La fe guadalupana derrota el nuevo dragón: Obispo de Celaya, en la Basílica de Guadalupe

Guanajuato Desconocido
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Eugenio Amézquita Velasco

-La Diócesis de Celaya conmemoró en la Basílica de Guadalupe el centenario de la resistencia cristera, destacando la profunda relevancia histórica y espiritual de la Virgen como protectora de las familias perseguidas.
-Durante la homilía central de la tradicional peregrinación femenil, la Iglesia advirtió que los desafíos actuales exigen a los hogares católicos revitalizar su identidad, la oración y los valores comunitarios frente a la indiferencia social.
-Ante miles de peregrinas reunidas en el Tepeyac, las autoridades eclesiásticas exhortaron a mantener un bastión inquebrantable en la defensa de la vida, recordando el sacrificio de quienes defendieron sus convicciones religiosas.
-La fe guadalupana se erigió como el estandarte histórico e inquebrantable de la resistencia durante la cruenta persecución cristera.
-Las familias católicas enfrentan hoy nuevos desafíos ideológicos y sociales que buscan socavar los valores tradicionales de la comunidad.
-La peregrinación anual reafirma la unidad y el compromiso espiritual de miles de fieles reunidos en el recinto sagrado del Tepeyac.
-Las autoridades eclesiásticas exigieron a los creyentes no ceder ante la indiferencia y mantener firmemente la defensa de la vida.
-El legado de los mártires cristeros perdura como un recordatorio permanente de la lealtad inquebrantable a las convicciones religiosas.
-La Iglesia católica en Celaya llamó a revitalizar los hogares como pequeños bastiones de oración frente a las adversidades actuales.



La Basílica de Guadalupe fue el escenario donde la Diócesis de Celaya conmemoró un siglo de memoria, fe y resistencia vinculada al movimiento cristero, en celebración eucarística presidida por Mons. Víctor Alejandro Aguilar Ledesma, obispo de Celaya. En el marco de la tradicional peregrinación anual de mujeres, la grey católica del Bajío se congregó ante la Morenita del Tepeyac para recordar los cien años de un periodo marcado por la persecución religiosa, el sacrificio de mártires y la férrea defensa de la libertad de culto en México.

Durante la ceremonia litúrgica, el mensaje central giró en torno a la trascendencia histórica que tuvo la fe en aquellos años de conflicto armado y polarización social. Se recordó que, en medio de la adversidad jurídica y la violencia que laceró a diversas regiones del país —particularmente los altos de Jalisco y el estado de Guanajuato—, los fieles encontraron en la Virgen de Guadalupe un refugio espiritual y una bandera de identidad que unió a comunidades enteras en la defensa de sus tradiciones. Las autoridades eclesiásticas subrayaron que el movimiento cristero no fue solo un levantamiento sociopolítico, sino un testimonio de fidelidad inquebrantable a los principios del Evangelio.

Al evocar el contexto histórico y legal de aquella época, la Iglesia hizo hincapié en que la legislación y las estructuras de poder del Estado mexicano buscaron en su momento limitar la presencia pública de la religión, generando heridas profundas en el tejido social. Sin embargo, a cien años de aquellos hechos, la conmemoración busca rescatar el valor de la resistencia pacífica y el heroísmo cotidiano de miles de familias que arriesgaron su patrimonio y su vida para preservar sus creencias.



En el plano contemporáneo, la homilía amplió su análisis hacia los retos que enfrenta la sociedad actual. Se advirtió que la persecución religiosa ha mutado, pasando de la confrontación armada y las prohibiciones gubernamentales directas a nuevas formas de hostilidad cultural, secularización acelerada e indiferencia social. Según el posicionamiento pastoral, las familias católicas lidian hoy con un entorno adverso caracterizado por la erosión de los valores tradicionales, el debilitamiento del núcleo familiar y el cuestionamiento sistemático de la vida humana desde su concepción hasta su fin natural.

Frente a este escenario, el llamado emitido desde el Tepeyac instó a los fieles a consolidar los hogares como "iglesias domésticas", espacios donde se fomente la transmisión generacional de la fe, la solidaridad comunitaria y la congruencia ética. Se enfatizó que la memoria histórica de los mártires cristeros debe fungir como un aliento vivo para no ceder ante la apatía moderna y para asumir una participación activa en la construcción de una sociedad basada en la justicia, el respeto a la dignidad de la persona y la paz social.

Homilía íntegra de Mons. Víctor Alejandro Aguilar Ledesma, Obispo de Celaya, en la Basílica de Guadalupe

Mons. Víctor Alejandro Aguilar Ledesma, Obispo de Celaya: 
Muy queridas y estimadas hermanas peregrinas, le doy gracias a Dios por su presencia, su testimonio y su peregrinación. Agradezco también a la directiva que ha terminado ya su trienio; muchas gracias por su servicio, su cercanía y su dedicación. Que nuestra Madre Santísima y nuestro Señor premien su trabajo, sus desvelos y sus ires y venires a todos lados. Agradezco también el esfuerzo y la dedicación que el padre Carlos Alberto ha hecho como capellán junto con el equipo de sacerdotes que acompañan en el camino; de verdad, este testimonio nos edifica y nos ayuda a seguirnos comprometiendo más con nuestra amada Diócesis de Celaya.

Si la Cristiada tiene un rostro, esa resistencia cristera, el rostro fue el de Cristo Rey, y si tuvo un estandarte, fue el de la Santísima Virgen María de Guadalupe. No se puede entender, estimados hermanos y hermanas, esta resistencia cristera sin la presencia de la Morenita del Tepeyac. Los federales tenían cañones, poder y tenían los decretos del presidente en su momento, Plutarco Elías Calles; los cristeros tenían una imagen bordada en una camisa de manta y un grito que era oración. Ellos decían, gritando y confesando su fe: ¡Viva Cristo Rey!, y siempre unido a esta oración, Santa María de Guadalupe.

Hoy, a la luz de los textos de la Palabra de Dios que hemos escuchado, contemplamos cómo la Virgen no fue un adorno de la Cristiada; fue una madre, fue una generala y fue el refugio de nuestros cristeros, de nuestras familias y de nuestra Iglesia. El profeta Isaías dice al rey Acaz, acobardado frente al enemigo: el Señor mismo les dará una señal: he aquí que la Virgen concebirá y dará a luz un hijo, al Emmanuel. 

En 1531, México estaba herido, huérfano, acababa de caer Tenochtitlán; Dios dio la señal: una Virgen morena, mestiza, embarazada, que dice a su pueblo: ¿No estoy yo aquí, que soy tu madre? 1926, México está herido otra vez; el gobierno dijo: No existe Dios, la Iglesia católica se acabó, los templos se cierran, y de nuevo Dios da la señal: la misma Virgen. La presencia de María de Guadalupe en la resistencia cristera podríamos decir que fue una presencia teológica, porque fue la prueba de que el Emmanuel, el Dios con nosotros, no se había ido; estaba con nosotros, hacía historia con nosotros, caminaba con nosotros.

Cuando Calles clausuró los santuarios, la Virgen se hizo peregrina. ¿Dónde estaba la Virgen de Guadalupe en esta resistencia cristera? Estaba en el pecho de los cristeros y de las cristeras; no tenían uniformes, su uniforme era un escapulario cosido al pecho, lo llevaban como un chaleco, podríamos decir, un chaleco antibalas espiritual. San José Sánchez del Río, el niño de 14 años, lo llevaba bordado; cuando le desollaron los pies y le decían: Grita "muera Cristo Rey", él gritaba más fuerte: "¡Viva Cristo Rey!". ¿Y Santa María de Guadalupe, dónde estaba la Virgen de Guadalupe en esta resistencia? Estaba en las casas, en los techos, en las ventanas. Cuando cerraron los templos, la Iglesia se hizo iglesia doméstica. 

¿Qué ponían las familias de Apaseo el Grande, Cortazar, Cañada de Caracheo, Villagrán, Juventino Rosas para saber que había misa clandestina? Una estampa de la Virgen de Guadalupe estaba en la ventana, esa era la señal del Emmanuel; donde ella estaba, el Hijo, a veces escondido en un vaso y a veces en una caja de zapatos. ¿Dónde estaba la Virgen de Guadalupe en la guerra cristera? En la bandera, el estandarte que san Juan Diego llevó ante el obispo Zumárraga; volvió a salir el ejército cristero, no tenía bandera nacional, tenía el estandarte guadalupano, porque sabían que no peleaban por un partido, peleaban por una madre con la conciencia de: Si Dios está con nosotros, ¿quién está en contra nuestra? Este era el lema de nuestros hermanos cristeros.

San Juan ve en el Apocalipsis una mujer vestida del sol con la luna bajo sus pies, y aparece un dragón que quería devorar a su hijo, pero se entabló una batalla; Miguel y sus ángeles combatieron contra el dragón. Hermanos, ¿qué vio san Juan Diego en el Tepeyac? Vio exactamente esto: una mujer vestida del sol, luna bajo sus pies; es la mujer del Apocalipsis. ¿Y qué vio México en 1926? Al dragón que quería devorar a sus hijos, el dragón que era un Estado que quiso devorar a la Iglesia, quiso devorar a los niños quitándoles el bautismo, a los jóvenes quitándoles la fe y a los sacerdotes fusilándolos. 

¿Y quién peleó? San Juan dice que Miguel y sus ángeles; en la resistencia cristera pelearon juntos san Miguel Arcángel y la Santísima Virgen María de Guadalupe. Nuestros beatos, fray Elías del Socorro Nieves y los hermanos Sierra Vera, martirizados en la Cañada de Caracheo en 1928, murieron bajo este signo; los testigos dicen que, antes de ser fusilados, fray Elías del Socorro Nieves los encomendó a la Virgen de Guadalupe y luego los absolvió; murieron mirando a la mujer y a su hijo, sabiendo que el dragón perdía.

El Evangelio que escuchamos: María se puso en camino y fue a prisa a la montaña; Isabel exclamó: Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre. Y María responde: Mi alma glorifica al Señor porque ha mirado la humillación de su esclava. Esta es la presencia más tierna de María de Guadalupe en la resistencia cristera: la Virgen no se quedó en el Tepeyac esperando que pasara la persecución; hizo lo mismo que en el Evangelio: se puso en camino y fue a prisa a las montañas, se fue a las sierras de Guanajuato, a los Altos de Jalisco, a Colima, Michoacán, a las barrancas; fue a visitar a un pueblo humillado, así como visitó a Isabel. 

¿Y quién era Isabel en 1926? Era la madre que escondía al cura en el pozo, era la esposa que se quedó viuda porque fusilaron a su esposo por ser de la Acción Católica, de la ACJM; era la religiosa expulsada de su convento; a todos les dijo el Magníficat cristero: El poderoso ha hecho obras grandes y ha derribado del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes; por eso el pueblo no se rindió, porque su madre los visitó y se quedó con ellos, no como seis meses, sino tres años de lucha y de batalla.

Hermanas peregrinas, esta resistencia cristera terminó con los llamados acuerdos o arreglos de 1929, pero el dragón del Apocalipsis no murió, cambió de piel. Hoy no nos prohíben la misa con soldados, sino con la indiferencia; no nos fusilan por llevar una imagen de Guadalupe, nos ridiculizan por creer en ella; no cierran los templos por decreto, hoy se cierran porque muchas familias católicas ya no son esa iglesia doméstica donde se transmite la fe. 

Y hoy, como ayer, necesitamos la misma presencia de María de Guadalupe; primero, que vuelva al pecho, que no sea solamente una medallita que nos llevamos de recuerdo, sino sepamos que ella es nuestra identidad, que ser guadalupano es ser mexicano. ¿Quién como nuestra madre? Que también nuestra madre vuelva a la casa, que cada hogar de nuestra Diócesis de Celaya haya un altar a María de Guadalupe donde se rece. Si las peregrinas no rezan en sus casas, nuestra amada Diócesis de Celaya muere. Hoy la Santísima Virgen de Guadalupe nos pide defender la vida, el matrimonio, la familia, la inocencia de los niños; esta es la nueva cristiandad.

Termino con el grito que los mártires nos dejaron; que ese grito sea el nuestro hoy, 100 años después de la resistencia cristera, frente a un mundo que quiere vivir sin Dios. Que ella, nuestra Madre, que venció al dragón en el Apocalipsis, lo siga venciendo hoy en nuestras familias, en nuestra amada Diócesis, y que nuestra Diócesis se escuche siempre como confesión de fe lo que nuestros hermanos y familias hicieron hace 100 años, y ellos confesaban su fe diciendo: ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva Santa María de Guadalupe! ¡Viva las peregrinas de Celaya! ¡Viva! Vamos a dar un aplauso muy fuerte a nuestra madre Santísima, María de Guadalupe, nuestra madre cristera. Encomendamos también a los hermanos sacerdotes enfermos, también a sus familias, y que ella nos conserve a todos en su paz. Que así sea. Pónganse de pie, por favor. #MetroNewsMx #GuanajuatoDesconocido

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