Eugenio Amézquita Velasco
-Según sea nuestra visión del ser humano, así será el proyecto de nuestra vida y el sentido de nuestra existencia.
-La magnífica humanidad creada por Dios se encuentra hoy ante una elección decisiva: humanizar o deshumanizar.
-Todo en la ciencia, tecnología y economía debe sumar al ejercicio digno; lo que no suma, deshumaniza.
-O construimos la civilización del amor o caemos en la cultura del poder, el dominio y el superhombre.
-La inteligencia artificial plantea un riesgo real: o eclipsa la dignidad humana o hace fluir su grandeza.
-El llamado profundo es permanecer siendo humanos, rescatando la parte ontológica frente al materialismo.
-O nos hundimos todos o nos salvamos todos entendiendo quiénes somos y actuando en y con los demás.
La Dimensión para la Cultura y la Educación de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), a través de su secretario ejecutivo, el Pbro. Dr. Carlos Sandoval Rangel, presentó un análisis antropológico y filosófico de la encíclica Magnifica humanitas del Papa León XIV. Durante la transmisión especial de "Diálogos por la Esperanza", el especialista advirtió que la humanidad se encuentra ante una disyuntiva histórica crucial frente al avance tecnológico.
La defensa del ser humano frente al dominio tecnológico
El análisis central parte de una premisa ontológica fundamental: según sea la visión del ser humano, así será el proyecto de vida. La encíclica rescata el significado originario de la persona, cuya dignidad —por ser imagen y semejanza de Dios— no depende de estatus sociales ni de contextos culturales.
En este contexto, el padre Carlos Sandoval subrayó que toda actividad humana, incluyendo la ciencia, la economía y la tecnología, debe sumar al ejercicio digno de la persona; de lo contrario, se incurre en un proceso de deshumanización. Al abordar el impacto de la inteligencia artificial, se enfatizó que esta herramienta plantea un riesgo latente: o eclipsa la dignidad humana o, mediante una correcta integración, permite que fluya su grandeza. El objetivo del documento no es normar la tecnología, sino rescatar la centralidad del ser humano para que este permanezca siendo tal y sepa integrar lo que produce a su propia existencia.
Civilización del amor o cultura del poder
El documento pontificio plantea dos alternativas decisivas para la sociedad actual. Por un lado, la construcción de la civilización del amor como el camino más digno; por otro, una cultura del poder y del dominio que encuentra sus antecedentes filosóficos en la visión del superhombre de Nietzsche y en el riesgo de levantar una nueva torre de Babel marcada por el aislamiento y el colectivismo totalitario.
Para superar estas fracturas, la reflexión institucional enfatizó que el valor de la persona genera un bien común que propicia el desarrollo integral. La salida ante las crisis actuales no es individual, sino colectiva, bajo el principio de que la humanidad se salva o se hunde en conjunto a través de relaciones basadas en la verdad, la fraternidad y el bien común.
La transcripción de la exposición del padre Carlos Rangel, secretario de la Dimensión Episcopal de Cultura y Educación de la CEM
Padre Carlos Rangel:
Buen día a todos y gracias por sus aportaciones muy ricas. Él ha estado siguiendo con interés y de verdad que me alimentan bastante. Gracias. Y bien, pues vamos a seguir disfrutando de esta encíclica.
Desde que yo era estudiante, ya en aquellos años de filosofía, aprendí una cosa fundamental: que, según sea nuestra visión del ser humano, así va a ser el proyecto también de nuestra vida. Y yo creo que el Papa recoge muy bien esta urgencia de rescatar el significado del ser humano; el significado del ser humano, lo que es en sí mismo y, a partir de lo que es en sí mismo, también desde luego el sentido de su existencia, el sentido de su vida.
A mí me impacta desde luego la encíclica desde el momento del arranque. Ya para mí está el resumen de toda la encíclica ahí bien planteada: la magnífica humanidad que Dios ha creado se encuentra hoy ante una elección decisiva.
¿Qué significa que Dios ha creado? Es decir, ¿cómo está el origen?, ¿cómo está el ser en sí mismo?, ¿qué significa el ser en sí mismo? Cuando rescatamos el significado del ser en sí mismo como Dios lo plasmó, como Dios lo engendró —una naturaleza—, de ahí parte ya el significado del ser humano. De esa manera, el Papa nos recuerda lo que nos pertenece por naturaleza, no lo que hay que conquistar, no los estatus culturales o sociales, sino lo que es el ser humano como le pertenece por naturaleza. Es decir, lo que ya está implícito en nuestro ser porque somos seres humanos.
Así fue desde la creación y así se reafirmó en la redención, y ahí está la grandeza del ser humano. Es decir, lo que nos pertenece por naturaleza en la condición de criaturas, lo que nos pertenece en la naturaleza por ser hijos de Dios, no está condicionado a un estatus, a unas condiciones circunstanciales. Somos dignos, somos dignos, imagen y semejanza de Dios, y esto nadie lo puede borrar, nada lo debe de borrar. Tomados del barro, sí, pero también con el hálito divino que infunde en nosotros, que el Señor infunde en nosotros. Puestos en la tierra, sí, puestos en la tierra, puestos en el ritmo del tiempo, sí, somos seres también en el ritmo del tiempo, pero que desde aquí parta el ejercicio de nuestro ser.
Somos dignos porque portamos una condición de hijos de Dios, desde luego, y Cristo ha llevado a plenitud todo esto. De ahí que, sabiendo qué es el ser humano en su condición de criatura, en su condición de hijo de Dios, cuando tenemos bien claro esto, eso nos da pie para entender que, después de esto, todo lo que venga —todo en la ciencia, en la tecnología, en la economía, en la política, en el deporte, en lo que sea— todo debe sumar al ejercicio digno de lo que somos. Cuando algo no suma al ejercicio digno de lo que somos, estamos deshumanizando en nuestras propias decisiones personales, en nuestra manera de compartir la vida, en nuestra vocación —en la que sea—, en nuestro ejercicio profesional, nuestro ejercicio de un oficio, hasta nuestro ser de vecinos. Donde quiera que estemos, todo lo que no sume a un digno ejercicio de lo que el ser humano es, está restando. Todo lo que podamos integrar para que sume a un buen ejercicio de la vida, estamos haciendo resplandecer lo que Dios ha querido de nosotros.
El ser humano tiene esa capacidad hermosa todos los días de proyectar la vida, por eso tiene claro quién es. Tiene la oportunidad de encontrarle un significado a la vida, pero eso parte de lo que realmente es. Y por eso el tema de la creación es increíble: cuando a Cristo le cuestionan por ejemplo sobre el matrimonio, él remite al principio, y es lo que el Papa hace en esta encíclica, remitirnos al principio, remitirnos a lo que nos toca desde el origen, remitirnos a quien diseñó el proyecto de la vida humana, en este caso que es Dios. Y remitirnos —en ese caso para nosotros, la iglesia— nos remite y nos lo hace la encíclica a esa plenitud, a esa expresión del ser humano como lo plasma el evangelio, como lo hace Cristo en el evangelio: plenamente libres, plenamente libres.
Si vamos al misterio, por ejemplo, de la cruz, decimos: «Ahí sí ya lo doblegaron». No, es un ejercicio profundo de libertad donde él decide dar la vida por nosotros. ¿Por qué no rebatía tantas ofensas? Porque él construyó el camino del amor. El camino del amor no es dividir, no es defendernos contra quien piensa diferente de nosotros, es saber escuchar y saber caminar juntos y plantear desde luego algo diferente en la vida. Nos mostró la dicha de la verdad, y él hizo valer la verdad de Dios, hizo valer la verdad del ser humano, hizo valer la vida sobre todo y nos invitó a contemplar esa verdad maravillosa como tiene que ser una capacidad siempre presente del ser humano.
Esa magnífica humanidad también —dice el Papa— se encuentra hoy ante una elección decisiva. Una elección decisiva. Ya lo han planteado, ustedes lo han recordado, ustedes lo señala el Papa: o crear la civilización del amor como el camino propio del ser humano —decía el Papa Juan Pablo II: «No hay otro camino más digno para el ser humano que el camino del amor»— o la otra, una cultura del poder, una cultura del dominio. Son las dos alternativas que tenemos: o humanizamos o deshumanizamos.
Esa riqueza hermosa de nuestra naturaleza Dios la puso en nuestras manos, toda esa capacidad del ser humano con su integridad de cuerpo, alma, con sus potencialidades, todo lo que somos, toda la belleza del cuerpo que nos permite disfrutar de esta creación que Dios nos ha regalado, de nuestra casa común. Esta capacidad de la inteligencia, del amor, de la libertad, de la voluntad, que nos hacen también proyectar la vida y saber convivir con los demás, Dios la puso en nuestras manos. Y si nos dice el Papa que hay dos alternativas, es decir, ¿tú qué alternativa quieres tomar?, ¿a cuál le quieres sumar tú, porque yo te entregué en administración propia tu existencia? La existencia la diseñó Dios, la naturaleza la diseñó Dios y, en nuestro caso, nuestra naturaleza humana la puso en nuestras manos y nos puso como administradores también de toda esta creación.
Y por eso el Papa nos lanza esa decisión a nosotros. No es que nos enteremos de que estamos ante esa alternativa, no es que hablemos de esto ante el mundo, es yo personalmente cuál decisión quiero tomar, decir: ¿a qué le quiero sumar?, ¿al camino de la civilización del amor que me humaniza, que me engrandece, que dignifica?, ¿o a la cultura del poder, la cultura del dominio? Edificar una ciudad donde Dios y la humanidad puedan habitar juntos, donde se proteja, se pruebe la dignidad humana, donde se valore la justicia, la fraternidad, donde se cultiva —al llamado del Papa Francisco— una amistad social; o, por el contrario, construir, levantar de nuevo la torre de Babel donde el ansia de poder, el hambre de dominar, el hambre de las claves de vida...
Ya Nietzsche presentó aquel proyecto del superhombre: un superhombre al que no le importa el conocimiento, no le importa el amor, donde los valores que han generado la cultura cristiana durante años hay que superarlos; un hombre que sea capaz de vivir desde sí mismo y que no voltee a ver a Dios; un hombre que más que conocer implica dominar; un hombre que más que la sabiduría implica el poder. Era la imagen del superhombre que Nietzsche nos presentaba y se reía de quienes, ateos, al final terminaban abdicando de lo que Dios había construido. Y él llamaba a aquel superhombre que no voltea a ver hacia arriba, sino que se voltea a ver a sí mismo, y con su lucha de poder sea capaz de dominar y de marcar el ritmo de la humanidad.
En este tentativo tan difícil, dice el Papa hoy, la inteligencia artificial tiene un riesgo: o va a eclipsar la dignidad humana o, si la usamos bien, puede hacer que fluya la grandeza de la dignidad humana. Ya lo han dicho ustedes y lo han repetido muy bien: como lo señala el Papa, el objetivo de la encíclica no es la inteligencia artificial, sino más bien el ser humano, rescatar al ser humano, y el ser humano que sepa integrar lo que él mismo va produciendo.
El llamado del ser humano es permanecer siendo humano. Es el llamado profundo. Y ahí está la urgencia profunda del Papa: permanecer siendo humanos, es decir, permanecer siendo lo que Dios hizo de nosotros. Y por eso volver a la creación es decir volver a la parte ontológica del ser humano; lo demás es circunstancial. Y desde esa riqueza del ser humano entender el progreso humano, donde se requiere un ejercicio del corazón abierto al otro, donde puedan caber todos, no el tema de la exclusión, no el tema del descarte como lo llamaba el Papa Francisco.
Ese progreso humano —dice el Papa— ha nacido de una inteligencia dispuesta a escuchar, y por eso estos espacios de diálogo y los espacios de diálogo que podemos generar en la vida cotidiana son fundamentales. Y como el Papa señala, esas dos grandes facultades: la inteligencia, pero también la voluntad. La voluntad como esa capacidad que tenemos de buscar el bien, ese bien que une, ese bien que nos lleva a entender que no somos seres aislados, que somos seres siempre en relación con los demás, desde los principios que definen o sostienen la vida humana, desde los principios que desde el origen marcan la riqueza de la naturaleza humana y que nunca está en juego —porque ni el pecado pudo destruir esto— y desde las herramientas que el mismo hombre va generando. El ser humano tiene un llamado: relaciones dignas, relaciones dignas donde puedan entrar todos los demás.
Fuimos hechos —decía el Papa Juan Pablo II, bueno, lo decía en calidad de filósofo—, fuimos hechos para vivir en y con los demás de manera necesaria, y tenemos la tarea de hacerlo de manera digna. Cuando sabemos aprovechar los potenciales de nuestra naturaleza, cuando tenemos claros los principios que sostienen nuestra existencia y cuando sabemos integrar las herramientas que producimos, entonces viviremos en y con los demás de manera digna.
Ya advertía el maestro Aristóteles hace tantos siglos que la grande dificultad del ser humano es integrar a la vida lo que producimos. Cuando no sabemos integrar lo que producimos, nos va a complicar la existencia; cuando sabemos integrar lo que producimos, entonces resplandece la grandeza del ser humano. Cuando no integramos, entonces nos ponemos objetivos fuera de nosotros, y ahí está la complicación. Cada día está la complicación que se ha desarrollado de manera muy especial con esa visión materialista que se fue planteando desde la modernidad, la postmodernidad. Cuando cuidamos esto de lo que somos, cuando cuidamos nuestras herramientas que vamos produciendo, entonces creamos el verdadero bien común, no plasmado en bienes materiales, sino en ese conjunto de actitudes, de relaciones, en ese espacio vital que el ser humano va construyendo.
Cuando el ser humano —como decía Scheler— se convence de que es capaz de transformar —decía Scheler—, el ser humano tiene que entender que donde pisa, donde está, puede transformar. El animalito se adapta a unas condiciones; el ser humano está llamado para transformar las condiciones. Y cuando esas condiciones las transformamos para crear un espacio bien, generamos el auténtico bien común. El auténtico bien común que no anula el valor de la persona: son dos situaciones que se vinculan perfectamente. Cuando una persona entiende su dignidad, su grandeza, el valor de su ser, la capacidad que tiene, entonces su buen actuar genera en automático una buena relación con Dios, con las personas, con el mundo, y genera ese bonito bien común. Y ese bien común a la vez también, ya sabemos, se convierte en el espacio de desarrollo humano que va a potencializar a la persona.
Y eso es lo que el Papa está recogiendo en esa encíclica: rescatar al ser humano desde lo que es, con esa capacidad de vivir dignamente en y con los demás. El valor de la persona genera bien común como un espacio que permite ese desarrollo adecuado del ser humano. Y ese bien común a la vez se convierte también en el espacio donde la persona puede encontrar de verdad un desarrollo, puede encontrar un sustento a su existencia y puede desarrollar también su vocación de ser humano.
Cuando lo que producimos se coloca por encima del bien común y por encima del bien de los individuos, de cada individuo, entonces creamos colectivismos totalitarios o individualismos que aíslan. Estamos ya en esta vida o en esta época que estamos viviendo cansados, recogiendo cada día situaciones dolorosas por esas visiones colectivistas totalitarias, con esos sistemas que de verdad van haciendo un caciquismo manejados a veces por ideologías que fragmentan, que dividen al ser humano. Estamos cansados por individualismos, desde una competencia que aíslan y que descarta a otros.
Requerimos recuperar al ser humano desde lo que es, desde el valor de su ser y de esa capacidad de vivir dignamente en y con los demás. Permanezcamos siendo humanos —dice el Papa—, porque ahí nos va a ir bien a todos. Permanezcamos siendo lo que somos, porque es lo que realmente engrandece al ser humano.
El llamado del Papa Francisco era muy grande: o nos hundimos todos o nos salvamos todos, y lo vamos a hacer cuando entendemos quiénes somos, qué podemos hacer, pero no solos: en y con los demás. Muchas gracias.
Sí, no tengamos miedo de redescubrir lo que realmente somos en todas sus dimensiones. Desde ahí disfrutemos de la vida y disfrutemos también de lo que producimos.



