Ignacio Zaragoza: El invencible guerrero que humilló a Francia

Guanajuato Desconocido
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Eugenio Amézquita Velasco

-Ignacio Zaragoza nació en 1829 en la bahía del Espíritu Santo, Tejas, hijo de un capitán mexicano.
-Pese a estudiar en el seminario de Monterrey, rechazó la iglesia y el foro para seguir a su padre y al comercio.
-En 1855 abandonó las filas santannistas para unirse a los liberales, instado por las convicciones de su madre.
-Salvó la vida de oficiales enemigos prisioneros, defendiendo la humanidad después del fragor del combate.
-En febrero de 1859, Zaragoza tomó Guanajuato tras un cálculo perfecto que forzó la derrota total del ejército enemigo.
-Por su pericia en combate, recibió el grado de General en marzo de 1859, consolidando su mando en la Brigada del Norte.
-Pese a sus brillantes ideas, siempre acató órdenes superiores, incluso cuando discrepaba de los planes de sus jefes.
-Lideró personalmente un ataque a la bayoneta contra las baterías de Miramón, logrando una victoria absoluta y definitiva.
-Durante el sitio de 1860, fue elegido por unanimidad para sustituir al general en jefe debido a su pericia y gran arrojo.
-Ignacio Zaragoza rechazó pactar con los asesinos de Tacubaya, priorizando el honor nacional sobre cualquier tregua con traidores.
-Tras la derrota en Toluca, el general avanzó sin municiones suficientes, confiando solo en la bayoneta y el valor de su tropa.
-En la batalla de Calpulalpan, su pericia táctica en el flanco izquierdo fue decisiva para abrir las puertas de la capital federal.
-Zaragoza abandonó el lecho de muerte de su amada esposa para cumplir con su deber militar en la defensa del territorio nacional.
-Con solo cinco mil hombres hambrientos y desnudos, el caudillo enfrentó al ejército más disciplinado y orgulloso de todo el mundo.
-El triunfo del 5 de mayo en Puebla restauró la dignidad de México ante el mundo y consagró a Zaragoza como un héroe imperecedero.
-La fiebre tifoidea truncó la vida del joven guerrero a los 33 años, justo cuando se convertía en la columna de la República.

Ignacio Zaragoza: El rayo de guerra de la frontera

El C. general Ignacio Zaragoza nació en la bahía del Espíritu Santo (Tejas) el 24 de marzo de 1829. Fueron sus padres el capitán Miguel G. Zaragoza, que se encontraba destinado en aquel lugar por el Gobierno mexicano, y la señora Doña María de Jesús Seguín. Recibió su primera educación en Matamoros y la continuó en Monterrey, capital del Estado de Nuevo León, en donde comenzó también la secundaria en el Colegio Seminario de aquella ciudad. Poco inclinado a las únicas profesiones a que se podía aspirar con los estudios que se tenían en aquel colegio, que eran las de la Iglesia y del foro, abandonó la carrera y siguió a su padre, quien fue destinado en Zacatecas. Separado de la carrera militar su referido padre, regresó con la familia a Monterrey, en donde su hijo Ignacio se dedicó al comercio.

Comenzaron después a levantarse las milicias cívicas o guardias nacionales, y Zaragoza, por su propia inclinación, fue uno de los primeros que con gusto se apresuraron a inscribir. Sus compañeros de guardia nacional le nombraron sargento primero, pero la carrera militar de Zaragoza dio principio en 1853, cuando por disposición del gobierno absoluto de Santa Anna, se levantaron milicias activas en Nuevo León. Zaragoza marchó en una de esas compañías para Tamaulipas con el empleo de capitán.

Desde entonces tuvo ya deberes que llenar: había consagrado sus servicios a la patria; empuñaba las armas nacionales, y le era por lo mismo preciso ocurrir a sus sentimientos de hombre y de mexicano, y pensar en la causa que se le quería hacer defender. Aquellos sentimientos no podían consultarle la pasiva obediencia al gobierno arbitrario e inmoral que había usurpado el poder público de su país. Zaragoza no debía, no podía servir a ese gobierno; aguardaba una oportunidad para alistarse en las filas de los que lo combatían, y esa oportunidad se le presentó con el pronunciamiento de Monterrey desconociendo la administración de Santa Anna.

No bien tuvo lugar este feliz suceso, que tanto contribuyó en la caída de aquel tirano, cuando su digna madre, que vivía en Monterrey, mandó a uno de sus hijos que violentamente fuera a Ciudad Victoria, en donde se encontraba el capitán su hermano en el batallón que daba guarnición en aquella ciudad, para que le impusiera de lo acaecido, y le manifestara que ni por un momento más siguiera en las filas de aquel odiado gobierno, que le obligaría a combatir en contra de sus hermanos y de la buena causa que estos defendían.

Zaragoza no vaciló: abrigaba las mismas convicciones, y de acuerdo con dos o tres de sus compañeros, expresó con dignidad sus intenciones a su coronel, tratando de convencerlo, y diciéndole que era invariable su resolución, así como ineficaz toda resistencia de su parte, supuesto que, como sabía, contaba con el aprecio de la tropa, que también quería correr la suerte de sus paisanos los nuevoleoneses. El coronel se opuso, pero no pudo impedir que al siguiente día, 30 de mayo de 1855, Zaragoza se pusiera en marcha para la mencionada ciudad de Monterrey, con algunos oficiales y 113 hombres más que le acompañaron.

Su recepción en todo el Estado de Nuevo León sirvió de augurio a los triunfos que se esperaban, y avivó el entusiasmo en favor de la causa proclamada. Recursos, hombres, armas, todos aprestaban en aquel Estado lo que tenían, y aunque faltos de disciplina y de hábitos militares, los nacionales formaron en breves días un grupo de hombres que marchaban llenos de fe, a combatir las selectas tropas que tenía Santa Anna en Matamoros al mando del siempre déspota y no bastantemente odiado francés Adrián Woll.

Distantes ya más de sesenta leguas, se tuvo noticia de que una fuerte brigada se aproximaba por el camino del interior para ocupar Monterrey. Con la velocidad posible regresaron aquellas fuerzas, y siguiendo hasta el Saltillo, vencieron allí el 23 de julio del mismo año a esa orgullosa brigada, que contaba con un seguro e indefectible triunfo. Sobre el campo de batalla recibió Zaragoza en esta primera función de armas el grado de coronel, debido a la serenidad y al valor que desplegó en lo más crítico y comprometido del ataque.

Zaragoza emprendió después algunas marchas con su cuerpo, bien para el interior o ya para la frontera amagada de filibusteros, captándose siempre el aprecio de todos, y el respeto además de sus subordinados.

Derrocado el gobierno de Santa Anna y establecido el constitucional del general Comonfort, se expidió el célebre Estatuto conocido con el nombre de Lafragua, que como es bien sabido, no se recibió bien en esta capital, ni mucho menos en los Estados. El de Nuevo León y Coahuila fue el que más manifestó una abierta oposición. Fuerzas de Tamaulipas y del interior marcharon por orden de aquel gobierno en combinación para Monterrey. Las primeras se anticiparon, y a una jornada de distancia de esta ciudad, derrotaron completamente el 30 de septiembre de 1856 a la única fuerza que había quedado en el Estado, por encontrarse la demás en las villas del Norte de Tamaulipas sobre Camargo.

Una comisión había llevado a Zaragoza a Monterrey cuando se sufrió aquella derrota. Ni un solo soldado había en la plaza, que al siguiente día debía ser ocupada por los tamaulipecos. Zaragoza convocó al pueblo para la Ciudadela, llamada así en Monterrey a unas paredes situadas al Norte de la población, comenzadas a levantar para fabricar un templo, y agrupados allí varios ciudadanos, resolvieron resistir.

El jefe de las fuerzas de Tamaulipas, respetando la temeraria empresa de estos ciudadanos, les intimó rendición antes de atacarlos, fijándoles un término perentorio. Zaragoza escribió por toda respuesta estas cuatro palabras: "Desde luego puede V. comenzar sus operaciones militares".

La resistencia fue fructuosa: en tres días no pudo ser tomada aquella débil y casi insignificante posición, cuyos parapetos y otras obras de defensa habían sido en su mayor parte destruidos, y las fuerzas sitiadoras fueron casi derrotadas a la llegada de las de Nuevo León, que levantaron a la vez el campo sobre Camargo y volaron en defensa de Monterrey.

Se encontraba Zaragoza en México como particular cuando el Presidente de la República, general Ignacio Comonfort, dio en 17 de diciembre de 1857 el golpe de Estado de funesta recordación. Separado el mismo Comonfort de los sublevados por virtud de la aclaración que estos hicieron, desconociéndolo el 11 de enero del siguiente año, Zaragoza con media docena de fronterizos, entre quienes figuraba el actual Ministro de la Guerra, C. Miguel Blanco, y algunos particulares que se le reunieron, ocupó y defendió la iglesia de San Pedro y San Pablo, en donde permaneció hasta última hora, dejando el puesto porque así se le previno, después que todo se había perdido. México fue testigo de lo que impusieron a los pronunciados los certeros tiros de aquel puñado de valientes.

Salió Zaragoza con el general Comonfort, pero después de la defección de la tropa que llevaba este general, y persuadido de que ninguna resistencia se haría con la que le quedaba, regresó a México para volver a su Estado, en donde no tenía duda de que se combatiría vigorosamente en defensa del orden constitucional. Así lo hizo, no sin gran peligro de ser aprehendido en su tránsito, como en efecto lo fue por una partida de pronunciados; pero afortunadamente no se le conoció, y se le puso en libertad, creyéndolo comerciante.

Antes de llegar a Querétaro fue asaltada la diligencia por unos ladrones: Zaragoza, con gran sorpresa de sus compañeros de viaje que no le conocían ni sabían que fuese armado, hizo uso de su pistola que llevaba al cinto, hirió en la cabeza a uno de los ladrones, y como a la vez también su criado que iba en el pescante hizo uso de otra pistola, los salteadores intimidados emprendieron su fuga, dejando tirado al herido, quien murió a los pocos momentos de haber llegado la diligencia a Querétaro.

En abril del mismo año volvió a presentarse en el interior mandando un cuerpo de infantería del Estado de Nuevo León. Con él cooperó de una manera principal en 27 de aquel mes a la ocupación de la fuerte plaza de Zacatecas, y de la de San Luis en 30 de junio del mismo año, defendidas ambas plazas por fuerzas considerables y arregladas, que reconocían al llamado gobierno que emanó del pronunciamiento de Tacubaya.

Antes de esto, cuando unos centenares de rifleros mandados por el experto, activo y valiente cuanto infortunado general Zuazua, causaron considerables daños e hicieron dispersar el 17 de abril en el puerto de Carretas a una gran parte de la división que a las órdenes de Miramón se dirigía para San Luis, fueron hechos prisioneros unos cuatro oficiales muy subalternos, entre ellos un joven alumno del Colegio Militar, de muy corta edad. Zuazua, obsequiando las terminantes órdenes que tenía, determinó que fuesen pasados por las armas, y los consignó a Zaragoza para que ordenara la ejecución.

Zaragoza no se había encontrado en el combate: estaba con el batallón de su mando en la ciudad del Venado a unas siete leguas del cuartel general. Como soldado, contestó por oficio lo que le prevenía la subordinación: "Cumpliré la orden, dijo, y a las veinticuatro horas, según V. me lo previene, serán pasados por las armas los oficiales que me consigna". Pero en carta particular que tengo en mi poder, de fecha 21 de abril de aquel año (1858), le decía: "De conformidad con la orden de V. de ayer, han sido puestos en capilla los cuatro oficiales prisioneros que vinieron de ese punto; pero francamente le diré que me ha puesto V. en el fuerte compromiso de ser el primer jefe de la frontera que haga ejecuciones a sangre fría, con la circunstancia desfavorable para mí de que yo no concurrí a la gloriosa función de armas que V. tan bizarramente ha sostenido. Considere V. mi situación... Ellos, los oficiales prisioneros están recibiendo los auxilios espirituales: han muerto ya, créalo V... Han sufrido más que la misma muerte, y yo me intereso en cuanto pueda valer para que se perdonen. Estos mismos sentimientos he notado en muchos de mis compañeros". Firmada esta carta, que está escrita por su escribiente, puso de su propia letra este aumento que marca los sentimientos de la grande y a la vez generosa alma que poseía: "Seamos fuertes y terribles en el combate; pero después, que admiren nuestra humanidad los enemigos que no nos conocen. Zaragoza".

Zuazua consideró estas justas razones, y yo mismo hice regresar violentamente el extraordinario con la revocación de la orden. Así se libertaron aquellos cuatro oficiales, que lo fueron el teniente Miguel Álvarez y los subtenientes Mariano Aparicio, Lorenzo Picazo y Manuel Marín.

Durante la permanencia de las fuerzas constitucionales en San Luis Potosí, por varias veces Zaragoza expresó al general en jefe su impaciencia por continuar con actividad la campaña; y más principalmente cuando Miramón regresaba de Guadalajara no bien librado del combate de Atenquique, instó porque se le mandara a reforzar al coronel Aramberri, que se había avanzado con su regimiento de Rifleros a Guanajuato, y porque se les permitiera presentar acción en forma a Miramón. "Tenemos, decía, en un evento desgraciado, nuestra segura retirada a esta plaza, que por ahora no se atreverá a atacar Miramón con las fuerzas que trae". Las combinaciones de Zuazua, según las instrucciones recibidas, eran otras, y por esto se ordenó aun al mismo Aramberri que se replegara al cuartel general, y no se obsequiaron los deseos de Zaragoza.

Cerca de tres meses estuvo aquel ejército en San Luis, de donde retrocedió en septiembre, al aproximarse el que había organizado el mismo Miramón para combatirlo. Su general en jefe, que ya no lo era Zuazua sino D. Santiago Vidaurri, resolvió tomar posiciones en la Parada y Ahualulco, en donde tuvo lugar la completa derrota que sufrió el 29 del mismo mes. Zaragoza desde la tarde del día anterior, que el enemigo se avistó amagando las posiciones ocupadas por el ejército constitucional por distinto rumbo al que en los dos días anteriores había procurado atacar, manifestó con la modestia que le caracterizaba lo oportuno que sería salir al encuentro del enemigo antes de que formara su campamento, y batirlo por su izquierda cuando él comenzaba a hacerlo a la misma ala del nuestro. Un movimiento que emprendió el mismo Zaragoza con su cuerpo hizo creer que en efecto así se iba a verificar; pero después contramarchó por orden superior, y todo siguió en el mismo estado hasta el siguiente día que se consumó la derrota. A Zaragoza se le colocó en la derecha, en donde permaneció hasta la conclusión con solo dos compañías, porque de las otras se había dispuesto para reforzar el centro, y con ellas emprendió su retirada, salvando la artillería que tenía, y que fue la única que escapó en aquella malhadada acción.

Organizado nuevamente en Monterrey un regimiento de Rifleros, salió este a la campaña a las órdenes del teniente coronel Quiroga, quien incorporado con las fuerzas de Zacatecas, derrotó en Rincón de Romos una brigada que mandaba D. Joaquín Miramón. Zaragoza estaba ya en camino para tomar el mando de aquellas fuerzas, que en efecto se pusieron a sus órdenes tan luego como se presentó.

A la vez se proyectó también en Michoacán obrar de acuerdo con las fuerzas del Norte, y una brigada al mando del general Iniestra, con algunos restos de las fuerzas de Jalisco con que se había retirado el general Degollado, se dirigió a León y lo ocupó a viva fuerza. Perseguida en seguida por el general Liceaga, emprendió su retirada hasta incorporarse con las fuerzas de Zaragoza.

Desde este momento, de acuerdo con el general Iniestra, resolvió volver violentamente a León sobre el enemigo, que si no contaba con fuerzas superiores en número, sí en organización y disciplina. Él mismo se puso a la cabeza de los rifleros que iban a la vanguardia, y después de un ligero tiroteo con las avanzadas del enemigo, estas con el grueso de la fuerza emprendieron para Silao su retirada.

Al siguiente día continuó Zaragoza su avance con el mismo orden; y desde esta última población hasta Guanajuato, la persecución fue tan activa y tenaz que por más de una vez creyó que contendría su marcha el enemigo y lo obligaría a presentar acción, dando tiempo a que se le reuniera la infantería y artillería, que no era posible hacer caminar al paso de los rifleros.

Lances hubo durante esta pertinaz persecución de sumo compromiso para los rifleros y demás partidas de caballería que les acompañaban, y para el mismo Zaragoza, que casi siempre a la vanguardia se exponía a los fuegos del enemigo, más cuando este se empeñó en no dejar una pieza de artillería que no podía seguir por haberse descompuesto su montaje, y cuya pieza era sucesivamente tomada y abandonada por las fuerzas de Zaragoza, hasta quedar en su poder.

No conseguido el objeto de detener al enemigo antes de que ocupara a Guanajuato, le fue preciso, de acuerdo con el general Iniestra, atacarlo en las posiciones que él mismo eligió. La precisión con que correspondieron al buen éxito de las operaciones las disposiciones que dictó fueron elogiadas por todos los que presenciaron ese importantísimo ataque. "Tendrán —dijo al coronel la Barra, después de preguntarle la hora que era, y cuando el enemigo se manifestaba más orgulloso creyéndose seguro en sus posiciones, y para cuyo ataque acababa de hacer marchar las fuerzas convenientes— tendrán en la casa de diligencias que prepararnos una segunda mesa para servirnos el almuerzo; pues no podremos ocupar la plaza sino hasta una hora después de en la que acostumbran darlo en aquel establecimiento". En efecto, todo sucedió como había calculado Zaragoza. Las posiciones fueron abandonadas tan luego como, inesperadamente para sus defensores, se vieron estos atacados desde puntos dominantes, y de aquí se siguió la más completa derrota, que puso en poder del ejército federal, el 28 de febrero de 1859, algunas excelentes piezas de artillería, bastante parque, armamento, y una rica y bien provista plaza, en donde se hizo de recursos para continuar la campaña.

Por esta función de armas, el Sr. Degollado, que después se puso al frente de todas esas fuerzas, le confirió con fecha 8 de marzo el grado de general, con cuyo carácter continuó mandando la brigada del Norte, compuesta de las fuerzas de Nuevo León y Zacatecas.

Así concurrió el 11 de marzo a la memorable acción de Calamanda, en donde incorporadas las fuerzas reaccionarias de Mejía y las de San Luis, que mandaba el exgeneral Callejo, sufrieron todas una verdadera derrota, que se consumó cuando Zaragoza ocupó el cerro del Tecolote que dominaba la hacienda del Ahorcado, último punto en donde se habían atrincherado los contrarios.

El general en jefe hizo justicia al valor y comportamiento de Zaragoza y de las fuerzas que mandaba, diciendo en su parte oficial que a ellos era debida la gloria de este triunfo. Después, creía Zaragoza que debía continuarse la persecución del enemigo, pero el referido general en jefe tuvo por más conveniente seguir su marcha para México, conforme a la combinación que había formado en vista de las ofertas que se le hacían de esta capital.

Así llegaron a Tacubaya sin emprender ataque formal hasta el día 2 de abril, en que se encomendó a Zaragoza el que se ejecutó con las fuerzas del Norte y de Zacatecas sobre la garita de San Cosme. La posición debía haber sido volteada; pero por diversas circunstancias, aquel ataque solo sirvió para probar una vez más el arrojo de las fuerzas referidas, sin embargo de que no consiguieron su objeto.

Durante la permanencia de nuestras fuerzas en Tacubaya, Zaragoza se manifestaba impaciente por impedir que entraran a la plaza de México los restos de las que se habían batido en Calamanda, y después las auxiliares que el mismo Márquez condujo del interior; pero tanto sus observaciones con este respecto, como las que, frustrado el ataque sobre la garita de San Cosme, propuso para la retirada del ejército, fueron, aunque atendidas, no aprobadas por el general en jefe, quien tenía formado un plan diverso y que creía seguro a causa de las fundadas esperanzas que le hacían concebir sus corresponsales, y de la ventajosa posición en que se consideraba a nuestras fuerzas. Sin embargo, el Sr. Degollado había convenido en la retirada del ejército, y aun llegó a marcar a Zaragoza las horas en que debían darse los toques de marcha para emprenderla; pero después se le hizo variar por razones que Zaragoza nunca tuvo por suficientes, si bien como subordinado obedeció la determinación que se tomó de continuar en el mismo campamento.

La historia de México tiene que hacer un penoso recuerdo del día 11 de abril de 1859, y no por la completa derrota que sufrió el ejército federal en este día, sino por los odiosos asesinatos de médicos y de personas inocentes que se ejecutaron en pelotón y a sangre fría después de la mencionada derrota.

Zaragoza protegía en ese día el flanco derecho del campamento, extendiendo su línea de Chapultepec a Casa Mata; pero sucesivamente se le fueron pidiendo fuerzas para reforzar a las de Tacubaya, hasta dejarlo con bien pocas y tan insignificantes, que cuando se le previno que atacara al enemigo por el flanco izquierdo, no obstante su acostumbrado hábito de obedecer, observó que carecía de fuerzas con que verificarlo, por haberse dispuesto de la mayor parte de las que a sus órdenes tenía. Repetido el mandato, tuvo necesidad de cumplirlo, y al efecto se puso en marcha con su pequeña fuerza.

Permítaseme que haga aquí uso de la comparación de que se valió el mismo Zaragoza al referirme este suceso, porque ella, aunque simple y vulgar, expresa perfectamente el resultado de aquel inconsiderado movimiento. "¿Ha visto V. —me dijo— el terror que se apodera de un perrito faldero, y la manera que este huye cuando, después de haber impacientado con sus ladridos a un bulldog, este vuelve la cara y le hace cualquier amago? Pues de la misma manera corrieron mis soldados tan luego como el enemigo, apercibido de nuestros inútiles fuegos, volvió sobre nuestra posición una batería y nos hizo una descarga. Nuestra pieza quedó desmontada, y todos, porque yo ni aun intenté contener a los soldados, tuvimos que retroceder algo más que de prisa".

Dispersado el ejército, Zaragoza y el coronel Quiroga lograron reunir algunos soldados, con los que se retiró rumbo a Morelia, tomando después para el bajío de Guanajuato. En Irapuato se incorporó a la brigada con que el general González Ortega se había puesto en marcha con intención de auxiliar al ejército federal. En el momento se entendieron estos dos jefes, que desde entonces fueron tan buenos amigos; puestos de acuerdo, resolvieron avanzar sobre Querétaro, e hicieron en efecto salir las fuerzas para Salamanca.

En este lugar, Zaragoza hizo saber a la división por la orden del día que, habiendo admitido el grado de general tan solo porque así se creía conveniente a la jerarquía militar en razón al mando que tenía de un cuerpo, cuando se reunieron las fuerzas que marchaban sobre México, hacía dimisión de ese grado, debiendo en consecuencia continuar considerándosele como coronel, que era el empleo que antes obtenía.

En el mismo Salamanca recibió órdenes terminantes del coronel Zuazua, que a la sazón se encontraba en San Luis investido con el mando en jefe del ejército de operaciones del Norte, para que dirigiera su marcha para aquel cuartel general. La subordinación le hizo obedecer esta orden, que el mismo general Ortega convino en que era preciso obsequiar, y desbaratado así el plan que habían combinado, Zaragoza siguió para San Luis y Ortega retrocedió para León.

En su tránsito recibió Zaragoza comisionados de Guanajuato, ofreciéndole el mando de las fuerzas de aquel Estado y proporcionarle recursos. Dio, como era de su deber, cuenta al general en jefe, y con su acuerdo y previas sus órdenes, volvió para Silao a la vez que el general Zuazua se dirigió a Aguascalientes, en donde se proponía dar arreglo al ejército para continuar las operaciones militares.

A insinuación del gobernador de Nuevo León, los de Zacatecas, Aguascalientes, Guanajuato y San Luis convinieron en reconocer con el mando en jefe del ejército de operaciones al referido Zuazua y de su segundo a Zaragoza, a quien con este motivo le confirió aquel gobernador, con fecha 25 de abril, el nombramiento de general, cuyo nombramiento fue aprobado con fecha 5 de mayo por el supremo gobierno.

Así funcionaba en aquel ejército cuando se presentó una bien armada sección de Tamaulipas, mandada por el coronel García. Zuazua, para manifestar su aprecio a aquella sección, resolvió nombrar segundo en jefe al que la mandaba, y así lo dio a reconocer por orden general, confiriéndole provisionalmente y a reserva de la aprobación del general en jefe y del supremo gobierno el grado de general. Zaragoza quedó por esto subalternado, aunque con el mando de su misma brigada; pero no manifestó ni el menor disgusto, ni tibieza tampoco en el cumplimiento de sus deberes y en sus deseos por volver a abrir la campaña.

De León se resolvió emprenderla sobre las fuerzas que, acaudilladas por Vélez, ocupaban a Guanajuato; pero al aproximarse las federales se retiraron las primeras, no creyendo seguramente oportuno defenderse en aquella ciudad, y también para incorporarse con las que Woll llevaba de la capital, con encargo de sustituir a Vélez. Zaragoza creía que seguirían sobre el enemigo; pero el general en jefe tuvo por más conveniente para proveerse de recursos dirigirse sobre Guanajuato. Ya en esta población, que ciertamente no conocía el referido general en jefe, advirtió que ni era prudente conservarla, ni aguardar en ella a las fuerzas reaccionarias; y por esto determinó su violenta desocupación, procurando salvar la artillería, cuya comprometida comisión encomendó al general Hinojosa, retirándose él con el grueso de la fuerza para San Felipe. Zaragoza no opinaba favorablemente con respecto a este movimiento, que entendía debía verificarse con todas las fuerzas al encuentro del enemigo; pero estaba subordinado al general en jefe y, como siempre, obedeció fielmente lo que se le mandó.

Vueltas las fuerzas del Norte a San Luis, tuvieron lugar algunos disturbios que a Zaragoza no le fue posible impedir. Uno de los cuerpos de rifleros desobedeció al general en jefe, a la vez que este estaba próximo a dejar el mando por estar ya en camino para San Luis el general D. Santos Degollado. El gobernador de Nuevo León, que siempre conservó el carácter de general en jefe de las fuerzas del Norte, reclamaba el ejemplar castigo del coronel Quiroga, jefe que mandaba el cuerpo sublevado, y llegó a pedir con exigencia que se le consignara para juzgarlo.

El Sr. Degollado confirió a Zaragoza la comisión de pasar a Monterrey para hacer explicaciones a aquel funcionario, y para manifestarle el compromiso en que le ponía si no retiraba las apremiantes notas que con este motivo le había dirigido. A su llegada a Monterrey se encontró con más graves inconvenientes, a consecuencia del decreto expedido por aquel gobernador en septiembre de 1859, previniendo que regresaran al Estado las fuerzas que estaban en el interior, y que por haber puesto al servicio de la federación, debían sujetarse al general en jefe nombrado por el supremo gobierno.

Nada, pues, pudo avanzar en la comisión que se le encomendó; mas como en camino de regreso para San Luis recibiera la disposición dictada por el expresado general Degollado destituyendo del mando político y militar al gobernador de Nuevo León y Coahuila, y sujetándolo a un juicio por haber expedido aquel decreto, y se le ordenara que auxiliase al general Aramberri, encargado de hacer cumplir aquella disposición, volvió a Monterrey, en donde en efecto, puesta inmediatamente a sus órdenes toda la guarnición de aquella ciudad, tuvo lugar el cambio, sin que de pronto se hiciera resentir la menor desgracia. Zaragoza dejó expedita la salida de aquel gobernador con solo su oferta de retirarse de los negocios públicos y de no volver a tomar parte en ellos. "Protesto ante el Estado —decía a Zaragoza aquel gobernador, D. Santiago Vidaurri, en comunicación fecha 25 de septiembre— que, ya esté conforme con dicho paso o no, seré en lo de adelante completamente extraño respecto de sus asuntos".

Todo el empeño de Zaragoza era el de preparar fuerzas para volver a la campaña, pero los disturbios del Estado no le permitieron salir con las primeras que se habían organizado, y como entretanto tuvo lugar la tercera completa derrota que sufrió nuestro ejército en la Estancia de las Vacas, y volviera en el Estado, por consecuencia de los convenios que celebró el nuevo gobernador, la administración que había combatido, resolvió marchar a Veracruz para conferenciar con el Supremo Magistrado de la República, con referencia a los medios que deberían adoptarse para ordenar las fuerzas del interior.

Con pesar se separó Zaragoza de Veracruz el 28 de febrero de 1860, porque lo verificaba en los mismos momentos en que se aproximaban las fuerzas reaccionarias al mando de Miramón; pero lo hizo sin embargo plenamente convencido de que no sería ocupada aquella plaza, y que él podía ser mucho más útil en el interior, en donde esperaba cooperar para que se expedicionara con más actividad, aprovechando el entretenimiento del ejército reaccionario sobre aquella plaza.

Zaragoza se dirigió para Zacatecas, en donde el general González Ortega con gusto aceptó sus servicios, nombrándolo desde luego comandante militar de la plaza y encomendándole el arreglo y organización de las fuerzas que tenía. A la vez militaba el general Uraga por las inmediaciones de San Luis con la división del centro y, sabedor de que Zaragoza estaba en Zacatecas, lo pidió a González Ortega para encargarle la mayoría general de su división. Este era el puesto que ocupaba el 24 de marzo de 1860, en que se dio el arrojado ataque sobre la plaza de Guadalajara.

Zaragoza estuvo con frecuencia en los puntos de más riesgo durante ese ataque y, cuando el general en jefe se separó del Hospicio para ocurrir a otro punto en donde se creía necesaria su presencia, le dejó encomendada la vigilancia de la columna que por allí obraba, y que era a la que se había confiado el ataque principal. Momentos después recibió el aviso de haber sido herido el general Uraga, a la vez que vio sucumbir a su lado al jefe que había sido puesto al frente de la columna de ataque. Sin embargo, se esforzaba Zaragoza por reanimar el valor del soldado cuando recibió orden del mismo general en jefe para retirarse. Así lo verificó con todo arreglo, colocándose él mismo a retaguardia para proteger la retirada.

Siguió Zaragoza en el Sur de Jalisco mandando la división del centro, si bien reconociendo como general en jefe a D. Pedro Ogazón, que mandaba las fuerzas de aquel Estado. Ambas contuvieron por algunos días en Sayula a Miramón, en donde Zaragoza aun llegó a proponer que se intentara atacarlo. Vuelto Miramón a Guadalajara y en seguida para el interior, las fuerzas de Jalisco y la división del centro permanecían con grandes escaseces y sin poder emprender de una manera seria sobre la plaza de Guadalajara. Algunos de los cuerpos de la división de Zaragoza regresaron a sus Estados y de día en día se tenían bajas considerables. Preciso era, pues, tomar una resolución, y la de Zaragoza fue de marchar en solicitud de las fuerzas que acaudillaba el general González Ortega para seguir con actividad la campaña, y así lo hizo tan luego como logró convencer al general en jefe y obtuvo el permiso correspondiente.

La marcha era peligrosísima: tenía que pasar a la vista de la plaza de Guadalajara, de donde podían salir a batirlo con fuerzas muy superiores, y además Miramón debía estar por Lagos, y era fácil que le impidiera incorporarse con Ortega. Si las fuerzas de Miramón se ponían en combinación con las de Guadalajara, su ruina era indefectible, y para evitarla era preciso violentar jornadas y tomar todo género de precauciones. Zaragoza, pues, ocultó su movimiento lo más que pudo y, a las doce de la noche del 31 de julio, lo emprendió de Santa Ana Acatlán, sin poder evitar el paso al siguiente día a la vista de la plaza de Guadalajara. Tres noches y dos días de camino con solo la demora necesaria para que la tropa tomara alimento y muy ligeros descansos, pusieron a esta fuerza a salvo y en estado de prestar la importantísima cooperación que inauguró en Silao la serie de triunfos que decidió en favor de la causa constitucional la sangrienta lucha sostenida por consecuencia del motín de Tacubaya.

En la villa de la Encarnación dio Zaragoza descanso a su tropa y en Lagos se incorporó a la que mandaba el general González Ortega, a quien desde luego reconoció como jefe, conviniendo en continuar para presentar acción y procurar batir a la escogida división que mandaba en persona el mismo Miramón.

En la tarde del día 9 de agosto estaban ya las fuerzas federales a la vista de Silao, en donde se encontraban las contrarias, que desde luego formaron su línea de defensa a la salida de la misma población. En la noche establecieron González Ortega y Zaragoza el campamento de las suyas, colocando en los lugares convenientes la artillería y preparando las columnas que debían emprender el ataque al día siguiente.

Observadas aquellas posiciones al amanecer de este día, comenzó a batirlas el enemigo. Sufrían las fuerzas federales un vivo fuego de artillería y la hora del ataque se retardaba porque aun no se presentaba en el campo la brigada Berriozábal, que por momentos se esperaba. Zaragoza notó que, a la vez que el enemigo formaba columnas, comenzaba a desmoralizarse uno de los cuerpos en el que hacían más daño aquellos fuegos, y conoció desde luego que se corría un gran riesgo en demorar por más tiempo las operaciones de iniciativa: era preciso aventurar mucho para no exponerse a perderlo todo.

Hizo, pues, que uno de sus ayudantes fuese violentamente a proponer al general en jefe un ataque a la bayoneta sobre las baterías y columnas enemigas; y adoptado su plan después de la ligera conferencia que personalmente tuvieron en seguida ambos jefes, se puso al frente de los cuerpos de San Luis y Morelia, llevando en sus manos la bandera de uno de los primeros, y cargó con tal ímpetu que a los pocos momentos hizo ondear esa misma bandera en el centro de las baterías enemigas. Ortega ejecutó otro tanto, aunque con alguna demora por consecuencia precisa de su posición y de las sinuosidades del terreno, por el ala izquierda, y en el acto fue general y absoluta la derrota de aquellas fuerzas que, como se ha dicho, acaudillaba el titulado Presidente de la República, D. Miguel Miramón.

Siguió Zaragoza con el carácter de mayor general y como jefe de su brigada, y después mandando una división en la campaña que se emprendió sobre la fuerte plaza de Guadalajara. Durante el largo sitio que se puso a esta plaza, fueron notorios sus trabajos y siempre notables por las ventajas que obtenía. Los principales jefes pertenecientes a las fuerzas constitucionales que expedicionaban en el interior se encontraban en ese sitio, y todos tenían una predilección tan particular a Zaragoza, que cuando, por consecuencia de la enfermedad del general en jefe, se tuvo que nombrar un sustituto, la junta de generales que al efecto se reunió lo hizo sin vacilar y por unanimidad en favor de Zaragoza.

A la sazón se aproximaba ya en auxilio de Guadalajara una fuerte división mandada por Márquez, y que contaba con casi todas las notabilidades del ejército reaccionario. Zaragoza tuvo por esto que violentar sus operaciones sobre la plaza, que atacó decididamente el 29 de octubre. Los combates que en aquel día tuvieron lugar, y la lucha que con particularidad se trabó en Santo Domingo, punto que vigilaba en persona y que desde antes había atendido inmediatamente el mismo Zaragoza, encomendando los preparativos para el asalto al infatigable y valiente coronel Guccione, dejaron huellas imperecederas del valor y arrojo de los asaltantes y de la pericia de su general.

En la mañana del siguiente día todo se suspendió para celebrar un armisticio y luego unos tratados, que obligaban a salir a los defensores de la plaza con rumbo opuesto a la dirección de los que iban a prestarles auxilio, y que para entonces solo distaban de Guadalajara siete leguas.

Zaragoza, quien venció al orgullo del imperio francés invasor

El 31 ya estaban sobre el ejército auxiliar las divisiones de México y de Jalisco, y Zaragoza tomaba en persona el cargo de las operaciones para batirlo. Su general en jefe mandó comisionados con una comunicación, proponiendo que se le incluyera en los convenios celebrados en Guadalajara; pero Zaragoza los despidió manifestándoles que muy sensible le era el derramamiento de sangre mexicana, pero que el honor nacional no le permitía entrar en tratados con jefes, oficiales y tropa que se dejaban mandar por el famoso asesino de Tacubaya.

A las pocas horas todo estaba concluido: Márquez emprendió una retirada imposible, y habiendo sido alcanzado por las fuerzas de Zaragoza, tuvo que prevenirse para resistir al subir las lomas de Calderón. Zaragoza, después de un ligero reconocimiento, formó sus columnas de ataque, y cuando estas avanzaban, habiendo observado que las fuerzas contrarias entraban en desorden, mandó cargar a su caballería, con lo que aquellas corrieron precipitadamente, y la derrota de Márquez se consumó, escapándose él mismo y algunos otros jefes y oficiales, debido a la bondad y ligereza de sus caballos.

Decidida quedó con este hecho de armas la cuestión en el interior, y solo faltaba para el golpe de gracia ocupar la capital de la República. Zaragoza volvió a Guadalajara con objeto de apresurar la salida de las fuerzas, cuya marcha dispuso por divisiones, siendo la de México la primera que la emprendió, con orden de permanecer en Querétaro. Su general en jefe le informó lo conveniente que sería continuar hasta Toluca para preparar víveres y otros recursos al ejército cuando se aproximase a la capital, y Zaragoza se lo permitió, recomendándole mucho que estuviera siempre con las debidas precauciones.

En Querétaro supo el día 10 de diciembre que esta división había sido sorprendida y completamente derrotada en Toluca. Desde entonces previó que se emprendería movimiento para atacarlo, y sin embargo de que carecía de parque, porque aun venían a larga distancia los carros que lo conducían, hizo marchar todo el ejército hasta Arroyozarco, para donde salió el día siguiente, y por su orden su secretario hasta el punto en que encontrara al general Ortega, quien, restablecido de su enfermedad, volvía para tomar el mando del ejército. "Dígale usted al general Ortega —instruyó al secretario— que me espero, que Miramón, alentado con el triunfo obtenido en Toluca, saldrá a batirme, y que yo no esquivaré el combate; que ya sabe que casi no cuento con más parque que el que tienen los soldados en las cartucheras y la artillería en las cajuelas; pero que yo no retrocederé, y sí bien, iré a su encuentro, con cuyo objeto salgo hoy mismo para Arroyozarco. Que de todas maneras, le suplico que violente su marcha, más principalmente si considera que yo hago mal; pues en este caso, es necesario que se apresure para tomar el mando, y entonces él determinará y yo obedeceré lo que ordene".

González Ortega aplaudió la resolución de Zaragoza y apresuró en efecto su marcha; pero no para variar el plan, sino para auxiliarlo en su ejecución. El 18 en la tarde llegó a Arroyozarco, y ya el 21 tuvo que ponerse en movimiento el ejército, porque en efecto, era ya indudable que Miramón marchaba con intención de batirlo. Al bajar la cuesta de Calpulalpan, se encontraron en retirada las últimas fuerzas que en San Francisco se habían puesto avanzadas para observar al enemigo. Tiempo era, pues ya, de elegir el campo para presentarle acción, y este lo fue en un llano que está pasado el rancho de San Miguel.

Colocadas nuestras fuerzas y recorrida la línea por el general González Ortega, le pareció algo desfavorable la posición del ala izquierda; pero era tal la confianza que tenía de Zaragoza, que después de la conferencia que con él tuvo, acordó solamente reforzar aquel flanco, encomendado al mismo Zaragoza, convencidos ambos que por allí cargaría el enemigo con mayor fuerza. Así sucedió en efecto al día siguiente; pero a la vez que Ortega arrollaba por la derecha la izquierda del enemigo, cargando con intrepidez para auxiliar a Zaragoza, este resistía el vigoroso ataque que contra su línea se emprendió, y aun hacía avanzar fuertes columnas que vencieron también, siguiéndose el más completo triunfo, que abrió las puertas de la capital de la República al ejército federal.

Desde la noche del 24 se libraron órdenes a Zaragoza para que se apresurara a ocupar la capital a fin de impedir los desórdenes que fundadamente se temían, supuesto que habían salido ya en fuga las pocas fuerzas que la guarnecían. Desde entonces quedó con el mando de las armas en la plaza, y todos presenciaron la actividad y energía que desplegó para contener los atentados que comenzaron a cometerse, y para lo que le fue preciso ordenar dos momentáneas ejecuciones en la misma plaza principal.

Separado González Ortega del Ministerio de la Guerra, se le confirió al mismo Zaragoza, quien con este objeto fue llamado de Puebla, adonde se encontraba al frente de su división. En abril comenzó a desempeñar ese importante puesto, en el que desde luego se hizo notar por la prudencia, aplomo y oportunidad de sus disposiciones, más principalmente cuando, dejando a la capital en momentos de continuas y fundadas alarmas, sin guarnición alguna, hizo salir violenta y ocultamente la fuerza toda que había disponible para reforzar la brigada Tapia, que de improviso cayó y venció el 20 de octubre del año pasado en Pachuca a las fuerzas reunidas de la reacción, que acaudillaban Márquez, Mejía, Zuloaga y otros de sus principales jefes.

Del ministerio salió para encargarse en el ejército de Oriente del mando de una división, emprendiendo su marcha el 21 de diciembre del mismo año, a la vez que la señora su esposa se encontraba sumamente grave. Zaragoza sabía bien que tenía que despedirse para siempre de aquella mujer que idolatraba, pues los médicos ya le habían anunciado lo incurable de la enfermedad que padecía; pero no hizo la menor observación a la orden de marcha que se le dio, y que le habría sido fácil retardar, supuesta la justificación del motivo, y las consideraciones y el distinguido aprecio que le tenía el presidente de la República.

Como era de esperarse fue muy bien recibido en aquel ejército, en el que después funcionó como su jefe, por haber sido ocupado en otra comisión el general Uraga, que lo mandaba. Los tratados de la Soledad, celebrados con los comisarios de las tres potencias aliadas, dieron esperanzas de un arreglo pacífico e infundieron por desgracia tal confianza que se dispuso de una parte de aquel ejército para destinarlo a combatir los restos de la reacción, y se pusieron en receso algunos cuerpos de la guardia nacional.

Zaragoza lamentaba la extracción de fuerzas en su ejército, y con sentimiento veía que se le separaban a distancias en que tal vez, en caso ofrecido, no podría reunirlas con la conveniente oportunidad; pero como era de su deber, obedecía las órdenes que sobre el particular se le expedían, limitándose a informar al supremo gobierno sus temores con respecto a la mala fe que observaba por parte de los franceses, su juicio sobre ser inevitable la guerra, y la importancia por lo mismo de que fuese atendido con preferencia y aumentado el ejército de Oriente.

Se llegó en efecto a confirmar la necesidad de la guerra con la resolución tomada por los comisarios franceses el 9 de abril, en cuya virtud se declararon rotos los tratados de la Soledad; y como se ha visto, para entonces el ejército de Oriente estaba bien disminuido. Sin embargo, Zaragoza se decidió a combatir, y si no hubiera sido por la escandalosa infracción del artículo de aquellos tratados que imponía a las fuerzas extranjeras la obligación de retirarse a sus antiguas posiciones antes de romper las hostilidades, Zaragoza les habría disputado, y quizá con buen éxito, el paso del Cerro del Chiquihuite, calificado por todos de fuerte para oponer una vigorosa resistencia.

Esta, pues, debió limitarse a otros puntos en el camino que emprendieran de Orizaba sobre la capital de la República. En aquellas circunstancias no faltaron quienes, sin embargo de su patriotismo y conocido valor, calificaran de imprudente y aun de temeraria toda resistencia formal, opinando por la retirada del ejército hasta la capital para reunir mayores fuerzas que presentar al enemigo. Zaragoza creyó que debía combatir con lo que tenía, sin desesperar del triunfo; así entendió que lo exigía el honor nacional, y no vaciló en ponerlo en ejecución.

En las cumbres de Acultzingo se propuso disputar el paso al invasor, y lo habría hecho de una manera más seria si el parte que se le dio de ser amagada su retaguardia por fuerzas considerables reaccionarias no le hubiera obligado a hacer retroceder el ejército, abandonando los trabajos de la fortificación pasajera que comenzaba a levantar. Satisfecho de la poca exactitud de aquel aviso, regresó violentamente para ver lo que podía hacer con respecto al plan que se había propuesto antes, y solo tuvo el tiempo preciso para improvisar la resistencia que opuso el 25 de abril de este año, que si bien nunca fue con intención de sostener y conservar el punto, ella bastó para probar la pericia del general y el valor y arrojo de nuestras tropas. El orden que se guardó en el combate y las providencias dictadas de antemano para la retirada, después sostenida con la brigada de Oaxaca situada convenientemente, siempre hará honor al general Zaragoza, que hizo comprender al soldado mexicano con aquel primer ensayo que podía y debía medir sus armas dignamente con el disciplinado, aguerrido y siempre orgulloso ejército francés.

Y no era por cierto halagüeño el estado que guardaban nuestras tropas en aquellas circunstancias. Se necesitaba el temple de alma, la firmeza de carácter y el valor y entusiasmo de un hombre como Zaragoza, entregado todo al servicio de su patria, para aventurar el combate. Véase en comprobación lo que me escribía el mismo día 28, momentos antes de sostenerlo:

"Quedo impuesto por su grata fecha 26 del corriente de las noticias que usted me comunica. Una de ellas es el regreso de la brigada de San Luis, que si mucho sorprende a usted, más me sorprende a mí, que con la tenacidad de un limosnero indigente, desde el 8 de marzo estoy predicando al gobierno la mala fe de los franceses, la necesidad de que nos preparemos con tiempo y el urgente envío de fuerzas respetables; pero quizá por imposibilidad no se me ha atendido, y hoy me encuentro a la vista del enemigo extranjero con un puñado de valientes dignos de mejor suerte, todos desnudos, muertos de hambre, y que no será remoto sucumban, aunque fía mucho en su bravura y entusiasmo su afectísimo amigo — I. Zaragoza. — P.D. Estoy recorriendo mi campamento: ya está el enemigo al frente".

Retiradas las fuerzas después del combate, creyó conveniente imponer al supremo gobierno de los motivos todos de sus anteriores operaciones, del estado que guardaba el ejército, los movimientos que se proponía ejecutar y puntos en donde, en su concepto, debía hacerse la principal defensa. La situación era en efecto bastante grave: nada debía aventurarse sin que lo conociera el supremo magistrado, en quien la nación había depositado su confianza, y sin obtener también su superior aprobación.

Las consecuencias, pues, de sucesos de tan vital importancia solo se debían aceptar previo el acuerdo expreso de aquel supremo magistrado, ya que había tiempo para recabarlo. Por esto Zaragoza dirigió al Ministerio de la Guerra, con fecha 2 de mayo desde Amozoc, una extensa comunicación dando cuantos informes le parecieron convenientes y diciendo con franqueza lo que entendía que debía hacerse. La conclusión de este oficio contiene conceptos que pueden y deben servir de modelo donde quiera que se estimen en su justo valor la subordinación militar y el acatamiento y la obediencia a los gobiernos legítimos:

"Dejo expuestas las razones de la conducta que he observado y de la que me propongo seguir, explicando los fines a que mis operaciones conducen; pero también estoy resuelto a batirme campalmente o como el gobierno me lo ordene, con los enemigos que tengo cerca, sobre lo que espero se sirva determinar el C. Presidente lo que juzgue digno de su resolución, seguro de que encontrará en este cuerpo de ejército un jefe con subordinados que obedecerán sin réplica las supremas disposiciones, con honor y lealtad hasta sucumbir con gloria".

Aprobado que fue su plan, trató ya de ejecutarlo; pero desgraciadamente tuvo que atender a las fuerzas reaccionarias, en cuya persecución destacó las brigadas O'Horan y Carbajal, con objeto de impedir que aquellas se incorporaran a las invasoras al aproximarse a Puebla. El combate se trabó en esta ciudad el nunca olvidable 5 de mayo, anticipándose un día al en que lo esperaba Zaragoza. "Si el gobierno —decía al ministro de la guerra con fecha 3 del mismo mes—, haciendo un esfuerzo supremo me mandara violentamente mañana dos mil infantes, yo le aseguraría hasta con mi vida que la división francesa sería derrotada precisamente el día 8".

Las operaciones se precipitaron y Zaragoza tuvo que batirse sin este auxilio que llegó en la noche del día 6, y sin las referidas brigadas O'Horan y Carbajal, contando solamente con una fuerza cuyo número no pasaba de 5,000 hombres. Cuando en México, y casi por todos en general, solo se esperaba a lo más una resistencia honrosa, pero siempre sin esperanza de triunfo, el telégrafo estaba trasladando minuto por minuto partes que anunciaban ser rechazadas las columnas de ataque que desprendía el enemigo, quien al fin tuvo que replegarse hacia la hacienda de San José.

Salvado estaba ya al oscurecer del 5 de mayo el honor de nuestras armas, y el ejército francés solo trataba de su propia defensa: "Pero yo no podía atacarlo —dice el general en jefe en el parte que dio al supremo gobierno— porque derrotados como estaban, tenían más fuerza numérica que la mía".

¡Gloria a Zaragoza! ¡Remembranza eterna a los valientes que le acompañaron! México vuelve desde este día a tomar significado digno ante el mundo entero y tú, Zaragoza, serás conocido en su historia por el restaurador de su nombre, y se te llamará buen hijo, esclarecido patriota, guerrero invencible, sincero, leal y modesto republicano.

Cuando el ejército invasor formalizó su retirada para Orizaba, por muchos se creyó que el nuestro le causaría considerables daños, y aun su completa derrota. Quizá también Zaragoza abrigó algunas esperanzas, y animado de estas intenciones salió en su persecución de Puebla, y aun llegó en Acatzingo el día 13 a presentarse prevenido para el ataque. Pero a la vez que dictó al efecto sus disposiciones, pasó en persona a hacer un reconocimiento, y habiendo observado lo compacto del campamento enemigo, la buena colocación de sus piezas y de las posiciones que tomó para aguardarlo, no pudo menos que vacilar.

"Temí un mal resultado —le oí yo mismo decir— y temblaba por la suerte de la República en este caso, por no haber ni en Puebla ni en la capital un ejército de reserva. Sin dar a entender mis temores, llamé a algunos de mis compañeros para observarlos y creí notar en ellos mis mismas dudas. Entonces sin vacilar, pero tampoco sin que se conociera que desistía del ataque, ordené que se diera rancho a la tropa y se descansara un rato. Después dispuse su marcha para diversos puntos, ya con el firme propósito de no batir al enemigo, ni en aquel lugar ni en otro alguno de su tránsito, supuesto que no me prometía poderme colocar en una posición ventajosa".

Ya en Orizaba el ejército enemigo, una sola vez intentó un formal ataque sobre la plaza. Su combinación fue unánimemente aplaudida, y a no ser por un descuido imperdonable de los oficiales que mandaban las fuerzas avanzadas en el punto importantísimo, ocupado ya, del Cerro del Borrego, el ataque se habría verificado al amanecer del día 14 de junio, y el ejército invasor se habría visto probablemente precisado a capitular o a sufrir una completa derrota.

Atenciones del servicio le trajeron a esta capital el 20 del mes anterior, después de haber recorrido los lugares en donde tenía acampada su fuerza, y aunque procuró ocultar su venida, que en efecto no se supo hasta su llegada a esta capital, no bien lo verificó, cuando esparcida la noticia, el pueblo y sus amigos se apresuraron a saludarlo. Zaragoza hacía recaer el mérito de la acción del 5 de mayo en sus compañeros, en el valiente ejército que tenía el honor de mandar, y protestó a su nombre que sucumbiría primero que dejar mancillar el decoro nacional.

De esta expedición regresó enfermo, y como se agravara, se le condujo hasta Puebla como lugar de mayores recursos para atenderlo y asistirlo. El telégrafo nos anunció el día 4 su regreso, y al día siguiente ya se había generalizado la infausta noticia de encontrarse atacado de la peligrosísima fiebre tifoidea. La ansiedad se representaba en todos los semblantes por saber de su interesante salud; pero inexorable el destino, cortó los días del joven guerrero a las diez y diez minutos de la mañana del día 8.

Sus últimos votos fueron por el bien y prosperidad de su patria: sus delirios recorrer el campamento, marchar, batir, triunfar de nuestros injustos invasores. Murió cuando todos se habían ya convencido de su valimiento e importancia en la guerra extranjera, y los republicanos le consideraban como la más firme columna de las instituciones. Así concluyó su corta vida el general Ignacio Zaragoza.

México, 30 de septiembre de 1862.
Manuel B. Gómez.


Tomado de:
Biografía del Exmo. Sr. General de División C. Ignacio Zaragoza
Escrita por Manuel Z. Gómez
México
Imp. de Vicente García Torres
Calle de San Juan de Letrán n. 3
1862


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