"Déjate de limpias... acá Jesús te limpia de corazón": Obispo de Celaya

Guanajuato Desconocido
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Eugenio Amézquita Velasco

-En la Catedral de Celaya, Mons. Aguilar Ledesma explicó que la Eucaristía no es un rito temporal, sino una alianza nueva, definitiva y eterna.
-El Obispo enfatizó que el lavatorio de pies simboliza la humildad de Dios, quien se abaja hasta el límite para devolver la dignidad al hombre.
-La homilía subrayó que los templos católicos no son museos ni salas de conferencias, sino hogares que custodian la presencia viva de Jesucristo.
-Ante la fragilidad de los ministros, el prelado recordó que el sacerdocio es un tesoro en vasijas de barro para que la gloria sea siempre de Dios.
-Se hizo un llamado crítico a no buscar "limpias" ni eufemismos espirituales, señalando que solo el sacrificio de Cristo purifica el corazón humano.
-La comunidad fue instada a reconocer en el Sagrario el corazón que late en la Iglesia, fuente de consuelo ante el abandono y la desesperanza.

La conmemoración de la Institución de la Eucaristía en la Catedral de Celaya no fue un ejercicio de retórica histórica, sino una disección profunda de la identidad cristiana frente a un mundo que fragmenta lo sagrado. Bajo la guía de Mons. Víctor Alejandro Aguilar Ledesma, la liturgia del Jueves Santo recuperó su dimensión de "memorial perpetuo", trazando una línea de continuidad absoluta entre la pascua del Éxodo y el sacrificio cruento del Calvario. El análisis del Obispo fue contundente: la Eucaristía es el punto donde la temporalidad humana es absorbida por la eternidad divina.

La homilía del Jueves Santo en Catedral partió del rigor del Antiguo Testamento. El paso de la esclavitud a la libertad en Egipto, sellado con la sangre del cordero en los dinteles, encontró su cumplimiento en la figura de Jesús. Sin embargo, la observación de Mons. Aguilar Ledesma fue hacia la "visión cortita" de quienes reducen la Misa a un evento privado o una intención aislada. 

Al afirmar que "esta es una dimensión de eternidad", el Obispo rescató el valor jurídico y teológico de la Nueva Alianza. No es un símbolo que se observa; es un sacrificio que se consume. El paralelismo entre el pan ácimo y la carne inmolada de Cristo establece que la comunión no es una sensación subjetiva -"yo siento que Dios"- sino un hecho ontológico: Dios está en el fiel a través de su carne sacramental.



El rito del lavatorio de pies mostró el abajamiento total. En un contexto social donde la autoridad suele buscar el estrado, el Obispo recordó que Cristo llegó al límite de la servidumbre. La explicación fue acuciosa al señalar que lavar los pies era la tarea del esclavo para limpiar el polvo del camino; al asumir Cristo esta función, no solo dio un "ejemplo moral", sino que realizó un acto de purificación total. En este punto, la voz del Obispo fue tajante contra las supersticiones contemporáneas: "Déjate de limpias... acá Jesús te limpia de corazón". Es un llamado a abandonar el pensamiento mágico de "chamanes" para reconocer la eficacia de la sangre del Cordero en la recuperación de la dignidad humana.

Uno de los puntos radicó en la defensa de los espacios sagrados frente a la visión secularista y burocrática. Mons. Aguilar Ledesma cuestionó la reducción de los templos a objetos de estudio para instituciones como el INAH o destinos turísticos. Si bien se reconoce el valor artístico y el "monumento histórico", el análisis fue objetivo: "Nuestros templos no son museos. Son lugares de la presencia sacramental". La distinción respecto a otros credos fue clara; mientras otros poseen "salones de pláticas", la fe católica custodia un "corazón que late" en el Sagrario. Este enfoque devuelve a la comunidad el sentido de pertenencia y refugio, instando a los ciudadanos a ver en la Catedral un espacio de alivio real ante "problemones" y abandonos.

La homilía concluyó con una reflexión sobre la fragilidad del ministerio sacerdotal, calificando a los clérigos como "ollitas de barro". Esta honestidad intelectual refuerza la tesis de que la Iglesia no se sostiene por la infalibilidad humana de sus líderes, sino por la presencia real de Cristo que se entrega a todos. 

La invitación final a la adoración en el monumento no es un acto de piedad pasiva, sino un compromiso de servicio recíproco: el amor de Dios no se devuelve a Él directamente, sino a través del hermano. En definitiva, la ceremonia de Jueves Santo en Celaya reafirmó que el mayor tesoro de la sociedad no es su patrimonio material, sino la presencia viva de quien se hizo siervo para elevar la condición del hombre a la eternidad.

El texto de la Homilía de Mons. Víctor Alejandro Aguilar Ledesma, obispo de Celaya

Mons. Víctor Alejandro Aguilar Ledesma: 
Tengan la bondad de sentarse por favor. Estimados hermanos sacerdotes, estimados fieles todos, hoy celebramos una Eucaristía muy especial como la que Jesús celebró con sus apóstoles. Jesús era su última cena llena de cariño, intimidad con sus apóstoles y que era para ellos también el momento de celebrar la Pascua. San Juan nos dice al inicio del texto del Evangelio que escuchamos que, antes de celebrar la Pascua con sus discípulos, Jesús quiso celebrar con ellos una cena. Recuerden que la Pascua, como nos dice hoy la primera lectura, pues tenía un día en que tenía que celebrarse. Jesús está celebrando un poquito antes, por eso dice antes de la Pascua.

Los verbos que utilizará Jesús en los momentos de entregar el pan y el vino dice: este será mi cuerpo que será entregado. Era jueves, el viernes sería su Pascua. Este es el vino de mi sangre, sangre que será derramada. Y dice ahí el apóstol: antes de que Jesús celebrara la Pascua, es decir, su paso a la casa del Padre. Y eso es lo que significa precisamente Pascua, el paso, el paso del Señor. En la primera lectura se nos dice que esa Pascua fue el paso de la esclavitud del pueblo en Egipto, donde duró cuatrocientos años, y ahora el paso a la libertad.

Y para recordar esa acción de Dios había todo este ritual. Había que agarrar un cabrito, un cordero de un año sin mancha. Había que sacrificar el día catorce de ese mes. Por eso la Pascua se mueve, hay que buscar el plenilunio, verdad. Además tenían que acompañarlo con hierbas amargas para que al pueblo no se le olvidara la esclavitud, cómo habían vivido juzgados, esclavizados, y que Dios les había dado la libertad. El pan ácimo, sin levadura, como todavía nuestras hostias nos recuerdan esa Pascua. El pueblo tenía que salir rápido, no había tiempo de que la levadura fermentara la masa, la harina.

Iba a tener que estar ceñidos, ya vestidos, calzados y el bastón en la mano para salir con rapidez, el paso de la esclavitud a la libertad y que tenía que llevar también un signo de sangre. La sangre de ese cordero se iba a poner en los dinteles, en las jambas, en los marcos de las puertas para que allí el ángel exterminador no pasara y esa sangre librara de la muerte a los judíos. Así se celebra esa Pascua como un memorial, dice el texto del Éxodo. Y además era una institución perpetua, un memorial, un rito y además instituido de manera perpetua.

Hoy usted ve una celebración judía pues sigue todos esos elementos hasta hoy día. Jesús en la última cena ya no será el cordero el que va a ser sacrificado sino él mismo va a ser el cordero inmolado. Y por eso ese pan ácimo Jesús lo toma en sus manos y les dice: esto será esta carne inmolada de este cordero pascual. En esta cena no hay otro cordero más que él y este cordero, esta carne, quedará de manera perpetua delante de ustedes en este signo humilde y sencillo que nos recuerda la liberación, que nos recuerda cómo fuimos liberados.

Este pan será mi cuerpo. Y esa sangre que se puso en los dinteles para que fueran liberados de la esclavitud de Egipto y no pasara por ustedes el ángel exterminador, ahora este cáliz que ustedes van a beber será mi sangre. Sangre que será derramada para ahora el perdón de sus pecados. Cristo ahora asume el papel del cordero, del siervo que se inmola y le dice a los apóstoles: esto que se había instituido perpetuamente ahora ya no solo será en el tiempo, sino esto será el signo de la nueva definitiva y eterna alianza. Ya no es del tiempo.

Esta alianza es eterna, es decir, es para toda la vida mientras vamos aquí pero también para la eternidad. Por eso la dimensión del sacrificio de Cristo sí de alguna manera perpetúa toda la alianza del Antiguo Testamento simbolizada en un cordero que libera, que es alimento, que es expiación, pero ahora tendrá la validez de ser un alimento para la vida eterna. Para vida eterna. Esa comunión con los apóstoles se va a dar a través de esa comida. Por eso le dice: tomen y coman, tomen y beban. No es un símbolo que se va a ver.

Es como el cordero de la Pascua, debe ser comido porque el sacrificio es para que el cordero fuera comido. Si se lo comerán no dejarán nada, pues verdad, dice ahí en el Antiguo Testamento: esto si la familia era muy pequeñita pues tenían que comérsela y si no pues busquen otra familia, pero para que no quede, todo esto debe ser comido. También existía el sacrificio de expiación. Había un corderito, chivo expiatorio, y este chivo expiatorio pues era el que cargaba las culpas de los demás, verdad, digamos en el pueblo judío.

Ahora Jesús en un solo sacrificio asume el aspecto de comunión y de expiación. Coman, esto es mi cuerpo que será entregado por ustedes. La comunión y la sangre para la expiación. Esa sangre será derramada para el perdón de sus pecados. Fíjense qué hermoso que nosotros en esta Eucaristía que Jesús nos dejó podemos entender que él como cordero inmaculado y sin mancha se ofrece en el sacrificio de la cruz para que nosotros al celebrarlo en la Eucaristía y sacrificio podamos entrar en comunión con la divinidad a través de su carne pero comiendo su carne sacramental.

¿Cómo estará Dios en nosotros? ¿Cómo sabemos que estamos en comunión con él? Pues precisamente comulgándolo, comiendo su carne. Dios está en ti. No es para que tú tengas decir: es que yo siento que Dios... para que no te engañes porque en eso somos muy buenos de autoengañarnos. ¿Cómo sé que Dios está en mí? Cuando comulgas, esto es mi cuerpo que se ha entregado contigo. Esta es la comunión con la divinidad. ¿Cómo sé que he sido liberado de mis pecados? He sido lavado por la sangre derramada del cordero.

Por eso la Eucaristía se vuelve ese memorial del cordero inmaculado. Y qué importante para nosotros darnos cuenta la importancia que tiene esta Eucaristía, la de hoy pero la de todos los domingos y todos los días que celebramos nuestra Eucaristía. Pero en este contexto de la Eucaristía Jesús va más allá del sacrificio. Dice: en ese, en esa intimidad con él va a dejarnos el testamento más grande que todo esto lo ha hecho por amor. Dice: y antes de la Pascua Jesús se reunió con los apóstoles. Sí, celebró con ellos esta última cena.

Porque había llegado la hora, la hora. Y esa hora era el momento de la entrega de Jesús al Padre. Entregar todo al Padre, todo. Poner todo en las manos del Padre. Entonces antes de pasar él de este mundo al Padre va a poner todas las cosas y todas las personas en las manos del Padre. Cuando Jesús en su muerte dice: Padre, en tus manos entrego mi espíritu. No, no está hablando solo su espíritu sino todo lo que él vino a realizar, toda su misión, a su Iglesia, sus apóstoles. Padre, todo está en tus manos.

Y todo esto para que entiendas el grande amor. Habiendo amado a los suyos los amó hasta el extremo. Y ese extremo es eso. El extremo es ya el final, dice: ya no se puede más. Es como el extremo de una mesa, pues ahí ya no puedes poner más cosas. Y ahí se puso todo en ese sacrificio. Jesús puso todo. Todo está ahí ya. Todo. Habiendo amado a los suyos los amó hasta el extremo. Y ahí puso todo. Y ahí estamos todos en esa eternidad de este sacrificio. Estamos todos, los de antes, los de hoy y los de mañana.

Por eso nuestra misa no es una misa... a veces tenemos una visión muy cortita cuando hay gente que dice: es que mi misa para mi difuntito, verdad, o para mi... como si Dios pudiera agotarlo en una pequeña... cuando esta es una dimensión de eternidad. O sea, no hemos entendido que es el sacrificio de una alianza eterna, nueva y eterna. Ya no es la Pascua de los ritos solamente judíos. Estamos en la dimensión trascendente de la salvación de Jesucristo, verdadero Dios que se inmoló y entrega su cuerpo sacramentalmente para que la Iglesia en el tiempo participe de la eternidad.

Pero eso todavía no... ay es que voy a ir a misa. Es como... no hay cosa más grande, no hay cosa más grande en esta vida, no hay, de la Eucaristía no hay. No hay en ningún evento por más importante que hagan el que quiera hacerlo, no hay, porque ninguno tiene una dimensión temporal y al mismo tiempo eterno. No hay. Y en ese ambiente Jesús quiere como siervo a sus apóstoles darles tres lecciones. La primera, se puso a lavarle los pies. ¿Por qué quiso lavarle los pies? Primero porque no era Jesús como el Maestro y el Señor que dice que es.

Y dicen que dicen y dicen bien porque lo soy, sino para que entiendas que él como siervo es el Hijo de Dios que hizo su kenosis y su abajamiento y ha llegado al límite de ser el siervo que carga los pecados de nosotros, el siervo de Yahvé que en sus espaldas cargó nuestros crímenes. Es Dios que se abaja. Por eso le decía a Pedro: tú no entiendes esto pero vas a entenderlo un día, que es Dios que se humilla al grado de ser siervo y esclavo para lavarte los pies. Y lavar los pies era lavar la tierra.

Pues cuando están todos bañados no hay más que lavar los pies porque en aquel tiempo imagínense ustedes pues la gente pues andaba en el polvo, no había tanto concreto pues como ahora verdad, y pues la gente llegaba sucia a su casa aunque se hubiera bañado. Entonces ¿qué era lo que se ensuciaban? Pues los pies. Y cuando la gente tenía esclavos y sirvientes, cuando los patrones llegaban a su casa ¿qué hacían los sirvientes? Lavarle los pies. Por eso Pedro respinga, dice: no, no, no, a mí no me laves eso. Eso es indigno de ti.

¿Cómo tú nuestro Maestro y Señor, nuestro rabuní, se va a poner a lavarnos los pies? Es que todavía no entiendes esto, que yo tu Dios y Señor sí soy tu maestro y eso, pero tienes que entender que es Dios que ha bajado hasta el límite. El límite es ya no se puede más a lavarte los pies. Y lavarte los pies significa quitarte la suciedad, el polvo que se te ha pegado en el camino. Es el Señor que te lava, te purifica de todos tus pecados, de todos, porque es Dios quien lava. No te está lavando un chamancillo, alguien que está haciendo una limpia.

No, no, no. Déjate de limpias. Acá Jesús te limpia de corazón desde tu inmunidad, de tu indignidad. Él lava porque lava con su sangre, lava con la entrega de su cuerpo, lava porque es Dios. Y a este ser humano que ha perdido su dignidad lo vuelve a calzar de dignidad. Por eso Pedro, cuando pensaba que nada más era cuestión de un enjuague de algo ritual, dice: no, todavía no entiendes tú, ya lo entenderán más tarde. La segunda es que Jesús él no lo hace como un momento ahí de arrebato que dice: ay pues quiero mucho a mis apóstoles.

No voy a dejarles un ejemplo moral para que ellos aprendan que yo soy humilde. No, eso es lo que hizo Jesús toda su vida. Este gesto es el gesto de toda su vida. Lo que hizo Jesús toda su vida, estar al servicio de los hermanos. Lavar los pies significa curar al enfermo, al ciego, resucitar a su amigo Lázaro, es consolar, es estar, es el abajamiento, es decir, el estar al servicio del hermano necesitado. Eso es lo que hizo Jesús. Lavar los pies es estar en esa capacidad de toda la vida estar al servicio del hermano.

Acompañar al hermano, levantar al hermano, lavar al hermano. Y tercero, Jesús que sabe que es un acto de amor, habiendo amado a los suyos hasta el límite, hasta el extremo, no está pidiendo que se lo regresen a él, no dijo: ahora ustedes me lo van a lavar a mí los pies. No, dice Jesús ahora este es ejemplo para que entre ustedes se laven los pies. Este signo de amor no es para que me lo regresen a mí, es para que venga a mí a través de tu hermano. Les he dado ejemplo para que también ustedes se laven los unos a los otros los pies.

Y esto es lo que tenemos que hacer, porque pensamos: Dios me ha amado tanto entonces yo voy a regresar hacia él el amor de forma directa. No, se lo vamos a regresar a través del servicio al hermano. Por eso esta Eucaristía es signo de alimentos sí, de sanación, de comunión con Dios pero también de comunión con el hermano. Por eso el canto ese que nos recuerda ese texto del Evangelio: si tú cuando vas a poner tu ofrenda al altar te das cuenta que hay algo con tu hermano, ve, reconcíliate.

Reconcíliate para que a través de esa reconciliación llegue tu ofrenda de amor a Jesucristo y él al Padre. Y todo este misterio tan hermoso se lo encarga a unos apóstoles seres humanos frágiles. Eso que estamos diciendo, la grandeza de lo que es la Eucaristía. Y este hermoso testamento de amor, de servicio, de entrega, de anonadamiento que Jesús hizo y realizó en su vida ahora lo tiene que hacer el sacerdote, pero nos lo encargó a personas débiles, frágiles, ollitas de barro.

Para que entendamos que esta obra es de él, no es para que nosotros nos sintamos grandes, es para que nos demos cuenta que esta obra es de Dios. Por eso muchos cuando piensan que atacando al padre acaban la Iglesia, no, porque nosotros solamente somos signos de Cristo. Por eso muchos han intentado acabar la Iglesia de muchas maneras. Recordemos la persecución religiosa, van a cumplir cien años. Se pensó: ¿cómo acabar con la Iglesia? Bueno pues vamos a matar unos curas, cerramos los templos y se mueren unos cuantos y se van a espantar.

Y pues no has entendido, no has entendido que la Iglesia ni es el obispo ni son los padres. La Iglesia es Jesús porque a través de la comunión de su cuerpo, de su sangre, Cristo se hace presente en todos nosotros, esa carne que será compartida, comida por todos. ¿Dónde está el cordero? Pues en todos. Por eso Jesús en la última cena tomó el pan, lo partió y se lo dio a todos. Él se dio a todos. ¿Dónde está su Iglesia? En todos. ¿Dónde está Jesús? En todos. Y este ministerio tan grande, tan noble, que el Señor nos encargó.

A nosotros pues hay que pedir mucho. Recuerden como el Papa Francisco decía: recen por mí. Pues recemos por los sacerdotes, recemos mucho. Y hoy a la hora del monumento pues hay que pedirle al Señor que nos conceda a todos amar, valorar y participar con conciencia en la Eucaristía. No solamente el Jueves Santo sino todos los días y de mayor gloria para Dios y salvación nuestra, de nuestra Iglesia, los domingos. Y ahí entra el monumento. Darle gracias al Señor Jesús porque ha querido quedarse, amarnos hasta el extremo.

Hasta ser siervo y entregarse y lavarnos y darnos la dignidad de hijos y devolvernos esa dignidad, habernos lavado nuestros pecados aunque sean rojos como la grana, dice: Señor, quedarán blancos como la nieve. Gracias Jesús. Gracias por ser ese cordero que se inmola para cargar nuestros pecados. Pero te pedimos también por los que has dejado al cargo de celebrarnos la Eucaristía, los sacerdotes. Cuídalos, protégelos Señor. Dales a ellos también la conciencia de lo que están haciendo, que están haciendo tus veces actuando en ti y contigo, in persona Christi.

Y por último hermanos, ahí de rodillas ante el Santísimo en el monumento, que es lo más bonito que tenemos después de la Eucaristía, pues pidamos al Señor que nos conceda a todos, a todos ser una Iglesia donde valoremos todos su presencia como lo más valioso de nuestra Iglesia. ¿Cuál es nuestro mayor tesoro? El mayor tesoro es Jesús Eucaristía. Él es la fuente y la culmen de toda nuestra vida cristiana. No tenemos otra cosa mejor. Hay gente que dice: ay lo más hermoso de un templo ¿qué es?

Ay pues que los candiles, verdad, hay gente que dice ahí: ay lo más bonito de la Iglesia, ay pinturas, ahí vienen los del INAH y no sé qué. Ay que el arte. No, no, no, no han entendido que todo esto es para Dios. No han entendido esto como San Pedro, que ya algún día entenderán que lo más importante es Jesús. ¿Qué es lo más importante para un cristiano hermanos? ¿Quién es? Jesús. Y Jesús lo tienes ¿dónde? En la Eucaristía. ¿Qué es lo más grande que tiene un cristiano que tenemos en la Iglesia? La Eucaristía.

Por eso lo más importante de un templo es que se celebre ¿qué? La Eucaristía. Nuestros templos no son museos. Nuestros templos son lugares de la presencia sacramental de Jesús y por eso se embellecen los templos. No son para que vengan turistas y que el INAH... porque los pintaron y que son monumentos históricos. Sí, sí, sí. Pero todo esto sin Jesús no tiene ningún valor. ¿Qué es lo más hermoso de nuestra Iglesia? ¿Cuál es su corazón que late? El sagrario. ¿En qué se distingue un salón del reino de una...? pues que allá no tienen sacerdocio.

No tienen Eucaristía, sí cantan alabanzas y todo pero no tienen a Cristo vivo, Cristo en su Eucaristía. No tienen sacerdocio, no tienen... son salones de pláticas, de cursos. Nuestros templos no son casas solas, vacías. Aquí hay un calor, un calorcito que te da esa sensación cuando entras a un templo: aquí hay algo. Aquí hay algo. Y no es algo, aquí ¿qué hay? Jesús. Por eso cuando es un templo métete a rezar. Cuando tengas un problema grueso, tengas un problemón, métete al templo.

Arrópate aquí con el Señor, háblale. Él está vivo ahí, real. Exprésale, dile, llórale, acércate. Qué hermoso que en nuestros templos cristianos católicos tengamos esa presencia de Cristo. Pues aprovechemos hermanos. No pasemos nada más por todos lados por allí, verdad, cuando andes ahí en tu día a día, tu casa no sé, todos son de aquí de catedral, ¿no? Pero bueno pues en su parroquia, verdad, donde anden pues ahí métanse. Bendito que en todas las parroquias de todo el mundo hoy hay un monumento.

Un monumento. Está bonito aquí, verdad, que nos recuerda Jesús dice: aquí estoy, aquí estoy. Cuando te sientas solo, desamparado, Jesús dice: aquí estoy. Aquí estoy. Ay pero es que me abandonaron, es que ya no sé qué hacer. Aquí estoy. Ve, ¿qué te falta?, ¿qué quieres?, ¿qué necesitas? Bendita Eucaristía, dice el canto. Bendita Eucaristía. Pues qué día tan dichoso de verdad. Es un día de felicidad para nosotros poder celebrar esta Eucaristía, la última cena del Señor. La cena del Señor.

Vamos a ponernos de pie. No más las personas se sientan, nada más los adoradores quienes van a ser los apóstoles yo creo, verdad, bueno, siéntense los demás por favor, no más los apóstoles para acomodarlos para hacer el lavatorio de los pies. El gesto de lavar los pies invita a la actitud de un humilde servicio por parte del que tiene autoridad en la comunidad siguiendo el ejemplo de Cristo. Este gesto está en estrecha relación con el misterio del supremo servicio de Cristo a la humanidad. El que preside, in persona Christi, realiza el signo del servicio y del amor que debemos prestarnos los unos a los otros como una tarea para todos los de esta comunidad. #MetroNewsMx #GuanajuatoDesconocido

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