Eugenio Amézquita Velasco
En el corazón del mundo, allí donde la piedra del Santo Sepulcro custodia el misterio de la vida, el Cardenal Pierbattista Pizzaballa ha pronunciado una homilía que trasciende el rito para convertirse en una hoja de ruta espiritual y política para el siglo XXI. En un contexto de guerra que desgarra la geografía y el alma de Tierra Santa, el mensaje no se refugia en el pietismo, sino que lanza un desafío radical a las estructuras de poder y a nuestra propia resistencia a la vulnerabilidad.
La semántica del cinturón: Del escape al compromiso
El análisis del Cardenal sobre el verbo "ceñirse" marca un punto de inflexión teológico. Tradicionalmente, ceñirse la cintura es el gesto del viajero, de quien tiene prisa por huir de la opresión. Es el rito del Éxodo. Sin embargo, Pizzaballa identifica en Jesús una transmutación revolucionaria de este gesto: Cristo no se ciñe para partir, sino para quedarse; no para huir de la esclavitud, sino para hacerse esclavo por amor.
Este "éxodo invertido" es la propuesta central para una Iglesia —y una humanidad— que a menudo busca la libertad en el alejamiento de la realidad dolorosa. El mensaje es contundente: la libertad de Dios no se encuentra escapando del mundo, sino sumergiéndose en él hasta tocar el suelo, allí donde se lavan los pies cansados y sucios de la historia.
El escándalo de la pasividad: Dejarse amar
La editorial de esta homilía debe subrayar la dureza de la advertencia a Pedro: "Si no te lavo, no tendrás parte conmigo". El Cardenal despoja a la caridad de su barniz de "buena acción" para revelarla como una crisis de identidad. La resistencia de Pedro no es humildad, es orgullo; es el rechazo a un Dios que se rebaja demasiado.
Para el hombre contemporáneo, educado en la autosuficiencia y el control, el llamado a "dejarse lavar" es profundamente incómodo. Pizzaballa nos recuerda que no hay "parte" ni herencia en el Reino si primero no aceptamos que Dios entre en nuestra fragilidad, en nuestras incoherencias y en nuestros pecados. La verdadera conversión, sugiere la nota, no empieza por lo que hacemos por los demás, sino por la rendición ante el modo en que Dios decide amarnos: de rodillas.
Eucaristía y lavatorio: El cuerpo como don, no como defensa
La homilía establece una unidad indivisible entre el altar y el suelo. Al unir el "Cuerpo entregado" de Pablo con la "toalla ceñida" de Juan, el Cardenal redefine la Eucaristía. No es un objeto de adoración estática, sino una "forma de vida".
En un tiempo donde las instituciones y los individuos tienden a usar su "cuerpo" (su presencia, su poder, su influencia) para la autoafirmación o la defensa, el mensaje del Santo Sepulcro es disruptivo: el cuerpo solo tiene sentido si es partido y repartido. "Para ustedes" es la clave de bóveda de esta arquitectura espiritual. Si se separa la comunión del servicio, ambos pierden su significado y se convierten en cáscaras vacías de religiosidad.
Una Iglesia "al lado": El manifiesto de Tierra Santa
Finalmente, la editorial debe destacar la honestidad brutal con la que el Cardenal describe a su propia Iglesia: "No somos fuertes, no somos numerosos... a veces estamos tentados de defendernos más que de donarnos". Esta confesión de debilidad es, paradójicamente, su mayor fortaleza.
Pizzaballa propone una Iglesia que no pretende resolver las grandes dinámicas de la historia desde la cúpula del poder, sino que elige estar "dentro" de la historia "al lado" del que sufre. Es el lenguaje del "inclinarse" sobre los miedos ajenos sin ofrecer soluciones mágicas, sino una presencia fiel. En el Jerusalén de 2026, tener "parte con Cristo" significa compartir su abajamiento. Es una invitación a pasar de la lógica de la espada y la frontera a la lógica de la toalla y la mesa compartida. Una propuesta que, aunque nace en el Santo Sepulcro, resuena en cada rincón del mundo donde el miedo aún lucha contra la confianza.
La transcripción de la Homilía del Cardenal Pierbattista Pizzaballa pronunciada en la Basílica del Santo Sepulcro
Queridísimos hermanos, el Señor les dé la paz.
Estamos en el lugar donde una piedra selló la muerte y, sin embargo, ahora estamos aquí para celebrar la vida. Hay una tensión que no podemos ignorar: fuera, las puertas del Santo Sepulcro están cerradas. La guerra ha convertido este lugar en un refugio, un 'dentro' separado de un 'fuera' cargado de tensión. Estamos aquí como en un vientre de paz, mientras a nuestro alrededor el mundo se desgarra, y desearíamos poder cambiar todo esto.
Pero aquí, ahora, la Palabra de Dios nos entrega un gesto que trastoca todas nuestras consideraciones humanas. En el Evangelio de Juan leemos: 'Se levantó de la mesa, se quitó el manto y, tomando una toalla, se la ciñó a la cintura'. Ese verbo, 'ceñirse', en sus diversas expresiones, resuena en toda la Escritura. Es el mismo verbo que resuena en el Libro del Éxodo, en la primera lectura, cuando el Señor da las instrucciones para la Pascua: 'Comerán así: con la cintura ceñida, las sandalias en los pies y el bastón en la mano; lo comerán de prisa. Es la Pascua del Señor'.
Ceñirse la cintura en la Biblia es el gesto de quien se prepara para partir; es el gesto de quien está a punto de realizar un éxodo, de quien va a dejar la tierra de esclavitud para entrar en la libertad. El pueblo de Israel, aquella noche, comió el cordero con la cintura ceñida porque estaba a punto de salir. El cinturón era el signo de un paso inminente.
Y ahora Jesús, en la hora de su paso, se ciñe; pero no se ciñe para irse, se ciñe para inclinarse. Esto es lo primero que debemos ver: Jesús transforma el gesto de quien parte en el gesto de quien sirve. El éxodo, en la lógica de Dios, no es una fuga del mundo, sino un sumergirse en el mundo hasta el fondo. La cintura ceñida de Jesús ya no es el signo de quien huye de la esclavitud, sino de quien se hace esclavo por amor. Por eso, el lavatorio de los pies no es un gesto moral, un ejemplo edificante o una escena tierna; es la forma concreta de la Pascua de Jesús. Es el modo en que Dios atraviesa la historia, es el modo en que el amor decide entrar en el mundo.
Y es precisamente aquí donde surge nuestra resistencia, encarnada por Pedro. Cuando Jesús llega a él, Pedro reacciona con palabras tajantes: '¡Tú no me lavarás los pies jamás!'. No es solo pudor, es rechazo. Es el escándalo de un amor que se rebaja demasiado. Pedro no acepta a un Señor que se inclina. Pero la respuesta de Jesús es aún más tajante y es una de las frases más severas del Evangelio: 'Si no te lavo, no tendrás parte conmigo'.
Jesús no dice 'si no aceptas no serás de los míos', dice algo más profundo: 'No tendrás parte conmigo'. La palabra 'parte', 'tener parte', no indica un rol, sino una comunión. Es la palabra de la herencia, es la palabra de la alianza. Es como si Jesús dijera: 'Pedro, puedes admirarme, puedes seguirme, puedes incluso defenderme, pero si no aceptas este modo de amar, no entrarás en mi paso, no participarás de mi Pascua'.
He aquí el punto decisivo de esta liturgia. La Pascua no es algo que Jesús hace por nosotros sin nosotros; es algo que solo podemos vivir con Él. Y para vivir con Él debemos acoger su modo de amar. No hay comunión sin esa acogida, no hay parte sin dejarse servir. Pedro, como ocurre a menudo, quiere dictar las condiciones del amor. Querría un amor que salve sin tocar, que perdone sin exponerse, que libere sin rebajarse. Pero Jesús le dice: 'Si no te lavo, no tendrás parte conmigo', porque el amor verdadero no se queda a distancia: baja, toca, se expone.
Aquí podemos reconocernos todos. También nosotros querríamos a menudo un Dios que nos eleve sin ponernos en crisis, que nos dé dignidad sin atravesar nuestra fragilidad. En cambio hoy, aquí, se nos pide algo más difícil: dejarnos amar hasta el fondo. Dejar que Cristo se incline precisamente allí donde nosotros nos avergonzamos. Dejar que entre en nuestra pobreza, en nuestras incoherencias, en nuestros pecados. Solo así podemos tener parte con Él.
Y es en este punto donde comprendemos la Eucaristía. Pablo nos entrega las palabras de Jesús sobre el pan: 'Este es mi cuerpo, que es por ustedes'. 'Por ustedes', no por sí mismo, no por la propia afirmación, no para defender algo. 'Por ustedes' significa cuerpo entregado, cuerpo donado, cuerpo que no se reserva nada. Ese cuerpo que en la cena toma la toalla y se inclina. La Eucaristía no es separable del lavatorio de los pies. No son dos momentos distintos, son dos expresiones del mismo amor. El cuerpo partido en el altar es el mismo cuerpo que se arrodilla ante los discípulos. Si separamos ambas cosas, perdemos el sentido de ambas.
Por eso no estamos llamados solo a adorar, sino a entrar en una forma de vida. No basta con mirar a Jesús que se inclina, hay que decidir si queremos tener parte con Él. Y tener parte con Él significa aceptar que nuestra vida se involucre en su mismo movimiento. Jesús, después de lavar los pies, dice: 'Si yo, el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros'. No es un añadido final, es una consecuencia inevitable. Quien tiene parte con Él toma su forma; quien entra en su Pascua entra también en su servicio.
Pero esto, decíamos, no nace de un esfuerzo moral, nace de una experiencia recibida. Solo quien se ha dejado lavar puede aprender a lavar. Solo quien ha aceptado ser amado así puede amar así. Por eso, la primera conversión no es hacer algo por los demás, sino dejar de resistirse al amor de Cristo.
Queridísimos, la pregunta que esta liturgia nos entrega es sencilla y radical: ¿queremos tener parte con Él? No en abstracto, sino concretamente. ¿Queremos entrar en un amor que se rebaja? ¿Queremos una salvación que pasa por el servicio? ¿Queremos un Dios que no domina, sino que se inclina? Si decimos que sí, entonces comienza también para nosotros un éxodo. No un éxodo que nos aleja de la realidad, sino un éxodo que nos introduce en la realidad con una mirada nueva: un paso de la defensa al don, del miedo a la confianza, del orgullo a la comunión.
Esta palabra, 'tener parte', resuena de modo particular para nosotros, Iglesia de Tierra Santa. No somos una Iglesia fuerte, no somos una Iglesia numerosa, no somos una Iglesia que pueda permitirse elegir tiempos fáciles, y lo vemos continuamente. A menudo somos una Iglesia cansada, probada, a veces tentada de defenderse más que de donarse. Y sin embargo hoy el Señor no nos pide ser potentes, sino tener parte con Él. No nos pide resolverlo todo, sino no rechazar su modo de amar. Porque una Iglesia tiene parte con Cristo no cuando está a salvo, sino cuando acepta compartir su abajamiento.
Tener parte con Él, para nosotros que vivimos y testimoniamos el Evangelio en esta tierra, significa aprender el lenguaje del inclinarse: inclinarse sobre los miedos, sobre las incomprensiones, sobre las fatigas cotidianas de quien corre el riesgo de perder la esperanza. Inclinarse sin pretender tener soluciones inmediatas, sino ofreciendo una presencia fiel. Quizá no podamos cambiar las grandes dinámicas de la historia, pero podemos decidir si tenemos parte con Cristo en su modo de estar dentro de la historia: no por encima, no en contra, sino al lado.
Hoy, mientras celebramos la Eucaristía, pidamos una gracia esencial: dejarnos lavar, dejarnos servir, dejarnos amar sin condiciones. Porque solo así podemos de verdad tener parte con Él, y solo así nuestra vida, lentamente, tomará la forma de su Pascua. Amén.


