Eugenio Amézquita Velasco
-No fue al lugar de castigo, sino al Hades o Seno de Abraham para liberar a los justos que esperaban al Redentor desde Adán.
-San Pedro y San Pablo confirman que Cristo predicó a los espíritus y bajó a las regiones inferiores antes de su ascensión.
-Visión de los Padres: San Ignacio e Ireneo ven este acto como la victoria sobre el Hades, despertando a la humanidad que dormía en el abismo.
-El Sábado Santo es el día del reposo y la actividad redentora en el abismo, uniendo la muerte con la resurrección gloriosa.
-El Símbolo de los Apóstoles lo cita directo; el Niceno lo omite para priorizar la divinidad de Cristo ante las herejías.
-Cristo describe la Gehenna como fuego eterno. La Iglesia lo define como autoexclusión libre y definitiva del amor de Dios.
La afirmación del Credo «descendió a los infiernos» constituye uno de los misterios más profundos y, a menudo, menos comprendidos de la fe católica. No se trata de una metáfora poética, sino de un acontecimiento histórico-salvífico situado en el corazón del Triduo Pascual.
El significado de "infiernos": El Sheol o Hades
Es fundamental aclarar que el término latino inferos -en plural- utilizado en el Símbolo de los Apóstoles no se refiere al Gehenna o lugar del castigo eterno de los condenados. En la teología bíblica y patrística, se refiere al Seno de Abraham o Sheol: el lugar donde residían las almas de todos los justos que habían muerto desde Adán hasta Cristo. Eran personas que, aunque privadas de la visión de Dios, esperaban al Redentor. Cristo no bajó a los infiernos para liberar a los condenados ni para destruir el infierno de la condenación, sino para liberar a los justos que le habían precedido.
En el Antiguo Testamento, el Sheol aparece como una región de sombras donde no se puede alabar a Dios -Salmos 6, 6-. La esperanza mesiánica sugería que Dios no abandonaría a su fiel en la región de los muertos -Salmos 16, 10-.
En el Nuevo Testamento, San Pedro es la fuente primordial cuando dice que «fue a predicar a los espíritus encarcelados» -Pedro 3, 19-. San Pablo añade que Cristo «bajó a las regiones inferiores de la tierra» antes de subir a los cielos -Efesios 4, 9-. Cristo mismo alude al "signo de Jonás", pasando tres días en el corazón de la tierra -Mateo 12, 40-.
Para los Padres de la Iglesia, este acto es la "victoria sobre el Hades". San Ignacio de Antioquía y San Ireneo de Lyon enseñaron que Cristo descendió para proclamar la salvación a los patriarcas y profetas.
Una de las piezas más bellas es la Homilía antigua sobre el grande y Santo Sábado, que la Iglesia lee en el Oficio de Lecturas es "un gran silencio envuelve la tierra... Dios ha muerto en la carne y ha despertado a los que dormían desde hace siglos... Va a buscar a nuestro primer padre como a la oveja perdida". Aquí, los Padres ven a Cristo tomando de la mano a Adán y Eva, diciéndoles: "Despierta, tú que duermes... yo no te he creado para que estuvieras preso en el abismo".
Santo Tomás de Aquino, en la Suma Teológica, explica que el descenso de Cristo fue "por efectos". Mientras su cuerpo estaba en el sepulcro, su alma unida a la Divinidad descendió a los infiernos. Su presencia allí no fue para sufrir, sino para manifestar su poder y gloria. Según el Doctor Angélico, Cristo iluminó aquel lugar con su luz, otorgando a los justos la gloria de la visión beatífica que tanto anhelaban. La liberación no fue un traslado físico, sino una transformación del estado del alma.
El Magisterio de la Iglesia ha defendido siempre esta verdad. El Catecismo de la Iglesia Católica -n. 631-637- resume que esta es la última fase de la misión mesiánica de Jesús: la extensión de la salvación a todos los hombres de todos los tiempos.
El Papa Benedicto XVI, en sus meditaciones sobre el Sábado Santo, describió este momento como el descenso de Dios a la "soledad extrema" del hombre. Cristo entró en la muerte no como una víctima pasiva, sino como el Vencedor que rompe las puertas de bronce. Por su parte, San Juan Pablo II subrayó que este hecho manifiesta la solidaridad total de Dios con la condición humana, incluso en el momento del fallecimiento.
Cronología en el Triduo Pascual
Este suceso ocurre estrictamente durante el Sábado Santo. El Viernes Santo, Cristo muere y su alma se separa del cuerpo. Sábado Santo, mientras su cuerpo descansa en el sepulcro -misterio de la sepultura-, su alma desciende al Hades. Es el día del "reposo de Dios", pero de una actividad redentora invisible y frenética en el abismo.
El Domingo de Resurrección, el alma de Cristo regresa al cuerpo y este es glorificado.
El "descenso a los infiernos" es el puente entre la Muerte y la Resurrección. Significa que Cristo ha explorado todos los rincones de la existencia humana. Ya no hay abismo donde Él no haya estado. Para el cristiano, esto significa que la muerte ya no es un lugar solitario ni una prisión sin salida, porque Cristo ha dejado las puertas abiertas.
Este misterio profesado en el Credo asegura que la redención de Cristo es universal: alcanza al pasado -los que murieron antes-, al presente y al futuro. No bajó al lugar del castigo eterno, sino que fue al encuentro de la humanidad que dormía, para llevarla finalmente a la luz de la Pascua.
La mención en el Credo
Es muy interesante notar la diferencia entre el Credo llamado Símbolo de los Apóstoles y la versión del Niceno-Constantinopolitano, ya que aunque ambos afirman la misma verdad de fe, la precisión teológica varía entre uno y otro debido a los siglos de diferencia en sus redacciones.
En el Símbolo de los Apóstoles, es la mención más directa y conocida, formulada de manera sencilla y rotunda: "...padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos..."
Aquí se utiliza el plural "infiernos" -del latín inferos-, que en el contexto teológico de la Iglesia no se refiere al lugar de los condenados, sino al "Lugar de los Muertos" -el Sheol o el Hades-, donde Cristo fue a anunciar la victoria a los justos que esperaban la redención.
En el Símbolo Niceno-Constantinopolitano, que es más extensa en otros puntos, no aparece la frase literal "descendió a los infiernos". El texto pasa directamente de la sepultura a la resurrección: "...y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato; padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día, según las Escrituras...".
¿Por qué falta? No es que se niegue el hecho, sino que este credo se centró en definir la divinidad de Cristo frente a las herejías de la época -como el arrianismo-. La mención del descenso a los infiernos ya se daba por sentada en la tradición oral y en el Símbolo de los Apóstoles, por lo que los padres conciliares no consideraron necesario incluirla explícitamente en esta fórmula técnica.
Entonces ¿Qué y cómo es el infierno que por lo regular entendemos?
El infierno, es mencionado por Jesucristo a través del término que utiliza con mayor frecuencia y contundencia en los Evangelios para referirse a lo que hoy entendemos como el lugar de condenación eterna y que es la Gehenna.
Este nombre tiene una raíz histórica y geográfica profunda. El Valle de Hinón -Ge-Hinnom-, un lugar fuera de las murallas de Jerusalén que en tiempos antiguos fue escenario de sacrificios humanos a ídolos paganos y que, en tiempos de Jesús, servía como el basurero de la ciudad. Allí, el fuego ardía perpetuamente para consumir los desperdicios y los gusanos proliferaban en la podredumbre.
Jesús utiliza esta imagen física y repulsiva para dar a entender una realidad espiritual aterradora. En el Evangelio de Marcos -9, 43-48-, advierte que es mejor entrar en la vida eterno lisiado que ser arrojado a la Gehenna, "donde el gusano no muere y el fuego no se apaga". También utiliza expresiones como las "tinieblas exteriores" y el "llanto y rechinar de dientes", subrayando que el infierno no es solo privación, sino un estado de remordimiento y desesperación absoluta.
Desde la enseñanza del Magisterio y el Catecismo de la Iglesia Católica -específicamente en los numerales 1033 al 1037-, el infierno se define no como un "lugar" físico en términos geográficos, sino como un estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados.
Para comprender el infierno desde la doctrina, hay que partir de dos ejes fundamentales y que son el amor de Dios y la libertad humana.
Dios no "manda" a nadie al infierno. El infierno es la consecuencia de morir en pecado mortal sin arrepentimiento y sin acoger el amor misericordioso de Dios. Es la criatura la que, mediante el ejercicio de su libertad, elige apartarse de su Creador. Como decía C.S. Lewis, las puertas del infierno están cerradas por dentro.
La pena de daño, es la esencia del infierno y el mayor de los sufrimientos. Consiste en la separación eterna de Dios, en quien únicamente puede el hombre hallar la vida y la felicidad para las que fue creado y a las que aspira. El ser humano está diseñado para Dios, y el vacío eterno de esa ausencia es un tormento superior a cualquier dolor físico.
La pena de sentido y es donde la doctrina también menciona sufrimientos que afectan a la integridad de la persona -simbolizados por el fuego-, que corresponden a la desorientación de las potencias del alma y, tras la resurrección final, del cuerpo, por haber preferido las criaturas al Creador.
En el infierno se tiene la pena de la eternidad e irreversibilidad. La Iglesia afirma que el infierno es eterno. No hay una "segunda oportunidad" después de la muerte porque el alma, al separarse del cuerpo, fija su voluntad de manera definitiva.
En resumen, el infierno es la soledad absoluta. Es el destino de quien ha dicho "no" a la Verdad y al Amor de forma persistente. La Iglesia enseña esta realidad no para infundir un miedo paralizante, sino como un llamamiento a la responsabilidad y a la conversión urgente mientras aún hay tiempo, recordándonos que nuestra vida y nuestras decisiones tienen una trascendencia eterna. Es el recordatorio de que Dios nos toma tan en serio que respeta incluso nuestra capacidad de rechazarlo para siempre. #MetroNewsMx #GuanajuatoDesconocido


