Eugenio Amézquita Velasco
Contemplar la figura del Padre Manuel Rangel Magaña en la celebración de la Santa Misa cada domingo, no es solo ver a un clérigo cumpliendo un rito; es presenciar una de las lecciones más puras de humanidad, servicio y entrega a Dios y a los hermanos, que el espíritu puede ofrecer.
Al observar cómo preside la Santa Misa y bendice personalmente a los fieles al término de la celebración eucarística, con el contexto de sus más de 80 años de vida y 56 de ministerio, la imagen de él celebrando la Santa Misa desde su silla de ruedas, con un altar adaptado y movimientos marcados por la fragilidad física, inspira una serie de reflexiones profundas.:
Se pone de manifiesto la belleza de la vulnerabilidad consagrada. Lo que más conmueve de la figura del Padre Manuel es su transparencia. No intenta ocultar su limitación; al contrario, la integra al sacrificio. Hay una caridad inmensa en el hecho de que un hombre, tras más de medio siglo de servicio, no use su cansancio o su dolor como una excusa para el retiro, sino como una nueva forma de ofrenda; sabe que debe perseverar en el santo servicio a Cristo hasta el último día de su vida.
Verlo sentado, con su pie lastimado, nos recuerda que la dignidad de una misión no reside en la postura del cuerpo, sino en la firmeza del alma.
Es una auténtica cátedra de misericordia viva. Su voz, aunque cargada por los años, mantiene una calidez que solo se obtiene tras décadas de escuchar confesiones, de consolar a los tristes y de bendecir a los que sufren. Inspira una ternura profunda.
Es la imagen del abuelo sabio que, a pesar de sus propias dificultades para moverse, sigue siendo el faro que guía a su comunidad. Su presencia nos dice que la misericordia no es un concepto teórico, sino un acto de presencia física: "aquí estoy para ustedes, a pesar de mis dolores".
Se pone de manifiesto la enseñanza del valor del "Sí" permanente. La mayor enseñanza que recogemos del Padre Manuel es la fidelidad. En un mundo obsesionado con la juventud, la velocidad y la eficiencia estética, él nos enseña el valor de lo permanente. Su vida es una protesta silenciosa y hermosa contra la "cultura del descarte".
Enseña sin explicaciones, sino con diario vivir, que el límite físico no es un límite espiritual. Se puede bendecir con la misma fuerza desde una silla de ruedas que desde el púlpito más alto.
Enseña en silencio la humildad. Aceptar la ayuda, adaptar el altar y celebrar con sencillez es un acto de humildad que dignifica el ministerio del sacerdocio católico.
Inspira una gratitud inmensa. Verlo confesar y bendecir con esa paz, hace sentir que las propias cargas son más ligeras. Inspira a ser más compasivos con la vejez y a entender que el servicio no termina cuando las fuerzas fallan, sino cuando el corazón deja de amar.
El Padre Manuel Rangel Magaña, es en este lugar, en este tiempo, en este instante alguien que se convierte en un sacramento vivo de la perseverancia en su entrega a Cristo y a todos. Es el testimonio de que el amor a Dios y a la comunidad de Nuestra Señora de San Juan de los Lagos es más fuerte que cualquier impedimento físico.
Su fragilidad es, paradójicamente, su mayor fortaleza, porque en ella se manifiesta una fe que no necesita de piernas fuertes para caminar, pues tiene alas de esperanza para volar.
Es, en toda la extensión de la palabra, un pastor que huele a oveja, un hombre que ha hecho de su propia debilidad un altar de amor a Cristo. #MetroNewsMx #GuanajuatoDesconocido


