Eugenio Amézquita Velasco
-Fama y vacío: Capetillo revela que, pese al éxito en cine y toros, vivía una dispersión profunda y una carencia de madurez.
-La tragedia detonante: El secuestro y asesinato de un amigo cercano fue el doloroso despertar que lo llevó a buscar ayuda divina.
-El mentor providencial: En el funeral, el Dr. Ernesto Bolio, del Opus Dei, se ofreció a formarlo doctrinalmente para conocer a Dios.
-El llamado de Medjugorje: En 1994, tras una insistencia casi mística, Manuel viajó a Bosnia para encontrarse con la Reina de la Paz.
-La maternidad divina: En la montaña del Podbrdo, Manuel experimentó por primera vez el amor de una madre tras años de orfandad real.
-El milagro de la reconciliación: Su conversión sanó la relación con su madre terrenal, quien tras 13 embolias, vivió un cambio espiritual.
-El pecado de la "limpia", apertura de una ventana a la hechicería que Manuel sanó ante el Santísimo.
-La reparación necesaria: En Siria, Capetillo descubrió que no basta el perdón; se requiere reparar las faltas, como sus prácticas de limpia.
-El hacedor de paz: Un sacerdote franciscano en la Basílica de Guadalupe lo señaló como elegido, marcando su destino evangelizador.
-El abandono total: Siguiendo El Evangelio de Mateo, capítulo 6, decidió dejar la exclusividad artística y el toreo para vivir de la providencia divina.
-Misión por México: Tras 30 años de fe, Manuel urge a la nación a consagrarse a la Virgen para sanar la violencia y la falta de fe.
Crónica de una rendición: El torero que fue conquistado por el Cielo
La historia de Manuel Capetillo de Flores, narrada en un diálogo íntimo con Roberto O'Farrill, no es la crónica de un retiro, sino la radiografía de una resurrección. Para el análisis profundo, es imperativo entender que Manuel no huyó del mundo, sino que fue extraído de él por una fuerza superior. En la cúspide de una carrera que sumaba 20 películas de acción y 3 telenovelas protagónicas, el éxito era una máscara que ocultaba una orfandad emocional y una dispersión del alma. Como él mismo admite, la falta de madurez le impidió ser la figura del toreo que su linaje exigía, pues su corazón estaba fragmentado.
El punto de inflexión fue la sangre, pero no la del ruedo, sino la de la tragedia. El asesinato de un amigo cercano lo colocó frente al féretro en Gayosso, donde la providencia envió al Dr. Ernesto Bolio. Este encuentro marca el inicio de una formación doctrinal que preparó el terreno para lo extraordinario. La fe, hasta entonces endeble, fue puesta a prueba cuando el nombre de Medjugorje comenzó a perseguirlo. Capetillo, con la humildad de quien se sabe pequeño, retó a la Virgen: "Si me invitas, voy". Ella no solo lo invitó; lo esperaba en la montaña del Podbrdo para sanar una herida de 14 años de ausencia materna.
El sentido espiritual de su relato alcanza su cénit cuando describe la manifestación en la montaña. No fue un espectáculo de luces, fue la vivencia ontológica de "sentir que se tiene una mamá". Este hallazgo desmanteló sus mecanismos de defensa: la fama, el dinero y la búsqueda de mujeres para suplir el vacío materno desaparecieron ante el aroma de rosas y la presencia del Espíritu Santo. La conversión de Manuel fue tan radical que incluyó la sanación física y espiritual de su madre, quien tras años de parálisis por múltiples embolias, se unió a este camino de gracia.
La práctica de la "limpia": una ventana a la hechicería
Sin embargo, el camino del converso exige rigor. La entrevista revela un dato fundamental: el encuentro con el sacerdote franciscano capuchino de dones extraordinarios. Este hombre, que inicialmente lo "ninguneó" en la Basílica de Guadalupe, fue el mismo que en Siria le reveló que el pecado perdonado requiere reparación. Capetillo confesó haber abierto una "ventana de hechicería" a través de una "limpia", una práctica común pero espiritualmente peligrosa que dejó consecuencias hasta que fue reparada frente al Santísimo.
El sacrificio final fue el despojo. Siguiendo el ejemplo de Saulo camino a Damasco, Manuel dejó todo en Siria y Tierra Santa. El sacerdote le profetizó, basándose en la deformidad de su pie izquierdo tras un accidente ecuestre, que debía seguir a Cristo de manera especial. La renuncia a los contratos de exclusividad y al traje de luces no fue una decisión lógica, sino un acto de obediencia absoluta a Mateo 6:33. Durante tres décadas, Manuel ha demostrado que la providencia no es una teoría, sino una realidad para quien se atreve a soltar las riendas de su propia vida.
Hoy, la voz de Capetillo se alza con una urgencia profética para México. Su análisis sobre la situación del país es crudo: la nación necesita pedir perdón y reparar. Al igual que en su vida personal, las prácticas de esoterismo en las altas esferas del poder han abierto ventanas de oscuridad que solo la consagración al Corazón Inmaculado de María y el rezo del Rosario con el corazón pueden cerrar. Su testimonio concluye como empezó: con el agua bendita de San Miguel y Lourdes, símbolos de una vida que ya no busca el aplauso del mundo, sino la gloria de Dios.
La entrevista a Manuel Capetillo por el periodista católico Roberto O´Farrill
Roberto O'Farrill:
Voy a tener el enorme gusto de conversar con una persona que fue torero, fue actor de telenovelas, de películas, ya como protagonista en cine y televisión; muy conocido, muy apreciado, querido y admirado. De pronto, algo sucedió en su vida que le hizo dejar todo esto, pasar por un proceso de conversión muy vinculado este proceso de conversión a una presencia de la Virgen María en su vida, a una manifestación mariana. O sea: la Virgen María con Manuel Capetillo. ¿Cómo fue esto? Voy a conversar con él. En lo personal lo aprecio mucho, además de que lo admiro. Querido Manuelito, qué gusto saludarte.
Manuel Capetillo:
Al contrario, querido Roberto. Es una oportunidad para mí estar contigo, gracias por darme esta oportunidad y, de verdad, un saludo con mucho cariño a todos los que te escuchan, que te ven. Pues me da mucha alegría estar.
Roberto O'Farrill:
Gracias. Yo fíjate que siempre disfruto mucho de tu compañía y siempre recuerdo, y me da mucha risa, me divierto con eso que nos pasó un día, a ver si te acuerdas: tú fuiste a dar una conferencia, yo fui a dar otra junto a la Catedral, en el Sagrario Metropolitano, y allí en la sacristía nos encontramos tú y yo, platicamos y en eso te digo: Oye, ¿quieres agua de San Miguel? Porque acababa yo de ir al santuario de San Miguel en Tlaxcala, traía un pomito con un atomizador y te digo: Si quieres, ten, te doy. Y en eso tú me dijiste: Pues yo traigo agua de Lourdes porque acabo de ir a Lourdes y si quieres te doy. Bueno, pero lo más simpático fue que me dice Manuel Capetillo: Oye, ¿y si las juntamos no será más poderosa? ¿Te acuerdas de eso, Manuel?
Manuel Capetillo:
¡Cómo no! ¡Cómo no, Roberto! Fue una bendición ese momento que tuvimos por ahí.
Roberto O'Farrill:
Y ya no me acuerdo si las mezclamos o no, pero qué divertido, me sigue dando risa.
Manuel Capetillo:
Pues sí, traíamos dos aguas poderosísimas: tú traías esa de San Miguel, yo la de Lourdes, así que era una gracia muy grande. Le damos más poder si las juntamos.
Roberto O'Farrill:
¿Qué pasó contigo, Manuel?
Manuel Capetillo:
Pues Roberto fíjate...
Roberto O'Farrill:
ya te ibas a ganar un Óscar cuando de pronto...
Manuel Capetillo:
Hombre, no. Mira, yo tenía esa carrera de artista donde hacía películas, pues llevaba alrededor de unas veinte películas de este tipo de películas de balazos, de un poco violentas, y de esos guiones que ya me había acostumbrado, ya no veía prácticamente el guion porque yo decía: pues esto es lo mismo prácticamente, aquí es toda balacera.
Roberto O'Farrill:
¿Y a veces eras el malo y a veces eras el bueno o qué?
Manuel Capetillo:
Pues normalmente me tocaba del bueno, que acababa con los malos. Llegué a hacer tres telenovelas, veinte películas así, y llevaba una vida aparentemente, aparentemente en el éxito, en donde me iba bien según yo y donde tenía corridas de toros. No llegué a ser figura del toreo teniendo las posibilidades de llegarlo a ser, o las cualidades que me dio Dios Nuestro Señor, pero no lo llegué a hacer porque no tuve la responsabilidad o la madurez para poderlo hacer, Roberto, porque en ese momento estaba yo muy dispersado, estaba en mi vida no bien. Tenía también, como dicen, el que mucho abarca poco aprieta, y no estaba en esa línea. Tuve importantes corridas de toros, algunos triunfos, pero sí llevaba la carrera de torero muy en el corazón y tenía una meta definitiva importante en mi vida para decir: quiero llegar a un sitio importante como torero.
No se dio porque la culpa no se la echo a nadie más que a mí. Entonces me lleva a un lugar en un momento difícil de mi vida porque vivo un acontecimiento muy delicado, vivo una tragedia de un amigo mío donde lo matan, lo secuestran, lo matan. A mí me toca vivir esto muy cerca, lo veo como hoy se ven las noticias, como se ven en las películas, nada más que a mí me tocó vivirlo y eso es una diferencia abismal. Entonces esto, que es el pan de cada día, tristemente, desgraciadamente, me llegó en un momento muy interesante porque llegó una persona que me dijo: Tú necesitas ayuda. Y me lo dijo en Gayosso, ahí en Gayosso, delante del féretro de mi amigo, y ahí él me dijo: Te voy a ayudar, te voy a ayudar a formarte doctrinalmente, a que conozcas a Dios a la manera de Dios.
Roberto O'Farrill:
¿Se puede saber quién fue?
Manuel Capetillo:
Sí, es un doctor, el doctor Ernesto Bolio. Él es numerario del Opus Dei, una gran persona, un hombre muy preparado, un hombre que hizo mucho y que yo tuve la oportunidad de estar con él un par de años. Y ahí iba yo al IPADE, al IPADE a tomar esas terapias con él, Roberto. Pero en medio de esto, cuando él empieza a ayudarme a tener esta formación, a tener este conocimiento en una fe muy endeble, me hablan de Medjugorje, donde la Virgen María, Reina de la Paz, se aparece desde el año ochenta y uno.
A mí me dicen esto en el año noventa y cuatro, y en septiembre del año noventa y cuatro que me hablan de María Santísima, la Reina de la Paz, ahí en Medjugorje, al sur de Croacia, en Bosnia-Herzegovina actualmente, donde María aparece a seis niños, hoy seis adultos, y hoy sigue apareciendo a tres. Ahí recibo un impactante cambio en mi vida que nunca pensé que iba a suceder.
Roberto O'Farrill:
O sea, ¿fuiste tú allá a Medjugorje?
Manuel Capetillo:
Fui a Medjugorje, fui en una peregrinación con cuarenta y cuatro mexicanos. Pero la verdad, a mí cuando me hablaron que la Virgen se estaba apareciendo, me dijeron: No, la Virgen se aparece en Medjugorje. Y me volvían a insistir y me volvían a insistir, y yo decía: Pero, ¿qué pasa? ¿Por qué me dicen tanto que María Santísima se aparece en este lugar? No sé qué quiera la Virgen de mí, porque ya aparece pues yo tenemos aquí en México a la Virgen de Guadalupe. Entonces yo decía: Pues, ¿para qué me dicen de la Reina de la Paz en Medjugorje? En esa insistencia me dijeron que le pidiera que me invitara, y le pedí. Yo le pedí así, normal, le dije: Pues invítame, Madre, a Medjugorje, porque dicen que te diga que me invites. Pues yo, si me invitas, sí voy. Y bueno, pues esto fue...
Nunca me imaginé que haber llegado ahí iba a cambiar mi vida completamente. Y sí, era la montaña, era el Podbrdo, donde María Santísima se apareció a los niños. Recuerdo que, en paz descanse, mi papá me decía: Hijo, cuando regreses... ya te vas de viaje, te vas a Medjugorje, pero regresas. ¿Cuándo regresas? Tienes que firmar tu contrato de exclusividad con los productores de cine y de televisión, tus contratos de las corridas de toros. Sí, le dije yo, no hay problema, yo llegando lo firmo. Y pues allí en la montaña tuve esa manifestación, Roberto, de lo que es sentir tener una mamá. Yo no había sentido eso porque mis padres se separaron cuando yo tenía tres o cuatro años, y dejé de ver a mi mamá pues ¿qué serán? Unos trece o catorce años. Desde los trece o catorce años...
Esto, tener este conocimiento, esta oportunidad, el sentir lo que es tener una mamá en Medjugorje, en la montaña, ella manifestándose a mi vida y cambiar mi vida completamente para decirle yo a ella: Te entrego mi vida, te consagro mi vida. No nada más hizo eso. Tuve la oportunidad de relacionarme hermosísimamente con mi mamá de nuevo aquí en la tierra y tener un acompañamiento con ella en un cambio de ella también, espiritual, donde ella se convierte, cambia su vida, y la verdad recibe un milagro inmenso de Dios. Una mujer que sufrió mucho, una mujer que tuvo trece embolias, una mujer que sufrió tres años de parálisis y donde Dios, a través de la oportunidad que me dio de conocer a María Santísima, me hizo el milagro no nada más a mí, sino a mi mamá también. Entonces fue hermosísimo, Roberto, este tremendo momento que me tocó vivir con ella.
Roberto O'Farrill:
Cuando regresaste de Medjugorje, tu papá te había dicho: Tienes que firmar los contratos de exclusividad. ¿Los firmaste?
Manuel Capetillo:
No firmé ninguno, no firmé nada. El problema fue delicado. Mi papá, en paz descanse, me dijo: ¿Qué te hicieron? ¿Qué te pasó? No es posible. Le dijo a la gente de los productores: Ténganle paciencia porque él viene un poco entusiasmado de un viaje que algo le dijeron y lo tienen mareado, pero este entusiasmo se le va a pasar; vamos a dejarle dos o tres semanas y ya firmará. Roberto, llevo treinta años de mi vida y no se ha pasado el entusiasmo. No ha pasado. Este cambio es impresionante. Tú que me digas: Oye, en tres semanas vas a cambiar, vas a dejar todo... No ha pasado esto, tiene treinta años, desde el año noventa y cuatro. Entonces, en esto yo le digo a la gente que me escucha, la oportunidad que me da Dios cuando voy a hablar de María Santísima: dense la oportunidad de conocer lo que es tener una mamá que verdaderamente te ama y que se preocupa por ti, por todas tus cosas. No nada más por tu corazón, por tu alma, por tu relación con Jesucristo, con tu familia, con tu esposa, con tus hijos; hasta tus necesidades materiales, todas.
Es impresionante. Y cuando yo dije: Bueno, pues ¿qué voy a hacer? No firmo el contrato, es mi vida de trabajo, es mi vida para vivir. Todavía no dejaba las corridas de toros en ese momento porque yo dije: Bueno, dejo la exclusividad, ya no hago telenovelas, no hago películas porque las películas eran muy violentas, pero sí dije: Soy torero, que es lo que llevo en la sangre con mi padre, y de ahí voy a vivir. Pero no sabía que después de Medjugorje, cuando regresé a México, en la Basílica de Guadalupe había un sacerdote que vino. Él era un franciscano capuchino. Este hombre, me dijeron que tenía dones muy grandes y yo no sé por qué fui, lo fui a ver con un amigo. Me decían que, si llegaba y tenía la oportunidad en algún momento de confesarme con él, si no me recordaba los pecados, él me los recordaba como el Padre Pío.
Llegué a la Basílica y cuál fue la sorpresa que nunca lo había visto yo a él ni él a mí, y señala a mi amigo y a mí en la Basílica, yo recién llegado de Medjugorje, y dice: Aquí hay dos hacedores de la paz. ¡Ah, caray!, dije yo. A mi amigo: ¿Te conoce a ti? Y me dijo: No. Pues qué raro que nos señale y que nos diga esto. ¿Por qué no lo vamos a ver?, le dije. Ahí al estacionamiento, ahorita que vaya a su coche, vamos. Y me presenté con él, Roberto. ¿Cuál fue mi sorpresa? Que cuando me presento y me le pongo enfrente, me quita la mirada, se da la vuelta y atiende a otra persona, y a mí y a mi amigo no nos atiende nada.
Roberto O'Farrill:
Te ninguneó.
Manuel Capetillo:
Sí. Dije yo: este el padre pues... dijo, le salió así como de chiripazo decir que estos... Y le dije a la Virgen de Guadalupe: Madre, si es verdad lo que él dijo, pónmelo en el camino. Ahí mismo regresé ahí abajo donde están las escaleritas, el pasillo electrónico, ahí me le puse y le dije: Tu hijo sacerdote me señaló y dijo que soy un hacedor de la paz. Me le puse enfrente, ni me saludó. Si es verdad, pónmelo en el camino, Madre.
Cuando me di cuenta de que había sido escuchado por María Santísima, la Virgen de Guadalupe, fue porque al día siguiente estaba yo en una cita con unas personas que me estaban invitando a un viaje a Tierra Santa a los ocho o diez días próximos, y donde el sacerdote ese llevaba el grupo como un director espiritual.
Roberto O'Farrill:
El franciscano que te ninguneó iba en esa peregrinación a Tierra Santa.
Manuel Capetillo:
Iba en esa peregrinación a Tierra Santa. Y me dijeron: Te invitamos porque va él, un hombre con muchos dones. Dije: Por supuesto que voy, gracias. Él me señaló y luego no me hizo caso, pero ahora sí voy a hablar con él. Llegamos a Siria primero, en el año noventa y cinco, y en Siria lo abordé. Cuando él me vio, le dije: Usted me señaló en la Basílica de Guadalupe, padre. Dijo que éramos unos hacedores de la paz.
Él me calló, me dijo que me callara y me hizo así, silencio. Me miró a los ojos fijamente, yo me descontrolé, empezó a orar y yo le dije: ¿Qué sucede, padre? ¿Por qué? ¿Qué pasa? Y le pregunté: ¿Hay algo en mi vida? Y me respondió: Sí, hay algo en tu vida. Pero, padre, yo vengo recién confesado, me acabo de confesar antes de subirme al avión. Y me dijo: Si quieres saber lo que hay en tu vida, te espero en el confesionario. Bueno, del confesionario salió mi amigo y salió descompuesto, salió mal. Le dije: ¿Qué tienes? Y me respondió: Dile todo, lo sabe todo.
Roberto O'Farrill:
¿Qué le dijiste?
Manuel Capetillo:
¿Cómo es posible? ¿Qué te dijo? Y me contestó: Yo no le dije nada, él me dijo a mí mi vida. Él venía muy descontrolado, venía muy tocado. Pasé, me confesé con él y me dijo: En tu vida hay un pecado que Dios te perdonó. Y le dije: Entonces, ¿cuál es el problema? Me dijo: Que ese pecado no se ha reparado, y tiene consecuencias. Y le dije: Pero, ¿qué pecado?
Porque pues hay muchos. Y me dijo: ¿Quieres que te lo diga? ¿Quieres que te lo recuerde? Dios me está permitiendo esto por tu bien. Dije: Sí, dígamelo, padre, dígamelo. ¿Te acuerdas de la limpia que tuviste, cuando fuiste a la limpia, así, así, así y así? Dije: Sí. Eso te lo perdonó Dios porque le pediste perdón, pero como no lo has reparado, es una ventana de hechicería que está abierta para el mal.
Roberto O'Farrill:
Ándale.
Manuel Capetillo:
Y tiene serias consecuencias. Y le dije: ¿Cómo lo podemos reparar? Y me dijo: En este momento vamos a ir al Santísimo Sacramento y ahí lo vamos a reparar, ahí vamos a orar. Y ahí, en oración, lo reparé, en oración delante de Nuestro Señor y rezando el Santo Rosario. Eso fue el encuentro con él en Siria. Claro, ¿a qué a Siria? Porque Siria es un lugar que él dijo que ahí se aparecía la Virgen a una vidente, que la Virgen lloraba lágrimas de sangre y que Siria iba a tener serias consecuencias si no se convertía. Y ahí estamos, ya las vemos ahorita. Esto fue en el noventa y cinco.
Roberto O'Farrill:
Oye, Manuel, mira: Saulo, Saúl de Tarso, también fue a Siria, a la capital, Damasco. Y ahí le pasó algo como a ti; después de eso no volvió a ser Saulo, ya era San Pablo.
Manuel Capetillo:
Híjole, no nunca había pensado eso, pero qué bonito que Dios me dio esa oportunidad de conocer ese lugar ahí con ese sacerdote. Entonces este hombre extraordinario él me tiró del caballo, como a San Pablo. Y no nada más ahí, digo, ahí empezó. Porque a los dos días estábamos en Tierra Santa, en el Santo Sepulcro. Y en Tierra Santa, en el Santo Sepulcro, empezó a orar, estábamos varios mexicanos, empezó a decir cosas muy fuertes para la persona que está sanando de un problema de una familia... y lloraba la persona.
Yo decía: Dios mío de mi vida, esto es algo impresionante. Y de repente dice: Aquí hay una persona que tiene un pie izquierdo un poco deforme, esta persona tiene que seguir a Cristo de una manera especial. Yo te soy sincero, yo dije: yo no soy. Le empecé a ver los pies a los que estaban ahí, inclusive dije: yo no soy. Y yo vi que no había nadie. Como no pasaba nada, volteé a ver al padre y el padre me dijo: ¿Eres tú? Me dijo: ¿Cómo? Dije: Pero, ¿cómo, padre? O sea, yo tengo un accidente, me cayó un caballo encima, me partió el pie, el pie me quedó... el pie izquierdo no es normal como el otro, me quedó más encogido inclusive por el hueso levantado por la operación de las múltiples fracturas que tuve, y el número del zapato es un número menos que el otro pie.
Pero lo curioso de esto, le dije yo: Pero, ¿cómo sabe el padre si no sabe? Y él me dijo: Vas a conocer el poder de Dios. Y le dije: Yo no le entiendo. Y me dijo: Vas a conocer el poder de la Resurrección. Y le dije: No entiendo. Me dijo: Ya lo entenderás. Me dijo: Ora, tienes que dejar todo en tu vida. Dije: Pero ya dejé mi carrera artística, ya no firmé el contrato de exclusividad, ya no firmé las películas y las telenovelas. Sigo toreando porque es la manera en que yo vivo. Y me dijo: Pues ya no vas a torear.
Le dije: ¿Por qué, padre? Dijo: Porque Dios quiere, porque es su voluntad. Y le dije: ¿Y de qué voy a vivir? Pues sí. Y me dijo: Vas a vivir, busca el Evangelio de San Mateo, capítulo seis, versículos veinticuatro al treinta y cuatro: busca primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se te dará por añadidura. Fue tan fuerte que... haber renunciado... yo no tenía, te soy sincero, Roberto... ¿Cómo?
Si alguien, un sacerdote, te está diciendo lo de tu pie, que no lo sabe nadie. Y además no te había caído el veinte porque tú le veías los pies a los otros cuarenta peregrinos. Sí, yo no soy. Sí, claro. Y de pronto: sí, pues yo soy ese. Sí, yo soy un pecador, yo soy un... ¿quién soy yo para que Dios se fije en mí?
Roberto O'Farrill:
Pues eres un pecador, por eso se fija en ti.
Manuel Capetillo:
Ándale. Ay, entonces dejé todo. Me costó mucho trabajo tomar la decisión, pero dije: No tengo más remedio porque si me está señalando un hombre que no sabe esto, ¿esto de dónde puede venir? No viene más que de Dios. Entonces yo no le puedo decir a Dios que no, porque él me dijo: Eres libre, Dios te da la libertad. Él te pide esto, tú sabes si le respondes o no le respondes. Y yo le respondí por la gracia de Dios, pero con su Madre, porque solo no hubiera podido. Es aquí donde yo dejo una enseñanza que nos da Dios: cuando no puedes, tómate de la mano de María Santísima. Tu mamá, mi mamá, mi madre...
Como yo me había consagrado en la montaña a ella y le había dicho en Medjugorje: toma mi vida, toma mi corazón, haz de mí lo que quieras. Pero eso fue acompañado de una decisión de corazón, sin titubeos, sin reservas. Le dije: Toma mi vida, Madre, en la montaña. Porque yo viví acontecimientos muy fuertes en la montaña, sentí esa presencia de ella cuando llegó el olor a rosas a todos los jóvenes que estaban ahí, y cuando ella llegó a mí venía acompañada del Espíritu Santo.
Porque yo sentí una sanación en mi corazón, y en mi corazón sentí cómo quitaba todos los prejuicios, todos los complejos, todas las situaciones que tenía yo con mi mamá, que la había dejado de ver catorce años. ¡Uf! Y cuando siento eso en mi corazón, ¿qué le dije?: Madre, eres mi mamá. Siento lo que es tener... qué diferente es tener una mamá cuando sientes que tienes una mamá que te ama. ¿Sabes qué, hermanos? Se te quita el miedo.
Roberto O'Farrill:
Oye, Manuelito, por lo que me dices me doy cuenta de que tú sufrías pero no te dabas cuenta de que sufrías.
Manuel Capetillo:
No, porque lo guardaba o lo escondía en mi forma de vivir, en muchas formas de vivir equivocadas: buscando la fama, buscando el dinero, buscando cosas que yo quería demostrar, y me entretenía en ellas. Buscaba en las mujeres, buscaba una mamá. Entonces era una manera de defenderme yo mismo contra mí mismo, contra mi sufrimiento.
Ese sufrimiento te lo quitó ella, la Santísima Virgen, Madre de Dios. Ella te sanó, o fue Cristo, su hijo, fue el Espíritu Santo en ella. ¿Qué es lo que hoy está sucediendo, Roberto? ¿Qué es lo que hoy tenemos que volver a hacer todo el mundo, México? Dejarnos llevar por María Santísima y el Espíritu Santo, entregarle el corazón a María Santísima para que nos ampare, para que sea el Espíritu Santo que está en ella el que nos acompañe y nos cubra con su sombra.
Roberto O'Farrill:
O sea, tú por tu propia experiencia nos estás diciendo que tenemos que acudir a ella como país, como nación, para que así como te sanó a ti, el Espíritu de Dios por ella sane todos estos males que trae México, que son... pues vemos la guerra y vemos el crimen, es lo que vemos, pero no vemos el odio y el rencor, la violencia, la falta de fe que hay hoy en México, ¿no Manuel?
Manuel Capetillo:
Absolutamente. El camino que tiene México hoy en día, tan serio, tan preocupante, yo diría de extrema urgencia. De esta extrema urgencia tenemos la respuesta aquí, la tengo aquí detrás de mí: es la Virgen de Guadalupe. Ya tenemos el momento. Si los mexicanos hoy, la Iglesia como Iglesia, involucrados todos, unidos todos, obispos, sacerdotes, laicos, pecadores, uniéndonos, consagrándonos a María Santísima, entregándonos a ella y rezando el Santo Rosario con el corazón, haciendo cenáculos de oración, viviendo esta gracia, vamos a ser parte los mexicanos del talón de la Virgen de Guadalupe. O sea, le urge a México una conversión.
Roberto O'Farrill:
Y ya te diste cuenta, Manuel, que ese pecado del que nos hablabas, que había sido perdonado pero que no había sido reparado —tu limpia, aquella cosa de brujería—, ahora lo vemos en el jefe de estado, el actual y el anterior. ¿Cómo públicamente les han hecho eso?
Manuel Capetillo:
Así es, es gravísimo. Es una situación... a mí cuando me pasó esto con el sacerdote, yo te soy sincero, nunca me imaginé que me fuera a encontrar algo en mi vida que viera mis ojos, que viera mi vida, que viera mi corazón, y que Dios le permitiera decir: ¿Sabes qué? En tu vida hay algo que tienes que reparar. Que tienes que reparar, no nada más es pedirle perdón a Dios, hay que reparar. México tiene que pedirle perdón a Dios, y no nada más pedirle perdón, hay que reparar. Porque si no reparamos, si no le pedimos perdón, vamos a ver consecuencias muy serias, situaciones que estamos viendo. Ya las vivimos. Mira cómo tiene que venir un señor que gobierna Estados Unidos para poner en orden al gobierno de México. Pero vemos cómo aquel señor que viene de Estados Unidos es creyente, participa de actos litúrgicos, ora allí en la Casa Blanca antes de tomar decisiones. Es una muestra, Manuel, es un mensajote, ¿no?
Roberto O'Farrill:
Es importantísimo, ¿no?
Manuel Capetillo:
Yo le digo a la gente esto cuando me dicen mis hermanos: Oye, pero es que mira, este señor presidente en Estados Unidos... Miren, podrá tener todo lo que quieran, muchos defectos, todo lo que quieran, pero defiende la vida. Sí, defiende la vida, eso ya tiene consecuencias. Y cuando una persona ora y defiende la vida y busca a Dios, lo va a encontrar tarde o temprano de una manera especialísima.
Roberto O'Farrill:
Oye, tenemos un amigo mutuo tú y yo, y es un deleite, ¿verdad?, reunirnos, comer y platicar de estas cosas: nuestro queridísimo Emmanuel, con su hijo Alexander y este pequeño servidor. Cómo Dios los hace y ellos se juntan, ¿no Manuel?
Manuel Capetillo:
Así es, es increíble estas oportunidades que yo las he visto como unas bendiciones, de estar con ustedes en esta conciencia, en estas formas de hablar, de darnos a entender de lo que estamos viviendo y cómo comunicarnos en la gracia de Dios, que es maravilloso. Hermosísimas estas reuniones que tenemos, Roberto, porque la verdad, cuando empiezas a hablar tú, empieza a hablar Emmanuel, empieza a hablar Alexander, se arman esas chorchas, esas comidas hablando de Dios, de la situación del mundo que estamos viviendo, de lo que está pidiendo María Santísima... Esa alma se pone interesantísima, es una gracia de Dios esto, una bendición.
Roberto O'Farrill:
¿Sabes que creo que los amigos son regalos de Dios? Y que Dios como que procura darnos amigos afines, ¿no?, porque no es fácil ponerse a hablar de estas cosas en la vida cotidiana, hablar de lo de Dios, de lo sagrado, de lo santo, de lo justo, lo sabio. De pronto: uy, ya empezó el mochilón a hablar. Pero de pronto con estos amigos es muy padre, ¿no Manuel?
Manuel Capetillo:
Es una gracia muy grande, la verdad. Le doy gracias a Dios por esta oportunidad que dio en mi vida. Y cuando uno de verdad cambia y le entrega el corazón a Dios, a María Santísima, de verdad, cuando tratas de ir por el camino del bien, las cosas cambian. Las cosas cambian en todos los aspectos, cambian hasta los amigos. Entonces sí es cierto.
Roberto O'Farrill:
Oye, yo te tengo que agradecer mucho que hayas abierto tu corazón a nosotros, y yo he estado feliz de platicar contigo. Te tengo que decir que hubo momentos en los que yo estaba... me tenías muy emocionado, en los que me contuve para no salir aquí a cuadro con los ojos mojados, porque el Señor te ha tocado, Manuel, y tú has compartido esto con nosotros. Te agradezco infinitamente. Y te pido también una conclusión, déjanos un mensaje final. Porque nos dijiste eso que pasó en tu vida, y algunos se preguntarán ahorita: bueno, ¿y ahora de qué vive Manuel? Otros se preguntarán: bueno, ¿y todo esto que le ha sucedido a él ahora qué? Entonces, ¿cómo concluyes esta historia de amor del cielo hacia ti y tu respuesta? Porque ha sido contundente.
Manuel Capetillo:
Pues lo primero que puedo decir es que cuando tú le entregas a Dios algo de verdad, él no se queda con eso, él te lo devuelve a manos llenas. Cuando tú te entregas a María Santísima, le entregas tu corazón, y con el corazón rezas esa arma poderosa que es el Santo Rosario, nunca perecerás. Nunca, porque estás unido a una Reina que no nada más es Reina y Madre, sino que también es Maestra, y que es Madre de milagros. Ella lo dijo en las Bodas de Caná: Hagan lo que Él les diga. Y van a obtener lo que quieren: habrá más vino. Yo te invito, a toda tu gente, Roberto, a todos los que escuchen esto: levantémonos. México, levántate. Pero no solo busquemos a Cristo, busquemos el perdón.
Vayamos a pedir perdón a Dios y entreguémosle el corazón a María Santísima, y unámonos en el arma, conozcan el arma poderosa que es el Santo Rosario. Quien reza el Rosario con el corazón, en gracia de Dios, medita sus misterios y lo propaga... lo propaga. Todas tus necesidades espirituales y materiales, la Virgen María se va a preocupar de ellas. Lo llevo viviendo treinta años de mi vida. No tengo más que darte gracias, querido Roberto. Te admiro mucho, admiro mucho tus programas, aprendo mucho, y le pido a Dios que siga teniendo esa gracia de seguir teniendo esas comidas con ustedes, seguir disfrutándolas. A todos los que te ven y te escuchan les mando un abrazo con mucho cariño.
Roberto O'Farrill:
Yo te agradezco mucho a ti, querido Manuelito. Eres admirable. Te admiro. Le has dicho que sí al Señor, le has dicho que sí a la Virgen Santísima. Y cuando se te ofrezca, aquí traigo, si quieres, un poquito de agua de San Miguel Arcángel.
Manuel Capetillo:
Qué bendición. Pues ahora vamos a intercambiar eso porque yo también tengo todavía ahí agüita de Lourdes.
Roberto O'Farrill:
De Lourdes. Muchas gracias, Manuel. Dios te guarde, amigo. Muchas gracias. Y gracias a usted por el favor de su atención. Espero que este testimonio vivo, real... es una historia real de una vida real, no es una película, no es una telenovela; es el toque de Dios al corazón humano.
Algunos, como el pecador Leví, se levantan y lo siguen; como Pablo también, como Manuel Capetillo. Hay otros que siguen con la suya. Cristo pasa por la vida de todos, nos llama. Algunos le siguen, otros no. Yo le deseo a usted, de todo corazón, dos cosas: una, que el Señor un día lo busque; y otra, que usted lo siga. Gracias. Dios le guarde. #MetroNewsMx #GuanajuatoDesconocido

