas emociones en las máscaras que sus hábiles manos fabricaban.

Don Domingo Galván Malagón, su padre y madre dejaron el cordón umbilical en el Rancho de Galvanes. Su infancia la vivió en la comunidad en la que desde niño hacía sus propios juguetes; de cualquier trozo de madera hacía arcaicas figuras que arrancaba desde sus adentros.

Aprendió a retocar y restaurar imágenes sacras; luego comenzó a hacerlas de Patol, después de Palo Santo, para terminar haciéndolas de Pirúl y dejar a un lado aquello que versa la canción en el sentido de “Pobre leña de Pirúl que no sirve ni pa´rder”.

Cuando Don Domingo Galván dejó el Magisterio, se propuso dedicarse de lleno a la Talla de Madera y enseñar lo que había aprendido de consumados artistas queretanos. Y fue así como nacieron nuestros primeros artesanos en Talla de Madera, familias enteras comenzaron a aprender el oficio y a crear sus estilos propios y a fabricar algo que los distinguiera de los demás. Así creció el árbol genealógico artesanal con Don Constantino Calzada, Luciano Ulloa, Aurelio Girón, Leonardo Cárdenas, Antioco Paredes, Ramón Álvarez. Paralelamente Don Juan Martínez tuvo como sus primeros discípulos a Gabriel Navarrete J., Salvador Camacho Mandujano, Leobaldo Serrano,
Roberto Juárez Girón y muchos más a quienes pido disculpas por no mencionarlos en este espacio.

Esos primeros alumnos fueron instalando sus propios talleres en sus casas; sus hijos aprendieron y el número de artistas artesanos se incrementó; las figurillas de Caballitos, San Francisco, Ángeles, Cristos, Tecolotes, Biombos y Baúles policromados y enchapopotados comenzaron a Alto comenzó a ganar prestigio aparecer en todos los talleres, de Apaseo el Alto paulatinamente. También se fue diversificando la familia de artesanos, con una visión un tanto distinta a los primeros, pero con igual talento y creatividad. Actualmente los jóvenes ya no solo hacen Santos; los autodidactas artesanos muestran capacidad para hacer lo inimaginable. 

A la tradicional Talla en Madera le han sumado el policromado, dorado y estofado; el relieve, las figuras a escala, los rasgos perfeccionistas y las maderas más finas de la región.

Ahora existen grandes talentos como Ruelas, Camacho, Gustavo Mandujano, Antonio, Juan, Efraín y Heriberto Pulido, Fernando Girón, Efraín Juárez, Juan Luis Vázquez, Salvador Girón, Gabriel Navarrete, Nicolás Ávila, Ramón, Pedro y Magdalena Centeno y muchos más que son orgullo del pueblo de Apaseo el Alto, herencia ancestral que las siguientes generaciones seguramente seguirán perpetuando.



David Carracedo
Cronista Municipal de Comonfort

Las tortillas ceremoniales se conocían como “tortillas pintadas”, o tortillas con dibujos, no se deben confundir con las tortillas a cuya masa se añade un colorante vegetal y salen en bellos tonos de verdes y rojos o cualquiera otro. 

El término de Tortillas Ceremoniales es acertado, no obstante que sólo se utilice en el contexto de las ferias artesanales, eventos oficiales o promoción turística. 



A grandes rasgos se puede decir que son Tortillas Ceremoniales son una hermosa y antigua tradición que practican algunas comunidades de la cuenca del Río Laja, concretamente de los municipios de Allende y Comonfort, en Comonfort nos referimos a las comunidades de Orduña, Morales, La Palma, por citar algunas, en estos lugares  a las tortillas, en su confección, se les añade un hermoso y simbólico dibujo producto de sabias y depuradas técnicas que trataremos de describir. 


Son ceremoniales porque se les utiliza en las festividades, principalmente religiosas de estas comunidades y, en menos ocasiones, en festejos particulares; es decir, no son de uso cotidiano.
El proceso de elaboración parte de una tortilla común, bueno ni tan común, tortilla hecha a mano y de maíz, como a todos nos gusta.


De paso espero que nunca lleguen a existir máquinas de estampar tortillas, pero quizá cabe mencionar que en alguna ocasión que ponderábamos la exquisitez de las tortillas hechas a mano, don Guillermo Velázquez recordó una cuarteta al respecto:
Eres tortilla corrientede esas de tortilleríatardas pa’ que te calientey luego, luego te enfrías.
Ya cada lector sabrá si extrapola estos versos para referírselos a su pareja haciendo una metáfora no implícita. Regresando a dónde estábamos antes de que me perdiera  en mis remembranzas, si la tortilla se fabrica de manera tradicional, dándole forma con una prensa, el dibujo se impregna con la utilización de un tinte natural obtenido de una planta llamada muicle (justicia spiciglera), que se hierve o se coloca en el comal según el método preferido de la especialista. 



El dibujo se plasma en la tortilla mediante el uso de un molde de madera de mezquite en sobrerrelive, que recibe el congruente nombre de Pintadera. Estas pintaderas tendrán un espesor de tres o cuatro centímetros y el diámetro del dibujo (aunque el molde puede ser cuadrado y con mango), de unos quince centímetros.  El proceso de fabricación es sumamente arduo, como es de imaginarse se trata de quitar a la superficie de la pintadera, unos tres milímetros de todo lo que no se desea transferir a la tortilla, para crear el relieve con el dibujo.

 La buena noticia es que una vez terminada la pintadera, ésta durará varias generaciones, como está comprobado, llenando las tortillas ceremoniales con símbolos religiosos, flores, animales o lo que sea congruente con el motivo de las celebraciones, del gusto del artesano o de quién encargo el artefacto. No es raro que, para aprovechar el mezquite, la Pintadera tenga dibujo en ambas caras.




Últimamente se fabrican pintaderas en madera de pino, lo cual es comprensible y, créame, yo sé de eso, tallar madera de pino es cuatro o cinco veces más fácil que tallar madera de mezquite, sobre todo para hacer un sobrerrelieve.

Pero necesariamente no será tan duradera como la fabricada en mezquite, y no es de dudar que el tatarabuelo de alguien por eso decidió utilizar mezquite, para garantizar, como ya dijimos, que su esfuerzo y su pericia serían patentes durante siglos. 



Como se intuirá, el molde tiene que ser tallado en sentido inverso a lo que se quiere transferir a la tortilla, como se hace con un sello de goma, esto amerita un poco más de cuidado, sobre todo si lleva algún texto, o si, por ejemplo se va a plasmar la Santísima Trinidad, será engorroso que el Hijo aparezca a la izquierda del Padre.



Pero todavía no le digo como es el proceso, a reserva de que mi explicación parezca una receta le diré que la masa, luego de que sale de la prensa, se coloca en el comal, pero no hasta su cocción total, digamos que a la mitad nada más.  Entonces, utilizando un olote como brocha, se aplica el muicle sobre la pintadera y, a continuación, se coloca la tortilla a medio cocer sobre esta y se presiona un poco. La tortilla se impregnará con el tinte y transferirá el motivo. Regresa al comal y se  coloca con la cara que recibió el dibujo hacia abajo.



Eso es todo, se dice muy fácil pero, como es fácil entender, se requiere de mucha habilidad y práctica para que el resultado sea tan bello como lo llegamos a ver. Ahora bien, es evidente que esta es una forma de expresión artística con un significado y un simbolismo muy profundos, pero lo que motivó a los primeros pobladores de estas comunidades a desarrollar esta tecnología, encontrar un tinte y fabricar pintaderas es algo que queda, necesariamente, perdido en los años transcurridos desde entonces, y sabemos, como siempre en estos casos, de testimonios de gente muy mayor que nos dice que su abuela le contó que cuando ella, la abuela, era niña ya se pintaban las tortillas con esta técnica, pero no podemos precisar en que momento surge esta práctica que acabó por volverse una hermosa tradición, pero permítaseme otra digresión, parafraseo a Canek en la obra de Abreu Gómez:


 “—Aunque no se conozca, existe el número de las estrellas y el número de los granos de arena. Pero lo que existe y no se puede contar y se siente aquí dentro, existe una palabra para decirlo. Esta palabra, en este caso, sería inmensidad. Es como una palabra húmeda de misterio. Con ella no se necesita contar ni las estrellas ni los granos de arena. Hemos cambiado el conocimiento por la emoción: que es también una manera de penetrar en la verdad de las cosas.” 

Después de algo tan bello me siento fuera de lugar tecleando mis ideas, pero muy al margen de las verdaderas motivaciones que tuvieron quienes decidieron pintar tortillas, hace muchos años, hoy en día podemos imaginarlo y, más aún, algo de esta motivación se habrá transmitido, más sutil que explícitamente, de madres a hijas y hoy día, cada una de las sabias mujeres que hacen estas tortillas tendrá o intuirá que le significa personalmente realizarlas al mismo tiempo que sabe o intuye que tanto de lo que le viene de herencia se patentiza en cada una de sus pequeñas, y comestibles, obras de arte. 



Ahora permítame otra digresión, hoy ando muy digresor: Chamacuero ha estado poblado por pueblos civilizados desde hace más de dos mil años. Desde que recibió su nombre hace 670 años su poblamiento ha sido constante, cuando los españoles llegaron, casi doscientos años después, había un núcleo de población indígena donde una buena parte, una mayoría,  eran de origen otomí, aunque en esta región convivieron pacíficamente, grupos de diferentes orígenes.

Si uno ve, en los archivos parroquiales, la cantidad de libros dedicados al registro de nacimientos, matrimonios o defunciones dedicados a “Indios y castas” y el número de libros dedicados a “españoles”, comprende en una ojeada, que la población de los primeros era 10 veces superior a la de los segundos, luego entonces, no es un despropósito decir que todos los chamacuerenses descendemos de los otomíes, unos no nos consideramos merecedores de tal honor, otros no se preocupan de asumirse como tales, aun cuando incluso conocen la lengua Ñah Ñuh, lo cual no implica que no se sientan orgullosos de sus abuelos y sus ancestros a los que escucharon muchas veces hablar en esta lengua. 

¿Y por qué mi digresión? Hace unos doce años, esta tradición comenzó, merecidamente,  a llamar la atención de las instituciones relacionadas con la cultura, a nivel municipal y estatal. Qué bien, pero no sé en qué momento se perdió la percepción de que esta tradición se ejerce actualmente en varias comunidades del municipio, sin que a las personas que la ejercen les haya interesado asumirse como otomíes, sin que por ello renieguen de su origen, pero pretender que ésta o cualquiera otra tradición es más valiosa por ser propia de un grupo indígena, o pero aún que es exclusiva de éste, me parece un despropósito y una sobrevaloración que, por ese motivo, brinda una visión demasiado estereotipada de la realidad de los habitantes de nuestro municipio y en este caso particular de las sabias mujeres que con el gusto heredado por esta tradición elaboran sus tortillas, por motivaciones que en realidad sólo ellas conocen pero, me consta, no son nunca una pose para los promotores culturales o turísticos ni para los medios de comunicación que, a veces, y con sobrado merecimiento, reparan en tan bella práctica. 

Ojalá que tan ajenos preceptos no consigan permear hasta el espíritu de la práctica de esta tradición y las personas que a ella se avocan no se crean obligados a decir: “Vamos a hacer Tortillas Ceremoniales Otomíes”, sino que cada uno de ellos se asuma como tal, como otomí, en la medida que por sus convicciones o motivaciones propias así lo considere. No por nada, durante siglos, los chamacuerenses, todos, han ejercido su cultura y sus tradiciones, sin importarles la forma en que los bienintencionados investigadores, incluido este cronista, quieran encasillarlos, aun cuando sea para otorgarles un mérito que nunca han necesitado.



David Manuel Carracedo
Cronista del Municipio de Comonfort

En estas semanas hemos hablado mucho de la Fiesta de Los Remedios de nuestra población. Por ese motivo  hoy no le hablaré de la Fiesta de Los Remedios de este año. Le hablaré de la primera actividad de la Fiesta del año que viene.

Ocho días después de terminada la segunda Fiesta de los Remedios se realiza otra actividad que tiene todo el aspecto de ser la misma festividad pero en proporciones menores, esto puede parecer así  pero cualquier amable asistente le informará que esta celebración es La Remuda de la fiesta de los Remedios.

Se puede creer  que La Remuda es una especie de recalentado de la fiesta o un ritual para poder terminar con la fiesta gradualmente. La palabra remuda (acción y efecto del poco utilizado verbo “remudar”) significa remplazar una persona u objeto por otro.  Ese es el motivo de esta celebración, cambiar a los responsables de la fiesta o reafirmarlos en sus responsabilidades.  

Por lo tanto, como ya dijimos, es el inicio de la fiesta del próximo año, aunque algunas actividades no dejan de darle ese sabor a despedida de la fiesta del presente año.  Los días de celebración son el sábado y el domingo posteriores a la fiesta, siendo este último el de mayor relevancia.

Es evidente que todas las celebraciones populares, como ésta, generan una serie de gastos que deben ser solventados de alguna manera, claro que la mayor parte de las actividades, que tanto lucimiento dan al festejo, provienen de la actividad no remunerada de los participantes, caso concreto de los integrantes de cada danza.


Pero ¿quién paga a los músicos de las danzas, las bandas de viento, los castillos, los "cuetes", la comida de los danzantes, de los que arman los cruceros, de los que pelan cucharilla?  Toda la organización de la festividad se estructura en base a una veintena de responsables a los que, por tener el cargo de realizar cierta actividad, se les conoce como Cargueros.

 El Carguero es una persona que, por tradición, por devoción, por gusto, por compromiso, asume la responsabilidad de organizar y dirigir una danza, de proveer los fuegos pirotécnicos de cierto día, de llevar una banda de música al Alba, etc.

 Aunque debo aclarar que  este responsable es el Carguero Mayor, porque para cumplir con su Cargo tiene el auxilio de sus cargueros, los cuales, en el menor de los casos aportan una cantidad en efectivo.

Digamos que usted acepta ser el Carguero Mayor de La Música del Alba. Usted debe averiguar la calidad y disponibilidad de las bandas de viento de la región y entablar negociaciones con alguna de ellas (además de precisar un buen número de detalles que ya hemos mencionado). El desarrollo del Recorrido de El Alba implica un gasto de varios miles de pesos.

Aquí entran en función sus cargueros, al margen de que alguno le acompañe en las negociaciones o investigaciones, o lo asesore, los demás pondrán su cooperación en el debido momento.  La festividad de La Remuda tiene como principal objetivo concretar dichos compromisos.  Cuando el compromiso de ayudar al carguero mayor se pacte, sus colaboradores pueden jactarse de ser “Cargueros de la Fiesta de los Remedios”.  

Siguiendo con nuestro ejemplo: el día domingo de la Remuda, en su casa, o afuerita,  usted o un grupo de gente muy diestra en estos menesteres, confeccionarán una armazón de carrizo, madera o perfiles tubulares que mide seis o siete metros de largo por un metro veinte o un metro cincuenta de ancho.  En esta armazón se colocan unos panes hermosos  y unas botellas de vino, principalmente.



Los panes (unas “conchas” de treinta centímetros  de diámetro) van en bolsas de polietileno para preservarlos del polvo y que sigan siendo comestibles, las botellas de vino a veces se cambian por paquetes de cerveza o por botellas de refresco.

Pero no se imagine usted un amontonadero de panes y botellas sin ningún orden, se procura que el acomodo tenga, además de todo una innegable belleza, por lo que es común recurrir a listones, flores de papel,  papel picado, globos y hasta a luces de colores.  Como muchos saben, estas armazones son conocidas como Parandes, espero encontrar algún día la etimología correspondiente.



Cuando su parande tenga todos los panes, las botellas, los globos, las flores, y, si su creatividad le dio para tanto, las series de luces fuertemente sujetos, coloque un letrero muy legible que en su caso dirá “Parande de La Música de El Alba”, entonces un grupo de robustos caballeros lo levantaran en vilo (al parande) y, con todo el jolgorio y la alegría concebibles, lo llevaran al atrio del templo. El hecho de que estos caballeros carguen el parande hasta el templo, no es razón suficiente para llamarlos cargueros, no confundirse, puede o no que también sean cargueros.



Al llegar al templo el parande debe ser colocado casi vertical (se acuerda que le dije que todo debía estar bien sujeto). Y aquí entra en función esta armazón, usted, como carguero mayor se sienta junto a su parande, bien armado de una libreta y una pluma.

Al poco rato se acercarán sus conocidos  o algunos que su parande o el motivo del mismo les haya despertado interés y le preguntarán “de a cómo es”  usted, como ya habrá calculado, dirá que de mil y tantos pesos, probablemente le pidan que los anote.



En teoría, usted debería tomar un pan y una botella de su parande, o dos panes y una botella, o dos botellas y un pan, o la combinación que considere, y entregarlo a su nuevo carguero. Esa acción, la de recibir y entregar las ofrendas del parande, es la que sella el compromiso. Su carguero tiene más o menos un año para recabar la suma pactada.

En la realidad los Cargueros Mayores ya conocen, de antemano y desde muchos años atrás,  a las personas que aceptan gustosas este compromiso, aunque no es extraño que en la fiesta misma de la remuda alguien decida convertirse en carguero.

Para muchas personas es un orgullo ser partícipes de la fiesta. Tampoco es inusual que del Norte lleguen los envíos, aunque quienes los enviaron no lleguen a la Fiesta y sólo celebren la nostalgia y el gusto por participar en la que, pese a la distancia, sigue siendo Su Fiesta.



A muchos les mueve la devoción hacia la Virgen, otros son cargueros para cumplir una manda. Puede ser que, hacia el final de la fiesta, el parande sea desarmado y sus ofrendas repartidas entre los cargueros presentes, con lo que se sellará el compromiso.

Más comúnmente, en los días subsecuentes el Carguero Mayor visita a sus colaboradores en sus domicilios y les hace entrega de sus panes y sus botellas.  Debo decir que el tamaño de los parandes me pareció espectacular, muy superiores a los que he podido ver en otras celebraciones de la región, pero no se trata de competir, todos los parandes son bellos, sobre todo por el alto valor simbólico que conllevan y el motivo que los origina.



También debo decir que la palabra Parande, hasta donde pude averiguar, es de uso muy localizando en esta región, digamos del centro del país.  Todas las fiestas realizadas en nuestro municipio se organizan y financian de manera similar con cargueros y cargos, aunque  ninguna Remuda tiene la magnificencia de ésta.

En tanto el Carguero Mayor espera por sus cargueros, las danzas continúan con sus celebraciones, Cuando una danza está cercana a terminar su participación, sus danzantes portarán un ramito de flores, llegado el momento arrojarán dulces a la concurrencia; durante mucho rato una voladero de dulces cruzará la explanada en que la danza se desarrolle.  Antiguamente se arrojaba también fruta, pero como podía llegar a lastimarse quien recibiera un cañazo o un mandarinazo, se acordó arrojar nada más dulces al público asistente.

Terminados los dulces los danzantes salen del atrio,  y se dirigen a un lugar entre el Templo de los Remedios y el Templo Parroquial, desde ahí algunos de los integrantes de la danza que así lo hayan ofrecido, y por convicciones muy propias de cada quien, recorrerán de rodillas el trayecto hasta el templo de Los Remedios.



Sus compañeros los acompañan a pie y, a veces, con música muy leve. Puede suceder que alguna danza inicie este trayecto a unos cien metros del templo, pero alguno de sus integrantes, por decisión propia, se remontará más atrás o hasta el templo parroquial (un total de casi setecientos metros).

Otras personas, sin ser necesariamente danzantes, hacen recorridos similares, incluso ayudados por acompañantes que van colocando piezas de cartón a su paso para que el trayecto se más tolerable. 

Cuando los danzantes salen del templo, sea que entraran caminando o de rodillas, terminan su participación por este ciclo, a la espera de la nueva fiesta para la que, paralelamente a sus danzas se pactaron los acuerdos y compromisos necesarios.

Es como haber sembrado la semilla de una nueva planta mientras la anterior aún está presente, un eslabón bien afianzado con el siguiente, un ritual de renovación que asegura la pervivencia de esta hermosa, compleja y rica festividad.



Ubicación Geosatelital del 
Santuario de Los Remedios

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