Eugenio Amézquita Velasco
-Mons. Aguilar propone la Pascua como la fuerza necesaria para vencer el miedo y la inseguridad que acechan a Celaya.
-El Obispo urge a los celayenses a abandonar el "sepulcro" de la apatía y transformar la ciudad desde el compromiso.
-La Eucaristía es el alimento vital para resistir y superar la crisis de esperanza actual.
-El llamado a "volver a Galilea" instruye a los fieles a llevar la paz y la ética cristiana a su entorno diario.
-En una realidad difícil, la homilía reafirma que el mal es temporal y que la vida siempre tiene la victoria final.
La Pascua en Celaya, un llamado a desbloquear la esperanza
En un contexto donde la ciudad de Celaya y la región Laja-Bajío enfrentan desafíos estructurales de seguridad y cohesión social, la homilía de Mons. Víctor Alejandro Aguilar Ledesma precisa lo religioso pero también es una pieza con llamado social y ético. El obispo no solo habla desde el ambón; habla a una sociedad que, en sus propias palabras, parece vivir en una "crisis de esperanza".
El uso de la simbología de la luz -el Cirio Pascual- frente a las "tinieblas del pecado" no es solo una metáfora teológica. Para el ciudadano de a pie en Celaya, las "tinieblas" tienen nombres concretos: inseguridad, miedo y una sensación de asedio constante.
Mons. Aguilar utiliza el concepto de "abrir sepulcros" como una urgencia social. Su mensaje es directo: existe una tendencia a la reclusión —tanto física como emocional— por el miedo. Al invitar a "llevar la luz a donde quiera que vayamos", el prelado propone una resistencia civil basada en la fe, donde el ciudadano no debe permitir que el entorno opaque su capacidad de actuar con ética y alegría.
Un punto medular de su discurso es la mención a la "náusea de la vida" y la apatía. Este es un diagnóstico clínico de la sociedad actual. El Obispo identifica que el problema de Celaya no es solo la violencia externa, sino el desgaste interno del ciudadano que deja de creer en el futuro.
La homilía actúa como un contrapeso psicológico. Al enfatizar la "Resurrección" frente a la "Reviviscencia", el Obispo aclara que no se busca volver al pasado -una paz nostálgica-, sino construir una vida nueva, una transformación radical de las estructuras personales y sociales.
La Eucaristía como cohesión comunitaria
Objetivamente, el llamado a "no fallar a la Eucaristía dominical" es la verdadera y sana recuperación de espacios. En una ciudad donde las plazas se vacían temprano, el templo se mantiene como uno de los últimos bastiones de reunión masiva y pacífica. La comunión funciona como alimento vivo. Mons. Aguilar posiciona el sacramento como una necesidad vital para no sucumbir ante el desánimo.
El mandato de "ir a Galilea" -donde todo empezó- es interpretado como el retorno al compromiso cotidiano con Jesús. Para el celayense, "Galilea" es su trabajo, su familia y su colonia. El mensaje es claro: la espiritualidad no debe ser un escape de la realidad difícil, sino el medio para enfrentarla.
Mons. Víctor Alejandro Aguilar Ledesma ha lanzado un reto: abandonar el sepulcro de la indiferencia. Su homilía no es una promesa de soluciones mágicas a los problemas, sino un llamado a la fortaleza interior.
En un Celaya que a veces se siente en una "vigilia permanente" esperando el amanecer, el Obispo propone que cada ciudadano sea, en sí mismo, un portador de esa luz necesaria para reconstruir el tejido social. La Pascua, bajo esta lupa, es el motor de una esperanza operativa que urge a la acción y rechaza el inmovilismo del miedo.
El texto de la Homilía de Mons. Víctor Alejandro Aguilar Ledesma, obispo de Celaya
Mons. Víctor Alejandro Aguilar Ledesma:
Tenga la bondad de sentarse por favor. Hermanos, estamos en el domingo de resurrección. Al celebrar el misterio pascual —pasión, muerte y resurrección de Jesús— estamos en el centro de la vida cristiana. Todo lo que celebramos en el año litúrgicamente hablando tiene sentido en la Pascua, porque la Pascua, la resurrección de Jesús, ilumina todo el Antiguo Testamento; ilumina todo lo que Jesús dijo y enseñó.
La resurrección le da luz a la iglesia porque de allí nace la fe de una iglesia que proclama, como escuchamos en la lectura del Hechos de los Apóstoles en su kerigma, el anuncio de un Señor Jesús que sí enseñó la verdad, pasó haciendo el bien, que murió por nuestros pecados, pero que ha sido resucitado, que ha vuelto a la vida y ha vencido a la muerte. Y con la muerte ha vencido al pecado; ha vencido también con su luz las tinieblas y en él todos tenemos una vida nueva. Claro, dice ahí: el que crea y acepte a este Jesús en su vida pues tendrá esa vida nueva. Y eso es lo que la Iglesia proclama: la resurrección del Señor Jesús.
Nosotros cada vez que venimos a la Eucaristía, especialmente el domingo, anunciamos la muerte del Señor Jesús que murió por nuestros pecados, pero también proclamamos su resurrección y estamos en la espera de su segunda venida: ven Señor Jesús. Por eso cuando decimos "Este es el sacramento de nuestra fe", decimos: "Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ven Señor Jesús". Él vendrá como juez de vivos y muertos; ha sido constituido por la resurrección juez de vivos y muertos. Entonces el Señor, al ser constituido como juez, también pues nosotros esperamos su venida en la que emitirá su juicio final sobre toda la historia, la recapitulación de todo.
¿Qué le da sentido al antes, al en el momento y al después? La luz de la resurrección del Señor Jesús. Por eso es clave para nosotros en la fe. Diría San Pablo: si Cristo no hubiera resucitado, inútil y vana sería nuestra fe. Jesús sería cualquier otro, como cualquier filósofo, cualquier otro hombre bueno que dijo buenos consejos, que dio buenas ideas. Un Confucio, un Buda, un Mahoma; un hombre cualquiera que también hizo cosas buenas y dijo cosas buenas y dio buenos consejos y dejó buenas sentencias, y un buen filósofo y filántropo y lo que ustedes quieran, pero un hombre. En cambio, Jesús ha hecho lo que ninguno ha hecho porque él es Dios: primero, resucitar. Por eso la resurrección es fundamento de la fe. Creemos en un Dios que está vivo, que resucitó.
¿Y qué significa esa resurrección? No es una reviviscencia; no es que el Señor haya revivido como la resurrección de Lázaro o la del hijo de la viuda de Naín. Ellos revivieron, digámosle así, pero volvieron a morir. La resurrección es volver a la vida pero para no morir jamás; es decir, es la victoria sobre la muerte. La resurrección es volver a la vida, pero una vida eterna; ya no es la vida temporal. Por eso para nosotros la muerte no es el final de la vida. Nosotros morimos siempre con la esperanza de resucitar; nosotros no morimos desesperados, morimos con la esperanza de esa feliz resurrección. Aunque como decimos en el prefacio de los difuntos: aunque la certeza de morir nos entristece, a nosotros nos consuela la promesa de esta futura inmortalidad, porque creemos en esta resurrección del Señor Jesús.
Ahora, esta resurrección... el Señor Jesús va a estar muy al pendiente de que sus apóstoles, durante esos cuarenta días antes de su ascensión, el Señor Jesús va a estar confirmando a sus apóstoles en esta verdad: que los apóstoles estén convencidos que realmente él está vivo. Aunque fíjense cómo para algunos apóstoles como Juan, que escuchamos hoy en el evangelio, él es diferente a las mujeres. Ellas dicen: "Se lo han llevado, el sepulcro está vacío, no sabemos dónde lo habrán puesto". Y ellas pensarían quizá que los soldados que estaban cuidando o alguien; están pensando que todavía no tienen la comprensión de lo que significa la resurrección.
En cambio, llama la atención el evangelista San Juan que, cuando ellos saben que el sepulcro está vacío, van corriendo. Llega primero Juan porque obviamente estaba más joven, y dice que llegó al sepulcro pero no entró. Se esperó a que llegara Pedro para darle el lugar a Pedro, porque Pedro tiene cierta primacía entre todos los apóstoles. Entonces: "tú debes ser el primero en ver", y deja que Pedro vea. Y cuando llega Pedro, Pedro entra y ve el sepulcro vacío, ve el sudario, ve la túnica todo doblado, acomodado, etcétera. Pero es lo que él percibe.
Pedro, en cambio... dice que el otro discípulo, Juan, vio y creyó. O sea, a Juan le bastó ver el sepulcro vacío y ver el sudario y la túnica dobladas para creer. O sea, era para él la confirmación de lo que Jesús le había dicho. No va a necesitar lo que va a necesitar Tomás. Tomás decía: "Yo no... eso de la resurrección... ahí se les aparece a todos y a mí no... no, no, yo no. A mí hasta que no meta yo mi dedo ahí en los agujeros de los clavos y quiero meter la mano ahí en el costado, ahí donde el soldado le abrió con la lanza, yo quiero tener esas pruebas". En cambio Juan no necesitó ni meter los dedos en los agujeros como Tomás, sino vio y creyó. Le creyó al Señor Jesús.
Nosotros también hermanos creemos aunque no hemos visto. No nos tocó ver la resurrección del Señor Jesús ni a ti ni a mí, y creemos en la resurrección como Juan. ¿Y nos va a tocar verla? Pues sí, cuando nos toque la resurrección. Pero también eso es ver y creer. Por eso cuando Jesús resucita a su amigo Lázaro, Marta como que le reclama y le dice: "Si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano". Jesús le dice: "Marta, ¿qué no sabes que yo soy la resurrección y la vida? Y el que cree en mí, aunque muera, vivirá. ¿Crees tú esto?". Ella dijo: "Sí, sí creo". Pero no creía tanto, porque cuando fueron a la tumba y le dice Jesús "Quiten la piedra", Marta dice: "Señor, ya huele feo". "No, ¿pues no te estoy diciendo que el que cree verá la gloria de Dios?".
Entonces esa fe en la resurrección es lo que nos da a nosotros la capacidad de ver y contemplar la gloria de Dios. Creer. Y eso lo vamos viviendo y celebrando hermanos cada domingo en nuestra Eucaristía. Por eso yo los invito a todos a estas cuatro cosas:
Primero, en tiempo de esta Pascua no le fallemos a nuestra Eucaristía dominical porque es donde tú y yo somos invitados a la mesa con el resucitado. No a hacer memoria del pasado, sino a tener la experiencia de la fuerza de la resurrección en la Eucaristía.
La segunda, a que nos sintamos urgidos. En este mundo que yace en tristezas, en apatías, en indiferencias, en cansancios, en fastidios, en una náusea de la vida de la existencia, seamos testigos alegres de la resurrección. Así como andaban estos apóstoles corriendo; iban y corrían. Ahí van las mujeres, van a correr a avisar; ahí vienen los apóstoles a ver. Así tenemos que andar hoy en día nosotros ante un mundo triste, apagado, en tinieblas. Vayamos a encenderle la lucecita a muchos que ya se les apagó la vela, ya se les apagó la fe. Hoy nuestro mundo necesitamos darles esperanza; esperanza en algo. Hoy nuestra gente tiene una crisis de esperanza.
La tercera es: miren hermanos, dice hoy la segunda lectura, "el que ha renacido de Cristo busca las cosas de allá arriba". Pongamos todo el corazón en los bienes eternos. Los bienes temporales los necesitamos temporalmente, pero necesitamos poner el corazón en los eternos porque son para la eternidad, porque creemos en esa eternidad, porque vamos a vivir eternamente. Entonces tenemos que buscar valores eternos y ya desde ahora tenemos que hacerlo. Nuestras resurrecciones diarias a una vida nueva —la esperanza, la alegría, etcétera— tendrán su feliz cumplimiento en la resurrección final. Por eso nuestra muerte diaria al pecado tendrá también en nuestra muerte su culmen. Allí moriremos y morirá el pecado para siempre, y nuestras resurrecciones diarias tendrán su culmen en nuestra resurrección cuando al morir resucitamos para una vida nueva eterna. Por eso hay que poner el corazón ahí, no hay que desenfocarnos.
Y cuarto, que también es importante en nuestra vida, pues cómo compartir esto que Jesús hace en la Eucaristía. Él toma el pan, bendice a Dios nuestro Señor, se parte el pan y se comparte. El Señor a todos los que se acercan a él, y especialmente en la Eucaristía, a todos nos da esa prenda de vida eterna. Dijo el Señor Jesús: "El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día". Es decir, porque estamos comiendo esta carne sacramental de Jesús pero de su cuerpo glorioso también ya resucitado. Por eso nosotros, al comer el cuerpo de Cristo, comemos en prenda nuestra futura resurrección. Por eso hermanos, eso de comulgar no es nada más una devoción, no es que "ay, yo es que no tengo ganas de comulgar". Comulgar es una necesidad. ¿Tú quieres resucitar en el último día? Pues comulga. El Señor está diciendo: "el que come mi carne y bebe mi sangre yo lo resucitaré". Ahí está el compromiso del Señor Jesús. Si tú comes su cuerpo y bebes su sangre, el compromiso de Jesús es: "yo te resucitaré en el último día". ¿Pues queremos gozar esa resurrección, no hermanos? Pues bueno, pues comulguemos el cuerpo y la sangre del Señor que nos ofrece en cada Eucaristía. Pues felices Pascuas de resurrección a todos. Que así sea. #MetroNewsMx #GuanajuatoDesconocido


