El don de la gracia divina y el silencio fecundo en la viña del Señor

Guanajuato Desconocido
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Pbro. Jorge Eduardo Domínguez Díaz
Colaborador de Metro News/Guanajuato Desconocido

-La reflexión pastoral nos invita a trascender los cálculos humanos y la contabilidad espiritual, comprendiendo que la misericordia de Dios se derrama con absoluta generosidad sobre cada corazón que responde a su llamado, sin importar la hora en que decida abrirle las puertas de su vida.
-En el testimonio de San José contemplamos la grandeza del servicio callado y fiel, un modelo luminoso para la comunidad cristiana que enseña a trabajar con rectitud de intención, despojándose de vanidades y reconociendo que la única recompensa verdadera es el don de Dios mismo.
-La dignidad del trabajo cotidiano adquiere una dimensión profundamente sagrada al vincularse con el taller de Nazaret, recordando a los fieles que toda labor honesta, ofrecida con fe, se convierte en una valiosa colaboración con la obra creadora del Creador.

Misa votiva de San José: Mt 20, 1-16

1. Introducción: «Vayan también ustedes a mi viña»

Queridos hermanos:

El Evangelio de hoy nos presenta una de esas parábolas de Jesús que, a primera vista, pueden desconcertarnos. Un propietario sale desde muy temprano a contratar trabajadores para su viña. Vuelve a salir a media mañana, al mediodía, a media tarde y, sorprendentemente, todavía sale cuando queda apenas una hora de trabajo.

Al final sucede lo inesperado: todos reciben el mismo denario, tanto los que soportaron el peso de toda la jornada como aquellos que trabajaron solamente una hora.

Si leemos la parábola únicamente con criterios laborales, probablemente diremos: «Esto no es justo». Pero Jesús no está impartiendo una lección sobre salarios. Está revelándonos cómo es Dios y cómo actúa su gracia.

Y hoy, al celebrar la Misa votiva de San José, podemos contemplar en él a uno de esos hombres que entraron silenciosamente en la viña del Señor y trabajaron sin buscar recompensa, reconocimiento ni privilegios.

2. Dios no se cansa de salir a buscarnos

La primera imagen de la parábola es extraordinaria: el dueño de la viña sale. Sale al amanecer; vuelve a salir hacia las nueve; sale otra vez al mediodía y a las tres de la tarde. Finalmente, cuando el día prácticamente ha terminado, vuelve a salir. Jesús nos está hablando de Dios.

Nuestro Dios es un Dios que sale a buscar al hombre. No permanece esperando indiferente a que nosotros lleguemos hasta Él. Nos busca, nos llama y nos ofrece un lugar en su viña.

Y cuando encuentra a aquellos hombres que han pasado casi todo el día sin trabajar, les pregunta:

«¿Por qué han estado aquí todo el día sin trabajar?»

Ellos responden con una frase que encierra cierta tristeza:

«Porque nadie nos ha contratado».

¡Cuántas personas podrían decir hoy algo semejante!: «Nadie me ha tomado en cuenta», «nadie confía en mí», «nadie me necesita», «parece que ya no soy útil». Para Dios, en cambio, nunca es demasiado tarde. Mientras haya vida, sigue resonando la invitación:

«Vayan también ustedes a mi viña».

No importa si hemos llegado al amanecer, al mediodía o cuando comienza a caer la tarde. Siempre podemos comenzar de nuevo.

3. «¿Vas a tenerme rencor porque yo soy bueno?»

El problema aparece al momento de pagar. Los últimos reciben un denario. Entonces los primeros piensan que recibirán más. Pero también ellos reciben un denario. Y protestan. La respuesta del propietario nos conduce al corazón de la parábola:

«Amigo, yo no te hago ninguna injusticia... ¿Qué no puedo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O vas a tenerme rencor porque yo soy bueno?»

La expresión nos descubre el verdadero problema: no es la injusticia del dueño, sino la dificultad del corazón humano para aceptar la generosidad de Dios con los demás.

Queremos que Dios sea bueno con nosotros, pero algunas veces nos cuesta aceptar que sea igualmente bueno con quien llegó después, con quien se equivocó, con quien se convirtió tarde, con quien quizá no ha recorrido el camino que nosotros hemos recorrido.

Aquí aparece una enfermedad espiritual muy sutil: convertir nuestra fidelidad en un derecho frente a Dios.

Podemos pensar: «Yo he servido tantos años», «yo siempre he estado en la Iglesia», «yo he cumplido», «yo he trabajado más». Pero ante Dios ninguno presenta una factura. Todo es gracia. Incluso haber podido trabajar desde la primera hora ya era una gracia.

4. San José, trabajador silencioso de la viña

En esta Misa votiva contemplamos a San José desde esta perspectiva. El Evangelio no conserva una sola palabra pronunciada por José. Sin embargo, nos muestra constantemente sus obras.

Dios le pide recibir a María: José obedece. Dios le pide imponer al Niño el nombre de Jesús: José obedece. Dios le pide levantarse de noche y huir a Egipto: José se levanta, toma al Niño y a su Madre y parte. Dios le indica regresar: José regresa. San José no pregunta cuánto recibirá. No reclama un lugar de honor. No compite con nadie. No busca que reconozcan sus méritos. Simplemente trabaja en la viña que Dios le ha confiado. Y su viña tiene nombres concretos: Jesús y María.

Su misión consiste en custodiar el misterio que Dios ha puesto en sus manos. Por eso San José nos enseña que la grandeza de una vocación no está en que todos la vean, sino en realizar con fidelidad aquello que Dios nos ha confiado.

5. El trabajo como colaboración con Dios

San José es también el artesano de Nazaret. Con sus manos ganó el pan de su hogar. Conoció el cansancio, el esfuerzo cotidiano, la incertidumbre y seguramente también las dificultades propias de quien vive del trabajo de sus manos. Jesús fue conocido como «el hijo del carpintero» (Mt 13,55).

Esto significa algo profundamente hermoso: el Hijo de Dios quiso crecer en una casa donde se trabajaba. José enseñó a Jesús humanamente el oficio. El mismo Jesús que hablaría después de sembradores, jornaleros, viñas, administradores, salarios y cosechas conoció desde pequeño la dignidad del trabajo cotidiano.

Por eso la Iglesia contempla el trabajo no solamente como medio para ganar el sustento. El trabajo humano, realizado dignamente, puede convertirse en colaboración con la obra creadora de Dios y servicio a los hermanos. San José santificó el trabajo porque, mientras trabajaba la madera, estaba también sirviendo al proyecto de Dios.

6. También nosotros hemos sido enviados a una viña

Cada uno de nosotros tiene una viña. Para algunos será la familia; para otros, el trabajo; para otros, el estudio, la comunidad, la enfermedad vivida con fe, el servicio pastoral o la atención de una persona necesitada.

La pregunta importante no es: «¿Cuánto hacen los demás?» La pregunta cristiana es: «¿Estoy trabajando con fidelidad en la viña que el Señor me ha confiado?»

En nuestras comunidades también existe la tentación de compararnos: quién trabaja más, quién recibe reconocimiento, quién ocupa determinado lugar, quién lleva más años sirviendo.

El Evangelio nos invita a abandonar esa contabilidad espiritual. En la viña del Señor no somos competidores; somos colaboradores.

El bien realizado por otro no disminuye el mío. La gracia concedida a mi hermano no me quita nada. Al contrario: debería alegrarme porque significa que Dios continúa siendo bueno.

7. «Los últimos serán los primeros»

Jesús concluye:

«Así, los últimos serán los primeros, y los primeros, los últimos».

No significa que Dios desprecie a quienes han sido fieles desde el principio. Significa que en el Reino desaparecen nuestros criterios de privilegio. Ante Dios nadie puede decir: «Yo merezco más».

El denario de la parábola no representa simplemente un salario. Nos remite al don gratuito de la salvación, a la comunión con Dios, a la vida que Él ofrece. Y esa vida no puede dividirse.

Dios no puede darnos media salvación porque llegamos tarde ni una salvación doble porque llegamos temprano. Nos entrega algo infinitamente mayor que un salario: se entrega Él mismo.

8. Trabajar sin llevar cuentas

Queridos hermanos:

Pidamos hoy la intercesión de San José para aprender a trabajar en la viña del Señor como él trabajó: silenciosamente, fielmente y sin llevar cuentas.

Que San José nos enseñe a no comparar nuestra entrega con la de los demás; a no convertir nuestros años de servicio en títulos de privilegio; a alegrarnos cuando Dios manifiesta su bondad también con quienes llegan después de nosotros.

Y si alguno siente que ha llegado tarde, que escuche hoy la voz del Señor. Todavía sigue saliendo a las plazas de nuestra vida y continúa diciendo:

«Vayan también ustedes a mi viña».

Nunca es demasiado tarde para responder a Dios.

Que San José, hombre justo, trabajador fiel y custodio silencioso de Jesús y de María, nos alcance la gracia de servir cada día con humildad, sabiendo que al final nuestra recompensa no será simplemente un denario.

Nuestra recompensa será el mismo Dios.

San José, custodio del Redentor y trabajador fiel de la viña del Señor, ruega por nosotros.

Así sea. #MetroNewsMx #GuanajuatoDesconocido

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