Eugenio Amézquita Velasco
El parte de guerra enviado por el General Ignacio Zaragoza al Ministro de Guerra no es solo un reporte de bajas y movimientos tácticos; es un documento que desnuda la superioridad moral de una nación frente a la arrogancia imperial. En sus líneas, Zaragoza revela la esencia de lo que ocurrió aquel 5 de mayo de 1862: una victoria cimentada en la inteligencia adaptativa mexicana sobre la torpeza estratégica francesa.
Uno de los puntos más contundentes del análisis de Zaragoza es su capacidad de reacción. Al avistar que el enemigo concentraba 4,000 hombres —la mayor parte de su fuerza de ataque— contra el cerro de Guadalupe, Zaragoza admite con franqueza: "Este ataque que no había previsto... me hizo cambiar mi plan de maniobras".
Esta confesión no es un signo de debilidad, sino de una maestría táctica superior. Mientras el General Lorencez apostaba a la audacia ciega y a la supuesta invencibilidad de sus columnas, Zaragoza operaba con una flexibilidad quirúrgica. El envío del Batallón de Zapadores a las faldas del cerro para trabar "combates casi personales" y el refuerzo de la Brigada Berriozábal a paso veloz fueron las piezas que detuvieron la maquinaria de guerra más aceitada de Europa.
La narrativa de esta jornada debe subrayar el fracaso del dogma militar francés. Zaragoza reporta: "Tres cargas bruscas efectuaron los franceses y en las tres fueron rechazadas, con valor y dignidad". Aquí se desmorona la narrativa colonialista.
-Valor vs. audacia: Los franceses tenían audacia, pero los mexicanos poseían un valor alimentado por la defensa de su soberanía.
-Dignidad en el campo: El ejército de Oriente no solo resistió; cargó "bizarramente" con su caballería para evitar que el enemigo pudiera siquiera reorganizarse.
La crítica de Zaragoza es lapidaria y se aleja de la retórica vacía: "El ejército francés se ha batido con mucha bizarría; su general en jefe se ha portado con torpeza en el ataque". Este análisis es fundamental para entender que la victoria no fue un milagro, sino el resultado de un liderazgo mexicano que supo leer el campo de batalla frente a un mando francés cegado por el desprecio hacia su rival.
"Puedo afirmar con orgullo que ni un solo momento volvió la espalda al enemigo el ejército mexicano".
La victoria incompleta: El lastre de la traición interna
Quizás el punto más doloroso y analítico del parte es la mención de las brigadas O'Horán y Carbajal. Zaragoza señala que estas fuerzas tuvieron que ser enviadas a batir a los "facciosos" -mexicanos conservadores aliados al invasor- en Atlixco y Matamoros.
Esta dispersión de fuerzas fue lo único que salvó al ejército francés de una derrota completa y definitiva en Puebla. La nota debe ser clara: México no solo luchó contra el extranjero, sino contra el lastre de la traición interna, lo que hace que la "gloria" mencionada por Zaragoza sea doblemente meritoria.
El 5 de mayo no fue una coincidencia histórica. Fue el día en que las armas nacionales se cubrieron de gloria porque el mando mexicano fue más inteligente, sus soldados más dignos y su causa más justa. Zaragoza nos deja una lección de realismo y orgullo: el enemigo puede tener más fuerza numérica, pero la torpeza de la soberbia siempre sucumbirá ante la disciplina de quien defiende su libertad.
El parte de guerra del General Ignacio Zaragoza
1862 - Parte sobre la Batalla del 5 de Mayo
Ignacio Zaragoza
Ciudadano Ministro de Guerra México:
Después de un movimiento retrógrado que emprendí desde las Cumbres de Acultzingo, llegué a esta ciudad el día 3 del presente, según tuve el honor de dar parte a usted. El enemigo me siguió a distancia de una jornada pequeña y, habiendo dejado a retaguardia de aquél a la 2a. Brigada de Caballería, compuesta de poco más de 300 hombres, para que en lo posible le hostilizara, me situé, como llevo dicho, en Puebla. En el acto di mis órdenes para poner en un regular estado de defensa los cerros de Guadalupe y Loreto, haciendo activar la fortificación de la plaza, que hasta entonces estaba descuidada.
Al amanecer del día 4 ordené al distinguido general ciudadano Miguel Negrete, que con la 2a. división de su mando, compuesta de 1200 hombres, lista para combatir y a su mando, ocupara los expresados cerros de Loreto y Guadalupe, los cuales fueron artillados con dos baterías de batalla y montaña. El mismo día 4 hice formar de las brigadas Berriozábal, Díaz y Lamadrid tres columnas de ataque, compuestas la primera de 1 082 hombres, la segunda de 1 000 y la última de 1 020, toda infantería y, además, una columna de caballería con 550 caballos, que mandaba el ciudadano general Antonio Álvarez, designando para su dotación una batería de batalla. Estas fuerzas estuvieron formadas en la plaza de San José hasta las 12 del día, a cuya hora se acuartelaron. El enemigo pernoctó en Amozoc.
A las cinco de la mañana del memorable día 5 de mayo aquellas fuerzas marchaban a la línea de batalla que había yo determinado y que verá usted marcada en el croquis adjunto; ordené al ciudadano comandante general de artillería, coronel Zeferino Rodríguez, que la artillería sobrante la colocara en la fortificación de la plaza, poniéndola a disposición del ciudadano comandante militar del estado, general Santiago Tapia.
A las diez de la mañana se avistó al enemigo y, después del tiempo muy preciso para acampar, desprendió sus columnas de ataque, una hacia el cerro de Guadalupe compuesta como de 4 000 hombres, con dos baterías y otra pequeña de 1 000 amagando nuestro frente. Este ataque que no había previsto, aunque conocía la audacia del ejército francés, me hizo cambiar mi plan de maniobras y formar el de defensa, mandando en consecuencia que la Brigada Berriozábal, a paso veloz, reforzara a Loreto y Guadalupe y que el cuerpo carabineros a caballo fuera a ocupar la izquierda de aquéllos para que cargara en el momento oportuno. Poco después mandé al Batallón Reforma de la Brigada Lamadrid para auxiliarlos cerros, que a cada momento se comprometían más en su resistencia. Al Batallón de Zapadores, de la misma brigada, le ordené marcharse a ocupar un barrio que está casi a la falda del cerro y que llegó tan oportunamente que evitó la subida a una columna que por allí se dirigía al mismo cerro, trabando combates casi personales.
Tres cargas bruscas efectuaron los franceses y en las tres fueron rechazadas, con valor y dignidad. La caballería situada a la izquierda de Loreto, aprovechando la primera oportunidad, carga bizarramente lo que les evitó reorganizarse para nueva carga.
Cuando el combate del cerro estaba más empeñado, tenía lugar otro no menos reñido en la llanura de la derecha que formaba mi frente.
El ciudadano general Díaz, con dos cuerpos de su brigada, uno de la de Lamadrid con dos piezas de batalla y el resto de la de Álvarez, contuvieron y rechazaron a la columna enemiga que también con arrojo marchaba sobre nuestras posiciones, ella se replegó hacia la hacienda de San José, donde también lo habían verificado los rechazados del cerro, que ya de nuevo organizados se preparaban únicamente a defenderse, pues hasta habían claraboyado las fincas, pero yo no podía atacarlos porque, derrotados como estaban, tenían más fuerza numérica que la mía; mandé, por tanto, hacer alto al ciudadano general Díaz que con empeño y bizarría los siguió y me limité a conservar una posición amenazante.
Ambas fuerzas beligerantes estuvieron a la vista hasta las siete de la noche que emprendieron los contrarios su retirada a su campamento de la hacienda de Los Álamos, verificándolo poco después la nuestra a su línea.
La noche se pasó en levantar el campo, del cual se recogieron muchos muertos y heridos del enemigo y cuya operación duró todo el día siguiente y, aunque no puedo decir el número exacto de pérdidas de aquél, sí aseguro que pasó de 1000 hombres entre muertos y heridos y ocho o diez prisioneros.
Por demás, me parece recomendar a usted el comportamiento de mis valientes compañeros; el hecho glorioso que acaba de tener lugar patentiza su brío y por sí solo los recomienda.
El ejército francés se ha batido con mucha bizarría; su general en jefe se ha portado con torpeza en el ataque.
Las armas nacionales, ciudadano ministro, se han cubierto de gloria y por ello felicito al Primer Magistrado de la República, por el digno conducto de usted, en el concepto de que puedo afirmar con orgullo que ni un solo momento volvió la espalda al enemigo el ejército mexicano, durante la larga lucha que sostuvo.
Indicaré a usted, por último, que, al mismo tiempo de estar preparando la defensa del honor nacional, tuve la necesidad de mandar a las brigadas O'Horán y Carbajal a batir a los facciosos que en número considerable se hallaban en Atlixco y Matamoros, cuya circunstancia libró al enemigo extranjero de una derrota completa y al pequeño cuerpo de Ejército de Oriente de una victoria que habría inmortalizado su nombre.
Al rendir el parte de la gloriosa jornada del día 5 de este mes, adjunto el expediente respectivo en que constan los pormenores y detalles expresados por los jefes que a ella concurrieron.
Libertad y Reforma. Cuartel General en Puebla, a 9 de mayo de 1862 Ignacio Zaragoza
Ignacio Zaragoza Seguín: El estratega que nació en la frontera para defender el corazón de México
Nació el 24 de marzo de 1829, en la población de Bahía del Espíritu Santo, actual Goliad, perteneciente en aquel entonces al estado de Coahuila y Texas.
Detrás del genio militar que humilló al imperio francés en 1862, se encuentra la historia de un hombre cuyas raíces fronterizas y sólidos lazos familiares forjaron su inquebrantable carácter republicano.
Hijo del militar veracruzano Miguel Zaragoza Valdés y de la texana María de Jesús Seguín Martínez, Ignacio Zaragoza Seguín nació en 1829 en el Presidio de la Bahía de espíritu Santo, hoy Goliad, Texas, en el entonces estado de Coahuila y Texas. Siendo el segundo de ocho hermanos -entre ellos Miguel, Cristina, Justo y Guadalupe-, Zaragoza creció en un entorno donde el servicio a la patria y el deber militar eran pilares fundamentales.
Su formación técnica y su visión estratégica no fueron producto del azar; la disciplina que lo llevó a mover columnas de infantería con precisión quirúrgica en los cerros de Guadalupe y Loreto se gestó desde su juventud en Nuevo León, tras el traslado de su familia desde la frontera.
Hoy, al analizar su correspondencia y partes de guerra, queda claro que Zaragoza no solo fue un soldado, sino el resultado de una familia que entendió, antes que nadie, que la soberanía nacional se defiende desde cada rincón del territorio, sin volver jamás la espalda al enemigo.
Recibió su primera educación en Matamoros y la continuó en Monterrey, capital del Estado de Nuevo León en donde comenzó también la Secundaria en el Colegio Seminario de aquella ciudad. Poco inclinado a las únicas profesiones a que se podía aspirar con los estudios que se tenían en aquel colegio, que eran los de la Iglesia y el Foro, abandonó la carrera y siguió a su padre, quien fue destinado a Zacatecas.
Separado de la carrera militar su referido padre, regresó con la familia a Monterey, en donde su hijo Ignacio se dedicó al comercio.
Comenzaron después a levantarse las milicias cívicas o guardias nacionales, y Zaragoza, por su propia inclinación fue uno de los primeros que con gusto se apresuraron a inscribir.
Sus compañeros de guardia nacional le nombraron sargento primero; pero la carrera militar de Zaragoza dio principio en 1853, que por disposición absoluta de Santa-Anna, se levantaron milicias activas en Nuevo León. Zaragoza marchó en una de esas compañías para Tamaulipas con el empleo de capitán.
Desde entonces tuvo ya deberes que llenar; había consagrado sus servicios a la patria; empuñaba las armas nacionales, y le era por lo mismo preciso ocurrir sus sentimientos de hombre y de mexicano, y pensar en la causa que se le quería hacer defender.
Aquellos sentimientos no podían consultarle la pasiva obediencia al gobierno arbitrario e inmoral que había usurpado el poder público de su País. Zaragoza pensaba que no debía, que no podía servir a ese gobierno despótico. Aguardaba una oportunidad para alistarse en las filas de los que lo combatían, y esa oportunidad se le presentó con el pronunciamiento en Monterrey desconociendo el régimen de Santa Anna.
El 8 de marzo de 1859 fue promovido al grado de general de brigada el cual le fue otorgado por Santos Degollado. En 1860, Zaragoza y un pequeño número de combatientes lucharon a favor de la Constitución de 1857. Zaragoza derrotó a las tropas de Leonardo Márquez, situadas en Guadalajara, Jalisco.
Poco tiempo después, bajo las órdenes del general Jesús González Ortega participó en la batalla de Calpulalpan, donde fue derrotado el ejército conservador con la que se dio término a la Guerra de Reforma.
A las órdenes del presidente Benito Juárez, Zaragoza sirvió como ministro de Guerra desde abril hasta octubre de 1861.
Cuando las fuerzas francesas de Napoleón III invadieron México para imponer como emperador a Maximiliano de Habsburgo, Zaragoza, con el rango de general y al mando del Ejército de Oriente, las enfrentó en Acultzingo en la llamada Batalla de Las Cumbres, el 28 de abril de 1862, siendo obligado a retroceder.
Zaragoza comprendió la posición defensiva y favorable que tenía la ciudad de Puebla, paso obligado para ir a la Ciudad de México. Al amanecer del 5 de mayo de 1862, el Gral. Ignacio Zaragoza arenga a sus soldados: «Nuestros enemigos son los primeros soldados del mundo, pero vosotros sois los primeros hijos de México y os quieren arrebatar vuestra patria». Ordena a Miguel Negrete dirigir la defensa por la izquierda; al zacatecano Felipe Berriozábal por la derecha y a Porfirio Díaz que esté junto a él. Tras varias horas de lucha, la batalla no se decide, se enfrentan cuerpo a cuerpo mexicanos y franceses.
Finalmente, los invasores se retiran mientras Zaragoza grita: «Tras ellos, a perseguirlos, el triunfo es nuestro». El informe que el general Ignacio Zaragoza rindió sobre la Batalla de Puebla al Secretario de Guerra Miguel Blanco Múzquiz fue breve y significativo: «Las armas nacionales se han cubierto de gloria. Las tropas francesas se portaron con valor en el combate y su jefe con torpeza».
El presidente Benito Juárez sería informado más tarde. Zaragoza, a los treinta y tres años, muere de tifus murino contraída por infestación de piojos, consecuencia de las fatigas y de la insalubridad de la campaña el 8 de septiembre de 1862.
En 1976, Ignacio Zaragoza fue declarado Benemérito de la Patria.


