La Asunción de María: de la fe apostólica al dogma pontificio

Guanajuato Desconocido
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Eugenio Amézquita Velasco

-El dogma de la Asunción sostiene que la Madre de Jesucristo fue elevada en cuerpo y alma a la gloria celestial al terminar su vida terrenal.
-Los fundamentos bíblicos se apoyan en el Arca de la Alianza, la Maternidad Divina y la Inmaculada Concepción como una verdad revelada.
-Padres y Doctores de la Iglesia como San Juan Damasquino defendieron que la corrupción sepulcral no tocó el cuerpo puro de María.
-La festividad litúrgica del quince de agosto tiene profundas raíces históricas y conmemora desde la antigüedad el tránsito de la Virgen.
-Pío XII proclamó solemnemente este dogma el uno de noviembre de 1950 mediante la bula Munificentissimus Deus.
-Esta verdad teológica anticipa de manera singular el destino final de la humanidad redimida y la glorificación integral de la persona.
-La bula papal recopila siglos de tradición litúrgica y testimonio patrístico para consolidar esta creencia en la Iglesia católica.

Para comprender la magnitud de la Asunción de María dentro del catolicismo, es indispensable definir primero el concepto teológico de dogma. Un dogma es una verdad revelada por Dios, propuesta infaliblemente por la Iglesia —ya sea a través de su magisterio extraordinario (un concilio ecuménico o una definición papal ex cathedra) o mediante su magisterio ordinario y universal— para ser creída por todos los fieles como parte divina y obligatoriamente vinculante de la fe.

Lejos de ser una imposición arbitraria o una creación humana reciente, un dogma representa la maduración, clarificación y solemne formulación de un contenido que ya estaba implícito en el depósito de la fe (la Sagrada Escritura y la Tradición Apostólica) confiado a la Iglesia desde sus orígenes. Con la definición de un dogma, la autoridad suprema de la Iglesia disipa cualquier duda doctrinal y establece un faro doctrinal inequívoco para la comunidad de creyentes.

¿Qué es la Asunción de María?

La Asunción de la Santísima Virgen María es el dogma de fe que sostiene que, al término de su vida terrenal, la Madre de Jesucristo fue elevada en cuerpo y alma a la gloria celestial. Este misterio no debe confundirse con la Ascensión de Jesucristo; mientras que Cristo ascendió a los cielos por su propia divinidad y poder divino, María fue "asunta" o llevada al cielo por la gracia soberana y omnipotente de Dios.

Esta doctrina proclama que la corrupción sepulcral no tocó el cuerpo virginal de María. Así como su Hijo venció a la muerte mediante la resurrección, la Virgen anticipa de manera singular el destino final que la teología cristiana promete a toda la humanidad redimida al final de los tiempos: la glorificación integral de la persona humana, compuesta inseparablemente por cuerpo y alma.

Fundamentos bíblicos: Antiguo y Nuevo Testamento

Aunque el Nuevo Testamento no contiene una narración explícita, cronológica o detallada del tránsito y la consiguiente asunción corporal de María a los cielos —dado que los textos apostólicos se centraron fundamentalmente en la persona y obra salvífica de Jesucristo—, la exégesis católica identifica múltiples raíces y prefiguraciones tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento que convergen armónicamente hacia este misterio.

La tradición teológica ha interpretado diversos pasajes del Antiguo Testamento como tipologías de la Virgen María y su destino glorioso. Entre los más destacados se encuentran:

-El Arca de la Alianza: En el Éxodo y los libros históricos, el Arca de la Alianza era el receptáculo sagrado de la presencia divina, construida con madera incorruptible (madera de acacia) y revestida de oro puro. El Nuevo Testamento y la patrística identifican a María como la nueva y definitiva Arca de la Alianza, pues en su vientre albergó no las tablas de la ley, sino al Verbo encarnado. Si el Antiguo Testamento muestra un celo extraordinario por la dignidad física del Arca, impidiendo que sufriera la destrucción o la profanación común, con mayor razón la Tradición deduce la preservación corporal de la verdadera Arca viviente.
-El Salmo 132 (versículo 8): "Levántate, Señor, hacia tu descanso, tú y el arca de tu poder". Este versículo litúrgico ha sido aplicado tradicionalmente por la Iglesia para cantar la entrada triunfal de María, unida indisolublemente a su Hijo, en el descanso eterno del cielo, no solo en espíritu, sino en la plenitud de su ser corporal.
-El Cantar de los Cantares: Las descripciones poéticas de la amada incorruptible, descrita como jardín cerrado y fuente sellada, han servido para exaltar la pureza inmaculada de aquella cuyo cuerpo fue templo exclusivo del Espíritu Santo, exento por ende de la disolución física ordinaria del sepulcro.

Coordenadas teológicas en el Nuevo Testamento

En las páginas del Nuevo Testamento, los cimientos doctrinales de la Asunción se apoyan en tres pilares dogmáticos fundamentales:

-La Maternidad Divina (Theotokos): Definida en el Concilio de Éfeso (431 d.C.), esta verdad establece que María es verdaderamente la Madre de Dios encarnado. Dado que la carne de Cristo proviene directamente de la carne de María, la dignidad de la Madre está íntimamente vinculada a la victoria absoluta de su Hijo sobre el pecado y la muerte. Negar la glorificación corporal de María implicaría, teológicamente, una separación radical entre la carne del Redentor y la carne de la Creadora de su humanidad terrenal.
-La Inmaculada Concepción: Definida en 1854 por el Papa Pío IX, esta prerrogativa establece que María, en vista de los méritos de Cristo, fue preservada de toda mancha de pecado original desde el primer instante de su concepción. La muerte física es, según la soteriología paulina (Romanos 6,23), el "salario del pecado". Al estar radicalmente exenta del pecado original y de toda falta personal, la consecuencia lógica y coherente dentro de la economía de la salvación es que María no estuviera sujeta a la ley universal de la corrupción corporal en el sepulcro.
-La Nueva Eva: Así como la primera Eva colaboró en la caída junto a Adán y experimentó las consecuencias de la condenación terrenal, la teología paulina y patrística presenta a María como la Nueva Eva, perfectamente asociada al Nuevo Adán (Jesucristo) tanto en el sufrimiento redentor al pie de la cruz como en la participación directa de su triunfo glorioso sobre la muerte. Apocalipsis 12 presenta a la "Mujer vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y en su cabeza una corona de doce estrellas", una imagen de densa carga escatológica que la tradición ha aplicado tanto a la Iglesia triunfante como a la persona histórica de la Madre de Dios en cuerpo y alma en los cielos.

El testimonio de los Padres y Doctores de la Iglesia

El desarrollo histórico de la doctrina de la Asunción muestra cómo la fe de la comunidad cristiana precedió a su definición formal. Durante los primeros siglos, el silencio relativo sobre el final terrenal de María se debió a la extrema discreción con la que la Iglesia primitiva resguardaba los misterios íntimos (la llamada disciplina arcani) y al enfoque cristológico prioritario. Sin embargo, a medida que la reflexión teológica avanzó, las voces de los Padres y Doctores de la Iglesia comenzaron a articular explícitamente esta creencia.

-San Epifanio de Salamina (siglo IV): En sus escritos contra las herejías (Panarion), al reflexionar sobre el final de la Virgen, señala la incertidumbre sobre su muerte y sepultura, argumentando que nadie conoce su tumba, sugiriendo un destino extraordinario que escapa a los anales de la mortalidad ordinaria.
-San Gregorio de Tours (siglo VI): Es considerado uno de los primeros en relatar de forma explícita la tradición sobre la asunción corporal. En su obra De gloria martyrum, narra cómo el Señor ordenó que el cuerpo incorrupto de María fuera tomado y llevado al cielo en una nube tras su dormición, anticipando la resurrección general.
-San Modesto de Jerusalén (siglo VII): En sus homilías marianas, proclama con fuerza la Asunción como un hecho indiscutible de la gracia divina, exaltando a María como la morada incorruptible del Verbo que no podía experimentar la corrupción de la tumba.
-San Juan Damasquino (siglo VIII): Uno de los más grandes teólogos de la Iglesia oriental y Doctor de la misma. En sus famosas homilías sobre la Dormición de la Virgen, argumenta con rigor lógico y piedad: "Convenía que aquella que en el parto había conservado su virginidad sin mancha, conservase también su cuerpo sin ninguna corrupción después de la muerte. Convenía que aquella que había llevado al Creador como a un niño en su seno, morase en los tabernáculos divinos".

A lo largo de la Edad Media y el Renacimiento, numerosos Doctores de la Iglesia consolidaron este consenso teológico:
-San Bernardo de Claraval: Aunque moderado en la especulación sobre detalles no revelados, defendió con firmeza la dignidad sin igual de la Virgen y su tránsito glorioso, afirmando que la presencia corporal de María junto a su Hijo es la culminación de toda la obra de la gracia.
-San Antonio de Padua: Dedicó sermones enteros a defender la Asunción en cuerpo y alma, argumentando que la carne que alimentó y vistió al Verbo divino no podía ser abandonada a los gusanos de la tierra.
-San Alberto Magno y San Buenaventura: Ambos doctores escolásticos respaldaron unánimemente la doctrina, integrándola en sus sumas teológicas como una conclusión teológicamente cierta y coherente con el orden de la redención.

¿Por qué se celebra el 15 de agosto?

La festividad litúrgica del 15 de agosto tiene profundas raíces históricas que se hunden en los primeros siglos del cristianismo oriental.

-Orígenes en Jerusalén (siglo V): Inicialmente, la Iglesia celebraba la "Memoria de la Santísima Virgen" (Dormitio Mariae o Tránsito de María) hacia mediados de agosto. El emperador bizantino Mauricio (582–602) fijó oficialmente la fiesta de la Dormitio en todo el Imperio Romano de Oriente el 15 de agosto. La elección de la fecha estuvo vinculada, según la tradición, a la consagración de una basílica dedicada a la Virgen en Jerusalén (la Iglesia de la Dormición en el Monte Sión), construida exactamente en el sitio tradicionalmente considerado como el lugar del tránsito terrenal de María.

-Expansión a Occidente: La festividad fue introducida en Roma por el Papa Sergio I (687–701), un pontífice de origen sirio, quien instituyó procesiones solemnes para las cuatro grandes fiestas marianas de entonces: la Anunciación, la Asunción, la Natividad y la Purificación. Con el paso de los siglos, el nombre de la celebración en Occidente evolucionó de la "Dormición" (término preferido en el Oriente cristiano para recalcar que María "durmió" antes de ser elevada) a la "Asunción", subrayando de manera enfática la glorificación de su cuerpo y alma.

La bula Munificentissimus Deus: Historia, antecedentes y promulgación

El hito definitivo que transformó una creencia universalmente piadosa en un dogma de fe ineludible tuvo lugar a mediados del siglo XX, en un contexto geopolítico y espiritual convulsionado por las secuelas de la Segunda Guerra Mundial.

Durante los siglos XIX y XX, el episcopado mundial y los fieles católicos enviaron innumerables peticiones formales (postulata) a la Sede Apostólica solicitando la definición dogmática de la Asunción. Ante esta demanda masiva, los Papas León XIII, Pío X y Benedicto XV estudiaron la conveniencia teológica de la medida.

Pío XII (Eugenio Pacelli), tras su elección en 1939, inició un proceso de consulta sin precedentes mediante la encíclica Deiparae Virginis Mariae (1946), enviada a todos los obispos católicos del mundo para conocer su opinión y la de sus comunidades sobre la oportunidad de definir la Asunción como dogma. El resultado fue una abrumadora mayoría favorable: de los más de mil obispos consultados, una fracción ínfima expresó reservas sobre la oportunidad, mientras que la práctica totalidad confirmó la fe viva e inquebrantable de la Iglesia universal en este misterio.

El 1 de noviembre de 1950, en la Basílica de San Pedro en el Vaticano, ante una multitud estimada en medio millón de fieles y centenares de obispos procedentes de todo el planeta, el Papa Pío XII pronunció solemnemente la fórmula dogmática contenida en la bula pontificia titulada Munificentissimus Deus (que en latín significa Dios generosísimo).

En este documento histórico, el Pontífice declaró y definió solemnemente: "Por la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo, y por la nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado: que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrenal, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial".

La bula no se limita a la fórmula dogmática; en su primera parte, ofrece un riguroso recorrido histórico y teológico que demuestra cómo la fe en la Asunción ha estado presente de manera constante en la vida litúrgica, en los escritos de los Padres, en el testimonio de los teólogos y en la devoción multisecular del pueblo cristiano, culminando en un acto magisterial que consolida para siempre la esperanza escatológica de la Iglesia católica.

El texto integro de la bula de Pío XII, Munificentissimus Deus

Pío Obispo, Siervo de los Siervos de Dios,
en Memoria Perpetua 

CONSTITUCIÓN APOSTÓLICA

MUNIFICENTISSIMUS DEUS

EL DOGMA DE LA FE DEFINE QUE LA MADRE DE DIOS, LA VIRGEN MARÍA,
FUE ASUMIDA EN CUERPO Y ALMA A LA GLORIA CELESTIAL.

El Dios generosísimo, que todo lo puede, cuya providencia consiste en sabiduría y amor, por el propósito secreto de su mente modera las tristezas de los pueblos y de los individuos, intercalándolas con alegrías, para que, de diversas maneras y de diversas formas, todas las cosas cooperen para el bien de quienes lo aman (cf. Rom 8:28).

Ahora, como en la época actual, nuestro Pontificado se ve agobiado por tantas preocupaciones, ansiedades y angustias a causa de las más graves calamidades y las desviaciones de muchos de la verdad y la virtud; sin embargo, es un gran consuelo para Nosotros ver que, mientras la fe católica se manifiesta pública y activamente, la devoción a la Virgen Madre de Dios crece cada día con mayor fuerza y ​​fervor, y casi en todo el mundo ofrece augurios de una vida mejor y más santa. Esto se debe a que, mientras la Santísima Virgen cumple con amoroso sus deberes maternales por el bien de los redimidos por la sangre de Cristo, las mentes y las almas de los niños se ven impulsadas con mayor intensidad a una contemplación más seria de sus privilegios.

Dios, que desde toda la eternidad mira con una voluntad sumamente favorable y singular a la Virgen María, «cuando llegue la plenitud del tiempo» ( Gál . 4,4), ha llevado a cabo el plan de su providencia de tal manera que los privilegios que le concedió con la mayor liberalidad y prerrogativas resplandezcan en perfecta armonía. Pero si bien la Iglesia siempre ha reconocido esta suprema liberalidad y perfecta armonía de gracias, y las ha investigado diariamente con mayor profundidad a lo largo de los siglos, en nuestra época ese privilegio ha resplandecido con mayor claridad a la luz de la Asunción corporal al Cielo de la Virgen María, Madre de Dios.

Este privilegio, cuando nuestro Predecesor de memoria inmemorial, Pío IX, sancionó solemnemente el dogma de la inmaculada concepción del alma de Dios Padre, resplandeció entonces con un nuevo esplendor. Pues estos dos privilegios están íntimamente ligados. Cristo, en efecto, venció el pecado y la muerte con su propia muerte; y aquel que renació divinamente mediante el bautismo, venció el pecado y la muerte por medio del mismo Cristo. Sin embargo, Dios no desea conferir la plena victoria sobre la muerte a los justos mediante una ley general, salvo al final de los tiempos. Por lo tanto, los cuerpos de los justos también se disuelven tras la muerte, y en el último día se unirán finalmente a sus propias almas gloriosas.

Sin embargo, Dios quiso que la Santísima Virgen María estuviera exenta de esta ley general. Ella, por un privilegio muy singular, venció el pecado mediante su inmaculada concepción, y por lo tanto no estaba sujeta a la ley de permanecer en la tumba corruptible, ni tuvo que esperar la redención de su cuerpo hasta el fin de los tiempos.

Por lo tanto, cuando se proclamó solemnemente que la Virgen María, Madre de Dios, estaba libre de toda mancha hereditaria desde su nacimiento, los corazones de los fieles cristianos se conmovieron con una ferviente esperanza de que el dogma de la Asunción corporal de la Virgen María al Cielo también fuera definido lo antes posible por el Magisterio supremo de la Iglesia.

De hecho, era posible ver no solo a cristianos a título individual, sino también a aquellos que actuaban como representantes de naciones o provincias eclesiásticas, e incluso a no pocos Padres del Concilio Vaticano, exigiendo urgentemente esto a la Sede Apostólica.

Pero con el paso del tiempo, tales postulados y oraciones, lejos de disminuir, han aumentado en número y urgencia día tras día. Por ello, se han celebrado oraciones piadosas; numerosos teólogos destacados han promovido con entusiasmo e intensidad estudios sobre este tema, tanto en privado como en ateneos eclesiásticos públicos y otras escuelas para la enseñanza de las disciplinas sagradas; y se han celebrado asambleas marianas en muchas partes del mundo católico, ya sea en una sola nación o en varias. Estos estudios e investigaciones han arrojado mayor luz sobre el hecho de que el depósito de la fe cristiana, confiado a la Iglesia, contiene también el dogma de la Asunción de la Virgen María al Cielo; y a menudo de ahí han surgido postulados por los que se ha suplicado humildemente a la Sede Apostólica que defina solemnemente esta verdad.

En esta piadosa lucha, los fieles cristianos se unieron de manera admirable a sus sagrados obispos, quienes, en efecto, enviaron numerosas peticiones de este tipo a esta Sede Apostólica. Por lo tanto, cuando fuimos elevados al trono del Sumo Pontificado, miles de personas de todo el mundo y de toda clase social ya habían presentado súplicas de este tipo a esta Sede Apostólica: de nuestros amados hijos del Sagrado Colegio Cardenalicio, de nuestros venerables hermanos arzobispos y obispos, de diócesis y de parroquias.

Por lo tanto, mientras hemos ofrecido nuestras oraciones a Dios, para que la luz del Espíritu Santo sea impartida a Nuestra mente para decidir esta gravísima causa, hemos emitido normas especiales, por las cuales hemos ordenado que, con todas nuestras fuerzas, se emprendan estudios más rigurosos sobre este asunto; y mientras tanto, se recojan y se pesen cuidadosamente todas las peticiones que desde entonces desde Nuestro Predecesor, el bienaventurado Papa Pío IX hasta nuestros días, con respecto a la Asunción de la Santísima Virgen María al Cielo, habían sido enviadas a esta Sede Apostólica (Petitiones de Assumptione corporea B. Virginis Mariae in caelum definienda ad S. Sedem delatae ; 2 vols., Typis Polyglottis Vaticanis, 1942).

Dado que se trataba de un asunto de tal importancia y gravedad, consideramos oportuno solicitar directamente y con autoridad a todos los Venerables Hermanos del Episcopado que estuvieran dispuestos a abrirnos sus mentes en las palabras que habían concebido. Por lo tanto, el día de mayo de 1946, les enviamos nuestra Carta «Theotokos Virgen María», que contenía estas palabras: «Venerables Hermanos, en su excepcional sabiduría y prudencia, consideran que la Asunción corporal de la Santísima Virgen María puede proponerse y definirse como dogma de fe, y desean esto con su clero y su pueblo».

Sin embargo, aquellos a quienes el Espíritu Santo ha designado obispos para gobernar la Iglesia de Dios ( Hechos 20:28) han respondido con un asentimiento casi unánime a ambas preguntas. Esta «singular conspiración de obispos y fieles católicos» (Bula Ineffabilis Deus , Hechos de Pío IX, p. 1, vol. 1, p. 5), que supone que la Asunción corporal de la Madre de Dios al Cielo puede definirse como un dogma de fe, puesto que nos presenta la enseñanza armoniosa del Magisterio ordinario de la Iglesia y la fe armoniosa del pueblo cristiano —que el mismo Magisterio sostiene y dirige—, por lo tanto, por sí misma y con una razón absolutamente cierta e inmune a todo error, demuestra que este privilegio es una verdad revelada por Dios y que contiene en ella el depósito divino que Cristo confió a su Esposa para que lo guardara fielmente y lo declarara infaliblemente (cf. Concilio Vaticano II, Sobre la fe católica , cap. 4). Y es cierto que el Magisterio de la Iglesia, no por mero esfuerzo humano, sino por la protección del Espíritu de la verdad (cf. Jn 14,26), y por lo tanto sin error alguno, cumple la tarea que se le ha encomendado de preservar las verdades reveladas puras e intactas a lo largo de los siglos; por lo cual las transmite incontaminadas, sin añadirles ni quitarles nada. «Pues el Espíritu Santo no fue prometido a los sucesores de Pedro para que, por su revelación, revelaran nuevas doctrinas, sino para que, con su ayuda, custodiaran sagradamente y expusieran fielmente la revelación o depósito de la fe transmitido por los Apóstoles» (Cons. Vatican. Const. De Ecclesia Christi , cap. 4). Por lo tanto, del consenso universal del Magisterio ordinario de la Iglesia se extrae un argumento cierto y sólido que prueba que la Asunción corporal de la Santísima Virgen María al Cielo —que, en efecto, en cuanto a la glorificación celestial del cuerpo virginal del alma de la Madre de Dios, ninguna facultad de la mente humana podría conocer por sus poderes naturales— es una verdad revelada por Dios y, por consiguiente, debe ser creída firme y fielmente por todos los hijos de la Iglesia. Pues, como afirmó el Concilio Vaticano II: «Se debe creer con fe divina y católica todo lo que está contenido en la palabra escrita o transmitida de Dios, y que la Iglesia propone, ya sea por juicio solemne o por el Magisterio ordinario y universal, como divinamente revelado» ( De fide catholica , cap. 3).

Diversos testimonios, señales y huellas de esta fe común de la Iglesia se han ido revelando desde la antigüedad a lo largo de los siglos, y esa misma fe se revela con una luz cada vez más clara cada día.

Los fieles cristianos, bajo la instrucción y guía de sus pastores, han aprendido de las Sagradas Escrituras que la Virgen María, durante su peregrinación terrenal, vivió una vida afligida por preocupaciones, angustias y dolores; y que, además, aquello que el santísimo anciano Simeón cantó, a saber, que una espada afilada traspasó su corazón en la cruz de su Divino Hijo y Redentor. De igual modo, no les fue difícil aceptar que la gran Madre de Dios, así como su Unigénito, había partido de esta vida. Sin embargo, esto no les impidió creer y profesar abiertamente que su sagrado cuerpo jamás estuvo sujeto a la corrupción del sepulcro, que aquel augusto tabernáculo del Verbo Divino jamás se había descompuesto en cenizas. Es más, iluminados por la gracia divina y movidos por la piedad hacia ella, que es la Madre de Dios y nuestra dulcísima Madre, contemplaban cada día con mayor claridad esa maravillosa armonía y coherencia de privilegios que el Dios Providencial concedió a esta alma, compañera de nuestro Redentor, y que alcanzó una cima tan elevada como ninguna otra criatura de Dios, excepto la naturaleza humana de Jesucristo, ha alcanzado jamás.

Esta misma fe queda claramente atestiguada por las innumerables iglesias dedicadas a la Virgen María, llevada al cielo por Dios; y también por las sagradas imágenes allí expuestas para la veneración de los fieles cristianos, que muestran a todos el singular triunfo de esta Santísima Virgen. Además, ciudades, diócesis y regiones han sido encomendadas a la protección y patronazgo especial de la Virgen Madre de Dios elevada al cielo; y de igual modo, se han erigido institutos religiosos, con la aprobación de la Iglesia, que toman su nombre de este privilegio. Tampoco debemos pasar por alto que en el rosario mariano, cuyo rezo recomienda encarecidamente esta Sede Apostólica, hay un misterio, propuesto para la piadosa meditación, que, como todos saben, trata de la Asunción de la Santísima Virgen al cielo.

Esta fe de los sagrados Pastores y de los fieles cristianos se manifiesta de una manera más universal y espléndida cuando, desde la antigüedad, se han celebrado solemnidades litúrgicas por esta razón en las regiones de Oriente y Occidente; pues los Santos Padres y Doctores de la Iglesia nunca dejaron de sacar luz de esto, ya que, como es bien sabido por todos, la sagrada Liturgia, «por ser también una profesión de verdades celestiales, que está sujeta al Magisterio supremo de la Iglesia, puede proporcionar argumentos y testimonios, no de poca importancia, para la determinación de un capítulo particular de la doctrina cristiana» (Litt. Enc. Mediator Dei , AAS vol. XXXIX, p. 541).

En los libros litúrgicos que se refieren a la fiesta de la Dormición o la Asunción de la Santísima Virgen María , hay palabras que atestiguan, en cierto modo, que cuando la Virgen Madre de Dios pasó de este exilio terrenal al celestial, acontecieron a su cuerpo sagrado, por designio providencial de Dios, sucesos acordes con la dignidad de Madre del Verbo Encarnado y con los demás privilegios que le fueron concedidos. Esto, por poner un ejemplo espléndido, se afirma en el Sacramentario , que nuestro predecesor de memoria inmemorial, Adriano I, envió al emperador Carlomagno. Pues en él se encuentran estas palabras: «Venerable para nosotros, Señor, es la fiesta de este día, en que la santa Madre de Dios sufrió la muerte temporal, y sin embargo no pudo ser aplastada por las ataduras de la muerte, quien por sí misma dio a luz a tu Hijo, nuestro Señor encarnado» (Sacramentario Gregoriano ) .

Pero esa moderación en las palabras que aquí se indica, que la liturgia romana suele emplear, se explica con mayor claridad y detalle en otros volúmenes de la liturgia antigua, tanto orientales como occidentales. El Sacramentario Galicano , por ejemplo, denomina a este privilegio de María «un sacramento inexplicable, tanto más digno de alabanza por ser único entre los hombres en la Asunción de la Virgen». Y en la liturgia bizantina, la Asunción de la Virgen María se relaciona no solo con la dignidad de Madre de Dios, sino también con otros privilegios, y de manera especial con su maternidad virginal, preordenada por el singular plan de la Providencia divina: «Dios, Rey de todas las cosas, te ha concedido lo que está por encima de la naturaleza; pues así como te preservó virgen en el parto, también en el sepulcro preservó tu cuerpo incorrupto y lo glorificó con una divina transformación» ( Menaeus totius anni ).

Pero el hecho de que la Sede Apostólica, heredera del oficio confiado al Príncipe de los Apóstoles de confirmar a los hermanos en la fe (cf. Lc 22,32), haya hecho, por su autoridad, más solemne esta celebración cada día, ciertamente ha movido eficazmente las mentes fervientes de los fieles cristianos a considerar cada día más la gravedad de este misterio conmemorado. Por lo tanto, la fiesta de la Asunción fue elevada del grado de honor que había obtenido desde el principio entre otras celebraciones marianas al rango de las celebraciones más solemnes de todo el ciclo litúrgico. Y nuestro Predecesor San Sergio I, al prescribir la Letanía o Procesión Estacionaria, que se llama, para ser celebrada en las cuatro fiestas marianas, enumera juntas las fiestas de la Natividad, la Anunciación, la Purificación y la Dormición de la Virgen María (Liber Pontificalis) . Más tarde, San León IV se preocupó por conmemorar la fiesta, que ya se celebraba bajo el título de la Asunción de la Santísima Madre de Dios, de manera más solemne, ordenando que se celebrara una vigilia previa y, posteriormente, súplicas al octavo día; y él mismo, aprovechando la oportunidad, quiso participar en las solemnes celebraciones de este tipo, reuniendo a una multitud en todo el país (Ibid.). Además, el ayuno sagrado en la víspera de este día ya se había ordenado desde la antigüedad, como atestigua nuestro predecesor San Nicolás I al hablar de los principales ayunos, «que… la santa Iglesia romana adoptó desde la antigüedad y mantiene» ( Respuestas del Papa Nicolás I a los Concilios de los Búlgaros ).

Sin embargo, puesto que la Liturgia de la Iglesia no da origen a la fe católica, sino que la sigue, y de ella, como fruto de un árbol, se producen los ritos del culto sagrado, por lo tanto, los Santos Padres y grandes Doctores, en las homilías y oraciones que dieron al pueblo en este día festivo, no extrajeron su enseñanza de aquí como de la primera fuente, sino que hablaron de ella como ya conocida y aceptada por los fieles cristianos; la explicaron con mayor claridad; propusieron su significado y sentido con razones más elevadas, especialmente poniendo en mayor luz aquello que los libros litúrgicos habían tocado a menudo de forma breve y superficial: a saber, que en este día festivo no solo se conmemora la corrupción del cuerpo sin vida de la Santísima Virgen María, sino también su triunfo surgido de la muerte y su "glorificación" celestial, según el ejemplo de su Unigénito, Jesucristo.

Por lo tanto, San Juan Damasceno, quien sobresale entre todos los demás como heraldo de esta verdad transmitida, comparando la Asunción corporal de la Madre de Dios con sus otros dones y privilegios, declara con vehemente elocuencia: «Convenía que ella, que había conservado su virginidad intacta en el parto, conservara su cuerpo sin corrupción alguna incluso después de la muerte. Convenía que ella, que había llevado al Creador como un niño en su seno, habitara en las moradas divinas. Convenía que la esposa, a quien el Padre había desposado, habitara en las cámaras celestiales. Convenía que ella, que había visto a su Hijo en la cruz, y a quien había escapado de la espada del dolor en el parto, lo recibiera en su seno, lo contemplara sentado con el Padre». Era apropiado que la Madre de Dios poseyera las cosas que pertenecen al Hijo y que fuera cultivada por toda criatura como Madre y sierva de Dios” (San Juan Damasceno, Encomium in dormitionem Dei Genitricis sempervirnis Mariae , hom. II, 14; cf. también ibid. n. 3).

Esta afirmación de San Juan Damasceno, en efecto, se corresponde fielmente con las declaraciones de otros que sostienen la misma doctrina. Pues no menos claras y precisas se encuentran en las oraciones que los Padres de una época anterior o contemporánea, en su mayoría, elevaron con motivo de esta fiesta. Por lo tanto, para citar otros ejemplos, San Germán de Constantinopla pensaba que el cuerpo de la Virgen María, Madre de Dios, era incorrupto y ascendió al Cielo, de acuerdo no solo con su maternidad divina, sino también con la santidad particular de ese mismo cuerpo virginal: «Tú, según está escrito, apareces hermosa; y tu cuerpo virginal es completamente santo, completamente casto, completamente morada de Dios; de modo que desde este momento, incluso desde su disolución en polvo, es ajeno; ciertamente, transformado, en cuanto a lo humano, a la vida sublime de la incorruptibilidad; pero el mismo vivo y glorioso, ileso y partícipe de la vida perfecta» (San Germán de Constantinopla, Sobre la Dormición de la Santísima Madre de Dios , Sermón I). Otro escritor muy antiguo había afirmado: "Por lo tanto, como la gloriosísima Madre de Cristo nuestro Salvador Dios, dador de vida e inmortalidad, es vivificada por Él, eternamente concorpóreo en la incorruptibilidad, que la resucitó de la tumba y la tomó para sí, como solo Él sabe" (Encomio sobre la Dormición de la Santísima Virgen María, nuestra Portadora de Dios, siempre Virgen María [atribuido a San Modesto de Jerusalén], n. 4).

Pero a medida que esta fiesta litúrgica se celebraba cada vez más ampliamente y con mayor devoción, los obispos de la Iglesia y los oradores sagrados, cada vez más numerosos, consideraron su deber explicar abierta y claramente el misterio que se conmemora en esta misma fiesta, y proclamar que está estrechamente relacionado con otras verdades reveladas.

Entre los teólogos escolásticos había quienes, deseando profundizar en las verdades divinamente reveladas y procurar la armonía que existe entre la llamada razón teológica y la fe católica, consideraron necesario señalar que este privilegio de la Asunción de la Virgen María concuerda maravillosamente con las verdades divinas que nos han sido transmitidas a través de las Sagradas Escrituras.

Cuando comenzaron su razonamiento desde este punto, presentaron varios argumentos para ilustrar este privilegio mariano, del cual afirmaron que el primer elemento era este, a saber, que Jesucristo, por su piedad hacia su Madre, quiso que fuera asunta al cielo; pero la fuerza de estos argumentos se basaba en la incomparable dignidad de su maternidad divina y también en todas las funciones que de ella se derivan; que son, en efecto, su notable santidad, que supera la santidad de todos los hombres y ángeles; la íntima unión de María con su Hijo; y el especial afecto de amor con que el Hijo persiguió a su dignísima Madre.

Y a menudo aparecen teólogos y oradores sagrados que, siguiendo los pasos de los Santos Padres (cf. San Juan Damasceno, Encomio sobre la Dormición de la Madre de Dios, Siempre Virgen María , hom. 11, 2, II; Encomio sobre la Dormición [atribuido a San Modesto de Jerusalén]), para ilustrar su fe en la Asunción, utilizan cierta libertad para relatar acontecimientos y palabras tomadas de las Sagradas Escrituras. Así, por mencionar solo algunos ejemplos que se usan frecuentemente sobre este tema, están quienes citan la frase del Salterio: «Levántate, Señor, a tu reposo, tú y el Arca de tu santificación» ( Sal 131, 8); y ven el Arca de la Alianza, hecha de madera incorruptible y colocada en el templo de Dios, como si fuera una imagen del cuerpo de la purísima Virgen María, conservada sin corrupción en el sepulcro y elevada a tan gran gloria en el Cielo. De igual modo, al tratar este tema, describen a la Reina entrando triunfante en la corte real del Cielo y sentándose a la diestra del Divino Redentor ( Salmo 14:10, 14-16); asimismo, presentan a la Novia del Cantar de los Cantares, «que asciende por el desierto como una columna de humo con aromas de mirra e incienso», para que la corona sea redimida ( Cantar de los Cantares 31:6; cf. 4:8; 6:9). Estas imágenes son presentadas por los mismos autores como representaciones de esa Reina celestial y de la Novia celestial, que es elevada junto con el Divino Esposo a la corte del Cielo.

Además, los maestros escolásticos veían la Asunción de la Virgen Madre de Dios simbolizada no solo en diversas figuras del Antiguo Testamento, sino también en aquella mujer vestida del sol que el apóstol Juan contempló en la isla de Patmos ( Apocalipsis 12, 1 y ss.). Asimismo, a partir de pasajes del Nuevo Testamento, consideraban con especial atención estas palabras: «¡Salve, llena de gracia, el Señor está contigo, bendita tú entre las mujeres!» ( Lucas 1, 28), pues veían en el misterio de la Asunción el cumplimiento de la plenitud de la gracia concedida a la Santísima Virgen, y una bendición singular que contrarrestaba la maldición de Eva.

Por esta razón, al comienzo de la Teología Escolástica, el piadosísimo Amadeo de Lausana afirma que la carne de la Virgen María permaneció incorrupta; —pues no es correcto creer que su cuerpo se corrompió— cuando en realidad se reunió con su alma y, junto con ella, fue redimida en la gloria celestial. «Porque estaba llena de gracia y bendita entre las mujeres ( Lucas 1:28). Ella sola concibió al Dios verdadero del Dios verdadero, a quien una virgen dio a luz, una virgen amamantó, lo llevó en su seno y en todo le sirvió con perfecta obediencia» (AMEDEUS LAUSANNENSIS, De Beatae Virginis obitu, Assumptione in Caelum, exaltatione ad Filii dexteram ).

Entre los escritores sagrados que en aquel tiempo utilizaron frases de las Sagradas Escrituras y diversas comparaciones o analogías para ilustrar y confirmar la doctrina de la Asunción, que se creía con devoción, el doctor evangélico San Antonio de Padua ocupa un lugar especial. Pues en la fiesta de la Asunción, interpretó estas palabras del profeta Isaías: «Glorificaré el lugar donde están mis pies» ( Is . 60, 13), y así afirmó con seguridad que el Divino Redentor adornó a su amadísima Madre, de quien había tomado carne humana, con la mayor gloria. «Así veis claramente», dice, «que la Santísima Virgen fue asunta en el cuerpo que fue estrado del Señor». Por eso el sagrado Salterio escribe: «Levántate, Señor, a tu reposo, tú y el Arca de tu santificación». Así como él mismo afirma que Jesucristo resucitó de su muerte triunfante y ascendió a la diestra de su Padre, así también "el Arca de su santificación se elevó, cuando en este día la Virgen Madre fue asunta a la cámara celestial" (SANTA ANTONIO PATAVIUS. Sermones dominicales et in solemnitatibus. Sermón sobre la Asunción de la Virgen María ).

Pero cuando, en la Edad Media, la teología escolástica florecía en su máxima expresión, San Alberto Magno, tras presentar diversos argumentos para probar el asunto, basados ​​ya sea en la Sagrada Escritura, en dichos transmitidos por los ancianos, o finalmente en la liturgia y la razón teológica, concluyó así: «Por estas razones y autoridades, y muchas otras, se manifiesta que la Santísima Madre de Dios fue asunta en cuerpo y alma por encima de los coros de ángeles. Y esto creemos que es verdad en todos los sentidos» (SAN ALBERTO MAGNO, Mariale sive quaestiones super Evang. «Missus est» , q. 132). En el discurso que pronunció el día de la Anunciación de la Santísima Virgen, explicando estas palabras del saludo del Ángel: "Salve, llena de gracia...", el Doctor Universal, al comparar a la Santísima Virgen con Eva, había afirmado clara y significativamente que ella era inmune a esa cuádruple maldición a la que Eva estaba sujeta (Ibid., Sermones sobre los Santos , sermón XV: Sobre la Anunciación de la Santísima Virgen María ; cf. también Mariale , q. 132).

El Doctor Angélico, siguiendo los pasos de su ilustre maestro, aunque nunca planteó esta cuestión en sus obras dedicadas, sin embargo, siempre que la menciona en alguna ocasión, sostiene consistentemente, junto con la Iglesia Católica, que su cuerpo fue asunto al Cielo con el alma de María (cf. Summa Theol . q. 27, a. i c.; ibid., q. 83, a. 5 a 8; Exposición de la Salutación Angélica ; En los Símbolos de los Apóstoles expositio , art. 5; En IV Sent. D. 12, q. r, art. 3, sol. 3; D. 43, q. i, art. 3, sol. 1 y 2).

La misma opinión es compartida, entre muchos otros, por el Doctor Seraphic, quien sostiene con absoluta certeza que, así como Dios preservó a la Santísima María, tanto al concebir como al dar a luz, inmune a la violación de la modestia virginal y la integridad virginal, tampoco permitió que su cuerpo se descompusiera o se redujera a cenizas (cf. San Buenaventura, Sobre la Natividad de la Santísima Virgen María , sermón 5). Al interpretar estas palabras de la Sagrada Escritura y atribuírselas a la Santísima Virgen en un sentido que le corresponde: «¿Quién es ella que sube del desierto, rebosante de delicias, apoyada en su amado?» ( Cantar de los Cantares , 8, 5), argumenta así: «Y de esto se puede ver que ella está allí corporalmente... Porque puesto que... la bienaventuranza no se consumaría a menos que ella estuviera allí personalmente, y la persona no es un alma, sino una cosa unida, es claro que ella está allí según la cosa unida, es decir, cuerpo y alma: de otro modo no habría tenido un gozo consumado» (San Buenaventura, Sobre la Asunción de la Santísima Virgen María , Sermón I).

Pero en la última época de la Teología Escolástica, es decir, en el siglo XV, San Bernardo de Siena, resumiendo y reexaminando cuidadosamente todo lo que los teólogos de la Edad Media habían expuesto y debatido sobre este tema, no consideró suficiente remitirse a sus principales consideraciones, que los maestros de épocas anteriores ya habían propuesto, sino que añadió otras. La semejanza, a saber, de la Madre divina y el Hijo divino, con respecto a la nobleza y dignidad de mente, cuerpo y espíritu —debido a esta semejanza no podemos siquiera pensar que la Reina celestial esté separada del Rey celestial— exige absolutamente que María «no existe sino donde está Cristo» (San Bernardo de Siena, Sobre la Asunción de la Santísima Virgen , Sermón II); y además, es coherente y congruente con la razón que, así como el alma y el cuerpo del hombre, también los de la mujer ya hayan alcanzado la gloria eterna en el Cielo; y finalmente, debido a que la Iglesia nunca exigió las vestiduras de la Santísima Virgen y las propuso para el culto del pueblo, se proporciona un argumento que puede denominarse “un experimento sensato” ( Ibid .).

En tiempos más recientes, como ya hemos mencionado, las opiniones de los Santos Padres y Doctores eran de uso común. Haciéndose eco del consenso cristiano, transmitido desde épocas anteriores, San Roberto Belarmino exclamó: «¿Y quién, os lo ruego, podría creer que el arca de la santidad, la morada del Verbo, el templo del Espíritu Santo, ha caído? Me horroriza pensar que esa carne virginal, que concibió, dio a luz, nutrió y llevó a Dios, se haya convertido en cenizas o haya sido entregada a los gusanos». (SAN ROBERTO BELARMINO, Conciones habitae Louvanii, concio 40: De Assumptione Bl. Mariae Virginis ).

De igual modo, San Francisco de Sales, tras afirmar que no es correcto dudar de que Jesucristo llevó a la realidad de la manera más perfecta el mandamiento divino por el cual los hijos deben honrar a sus padres, se plantea esta pregunta: "¿Qué hijo, si pudiera, no resucitaría a su madre y, después de la muerte, no la llevaría al Paraíso?" ( Obras de San Francisco de Sales , Sermón autógrafo para la fiesta de la Asunción). Y San Alfonso escribe: "Jesús no quería que el cuerpo de María se corrompiera después de la muerte, ya que sería una deshonra para su propia vergüenza reducir a la corrupción su carne virginal, de la cual había asumido la suya" (S. Alfonso María de Ligorio, Las glorias de María , parte II, disco I).

Pero cuando el misterio que se celebra en esta fiesta ya estaba bajo la luz que le convenía, no faltaban maestros que, en lugar de abordar argumentos teológicos que demostraran que es totalmente apropiado y coherente creer en la Asunción corporal de la Santísima Virgen María al Cielo, volcaron sus mentes y almas a la fe de la Iglesia misma, la mística Esposa de Cristo, sin mancha ni arruga (cf. Ef . 5:27), a quien el Apóstol llama «columna y fundamento de la verdad» ( 1 Tim. 3:15); y, apoyándose en esta fe común, consideraban la opinión contraria temeraria, por no decir herética. En efecto, como no pocos otros, San Pedro Canisio, después de declarar que la palabra Asunción significa no solo la "glorificación" del alma, sino también del cuerpo, y que la Iglesia ha venerado y celebrado solemnemente durante muchos siglos este misterio mariano de la Asunción, observó lo siguiente: "Esta opinión ha prevalecido durante varios siglos y se ha arraigado tanto en la mente de los piadosos y recomendado a toda la Iglesia, que a quienes niegan que el cuerpo de María fue asunto al cielo ni siquiera se les escucha con paciencia, sino que se les abuchea por ser demasiado contenciosos o completamente imprudentes, y hombres imbuidos de un espíritu herético más que católico" (SAN PEDRO CANISIO, Sobre la Virgen María ).

Al mismo tiempo, el Doctor Eximio, cuando profesó esta regla de Mariología, a saber, que "los misterios de la gracia que Dios obró en la Virgen no deben medirse por leyes ordinarias, sino por la omnipotencia divina, asumiendo la propiedad de la cosa, sin ninguna contradicción o repugnancia de las Escrituras" (SUAREZ F. In tertiam partem D. Thomae, q. 27, art. 2, disp. 3, sec. 5, n. 31), confiando en la fe común de toda la Iglesia, pudo concluir, con respecto al misterio de la Asunción, que este mismo misterio debe creerse con la misma firmeza de mente que la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen; e incluso entonces asumió que verdades de este tipo podían definirse.

Todos estos argumentos y consideraciones de los Santos Padres y teólogos se basan en las Sagradas Escrituras, como su fundamento último; las cuales, en efecto, nos presentan a la tierna Madre de Dios, como íntimamente unida a su divino Hijo, compartiendo siempre su destino. Por ello, parece casi imposible imaginarla, a ella, que concibió a Cristo, lo dio a luz, lo alimentó con su leche, lo sostuvo en sus brazos y lo estrechó contra su pecho, separada de él tras esta vida terrenal, aunque no en alma, sí en cuerpo. Puesto que nuestro Redentor es Hijo de María, ciertamente no podía, como perfecto observador de la ley divina, dejar de honrar a su amadísima Madre además del Padre Eterno. Pero puesto que pudo adornarla con tan gran honor como para preservarla de la corrupción de la tumba, debemos creer que así lo hizo en realidad.

Pero lo más destacable es que, desde el principio de los tiempos, los Santos Padres han presentado a la Virgen María como una nueva Eva para el nuevo Adán, aunque subordinada, íntimamente unida en la lucha contra el enemigo del infierno, la cual, como se prefigura en el protoevangelio ( Gén. 3,15), habría de conducir a la victoria más completa sobre el pecado y la muerte, que siempre están vinculados en los escritos del Apóstol a los Gentiles (cf. Rom . 5 y 6; 1 Cor . 15,21-26; 54-57). Por lo tanto, así como la gloriosa anastasis de Cristo fue una parte esencial y el trofeo final de esta victoria, así también la lucha común de la Santísima Virgen con su Hijo había de concluir con la «glorificación» de su cuerpo virginal; pues como dice el mismo Apóstol: «Cuando... este mortal se haya revestido de mortalidad, entonces se cumplirá la palabra escrita: La muerte ha sido devorada por la victoria» ( 1 Cor . 15,54).

Por lo tanto, la augusta Madre de Dios, Jesucristo, desde toda la eternidad, "por un mismo decreto" (Bula Ineffabilis Deus , 1. c., p. 599) de predestinación, misteriosamente unida, inmaculada en su concepción, Virgen perfecta en su maternidad divina, generosa compañera del Divino Redentor, que trajo pleno triunfo sobre el pecado y sus consecuencias, finalmente alcanzó, por así decirlo, la suprema corona de sus privilegios, para que fuera preservada inmune de la corrupción de la tumba, y para que, así como su Hijo ya había vencido a la muerte, fuera elevada en cuerpo y alma a la suprema gloria del Cielo, donde pudiera resplandecer como Reina a la diestra de su mismo Hijo, el Rey inmortal de los siglos (cf. 1 Tim . 1:17).

Puesto que, pues, toda la Iglesia, en la que actúa el Espíritu de la Verdad, que infaliblemente la dirige al conocimiento perfecto de las verdades reveladas, ha manifestado su fe de muchas maneras a lo largo de los siglos, y puesto que los obispos de todo el mundo, con consentimiento casi unánime, piden que la verdad de la Asunción corporal de la Santísima Virgen María al Cielo se defina como dogma de la fe divina y católica, una verdad basada en la Sagrada Escritura, profundamente arraigada en las almas de los fieles cristianos, confirmada en el culto eclesiástico desde los tiempos más antiguos, supremamente consonante con otras verdades reveladas, espléndidamente explicada y declarada por la diligencia, la ciencia y la sabiduría de los teólogos, creemos que ha llegado el momento, preordenado por el plan providencial de Dios, en el que proclamamos solemnemente este extraordinario privilegio de la Virgen María.

Nosotros, que hemos encomendado nuestro Pontificado a la especial protección de la Santísima Virgen, a quien en verdad nos hemos refugiado en tantas ocasiones de las cosas más dolorosas, nosotros, que hemos consagrado a toda la humanidad mediante rito público a su Inmaculado Corazón, y cuya poderosa protección hemos experimentado una y otra vez, estamos absolutamente seguros de que esta solemne proclamación y definición de la Asunción contribuirá en gran medida al progreso de la sociedad humana, ya que la orientará hacia la gloria de la Santísima Trinidad, a la cual la Virgen Madre de Dios está unida por singulares lazos. Pues es de esperar que en el futuro todos los fieles cristianos se sientan impulsados ​​a una piedad más intensa hacia su Madre celestial; y que las mentes de todos aquellos que se enorgullecen de llamarse cristianos se muevan al deseo de participar en la unidad del Cuerpo Místico de Jesucristo, y a aumentar su amor por ella, que tiene espíritu maternal hacia todos los miembros de ese augusto Cuerpo. También cabe esperar que, al meditar en el glorioso ejemplo de María, quienes contemplen su voluntad se convenzan cada vez más del valor de la vida humana si se dedica por completo a cumplir la voluntad del Padre Celestial y al bienestar de todos los demás; que, mientras las ideas del "materialismo" y la corrupción moral que de él se deriva amenazan con apagar las luces de la virtud, y que los hombres, al instigar conflictos, pueden perder la vida, de esta espléndida manera se pondrá ante los ojos de todos, con toda claridad, a qué elevada meta están destinados nuestras mentes y cuerpos; que, finalmente, la fe en la Asunción corporal de María al Cielo también fortalezca y active la fe en nuestra resurrección.

Pero que este solemne acontecimiento caiga en el Año Sagrado, que se celebra por designio providencial de Dios, es motivo de gran alegría para Nosotros; pues así se nos permite, mientras se celebra el Gran Jubileo, adornar la frente de la Virgen Madre de Dios con esta joya resplandeciente y dejar en el aire un monumento de Nuestra ferviente devoción a la Madre de Dios.

Por lo tanto, después de haber ofrecido repetidamente oraciones de súplica a Dios e invocado la luz del Espíritu de la Verdad, para la gloria de Dios Todopoderoso, que concedió su especial benevolencia a la Virgen María, para el honor de su Hijo, el Rey inmortal de los siglos y vencedor sobre el pecado y la muerte, para el aumento de la gloria de la misma augusta Madre y para el gozo y la exultación de toda la Iglesia, por la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo, y nosotros mismos, pronunciamos, declaramos y definimos como dogma divinamente revelado: que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, habiendo completado el curso de su vida terrenal, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial.

Por lo tanto, si alguien, Dios no lo quiera, se atreve a negar o poner en duda lo que Nosotros hemos definido, sepa que se ha apartado completamente de la fe divina y católica.

Pero para que esta Nuestra definición de la Asunción corporal de la Virgen María al Cielo llegue al conocimiento de la Iglesia universal, hemos deseado publicar estas Nuestras Cartas Apostólicas como memorial perpetuo del asunto; ordenando que todos distribuyan copias de estas, o incluso copias impresas, firmadas por algún notario público y selladas con el sello de una persona designada para la dignidad eclesiástica, con la misma fe con que se distribuirían las presentes si fueran exhibidas o mostradas.

Por lo tanto, que nadie viole esta página de Nuestra declaración, pronunciamiento y definición, ni se oponga a ella ni la contradiga con audacia temeraria. Pero si alguien se atreve a intentarlo, sepa que incurrirá en la indignación de Dios Todopoderoso y de Sus bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo.

Dado en Roma, en San Pedro, en el año del Gran Jubileo de mil novecientos cincuenta, el primer día del mes de noviembre, fiesta de Todos los Santos, en el duodécimo año de Nuestro Pontificado.

Yo, Pío XII , Obispo de la Iglesia Católica,
así he definido y firmado

Yo, FRANCISCO, Obispo de Ostia y Cardenal MARCHETTI SELVAGGIANI de Tusculum, Decano del Sagrado Colegio.
Yo, EUGENIO, Obispo de Oporto y Cardenal TISSERANT de Santa Rufina. 
Yo, Clemens, obispo de Veliterno, cardenal Micara.
Yo, José, obispo de Albany, cardenal Pizzardo.
YO, BENEDICTO, Obispo de Praenestino, Cardenal ALOISI MASELLA. 
Yo, ADEODATUS JOHN, Obispo de Sabina y Cardenal PIAZZA de Mandel.
Yo, ALEXIUS, con el título de San Calisto, Cardenal Sacerdote de ASCALES.
Yo, MIGUEL, Cardenal Sacerdote de Santa Anastasia, de FAULHABER.
Yo, Juan el Bautista, del título de Santa María en Traspontina, Sacerdote Cardenal NASALLI ROCCA.
Yo, Alejandro, Cardenal Verde, Sacerdote del título de Santa María en Cosmedin.
Yo, José Ernesto, Cardenal Van Roey, Sacerdote de la Iglesia de Santa María del Altar Celestial.
YO, PEDRO, del título de Santa María al otro lado del Tíber, Cardenal Sacerdote, SEGURA Y SAENZ.
Yo, Alfredo Ildelfonso, del título de San Martín en las Montañas, sacerdote, Cardenal Schuster.
YO, EMMANUEL, del título de los Santos Marcelino y Pedro, Cardenal Sacerdote CONÇALVES CEREJEIRA.
Yo, Aquiles, del título de San Sixto, sacerdote, cardenal LIENART.
Yo, Pedro, del título de Santa Cruz en Jerusalén, Cardenal Fumasoni Biondi, Sacerdote.
Yo, Friedrich, del título de Santa María de Victoria, Cardenal Sacerdote de la Iglesia Alemana.
Yo, ELÍAS, del título de San Marcos, Cardenal DALLA COSTA, Sacerdote.
Yo, Teodoro, con el título de San Crisógono, sacerdote, cardenal de Innitzer.
Yo, Ignacio Gabriel, Cardenal Sacerdote de la Basílica de los Doce Apóstoles, Tappouni.
Yo, DOMINICUS, del título de San Apolinar, Sacerdote, Cardenal JORIO.
Soy el MASSIMUS, Cardenal Sacerdote del título de Santa María en el Pórtico, MASSIMUS.
Yo, Pedro, del título de Santísima Trinidad en el Monte Pincio, Sacerdote Cardenal Gerlier.
Yo, Gregorio Pedro XV, del título de San Bartolomé en la Isla, Sacerdote Cardenal Agagianiano.
Yo, Julio, Cardenal Sacerdote de la Iglesia de Santa Pudentiana, SALIÈGE.
Yo, JAMES CHARLES, del título de Santa María del Pueblo, Sacerdote Cardenal Mc GUIGAN.
Yo, Clemens Emiliano, Cardenal Roques, Sacerdote del título de Santa Balbina.
Yo, Norman Thomas, Cardenal Gilroy, Sacerdote de los Cuatro Santos Coronados.
Yo, Francisco, del título de San Juan y San Pablo, Sacerdote Cardenal SPELLMAN.
Yo, TEODOSIO CLEMENS, con el título de San Pedro, Cardenal Sacerdote de GOUVEIA, a los vínculos.
YO, EMMANUEL, del título de San Lorenzo en Lucina, Cardenal Sacerdote ARTEAGA Y BETANCOURT.
Yo, José, del título de San Juan ante la Puerta Latina, Cardenal Frings, Sacerdote.
Yo, BERNARDO, del título de San Andrés y San Gregorio, Sacerdote, Cardenal GRIFFIN.
Yo, CONRADUS, del título de Sacerdote de Santa Ágata, Cardenal VON PREYSING.
Yo, TOMÁS, del título de Santa María en Vía, Cardenal Sacerdote TIEN CHEN SIN.
Yo, Nicolas, Cardenal Protodiácono de San Nicolás en la Prisión de Tulia, Canali.
YO, JUAN DE SAN JORGE EN EL VELO DE ORO, Diácono de MERCATI.
Yo, JOSEPH S. Eustachius, Cardenal Diácono BRUNO.

Consistorio Sagrado :  El lunes 30 de octubre de 1950, en la sala situada sobre el pórtico de la Basílica Vaticana, se celebró un Consistorio Semipúblico sobre la cuestión de definir la Asunción corporal de la Santísima Virgen María como dogma.

En la solemne definición dogmática de la Asunción corporal de la Santísima Virgen María al cielo, celebrada el primer día del mes de noviembre, fiesta de Todos los Santos, en el año santo de 1950, en el Foro Petrino frente a la Basílica Vaticana:

 Dodicesimo anno di Pontificato, 2 marzo 1950 - 1° marzo 1951, pp. 475 - 492
 Tipografía políglota vaticana

 *AAS, vol. 32 (1950), n.º 15, págs. 753-773
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