Eugenio Amézquita Velasco
Crónica: David Carracedo, cronista municipal de Comonfort
Crónica: David Carracedo, cronista municipal de Comonfort
-La fe comunitaria: el traslado del Santo Entierro como eje religioso entre Orduña de Abajo y Comonfort.
-La mesa compartida de los nopales y el camarón: un banquete que preserva la gastronomía ritual y el agradecimiento profundo.
-Evolución y permanencia de un rito centenario: cómo la devoción supera el cambio de imágenes y el paso del tiempo en el Río Laja.
El eslabón inquebrantable de la memoria
El cronista municipal de Comonfort, David Carracedo precisa que la historia de los pueblos no se escribe únicamente en los archivos oficiales, sino en el polvo de los caminos que separan —y unen— a las comunidades con sus centros de fe. La tradición de la comunidad de Orduña de Abajo, en el municipio de Comonfort, representa uno de esos capítulos fascinantes donde la devoción religiosa, la organización civil y la identidad gastronómica se funden en un solo acto de resistencia cultural. Hablar de la "Tradición de los Nopales" o de la antigua "Procesión del Santo Entierro" es asomarse a una ventana del siglo XVIII que sigue abierta en pleno siglo XXI.
El análisis de este rito nos permite comprender que la fe en Guanajuato no es estática. Originalmente, el epicentro era una imagen del Señor en su Santo Entierro, custodiada en la Capilla Antigua. El flujo de esta devoción marcaba el ritmo de la Semana Santa: el lunes, el traslado en hombros hacia la parroquia de Comonfort; el martes, la integración a la Procesión de las Cruces; y el jueves, el retorno triunfal a la comunidad.
Este movimiento de cinco kilómetros no era un simple trámite logístico; era, y es, un ejercicio de expiación y fraternidad. El hecho de que personas de la cabecera municipal acudieran por la imagen evidencia un vínculo intercomunitario que hoy parece diluirse en la modernidad, pero que en Orduña se mantiene vivo bajo la premisa del agradecimiento.
El punto culminante de esta manifestación ocurre tras la misa del Jueves Santo. Aquí, la liturgia sale del templo y se instala en el paladar. La ofrenda de nopales con camarones y tortas en caldillo de chile cascabel, acompañados por las auténticas tortillas estampadas, trasciende la caridad para convertirse en un contrato social de reciprocidad. Antiguamente, quince familias se turnaban para alimentar a los "transportadores"; hoy son cuarenta las que sostienen el compromiso. Esta expansión numérica no es menor: refleja una comunidad que, lejos de abandonar sus usos y costumbres, los fortalece. La tortilla ceremonial, hoy tristemente comercializada como objeto de mercadotecnia en otros ámbitos, recupera aquí su carácter sagrado como portadora de símbolos religiosos, recordándonos que el alimento es también un lenguaje espiritual.
Un aspecto acucioso del análisis es la mutabilidad de la forma frente a la inmutabilidad del fondo. A lo largo de las décadas, la imagen original del Santo Entierro se perdió en los vericuetos de la historia y el cambio de advocaciones —el templo construido en la Plaza 5 de Febrero terminó dedicado a San Antonio de Padua—.
Incluso la imagen del ábside sufrió fracturas que obligaron a su sustitución por un Cristo "prestado". Sin embargo, para el habitante de Orduña, la sacralidad no reside únicamente en la madera o la policromía, sino en el acto de presencia. El ritual sobrevivió al cambio de figuras porque la verdadera "imagen" es la comunidad misma caminando y compartiendo el pan.
El fenómeno actual de las cubetas de plástico sustituyendo a las ollas de barro para recibir el guiso podría interpretarse como una pérdida de estética, pero un análisis objetivo nos dicta lo contrario: es la adaptación funcional para que nadie se vaya con las manos vacías. La "sabiduría del tumulto" que se observa en el atrio, donde cientos de personas se coordinan sin mandos visibles, es la prueba fehaciente de que la tradición es un orden orgánico.
En conclusión, lo que sucede en Orduña de Abajo cada Semana Santa es la fabricación de un eslabón generacional. Como bien relata el testimonio de Don Antonio Landín, la hospitalidad se ha heredado y hasta incrementado con las nuevas generaciones. Al final, los nopales, el camarón y el Cristo en hombros son las herramientas de una comunidad que se niega al olvido, reafirmando que su sentido de pertenencia es tan sólido como los cimientos de su capilla y tan fluido como las aguas del Río Laja que los flanquea. Es, en esencia, la victoria de la memoria colectiva sobre el desgaste del tiempo.
Jueves Santo con sabor a nopales en Orduña de Abajo
A la derecha del Río Laja, en los linderos norteños de Comonfort, se levanta Orduña de Abajo. Un pueblo donde la historia no solo se escucha en los relatos de los viejos, sino que se saborea. Bien podría llamarse a esta crónica la antigua Procesión del Santo Entierro, o simplemente, la Tradición de los Nopales. Ambos nombres encajan a la perfección en un ritual tan singular como celosamente guardado por sus habitantes.
Don Antonio Landín, entonces de ochenta y dos años, narró hace tiempo al cronista municipal de Comonfort, David Carracedo, con mirada lúcida, aquellos días de su infancia. Entonces, la procesión ya arrastraba el peso de los siglos y se celebraba en la Capilla Antigua, una joya arquitectónica que respira aires del siglo XVIII. El lunes de Semana Santa marcaba el inicio de la odisea: un grupo de fieles venidos de la cabecera municipal cargaban en hombros al Santo Entierro a lo largo de cinco kilómetros hasta el templo parroquial. Tras sumarse el martes a la Procesión de las Cruces, la pesada imagen de madera emprendía el regreso a casa el jueves por la tarde con toda la pompa y el respeto que el pueblo sabía profesar.
Tras el Lavatorio de pies y la Institución de la Eucaristía, las puertas de la capilla daban paso al verdadero banquete de la fraternidad. Las familias de Orduña obsequiaban a manos llenas cazuelas de nopales con camarones. El festín se coronaba con las célebres tortillas estampadas, marcadas con sellos de símbolos puramente religiosos. No como ahora, que la modernidad las ha convertido en una curiosidad de fiesta para estamparles logotipos de empresas.
Si el bolsillo del anfitrión lo permitía, la mesa también se engalanaba con conserva de calabaza cocida en dulce. Nadie se iba con el estómago vacío. A los cargadores foráneos y a quienes apadrinarían la comida el año siguiente se les entregaba una porción especial en charolas o canastas de carrizo —para honrar la herencia artesanal de la zona— adornadas con flores frescas. Aquello era el génesis de todo: un profundo y humilde "gracias" para el señor Jesús Paloblanco y todos aquellos que sudaban la gota gorda llevando al Señor de ida y vuelta.
Por aquellos años se tenía una lista rotativa. Grupos de quince familias asumían el compromiso cada año, asegurando que a cada hogar le tocara el honor de alimentar al prójimo una vez cada tanto tiempo.
Tanta era la devoción que los vecinos de Orduña levantaron un templo propio en la cabecera municipal, en la plaza 5 de Febrero, para dar cobijo a la imagen durante esos cuatro días. Pero la historia dio un quiebro inesperado. Un día, el Santo Entierro no volvió jamás a Orduña ni a su nuevo hogar, el cual terminó cambiando su nombre por el de San Antonio de Padua.
La tradición se negó a morir. En su lugar, el pueblo adoptó al Cristo que colgaba en la nueva y espaciosa capilla, cuya construcción arrancó en 1925. Algunos lo llamaban el Señor de los Milagros, y los más jóvenes crecieron jurando que era el mismo Santo Entierro de siempre.
Pero en 1971 el destino volvió a poner a prueba la fe de Orduña. Don Antonio Landín, entonces encargado del templo, descubrió una dolorosa fractura que corría desde el hombro derecho del Cristo hasta su costado. El párroco Francisco Nambo Calderón ordenó su restauración inmediata, pero el miedo a que la pesada caminata lo destrozara de nuevo hizo que al año siguiente enviaran otra imagen más pequeña. A los cargadores de Comonfort no les hizo mucha gracia el cambio; lejos de armar un pleito, se cooperaron y compraron un imponente Cristo de tamaño natural. Ese Cristo, generosamente prestado por ellos, es el que hoy recorre los caminos y descansa casi todo el año en la capilla de Orduña, esperando el Jueves Santo para ser recostado en un lecho tupido de plantas y flores en el atrio.
Hoy la fiesta sigue latiendo con fuerza, aunque con sus variantes. Ya no son quince, sino cuarenta las familias que entran al quite con la comida. Afuera del templo, los muros del atrio se ven flanqueados por enormes ollas humeantes repletas de nopales y tortas de camarón sumergidas en un espeso y rojo caldillo de chile cascabel.
Cuando el sacerdote termina la misa y da la bendición a los alimentos, aquello se convierte en un maravilloso y coordinado oleaje humano. No hay filas ordenadas ni distancias; de un lado y de otro de las mesas, los recipientes de plástico fluyen vacíos y retornan llenos en un equilibrio asombroso. Es un tumulto sabio. El cálculo de comida, familias y visitantes es tan milimétricamente perfecto gracias a los años, que nadie se va sin probar bocado y ninguna olla regresa con sobras.
Quizás suene idílico, pero presenciarlo arranca una sonrisa. Es como si cada asistente supiera que está forjando un eslabón invisible que conecta a sus abuelos con sus nietos.
Los tiempos cambian y hoy, ante la marea de visitantes, el atrio ya no da abasto para comer ahí. Las cubetas de plástico de un galón se han vuelto el accesorio de moda para llevar el guiso a casa, aunque todavía se ven humeantes ollas de barro y platos devorados en algún rinconcito del pueblo.
La hospitalidad también ha crecido. Hace una década, a iniciativa de un nieto de don Antonio, también se les ofrece una comilona completa a los cargadores el lunes, cuando van a recoger la imagen. Dicen que por eso ahora son muchos más los voluntarios que se apuntan para cargar al Señor en hombros.
Asomarse a Orduña de Abajo en estas fechas es conmoverse ante la generosidad pura. Pero no es el único día que el pueblo abre el corazón; el veinticuatro de diciembre los buñuelos vuelan de mano en mano por todo el atrio, pero esa ya es otra historia.
Agradecemos profundamente al señor Antonio Landín Valle y a la maestra Rosario Landín Moya por las horas de charla y por abrirnos las puertas a los recuerdos más profundos de su comunidad, reconoció David Carracedo.
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