El Padre Poli, el último tañido por un pastor de almas, desde Comonfort

Guanajuato Desconocido
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Eugenio Amézquita Velasco

El cielo de Comonfort se ha teñido hoy con el color de la nostalgia y el aroma de las flores de despedida. El Padre Policarpo 68 Caracheo Aguilar, el cortazarense, aquel varón amaba y recordaba al Serafín de Asís, el Seráfico Padre San Francisco de Asís y que repetía "corazón de lis y alma de querube", ha partido finalmente al encuentro del Gran Pastor, del Padre de las Misericordias, dejando tras de sí un vacío que solo puede llenarse con la fe que él mismo sembró en nuestras tierras.

Recordar al Padre "Poli" es volver inevitablemente a aquella tarde calurosa y soleada del 1 de agosto de 2012. Eran las 17:00 horas cuando el tiempo pareció detenerse frente a la escuela primaria Manuela Taboada. Comonfort contenía el aliento, esperando ansiosamente a quien se convertiría en su guía y hermano. Llegó con la sencillez de los grandes, acompañado por el Padre Sidronio Gómez Hernández, listos ambos para abrazar la encomienda en la parroquia de San Francisco de Asís.

Cómo olvidar el eco de los pasos de los fieles, del consejo parroquial y de los sacerdotes invitados que, en procesión hacia el templo, custodiaban la llegada de su nuevo cura. 

Desde la comunidad de Los Rodríguez, en San Miguel de Allende, llegaron también corazones tristes por su partida de la parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe, pero agradecidos por el tiempo compartido. 

Aquel día, su madre y sus amigos fueron testigos de cómo Mons. Benjamín Castillo Plascencia le confiaba las llaves del recinto y de las almas.

El ministerio del Padre Policarpo fue un reflejo vivo del costado abierto de Cristo. Al recibir el bautisterio, aceptó la misión de limpiar los pecados del mundo; al recibir las llaves del sagrario, se convirtió en el custodio del Cuerpo y la Sangre del Señor, con la promesa inquebrantable de llevar consuelo a los enfermos y moribundos, manteniendo siempre encendida la lámpara que nos recordaba que Jesús está presente.

Su esencia siempre fue franciscana. Al tomar posesión, su voz resonó con los versos de Rubén Darío, "Los motivos del lobo", un poema que heredó de su abuelo y que marcó su identidad: lengua celestial para anunciar el Evangelio. Hoy, sus agradecimientos de aquel entonces cobran una dimensión eterna: a su padre, que lo esperaba en el cielo; a su madre, guía de sus pasos; y al Padre José Manuel Briones, aquel promotor vocacional que un día le dio la noticia de que el seminario lo aceptaba, abriendo la puerta a una vida de servicio que hoy se corona en la gloria de Dios.

Padre Poli, usted nos recordó que la Iglesia es una familia. Hoy, esa familia llora su ausencia física pero celebra su nacimiento al cielo. Se fue el párroco, el hijo, el amigo; se queda el ejemplo del buen pastor que, tras renovar sus votos tantas veces en el altar, hoy los cumple definitivamente frente al Padre Eterno. Descanse en paz, querido Padre Policarpo Caracheo Aguilar, mientras nosotros aquí abajo intentamos mantener encendida la lámpara de la fe, tal como usted los enseñó.


Los motivos del Lobo, del poeta nicaragüense Rubén Darío

El varón que tiene corazón de lis,
alma de querube, lengua celestial,
el mínimo y dulce Francisco de Asís,
está con un rudo y torvo animal,

bestia temerosa, de sangre y de robo,
las fauces de furia, los ojos de mal:
el lobo de Gubbia, el terrible lobo.
Rabioso, ha asolado los alrededores;

cruel, ha deshecho todos los rebaños;
devoró corderos, devoró pastores,
y son incontables sus muertos y daños.
Fuertes cazadores armados de hierros

fueron destrozados. Los duros colmillos
dieron cuenta de los más bravos perros,
como de cabritos y de corderillos.
Francisco salió: al lobo buscó

en su madriguera. Cerca de la cueva
encontró a la fiera enorme, que al verle
se lanzó feroz contra él. Francisco,
con su dulce voz, alzó la mano derecha

al lobo pecador: —¡Paz, hermano lobo!
El animal, asombrado, miró al santo varón,
y dejó su aire huraño y agresivo,
cerró las fauces de fiero animal,

y bajó la cabeza y se quedó cautivo
ante el gesto del santo como un manso can.
Francisco le dijo: —¡Hermano lobo!
El hombre te acusa y te juzga mal.

Haces mal uso de tu instinto de robo,
pues siendo criatura de Dios, eres criminal.
Toda la aldea contra ti se levanta.
Mas ¿no has de ser mi amigo? ¡Paz, hermano lobo!

Te doy mi perdón. Si tú no vuelves
a atacar a la planta, ni al hombre ni al ganado,
yo te doy abrigo. Vivirás con nosotros en santa unión,
y tendrás comida y serás nuestro hermano.

—Está bien, hermano Francisco— dijo el lobo
alargando su pata al santo varón,
que la estrechó en su mano. Fueron a la aldea.
La gente miraba con asombro aquel extraño espectáculo:

el lobo, que a todos de pavor llenaba,
seguía al santo con paso tranquilo.
Y fue en la plaza donde el pacto se hizo.
El lobo prometió no volver a ser malo,

y el pueblo, a cambio de su mansedumbre,
prometió darle comida y regalo.
¡Oh, qué felicidad en Gubbia se sentía!
El lobo era uno más entre la gente.

Jugaba con los niños, la mano les lamía,
y era, de todos, el amigo fiel y obediente.
Pero un día Francisco tuvo que partir.
Y el lobo quedó solo. Pasaron las semanas,

y el lobo cambió. Empezó a mostrar
de nuevo su instinto de robo,
y a la montaña, de nuevo, huyó.
Volvieron las quejas, volvieron los daños,

y el pueblo de Gubbia, de nuevo, tembló.
Francisco regresó y fue a buscarle.
Lo encontró en la montaña, feroz y sombrío.
—¿Qué has hecho, hermano lobo? ¿Por qué has roto el pacto?

¿Por qué has vuelto al mal y al extravío?
El lobo, con ojos llenos de amargura, respondió:
—Hermano Francisco, no me juzgues mal.
Fui a la aldea y vi la maldad de los hombres.

Vi cómo se envidian, cómo se matan,
cómo los fuertes oprimen a los pobres,
y cómo en sus casas el odio desatan.
Vi que tienen armas para herirse unos a otros,

y que en sus corazones no habita la paz.
Vi que el hermano traiciona al hermano,
y que el hombre es, para el hombre, el lobo más capaz.
Preferí ser lobo en la montaña,

con mi instinto de fiera y mi soledad,
que vivir entre hombres que tienen el alma
manchada de envidia y de perversidad.
Francisco, el santo, bajó la cabeza.

No supo qué decir ante tanta verdad.
Miró al lobo con infinita tristeza,
y se volvió a la aldea en santa humildad.
El varón que tiene corazón de lis,

alma de querube, lengua celestial,
el mínimo y dulce Francisco de Asís,
dejó al lobo en su monte, en su soledad natural.

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