Eugenio Amézquita Velasco
-El vicario parroquial en Apaseo el Grande reflexionó sobre el Evangelio de Mateo, destacando el fundamento bíblico del primado de Pedro.
-Durante la homilía dominical, el sacerdote enfatizó la necesidad de trascender una fe basada en simples rumores y percepciones de oídas.
-La predicación contrastó las suposiciones populares sobre la identidad de Jesús con la convicción personal que nace de la cercanía espiritual.
-Se subrayó la grandeza y misericordia inmutable de Dios descrita por San Pablo en su carta dirigida a los romanos, presente en cada creyente.
-El mensaje concluyó con una invitación a profundizar en el conocimiento directo de Cristo para transformar la vida comunitaria y personal.
La homilía dominical del vicario parroquial Tadeo Antonio Morales Vázquez en Apaseo el Grande profundiza en el Evangelio de Mateo, destacando el fundamento del primado de Pedro y la necesidad de trascender una fe basada en simples rumores. Durante su mensaje, el sacerdote enfatizó que la grandeza de Dios, descrita por San Pablo en su carta a los romanos, refleja una misericordia inmutable que salva y acompaña al creyente sin importar sus circunstancias.
El análisis central de la predicación aborda el cuestionamiento que Jesús dirige a sus discípulos sobre su identidad, contrastando los rumores populares con la convicción personal que nace de la cercanía espiritual. Mientras la multitud repetía suposiciones infundadas asociándolo con profetas como Jeremías o Elías, la respuesta certera de Simón, transformada en la firmeza de Pedro, ejemplifica el compromiso genuino que todo creyente debe cultivar mediante el conocimiento directo de Cristo en lugar de conformarse con percepciones de oídas.
La transcripción de la homilía del padre Tadeo Morales, en la Santa Misa de 12:00 horas en Apaseo el Grande
Pueden sentarse un momento, por favor. Pues como ya se los adelantaban, hermanos, al inicio de la Eucaristía en la monición de entrada, estamos celebrando la Eucaristía correspondiente al domingo número 21 del tiempo ordinario. Hoy quisiera proponerles para nuestra reflexión de este mediodía que centráramos nuestra atención en el evangelio de Mateo que se nos ha compartido.
Pero antes quisiera hacer una mención muy especial a la segunda lectura, esta carta de San Pablo a los Romanos, porque es de reconocerse, y esto nunca se nos tiene que olvidar, la grandeza, lo excelso y lo maravilloso de nuestro Dios. Es muy bonito lo que San Pablo hoy les escribe a los romanos: ¡qué inmensa y rica es la sabiduría de Dios! Fíjense en las palabras tan bonitas: qué impenetrables son sus designios e incomparables sus caminos. ¿Quién ha conocido sus pensamientos? ¿Quién puede darle a Dios algo cuando todo viene de Dios? Ojalá que hayamos puesto atención a esta segunda lectura, queridos hermanos, porque nos recuerda la grandeza del único Dios en el que creemos.
Cómo Dios en su infinita misericordia nos lo da todo; cómo Dios, verdaderamente porque nos ama, nunca deja de estar con nosotros y nunca deja de bendecirnos. Al final de cuentas, queridos hermanos, en el amor y en la misericordia, Dios siempre nos salva y nos perdona; Dios no se mueve, su amor no cambia, seamos como seamos. Es maravilloso, pues, cómo San Pablo a los romanos les describe a este Dios, el Dios en el que nosotros creemos.
Dentro del Evangelio de San Mateo se nos presenta el capítulo número 16, el cual es muy importante, incluso para la vida de la Iglesia, porque nos ofrece, por así decirlo, el fundamento bíblico del primado de Pedro. De hecho, en esta cita bíblica podemos fundamentar la misión del actual Papa, del Papa León; el Papa León es sucesor de Pedro, de todos los papas, pero de Pedro. El sucesor de Pedro actualmente es el Papa León, y hoy el evangelio nos narra aquel momento donde Cristo le dice: «Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque tú sabes bien quién soy yo. Y yo te digo a ti que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y los poderes del infierno no prevalecerán sobre ella. Yo te daré las llaves del reino de los cielos». Ahí Jesucristo le da la potestad a Pedro para poder continuar, le encomienda la misión de guiar, de gobernar, de dirigir y de servir a su iglesia. Este es uno de los fundamentos más grandes al hablar del primado de Pedro y de la misión del Papa, quien es el sucesor de Pedro y el que garantiza la comunión de todas las iglesias.
Pero quisiera que, además de esto que ya estamos reflexionando y que ya conocemos, nos situemos en la primera parte del evangelio. Por lo regular, la gente le pregunta a Jesús, ¿no? Pero hoy es Jesús quien le pregunta a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que soy yo? ¿Qué dice la gente de mí? Me gustaría saber qué dice la gente de mí». Le responden: «Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Jeremías; o algunos de los profetas». Es decir, puros rumores, hijos, puros rumores. Imagínense, a ustedes, ¿les gustaría saber qué dice la gente de ustedes? ¿Sí les gustaría o no? Mejor no, porque vayan a decir cosas feas. A Jesús le interesaba, y efectivamente la gente decía puras cosas que no sabía. Cuando uno no conoce, hijos, puede inventar muchas cosas; cuando uno ni siquiera sabe bien las cosas, puede decir lo que se imagina. A eso le conocemos como chisme, cuando a veces no sabemos bien y andamos hablando; son rumores, nada cierto. Bueno, si a nuestro Señor le pasó, imagínense. Esto lo decía la gente que no conocía a Jesús, la gente que solamente hablaba de oídas: «Es que me dijo mi comadre que dicen que...», «es que me dijo fulanito que dicen que...». Puros rumores. Dicho sea de paso, si tú no sabes de las cosas, mejor ni hables.
Pero viene lo realmente interesante. Jesús hace esta distinción: «Y ustedes, ustedes que me conocen, que han caminado conmigo, que han visto mis milagros, que me han escuchado predicar, ¿quién dicen que soy yo?». La respuesta es muy importante, hijos, porque se supone que está preguntándoles a su círculo más cercano, a quienes han caminado con él. Y creo que esta pregunta, queridos hermanos, hoy es la que nos tendríamos que hacer cada uno de nosotros y personalizarla: y tú, fulanito, y tú, sutanita —ponle tu nombre—, para ti, ¿quién es Cristo? Vamos a preguntarnos esto en la situación actual de nuestra vida, porque este evangelio lo pudimos haber escuchado hace un año y, aunque parecieran las mismas palabras, tu vida no es la misma. O si eres el mismo de hace un año, ¿verdad que no? Estás viviendo otras situaciones, estás pasando por otras cosas; tal vez tu forma de pensar está cambiando, tal vez estás un poquito más alejado de Dios o tal vez estás más cerca. Tal vez tienes alguna circunstancia difícil o estás pasando muy bien tu vida. Hoy, en estas circunstancias y en lo que te toca vivir, para ti, ¿quién es Cristo? ¿Qué lugar ocupa? ¿Qué respuesta puedes dar?
La respuesta de Pedro es muy interesante porque dice: «Señor, tú eres el Mesías, tú eres el hijo de Dios». Y esta respuesta obviamente fue acertada: «Tú eres el Salvador». Pero, ¿cómo Pedro pudo dar esta respuesta? Después de haber caminado con Jesús, después de haberlo escuchado y después de verdaderamente conocerlo. No podemos dar una respuesta como la de Pedro, queridos hermanos, si no nos damos el tiempo de verdaderamente caminar con él y conocerlo, porque no podemos conocer a Dios de oídas; no podemos seguir siendo cristianos de oídas. Nuestra fe tiene que estar bien firme en el conocimiento de Cristo. A veces el más desconocido sigue siendo Dios, y creo que este evangelio quiere volver a hacer una invitación a que te atrevas a conocerlo para que sepas responder.
Entonces, en tus respuestas vas a entender por qué estás aquí sentado, porque no puede ser posible que algunos de ustedes estén aquí así como desesperados porque ya nos tenemos que ir, porque tengo que venir, por la tarjeta, porque me trae mi esposa. El que tú estés aquí sentado viniendo cada ocho días tendría que tener un sentido; tú tendrías que hallarle un sentido al venir a vivir tu fe, a escuchar la palabra de Dios, para que esa palabra diariamente te ayude a vivir de manera distinta y te cambie la vida. Y esto es muy significativo porque Jesús le dice: «Yo te digo a ti que tú eres Pedro». Acuérdense que Pedro no se llamaba Pedro, ¿cómo se llamaba? Simón. Y es muy significativo que Jesús le diga eso después de que Pedro responde: ya entendiste, ya cambiaste. Antes era Simón, ese que era bien arrebatado, ese que siempre andaba ahí, que luego luego se enojaba, ese que no sabía controlarse, ese pescador; ahora ya eres Pedro, ya cambiaste tu mentalidad, ahora sí ya estás listo para que sobre ti edifique mi iglesia.
Ese tendría que ser nuestro salto, ese tendría que ser el paso que nosotros tenemos que dar, porque el conocer a Jesús y estar cerca de él me tendría que ir transformando, me tendría que ir haciendo capaz de poder sobre mí edificar cosas. «Y yo te digo a ti que tú eres Pedro, porque yo te conozco, porque yo sé tu proceso». Queridos hermanos, ojalá que el día de hoy, con un corazón bien dispuesto y sincero, le pidamos a Dios que nos permita seguir conociéndolo, que no lo confundamos, que no lo conozcamos de oídas. No te quedes con lo que te dice otra persona; a veces cuántos de nosotros nos quedamos con: «Ah, es que ese que va a la iglesia... mira cómo son los que están ahí en los grupos, mira cómo son los padres». Esos somos nosotros, pero esto no es Dios. Dios es más grande, Dios es más excelso, Dios es más omnipotente, como lo dice la segunda lectura. Atrévete a conocerlo a él, no te quedes con oídas. De oídas no se conoce a Dios; a Dios se le conoce por la experiencia escuchándolo. Permítete conocerlo, no te quedes con un Dios de oídas, de rumores; conoce a ese Dios que es amor, que es misericordia, que es paz y que es bondad. Pues que el Señor fortalezca nuestra fe y también robustezca nuestra voluntad para que, conociéndolo, lo amemos más, y para que, amándolo, podamos seguir dando testimonio del gran Dios en el que creemos. Nos ponemos de pie.


