Eugenio Amézquita Velasco
-María de la Luz Camacho entregó su vida en 1934 para impedir la profanación del templo de Coyoacán.
-La autora, Helena López Alcaraz rescata la memoria de esta joven mártir que proclamó su fe hasta el final.
La historia de la Sierva de Dios María de la Luz Camacho González, narrada por Helena López Alcaraz, nos recuerda la fuerza de la fe y el valor de una joven que, con apenas 27 años, se enfrentó a la violencia de los “Camisas Rojas” para proteger el templo de San Juan Bautista en Coyoacán. Su firmeza, expresada en la frase «¡El que se atreva a entrar en la iglesia, antes pasará sobre mi cuerpo!», se convirtió en testimonio de entrega y sacrificio.
La autora nos conduce por los momentos de tensión vividos aquel 30 de diciembre de 1934, cuando la joven permaneció en la puerta del templo, consciente del peligro, pero sostenida por la certeza de su fe. Su muerte, tras recibir un disparo en el corazón, selló un acto heroico que aún hoy inspira a quienes defienden la dignidad de la Iglesia y la libertad de culto.
La narración del sacrificio de María de la Luz Camacho González
«¡EL QUE SE ATREVA A ENTRAR EN LA IGLESIA, ANTES PASARÁ SOBRE MI CUERPO!»
SACRIFICIO DE LA SIERVA DE DIOS MARÍA DE LA LUZ CAMACHO GONZÁLEZ
«Dómine, dilexi decorem domus tuae, et locum habitationis gloriae tuae». («Señor, he amado el decoro de tu casa y el lugar donde habita tu gloria».)
Palabras del Salmo 25 (26).
Por Helena López Alcaraz
Señor, he amado el decoro de Tu casa, y el lugar en el que habita Tu gloria.
Un día como hoy, pero en el año de 1934, hace 91 años, la Sierva de Dios María de la Luz Camacho, hija de Manuel Camacho y Teresa González, dio su vida por Cristo Rey. Se había apostado en el pórtico de su parroquia, el templo de San Juan Bautista en Coyoacán, con tal de impedir que los «Camisas Rojas», grupo comunista de mozalbetes a las órdenes del tabasqueño Tomás Garrido Canabal, de pésima memoria, incendiasen el recinto sagrado. «¡El que se atreva a entrar en la iglesia, antes pasará sobre mi cuerpo…!» había dicho la muchacha, que apenas contaba con veintisiete años de edad.
Las oraciones al pie del altar de la Misa, que el celebrante pronunciaba con fervor, se perdían con el eco de los “Camisas Rojas”. Afuera, éstos se posesionaron de la plaza mientras colocaban una bandera rojinegra en la cruz atrial. El líder de los amotinados, Carlos Madrazo, se trepó en ella y empezó a gritar consignas contra la Iglesia y horrendas blasfemias.
Ante el alud de irreverencias que proferían los asaltantes, aunque experimentó miedo, María de la Luz no se movió: se quedó en su sitio, en la puerta.
En ese momento ocurrió algo inesperado. Un mozalbete de los rojinegros se apartó del grupo, se acercó discretamente a María de la Luz y le suplicó que se apartara, porque iban a incendiar el templo.
María de la Luz reconoció al muchacho: era del mismo barrio de Coyoacán. Ella lo había preparado para la Primera Comunión. La bondadosa pero firmísima joven le agradeció el aviso con una mirada en la que coexistieron la compasión y el reproche. Ciertamente era una oportunidad más que idónea que se le ofrecía para escapar del peligro y la muerte. Sin embargo, las palabras del joven acrecentaron su valor.
Entonces, proveniente del interior del templo, se oyó el tañido de la campanilla del Sanctus, que anunciaba la inminencia del Canon de la Misa. Los Camisas Rojas se percataron de que la gente se arrodillaba, a fin de disponerse para la parte más importante y solemne: la Consagración. Esto los exacerbó y los hizo renovar sus injurias.
Un número importante de fieles abandonó el recinto religioso y los niños fueron sacados por las puertas laterales al claustro del convento anexo, mientras el celebrante consumía las sagradas especies para evitar cualquier profanación.
María de la Luz quedó en primera fila entre aquellos que se aprestaron a defender la parroquia. Estaba pálida y, como humana que era, reconoció que tenía miedo. Una persona comentó con su hermana Lupe la palidez que había invadido su cara.
«¡Quién pudiera no tener miedo en estos momentos!» respondió Lucha.
A la señal convenida por los rojos, «¡Viva la revolución!», éstos hicieron fuego sobre los católicos. Lucha intentó gritar «¡Viva Cristo Rey!» pero fue interrumpida por un balazo en pleno corazón, disparado por Carlos Madrazo. Vivió sólo lo suficiente para recibir los últimos Sacramentos de la Iglesia, para luego expirar en brazos de su hermana Lupita.
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