El milagro de Yuriria, fe frente a la tragedia: Vida del Padre Nieves

Guanajuato Desconocido
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Eugenio Amézquita Velasco

-Mateo Elías nació en un humilde tugurio de la Isla de San Pedro en 1882 y recibió el bautismo tras encontrarse al borde de la muerte.
-Su vocación sacerdotal nació tras recibir la Primera Comunión en 1890, inspirado por la figura de su párroco Rafael Villafuerte.
-En 1894 sobrevivió milagrosamente a la tuberculosis, declarando con plena fe que no moriría pues su destino era ser un sacerdote.
-La tragedia golpeó su vida en 1895 cuando su padre, Don Ramón Nieves, fue asesinado por salteadores cerca de la Puerta de Andaracua.
-Ante la miseria, Elías trabajó en el campo por 35 centavos al día, manteniendo una fe intacta y una sonrisa como su distintivo vital.

La historia de Fray Elías del Socorro Nieves es un relato de resistencia espiritual que comienza en la humildad de un hogar en el Lago de Yuriria. Su infancia, marcada por una salud precaria y la pobreza extrema, no fue impedimento para que una vocación inquebrantable floreciera desde su primera comunión en 1890. El texto de Fray Nicolás P. Navarrete nos transporta a un pasado donde el sentido del deber y la fe en la Divina Providencia sostenían a las familias frente a crímenes violentos y carencias económicas. Esta biografía resalta cómo el "crisol de los escogidos" se forja en el dolor de la orfandad y el trabajo arduo, preparando al futuro mártir para los desafíos de la persecución religiosa en México.

La infancia de Mateo Elías Nieves Castillo

Desde la primera hora de la mañana de su vida pudiera Elías Nieves haber exclamado con el salmista: "In Te, Domine, confirmatus sum ex utero: en ti me apoyé desde el seno de mi madre" (Salmo LXX, 6).

En efecto, como naciese en un tugurio de la Isla de San Pedro en el Lago de Yuriria, a las 6 de la mañana del 21 de septiembre de 1882, rápidamente por encontrarse moribundo fue llevado al majestuoso templo parroquial, donde una hora después de su natalicio temporal, recibía por el Bautismo la regeneración salvadora.

Era entonces párroco de Yuriria el egregio agustino Fray Blas Enciso que, tres años más tarde, fue preconizado Obispo de Linares, muriendo el 11 de enero de 1885 sin haberse podido consagrar. Pero no fue él quien impartió a Elías la gracia bautismal, sino un sacerdote secular Don Pablo Juárez, destinado en la Parroquia Agustiniana con el carácter de vicario cooperador. Seguramente por la urgencia del caso no tuvo padrino, sino solamente madrina, tocándole a María Isabel García esta dicha singular.

Más venturosos sus padres, Don Ramón Nieves y Doña Rita Castillo, vieron en el bautismo un milagro, pues les retornaron al hijo moribundo, ya sano y sonriente. Ellos entonces nada comprendieron, sino su alegría por el hijo revivido. Pero ¿no os parece que había un designio misterioso en aquella primera prueba sufrida —inconsciente pero sensiblemente— por el infante MATEO ELÍAS? No era tan sólo el llanto natural del recién llegado a este valle de lágrimas. Era algo más. Era el dolor que, apenas iniciada la vida, lo estaba ofrendando a la muerte. Había entrado Elías Nieves en el gran crisol de los escogidos.

Y aquella Fe mañanera había de ser un germen fecundo para una eclosión primaveral en su vida.

Fe sencilla y pura en aquella otra mañana del 19 de marzo de 1890, fecha inolvidable de su Primera Comunión, fue en la ermita de Sta. María —la antiquísima capilla que construyera en 1537 Fray Alonso de Alvarado, primer evangelizador de Yuriria—.

Elías recibió el Pan de los Ángeles de manos de su Párroco Fray Rafael Villafuerte, corazón magnánimo que lo daba todo y él mismo se daba entero a su grey. Por eso no es inverosímil lo que nos ha trasmitido la tradición familiar: que el niño Elías se conmovió hasta las lágrimas en los momentos de su fervorín y en retornando al hogar, todavía húmedos los ojos límpidos, reveló a su madre el secreto de su corazón: -Mamacita, yo quiero ser como ese Padre que me acaba de dar a Dios.

En esos momentos del cielo nació su vocación. Desde entonces todos los esfuerzos de Elías convergían hacia ese ideal.

El Lago de Fray Diego, en cuyas ondinas juguetearon los sueños dorados de su infancia, recogería sus lágrimas de esperanza, cuando el pequeño corazón dilataba sus anhelos hacia el Seminario.

Pero el Colegio Agustiniano, que se destacaba allí enfrente como un castillo medieval, había cerrado sus puertas veinte años atrás, bajo la presión sectaria de las llamadas Leyes de Reforma.

Mientras tanto había que prepararse en las primeras letras, que hasta la edad de ocho años, desconocía completamente.

Con ruego tesonero logró que su padre vendiera la pequeña propiedad de la isla y comprara una casa en el centro de Yuriria. Bien pronto la familia Nieves cambia su modo de vida. Se instalan en su nueva mansión, por la calle del 16 de Septiembre, al lado oriente de la Plazuela del Hospital, hoy convertida en Mercado. El oficio de labrador, que ha consumido los mejores años de Don Ramón, queda permutado por el empleo de mensajero postal a Moroleón y Valle de Santiago. Elías a su vez deja la caricia perfumada de los

campos para encerrarse en vetusto cuarto de escuela donde la señorita Eulogia Magaña —iniciadora de numerosos sacerdotes— le hace aprender el Silabario de San Miguel y el Catecismo del P. Ripalda.

El Ángel de la Paz ha extendido sus alas de luz sobre aquel cristianísimo hogar y, a su sombra, le sonríe la felicidad.

La aprobación de Mateo Elías

El muchacho doceañero es un estuche de ciencia y un dechado de piedad. Sus padres comparten su legítimo orgullo con el pesar de no poder darle el trato que merece. Hay planes muy halagüeños para un futuro próximo. ¿Quién podría negarle vocación sacerdotal cuando le ven gratamente aficionado a los oficios litúrgicos en la parroquia, que imita luego en sus ocios hogareños?

¡Cuán efímera fue su dicha! No obstante que vivió sus años infantiles en la dulce libertad del campo, acariciado por la brisa lagunera y besado por el sol agreste, la enfermedad —herencia del paraíso perdido— lo fue prensando con anemia extenuante y estuvo a punto de entregarlo a la muerte por las sutiles manos de la tuberculosis. 

Aquella noche de su agonía —24 de diciembre de 1894—, como el Señor Cura Villafuerte le administrase el Sagrado Viático y la Extremaunción, todos los familiares lloraban desconsolados. Sólo Elías estaba tranquilo y con plena seguridad consolábalos diciéndoles: -No lloren, al cabo yo no me voy a morir, porque debo ser sacerdote.

La orfandad: la muerte de Don Ramón Nieves

La muerte detuvo su brazo en alto, por segunda vez, ante la fe inquebrantable del niño predestinado a ser sacerdote y hostia con Cristo. Pero le acechaba otro dolor, quizá más terrible que la muerte. Fue un día tempestuoso aquel 13 de octubre de 1895. A media noche llegaron dos hombres a caballo, deteniéndose y tocando nerviosamente en la casa de la familia Nieves. El primero en salir fue Elías que escuchó sobresaltado esta tremenda noticia:

-Dile a tu mamá que Don Ramón tu padre está tirado cerca de la Puerta de Andaracua; lo acaban de matar unos salteadores.

Ya os imagináis lo que sentiría aquel niño de 13 años, tan sensible de suyo y tan cariñoso con su padre. Se queda un momento como petrificado. Corre luego hacia dentro de la casa para comunicar el trágico aviso. Después, sin decir nada y llorando en silencio, se adelanta hacia el camino en medio de una lluvia torrencial. No le eran desconocidos aquellos vericuetos pues varias veces acompañó a su padre en el servicio postal de Yuriria a Valle de Santiago. Cuando llegaron los demás familiares, hacia el clarear del alba, ya Elías había rezado varios Rosarios y mezclado sus lágrimas con la lluvia que isócrona caía sobre el cuerpo exánime.

Con sangre quedaba estampada una nueva página en el libro de su vida: la orfandad. #MetroNewsMx #GuanajuatoDesconocido

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