Al Padre Samuel Damián Pascual, en sus 10 años de sacerdote

Guanajuato Desconocido
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Eugenio Amézquita Velasco

-Gracias Señor, porque lo creaste, para el servicio de tu Reino
-Si vieras a un ángel, le harías una reverencia. Pero al sacerdote, le das más honor que a un ángel, porque el sacerdote tiene el poder de hacer presente a Dios en el pan y el vino. ¡Qué manos tan gloriosas son las manos del sacerdote! ¡Qué boca tan llena de fuego divino es la del que perdona pecados!: San Juan Crisóstomo
-El sacerdote es otro Cristo. No es un hombre que hace el bien, es Cristo mismo el que, a través de él, se hace presente en la historia. Si supieras lo que es un sacerdote, morirías de amor al verlo: San Pío de Pietrelcina
-Nada veo corporalmente en este mundo del Altísimo Hijo de Dios, sino su santísimo Cuerpo y su santísima Sangre, que los sacerdotes consagran y ellos solos administran a los otros. Y quiero que estos santísimos misterios sean honrados y venerados por encima de todo y colocados en lugares preciosos: San Francisco de Asís
-El sacerdote no es sacerdote para sí mismo, es sacerdote para ustedes. Él ha renunciado a su propia vida, a su propio nombre y a su propia familia para que ustedes tengan el Cielo. Si el sacerdote dejara de ser puente, el mundo se derrumbaría en el abismo: San Juan María Vianney, el Santo Cura de Ars
-Un sacerdote es un hombre que ha muerto para el mundo, para poder vivir solo para las almas. Su vida es una entrega sin condiciones, una oblación perpetua. El sacerdote que no se consume en el servicio, es un sacerdote que no ha comprendido el tamaño de su tesoro: San Josemaría Escrivá

Hay una belleza sagrada en el sacerdote que cumple su primera década. Ha dejado atrás el brillo de la primera misa y ha entrado en la densidad del mediodía. Hace diez años, dijo 'Sí' con la voz temblorosa de un joven que soñaba con conquistar el mundo; hoy, dice 'Sí' con la voz firme de quien sabe que el mundo se conquista dejándose clavar en la cruz de las necesidades ajenas.

A los diez años de su ordenación, el sacerdote ya conoce el peso del secreto de confesión, el frío de las salas de hospital a media noche y la fatiga de las manos que han bautizado a cientos, pero que a veces no encuentran otra mano que las sostenga. Su renuncia ya no es una teoría aprendida en el seminario; es una realidad que vive en el silencio de su casa vacía, una soledad que él ha poblado con los rostros de su pueblo.

Dejarlo todo a esta edad del sacerdocio, significa algo más profundo que al principio. Significa haber renunciado a la propia agenda, al propio tiempo y al propio orgullo. Significa haber entendido que el Maestro no lo llamó para ser un administrador de lo sagrado, sino para ser pan partido. Diez años de ordenación son diez años de ser 'comido' por los problemas de los demás, por las dudas de los jóvenes, por la soledad de los ancianos.


El sacerdote joven de diez años de ordenado es aquel que ha descubierto que su verdadera fuerza no está en su elocuencia, sino en sus cicatrices. Ha dejado la casa de sus padres para construir un hogar sin paredes donde todos caben. Ha dejado la seguridad de un apellido para ser simplemente 'el Padre', aquel hombre que no tiene nada pero que, cuando abre las manos en el altar, ofrece al mundo el único Tesoro que no se agota. Es la fidelidad de quien ha comprendido que seguir a Jesucristo no es una carrera de velocidad, sino una marcha de resistencia por amor, donde cada año cumplido es un pétalo más de una vida que se deshoja para que otros tengan vida.

El sacerdote: ser el que perdona y el que nunca es perdonado por la envidia

Vivir en medio del mundo sin ambicionar sus placeres; ser miembro de cada familia, sin pertenecer a ninguna; compartir todos los secretos, sin poseer ninguno propio;
curar todas las heridas y no tener quien cure las suyas; consolar a los que lloran y no tener donde reclinar su propia fatiga.


Llevar una vida que es un misterio para el mundo, pero que es un libro abierto para Dios; ser un hombre entre los hombres, pero un ángel en la oración; ser el esclavo de todos y el señor de sus propias pasiones; ser el que perdona y el que nunca es perdonado por la envidia.

Haber dejado el calor del hogar paterno, el abrazo de los padres, la compañía de los hermanos y la mano de los amigos; haber dicho adiós a las promesas de la juventud y a los sueños de una familia propia, para que su casa sea la iglesia y su familia sea la humanidad.

Cerrar la puerta tras de sí, no por desprecio al mundo, sino por un amor que no cabe en cuatro paredes; ser aquel que camina solo para que nadie camine en soledad;
el que entrega sus manos para que solo bendigan, sus pies para que busquen al extraviado, su voz para que sea el eco de la Verdad, y su corazón para que sea el altar donde se consume el sacrificio del Maestro.

Estar en el altar como si estuviera en el Calvario; ser un hombre que se anonada para que Dios crezca; ser un puente de cristal, transparente y firme, por donde los hombres pasan hacia la eternidad sin detenerse en él.

Vivir para los demás, morir para sí mismo; ser pobre para enriquecer a muchos; ser pequeño para que Dios sea grande; ser, en fin, otro Cristo, que lo ha dejado todo por seguir al Maestro y que, no teniendo nada, posee el universo entero.

Dejarlo todo por el Reino de los Cielos

¿Qué significa dejarlo todo? No es simplemente una renuncia material; es una transposición del centro de gravedad de la existencia. El hombre que ha sido tocado por el llamado de Dios siente que la tierra se vuelve un lugar de exilio, no por odio al mundo, sino porque ha vislumbrado una patria cuya luz hace que las estrellas de este mundo parezcan velas mortecinas. Al seguir al Maestro, el sacerdote —o aquel que consagra su vida— experimenta un proceso de kenosis, de vaciamiento.

Primero, se vacía de sus deseos propios para que la voluntad de Dios fluya como un torrente sin obstáculos. Después, se vacía de su propia familia, no para abandonarla, sino para aprender a amar a cada rostro humano como si fuera el rostro de su propio hermano. ¿Cómo puede uno amar a todos si el corazón está cautivo de unos pocos? La renuncia no es una mutilación del amor, es su universalización.

El sacerdote es aquel que se atreve a vivir como si ya hubiera resucitado. Mientras el mundo se encadena a la posesión, él se libera en la desposesión. Mientras otros construyen muros para proteger lo 'suyo', él derriba las paredes de su ego para que el dolor de cualquier desconocido se convierta en su propia oración.

Es una vida 'loca' según el juicio de los hombres, porque el mundo no puede entender a quien no busca el aplauso, ni el poder, ni la herencia de la sangre. Es un martirio incruento, una muerte diaria ante el espejo, para que al final, cuando el sacerdote despierte cada mañana, no encuentre su propia cara, sino el reflejo de la Misericordia de Aquel que le dijo: 'Ven y sígueme'. Haberlo dejado todo es, finalmente, haber descubierto que no se ha perdido nada, pues al perderse a sí mismo en Dios, ha ganado la eternidad de todos los hombres. 

PD: Con todo el cariño, aprecio y afecto fraternos de quien redactó este artículo para usted, Padre Samuelito, y de todo el equipo de colaboradores y periodistas de Metro News y Guanajuato Desconocido. Que Dios le dé larga vida para que siga sirviendo a los demás.
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