Eugenio Amézquita Velasco
-Cristo asume la condición de siervo doliente para absorber como esponja los crímenes de la humanidad, transformando el escarnio en salvación.
-El sacrificio en la cruz no es un evento circunstancial, sino una entrega voluntaria y vicaria que ofrece libertad frente al pecado y la muerte.
-Frente a la indiferencia de los Pilatos modernos y el cinismo de nuevos Herodes, la Iglesia propone la integridad de María al pie de la cruz.
-El reinado de Jesús no proviene de este mundo ni de intereses políticos, sino de un corazón abierto que atrae a todos mediante la fuerza del amor.
-Perdonar lo humanamente imperdonable solo es posible a través de la paz de Cristo, quien vence al mal ahogándolo en una sobreabundancia de bien.
El trono de la Misericordia y la paradoja del Reino
La conmemoración del Viernes Santo no constituye un mero ejercicio de memoria histórica sobre un evento ocurrido hace dos milenios; es la actualización de un misterio teológico donde la muerte de Jesucristo se revela no como un accidente del destino, sino como una decisión voluntaria y soberana de amor extremo.
Como bien señala el análisis de Mons. Víctor Alejandro Aguilar Ledesma, la entrega de Jesús es una expiación vicaria: Él ocupa el lugar del pecador para que el ser humano sea liberado del mal. En esta dinámica, el Mesías se presenta como el "Siervo Doliente" prefigurado por Isaías, una figura que absorbe la oscuridad de la condición humana sin participar del pecado, convirtiendo su propio cuerpo escarnecido en la fuente de nuestra sanación.
El análisis acucioso de la Pasión revela una tipología de personajes que trasciende el tiempo y se instala en nuestra realidad contemporánea. Hoy, como ayer, el escenario social se divide entre la cobardía de quienes lavan sus manos ante la injusticia, el cinismo de quienes buscan un espectáculo religioso para su propio divertimiento —personificado en la figura de Herodes— y la fortaleza inquebrantable de la Virgen María y San Juan. Es imperativo cuestionarnos qué papel desempeñamos en este drama existencial. La Procesión del Silencio, lejos de ser un evento meramente cultural o una plataforma para intereses políticos ajenos a la fe, debe ser entendida como un acto de acompañamiento profundo al dolor de la Madre y a la agonía del Hijo, quien sigue padeciendo hoy en las familias desintegradas y en las sociedades fracturadas por la violencia.
La naturaleza del reinado de Jesucristo desafía toda lógica humana de poder y dominio. Mientras el mundo entiende el reino como imposición y control, Cristo establece su soberanía desde la cruz. Su trono es el madero; su corona, las espinas; y su ley, el amor que perdona incluso a sus verdugos. "Mi reino no es de este mundo", sentenció ante Pilato, dejando claro que su autoridad emana de la entrega y el servicio. La herida del costado, abierta por la lanza, no es solo una marca de muerte, sino la apertura del Sagrado Corazón donde toda la humanidad encuentra refugio. En este sentido, la victoria de Cristo es la derrota definitiva del odio: Él no devuelve mal por mal, sino que ahoga la maldad en una abundancia de bien, dándonos la clave para la transformación social.
Finalmente, el desafío de la fe en el siglo XXI radica en la capacidad de perdonar. Reconocemos objetivamente que existen ofensas y heridas que, desde una perspectiva estrictamente humana, resultan imposibles de sanar. Sin embargo, la fuerza para otorgar el perdón no proviene de la voluntad propia, sino de la identificación con el Crucificado. Al desterrar a Dios de la educación y la cultura, el ser humano se priva de la única herramienta capaz de romper el ciclo de la violencia. La nota editorial de esta conmemoración es clara: solo a través del misterio de la Cruz, donde el amor se hace entrega absoluta, podemos dar muerte al odio y renacer a una paz auténtica que trascienda el tiempo y nos abra las puertas de la vida eterna.
La reflexión íntegra de Mons. Víctor Alejandro Aguilar Ledesma, Obispo de Celaya
Monseñor Víctor Alejandro Aguilar Ledesma:
Nos sentamos un momento, por favor. Hermanos sacerdotes, hermanos fieles todos: en este Viernes Santo conmemoramos la muerte de nuestro Señor Jesucristo, que sucedió en el tiempo hace más de dos mil años. Nosotros sabemos que esa muerte de Jesús no es solamente circunstancial; es decir, no murió por unas circunstancias del tiempo, sino que, dentro del plan de Dios Padre, su Hijo Jesucristo tenía que entregar su vida. Y al dar su vida, lo iba a hacer de la forma más ignominiosa, es decir, vergonzosa.
Por eso, ya desde —podríamos decir— ese quinto evangelio del profeta Isaías, se nos da una descripción de cómo el Mesías, revestido de siervo, asumiría en unas escenas dramáticas la condición del ser humano; de modo que absorbería, como esponja, todos los sufrimientos y todos los pecados de la humanidad. En la primera parte nos dice que ya su rostro había perdido incluso su fisonomía humana; describe el profeta Isaías a Jesús en el tiempo, visualizando la Pasión.
Y vea a este Jesús, este siervo doliente que, desfigurado y destrozado, parecería como si lo estuviera viendo Isaías: cómo cargó sobre sus espaldas todos los crímenes. Parecería que estuviera viendo la flagelación y cómo sus llagas —que pueden ser los clavos, la lanza que le abrió el costado o toda su carne escarnecida y latigada— fueron causa de nuestra salvación. De manera que no podemos decir que murió por causa de los judíos; no es circunstancial. Por eso decimos en el Credo: "murió en tiempos de Poncio Pilato".
Cristo mismo lo dijo: "Yo entrego mi vida voluntariamente, nadie me la quita". Por eso uno puede entender cómo no se defendía, como un cordero que va al matadero, y cómo recibió golpes, salivazos... todo lo recibió. ¿Y por qué recibió todo? Pues porque absorbió toda la condición humana, menos el pecado. Pero todos nuestros pecados —los de antes, los de ese tiempo y los nuestros— fueron asumidos por Jesús.
Una frase muy fuerte que dice San Pablo es: "Cristo se hizo pecado por nosotros", porque quien debería morir es el pecador. Por eso no solo muere por nuestros pecados, sino en lugar del pecador; es decir, en lugar de nosotros. Por eso decimos que es una expiación vicaria. Él muere, no por las circunstancias, sino obedeciendo al Padre para librarnos del pecado y para que nosotros en Él fuéramos liberados del mal.
Pero, al mismo tiempo, Él no profirió ninguna amenaza, ninguna insolencia; enmudeció. Cuando uno ve esas películas de la Pasión, dice: "Bueno, Señor, ¿por qué no te defiendes?, ¿por qué no dices algo?, ¿por qué no devuelves algo de lo que te hacen?". Porque así es el bien: el bien no puede hacer el mal. De manera que absorbe el mal de la humanidad y le devuelve bendición, devuelve bondad.
Sin embargo, sigue habiendo personas en el mundo que siguen optando todavía por el mal y siguen siendo Pilatos cobardes; pueden ser Herodes, muy cínicos y payasos, que querían un Jesús milagrero que los divirtiera; o podemos ser unos discípulos también cobardes que se esconden. O podemos tener la integridad y la fortaleza de la Virgen María, de San Juan y de las otras mujeres. O, involuntariamente, sin saberlo, soldados que sin escrúpulos golpeaban a Jesús, se burlaban de Él, le ponían la corona, el manto morado y le decían: "Ah, ¿eres tú el Rey de los judíos?".
¿Cuántos personajes de la Pasión podemos ser nosotros en este tiempo y en este momento? Este Viernes Santo se hace la Procesión del Silencio porque el Viernes Santo es un viernes de meditación, de silencio. Y esa Procesión del Silencio es acompañar a María en su dolor, darnos cuenta de todo lo que ella sufrió y cómo, unida a Cristo, ella también padeció.
Nosotros también, los sufrimientos y dolores de esta vida, junto con María, debemos unirlos a Cristo, porque Jesús sigue sufriendo y padeciendo en nuestras familias, en nuestras sociedades; y solamente el sufrimiento, el dolor y la enfermedad tendrán sentido y fuerza en Cristo, junto con María, nuestra Madre Dolorosa.
Y por eso se hace esa Procesión del Silencio que, a veces, a otros les sirve para temas políticos y cosas culturales, y que no tienen la menor idea de lo que se trata la vida religiosa ni la vida espiritual. No saben lo que significa la muerte de Jesús, porque la muerte de Jesús es su reinado. Si ustedes se fijaron en el texto, casi todo el tema era el Rey: que si eres Rey, que si no eres Rey, que si eres Rey de los judíos, que "aquí está su Rey", que "no le pongas el Rey de los judíos"... "Pues ya lo escribí y así se va a quedar: el Rey". Es el Rey.
"Nosotros no tenemos otro rey más que el César". "¿Y quieren que les condene a su Rey?". "Pues ese no es tu Rey". Él dijo que se llamaba Rey: "Tú lo has dicho, pero mi reino no es de este mundo". El reinado de Jesús es desde el amor en la cruz, desde el amor de Jesús. Por eso dice: "Cuando el Hijo sea elevado en lo alto, atraeré a todos hacia mí". A su reino somos llamados, atraídos por la fuerza de su amor. Él no quiere llamarnos a fuerzas, ni por presiones, ni con condiciones, ni con promesas.
Solamente somos... y por eso aquella lanza que abrió su costado exhibió su corazón, su amor por todos, para que ahí quepamos todos: en el corazón abierto del Redentor. Ese es su reino, su reino de amor. Y los que somos de Jesús le damos muerte a la violencia, al odio, y nosotros nacemos en Cristo para la vida. Y cómo desde esa cruz nosotros, hermanos, también podemos como Jesús reinar sirviendo y amando, pero sobre todo perdonando. Perdonando. "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen".
Hoy, cuando a nuestro Señor Jesús queremos desterrarlo de la vida, de la cultura y de la educación, pues sigue vigente esa lucha de siempre entre el bien y el mal, y no se va a acabar. Solamente desde Jesús podemos vencer con este signo. Venceremos con el signo del amor. ¿Cómo podemos acabar el mal? Pues solo ahogándolo en mucho bien. Y solo desde la cruz de Jesús podemos nosotros, a todos los que hacen el mal, perdonarlos.
Hay gente que dice: "Padre, es que yo esto no lo puedo perdonar". Pues sí, hay cosas que humanamente no se pueden perdonar; humanamente, de verdad, hay cosas muy graves que nos hacen, o te hacen, o nos han hecho. Y la única fuerza que tienes para perdonar es la de Jesús. Solo desde Jesús puedes perdonar y tener paz en tu corazón.
Hermanos, que desde la victoria de Cristo en la cruz, atraídos a su amor y donde Él ha absorbido todos nuestros pecados para liberarnos, nos invite a que también nosotros en el mundo, por el misterio de su cruz y de su muerte, demos muerte al odio, a la violencia y renazca en nosotros la paz, el bien y el amor. Pues cada vez que veas un Cristo crucificado, veamos cuánto amor nos ha tenido, que, obedeciendo al Padre, quiso subir al leño de la cruz para que en Él todos tuviéramos el acceso a la vida eterna. #MetroNewsMx #GuanajuatoDesconocido


