Eugenio Amézquita Velasco
Video: Equipo Técnico de Raíces de Comonfort; José Luis Revilla Macías, Manuel Cortez, Silvestre León, Al Rabi Arredondo; Roger Zea, Emigdio González, David Eduardo Guevara y Verónica Calixto
Video: Equipo Técnico de Raíces de Comonfort; José Luis Revilla Macías, Manuel Cortez, Silvestre León, Al Rabi Arredondo; Roger Zea, Emigdio González, David Eduardo Guevara y Verónica Calixto
Bajo el sol de Comonfort, donde el tiempo parece detenerse para observar la grandeza de lo sencillo, comienza un ritual de amor que desafía la dureza de la existencia. Esta no es solo la historia de un oficio; es la crónica de un nacimiento.
El descenso a las entrañas: El encuentro con la madre tierra
La vemos ahí, pequeña ante la inmensidad del cerro, pero con la fuerza de los siglos en sus venas. No va simplemente a trabajar; va a las entrañas mismas de la tierra a buscar el tesoro dormido. Con sus manos curtidas, acaricia la piedra volcánica, ese basalto frío que guarda el fuego del pasado.
Hay un respeto sagrado cuando hunde la herramienta en la grieta. Cada golpe de barreta es un llamado, un "despierta" a la materia prima. Ella no extrae una piedra; está ayudando a la tierra a dar a luz. Con un esfuerzo que estremece, carga sobre su espalda el peso del mundo, llevando ese pedazo de montaña pegado a su piel, como si en ese trayecto empezara a transmitirle su propio calor humano.
El primer llanto: El despertar de la forma
Ya en su refugio, comienza el diálogo. La mujer comonforense no golpea la piedra, la escucha. Cada impacto del mazo contra el cincel es un latido. Tac, tac, tac... El polvo vuela como una neblina mística, envolviéndola en una danza de sacrificio y entrega.
Poco a poco, lo que era un bloque informe y rudo empieza a ceder ante la ternura de su voluntad. Es el momento en que la criatura nace y crece. Ella retira lo que sobra, lo que estorba, con una precisión que solo el amor otorga. No hay prisa, porque la belleza sabe esperar. Sus manos, manchadas de gris ceniza, se vuelven los pinceles que dibujan sobre la roca.
El milagro: Un corazón que nace de otro corazón
Entonces, ocurre lo sublime. El cincel se vuelve más fino, el toque más delicado. Ya no busca un simple mortero; está tallando una ofrenda. Con una paciencia infinita, los bordes se curvan, las aristas desaparecen y surge, la creación humana, la forma de un corazón.
Es una imagen poderosa y poética: el corazón de piedra, nacido de las profundidades del volcán, siendo pulido por el corazón latente de una mujer. Ella se inclina sobre la pieza, le entrega su aliento al soplar el polvo, como si le estuviera otorgando el soplo de vida. Cada hendidura, cada curva del molcajete, es un reflejo de su propia dedicación, de su cansancio transformado en arte, de su amor por la tierra que la vio nacer.
La culminación: El alma de Comonfort
Al final, la pieza brilla con una luz propia. No es solo un objeto para moler; es un pedazo de su alma hecho piedra. La artesana contempla su obra y, en ese silencio, se reconoce en ella. Es la entrega absoluta de una mujer que sabe que, para crear vida de la roca, primero hay que poner todo el amor en las manos.
Es el triunfo de la sensibilidad sobre la dureza; un corazón salido de la roca, entregado por un corazón de oro: el de la mujer comonforense.
El latido de la piedra
En la cumbre del cerro, donde el cielo se inclina,
Dios traza la gloria con mano divina,
formando del polvo la vasta creación,
otorgando a la tierra Su eterna bendición.
De Comonfort brota la luz de la historia,
un pueblo que guarda sagrada memoria,
donde el sol se detiene a mirar la labor
de un alma que entrega su vida y honor.
Desciende la madre por grietas profundas,
buscando en las sombras, en naves rotundas,
el basalto dormido que guarda el ayer,
tesoro que el mundo comienza a ofrecer.
Acaricia el volcán con su mano curtida,
le pide a la roca que tenga ya vida,
y al golpe del hierro, con fuerza y virtud,
despierta el misterio de la magnitud.
¡Oh, mujer artesana, de fibra y de gloria!,
que escribes con mazo tu propia victoria,
el polvo es neblina, un místico velo,
que une tu esfuerzo con rumbos del cielo.
Escuchas la piedra, entiendes su canto,
la envuelves divina con tierno quebranto,
retiras lo tosco con suma paciencia,
poniendo en la obra tu propia existencia.
Del bloque sombrío que el fuego forjó,
un noble diseño tu mano talló,
y surge un milagro de forma y de luz:
un tierno corazón de roca andaluz.
Corazón que destella con brillo de fe,
surgiendo del alma que sabe quién es,
orgullo del pueblo, de estirpe y de honor,
¡bendita la obra de puro amor!
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