Eugenio Amézquita Velasco
-El Padre Manuel Rangel Magaña reflexiona sobre la figura del profeta Elías y el apóstol Pedro, contrastando la violencia del carácter humano con la necesidad de una fe humilde que confíe plenamente en el auxilio divino ante los conflictos.
-A través del pasaje evangélico donde Jesús camina sobre el agua, el sacerdote diocesano destacó la invitación de Cristo a mantener el ánimo, recordándonos que en medio de las tempestades cotidianas no estamos solos frente al peligro.
-El análisis editorial enfatiza que, al igual que los apóstoles en la barca, la Iglesia y las familias enfrentan vientos contrarios y persecuciones, siendo la súplica de "Sálvame, Señor" el camino para recuperar la paz interior.
En el marco de la santa misa dominical celebrada en el templo de Nuestra Señora de San Juan de los Lagos, en Celaya, el Padre Manuel Rangel Magaña ofreció una profunda reflexión sobre la gestión de las crisis personales y la importancia de la fe como ancla ante las dificultades de la vida.
El eje central de su homilía fue el contraste entre la violencia humana y la presencia serena de Dios. Al analizar la figura del profeta Elías, el sacerdote subrayó cómo su carácter impetuoso y violento, aunque movido por un celo religioso, lo llevó a errores significativos. Fue necesario que Elías experimentara la presencia de Dios no en el viento fuerte, ni en el fuego, sino en una brisa suave, para comprender que la imposición y la violencia no son los caminos para servir a la voluntad divina. Esta lección, señaló el Padre Rangel, es un llamado urgente a la prudencia y al dominio propio en nuestro entorno contemporáneo.
Trasladando estas enseñanzas al Evangelio, el Padre Rangel abordó el pasaje de Jesús caminando sobre las aguas, un episodio que ilustra la fragilidad del hombre cuando pierde la calma. Cuando Pedro se sintió amenazado por el viento fuerte, su duda lo hizo hundirse, dando lugar a una expresión de desesperación que resuena en la experiencia de muchos creyentes: "¡Sálvame, Señor!".
El párroco destacó que la respuesta de Jesús —"Ánimo, no tengan miedo, soy yo"— constituye el corazón del mensaje para el feligrés moderno. Según el análisis del sacerdote, estas palabras no son una invitación a la pasividad, sino un imperativo de coraje. En un mundo donde la Iglesia y las familias enfrentan constantes "vientos contrarios", difamaciones y problemas complejos, el Padre Manuel enfatizó que la fe no elimina las tempestades, pero garantiza que el creyente no las enfrente en soledad.
Concluyó su mensaje instando a la comunidad a reconocer el poder de Jesús para calmar las aflicciones. La enseñanza es clara: ante la desesperación que surge de la enfermedad o los asuntos que parecen imposibles de resolver, el recurso debe ser la humildad de invocar al Señor, sabiendo que su presencia es la fuerza necesaria para salir adelante. Esta homilía se erige como una exhortación a cambiar los métodos impositivos por un comportamiento tratable, fortalecido por una confianza inquebrantable en la protección divina ante cualquier desventura.
La transcripción de la homilía del Padre Manuel Rangel Magaña, de la misa de dominical de las 12:00 horas
Padre Manuel Rangel Magaña:
En la palabra de Dios de este domingo encontramos dos ejemplos muy grandes. Primeramente, la primera lectura nos habla del profeta Elías, un hombre que era todo coraje, muy violento y muy decidido; a veces no le pensaba mucho para hablar, pero eso lo llevó a cometer muchos errores. Después de que Elías había convocado al pueblo para que se decidieran a qué Dios iban a seguir, si al dios de Baal —que era el que la reina Jezabel había invocado, llevada por los sacerdotes de Baal— o al verdadero Dios en el que siempre habían creído, mandó que mataran dos terneras, las abrieran por la mitad y las pusieran sobre brazas o piedras donde después las quemarían. Pero este Elías les dice a los sacerdotes: "Invoquen ustedes a su Dios para que se muestre sobre este sacrificio, esta víctima que le estamos ofreciendo". Oraron ellos toda la mañana hasta la tarde, pero no lograron atraer o que Dios se mostrara, ese dios de Baal.
Después, él les dice: "Ahora voy yo". Mandó que le echaran agua al animal, que era el sacrificio, y que alrededor pusieran agua también. Ahí invocó al Señor, hizo oración y de pronto vino un fuego que consumió y quemó por completo aquella ofrenda, aquella víctima, y además secó el agua que estaba alrededor. Todo el pueblo dijo: "Pues hemos abandonado al verdadero Dios". Seguramente por orden de Elías mataron a los sacerdotes de Baal, que serían unos 400 o un poquito más, y esto causó furor en la reina Jezabel, quien lo persiguió hasta darle muerte al profeta. Por eso él salió huyendo; ya sabemos cómo se durmió ahí al pie de un árbol. Pero él va a tener una experiencia: Dios le manda que suba al monte Tabor, que era el monte Sinaí, y ahí le dice Dios que se esconda en una cueva para que lo vea pasar.
De pronto viene un viento muy fuerte que va desprendiendo las peñas y resquebrajando; viene un fuego muy intenso también que va consumiendo todo; finalmente, una brisa muy suave, y dice Elías: "Aquí sí está Dios". Él lo ve pasar, y nada más le vio la espalda —no es que Dios tenga cuerpo humano, pero aquí es para hacernos más gráfico el entender—, y esto le mostró al profeta que él, por su carácter, no debe ser así, y menos en la forma como él empleó sus métodos, aunque sea para alabar a Dios. Tiene que ser un poquito más comprensivo con los demás, con esa brisa suave, ¿verdad? Y por eso, en ese sentido, corregir también sus métodos: no sean violentos. Él va a aprender; Dios le manda que regrese otra vez al pueblo y ya no le va a pasar nada.
Eso también es para nosotros la enseñanza: que aprendamos a controlar nuestro carácter. A veces somos muy violentos, nos dejamos llevar muy fácilmente por la violencia y cometemos muchos errores. Por eso se nos pide que seamos más prudentes, que aprendamos a dominarnos. Elías era una fiera enojado; acuérdense que, por petición de él, faltó la lluvia tres años y medio en Judea, y que sus métodos pues eran muy estrictos. Nosotros también tenemos que ser un poquito más tratables, darle oportunidad a los demás de que hablen, de defenderse, ¿verdad?, no imponer nosotros a veces nuestra ley.
En el Evangelio también el Señor le hace ver a Pedro que no era así como iba a defenderlo, cuando él llevaba una espada, la sacó, quiso usar la violencia y le cortó la oreja a un soldado de los que iban con los sumos sacerdotes; él le pidió que guardara la espada. Pero también aprendió a ser más controlado. Pues ahí en el Evangelio, desde luego, hay un detalle importante: Jesús, después de la multiplicación de los panes, como dice el Evangelio, los mandó por delante: "Vayan ustedes a la otra orilla, espérenme allá", y él se retiró a hacer oración. Por la madrugada, cuando los vientos amenazaban con hundir la barca y no hallaban qué hacer los apóstoles, apareció él caminando sobre el agua. Ellos pensaban que era un fantasma, pero cuando él les dice: "Ánimo, no tengan miedo, soy yo", Pedro se atreve a decir: "Si eres tú, mándame que camine también yo sobre el agua". Pues bien, se baja de la barca Pedro, empieza a caminar, siente el viento fuerte que lo amenaza con hundirlo, pierde la calma y empieza a hundirse y exclama él, desesperado: "¡Sálvame, Señor!". Una expresión, ¿verdad?, que también a veces nosotros expresamos con mucho temor, a veces en una desesperación.
Y Jesús le tiende la mano, le da la mano y lo saca para que las olas no lo arrollen. Esto nos trae a nosotros otra enseñanza el día de hoy: nosotros, como dice Jesús en su palabra, "no tengan miedo, ánimo", saber que el Señor, cuando estamos nosotros en medio de algún peligro, ahí está siempre, no nos deja solos, no nos abandona. Él sabe hasta dónde podemos resistir y hasta dónde no, pero hay que invocarlo con humildad, reconocer el poder que él tiene para que podamos lograr lo que queremos. Y sobre todo, pensar que esas tempestades... primero pensar en la Iglesia: desde que Jesús la fundó siempre ha sufrido persecuciones, siempre ha tenido que enfrentar vientos contrarios, desde que a Jesús lo persiguieron y le dieron muerte; les advirtió inclusive: "Los van a matar algunos, pensando que hacen bien a la Iglesia", entonces para que estén preparados. Pero "ánimo", le dice él, como diciendo: aprendan a luchar con coraje porque no están solos, aquí estoy yo.
De hecho, la Iglesia hasta en nuestros tiempos, en alguna forma u otra, sufre siempre persecución, difamaciones, ataques, pero como dijo Jesús, él siempre estará con nosotros hasta el fin del mundo, no nos dejará solos. Y ustedes en la vida ordinaria también tendrán vientos contrarios; a veces, cuando en la familia hay algún mal, todos sufren, todos se desesperan, o cuando tienen problemas que no hallan cómo resolver, grítenle al Señor: "¡Sálvame, Señor!". Y él les va a echar la mano, él los va a animar. Eso que dice "ánimo" quiere decir: tú échale coraje, no estás solo, échale ganas, como decimos también. En una enfermedad o a veces, pues, tantos asuntos a los que nos enfrentamos, hay que acudir a Jesús siempre, sabiendo que él está para ayudarnos, para sacarnos adelante, para calmar esos vientos, esas tempestades que nos azotan a veces, y podemos salir adelante siempre conforme a la fe que tengamos en Jesús. Pónganse de pie.


