Hermanos Sierra, mártires de la fe, memoria y luz en Celaya: Obispo

Guanajuato Desconocido
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Eugenio Amézquita Velasco

-La clausura de la fase diocesana de los hermanos Sierra en Celaya consolida la memoria histórica de una Iglesia doméstica que supo custodiar el Evangelio en tiempos de persecución, persecución que probó la fidelidad inquebrantable de los laicos mexicanos.
-El paralelismo espiritual trazado entre el martirio de san Maximiliano Kolbe, la Asunción de la Virgen María y el sacrificio de fray Elías con los hermanos Sierra ofrece una lectura teológica profunda sobre el sentido cristiano del dolor y la victoria pascual.
-La entrega de las actas al Vaticano representa un paso decisivo no solo para la justicia histórica regional, sino para proponer a la feligresía contemporánea modelos vivos de coherencia bautismal, sacrificio comunitario y pertenencia eclesial inquebrantable.

La culminación de la fase diocesana para la Causa de los Hermanos Sierra, celebrada en la Catedral del Sagrado Corazón de Celaya bajo la presidencia del obispo monseñor Víctor Alejandro Aguilar Ledesma, trasciende el mero trámite canónico para convertirse en un acontecimiento de profunda resonancia eclesial y social. Este proceso, que documenta el martirio del padre agustino fray Elías del Socorro Nieves y de los fieles laicos Dolores y Jesús Sierra Vera el 10 de marzo de 1928, interpela de manera directa a la comunidad católica actual sobre las raíces de su fe y el valor del testimonio cristiano en medio de la adversidad histórica.



El análisis de este acontecimiento exige mirar hacia el contexto de la Cristiada, un periodo donde las leyes y las disposiciones de poder intentaron sofocar la vida espiritual de la nación mediante el cierre de templos y la proscripción del culto público. Frente a la desolación institucional, la respuesta providencial no provino de estructuras complejas, sino de la sencillez de los hogares. La familia Sierra Vera transformó su entorno doméstico en un santuario vivo, un refugio donde la Eucaristía encontró resguardo y la oración del santo rosario mantuvo encendida la llama de la esperanza. En este sentido, la Iglesia doméstica demostró que la fe arraigada en el corazón de los padres y los hijos es capaz de sostener la comunión eclesial aun cuando los templos de piedra permanecen cerrados por mandato de la autoridad.

La homilía episcopal estableció un puente teológico ineludible al conectar esta memoria martirial con la festividad de san Maximiliano María Kolbe y la solemnidad de la Asunción de la Virgen María. Así como Kolbe entregó su vida por un padre de familia en el horror de Auschwitz, los hermanos Sierra ofrendaron su existencia al permanecer junto a su pastor en los polvorientos caminos de Guanajuato. Este triple testimonio —tres cuerpos, un solo martirio y un solo corazón— subvierte la lógica de la violencia estatal. Las fuerzas federales de aquella época creyeron doblegar a la comunidad mediante la ejecución sumaria; sin embargo, un siglo después, la historia demuestra que la sangre de los mártires constituye la semilla fecunda de la vitalidad cristiana en la región del Bajío.

Desde una perspectiva pastoral, este suceso invita a reflexionar sobre la vocación bautismal de los laicos. En el pasaje evangélico proclamado durante la liturgia, Jesús recuerda que la verdadera dicha proviene de escuchar la palabra de Dios y ponerla por obra. Dolores y Jesús Sierra Vera no actuaron impulsados por un fervor efímero, sino por la convicción profunda de que la fidelidad a Cristo exige coherencia hasta las últimas consecuencias. Su participación activa en la defensa del ministerio sacerdotal subraya la corresponsabilidad ineludible que todo bautizado tiene en la edificación y preservación de la comunidad eclesial, superando la tentación de un cristianismo pasivo o meramente ceremonial.

El envío formal de las actas de investigación al Dicasterio para las Causas de los Santos en el Vaticano marca el inicio de una etapa decisiva que busca reconocer oficialmente la santidad de estos fieles guanajuatenses. Para la Diócesis de Celaya, este acontecimiento no es únicamente la búsqueda de un reconocimiento honorífico, sino una llamada apremiante a reavivar el compromiso cristiano en la sociedad contemporánea. Recordar a los mártires de la Cañada de Caracheo fortalece la identidad espiritual de una comunidad que, enfrentada a los desafíos actuales de desintegración social y pérdida de valores, encuentra en el sacrificio de sus antepasados el espejo donde debe mirar su propio compromiso con la justicia, la verdad y el amor fraterno.

Transcripción de la Homilía de Mons. Víctor Alejandro Aguilar Ledesma

Mons. Víctor Alejandro Aguilar Ledesma: 
Queridos hijos e hijas de esta amada Iglesia que peregrina en Celaya, hoy en la mañana celebrábamos la memoria de un santo, san Maximiliano María Kolbe. Celebramos como memoria martirial a san Maximiliano, un caballero de la Inmaculada, mártir de la caridad en Auschwitz; y, en esta tarde, sin solución de continuidad, celebramos la misa vespertina de la solemnidad de la Asunción de la Virgen María. ¿Qué día nos ha regalado la Providencia? Por la mañana, un mártir; esta tarde, la Asunción.

También este año estamos conmemorando el centenario de la resistencia cristera. De verdad ha sido y será para nosotros una gracia y una bendición. Yo a todos ustedes, hermanos, les agradezco su presencia y su trabajo en este día. Padre Joseph Chiverra, muchas gracias por todo el esfuerzo, el trabajo y la dedicación; de verdad que ese corazón agustino brota ahí. Y el padre Adolfo, paisano de los hermanos Sierra y del padre Nieves, pues también le salió la cepa del buen vino.

A todos los fieles de la Cañada de Caracheo, gracias al esfuerzo también de este generoso equipo comandado por el padre Juan Galván, que estuvieron al pie del cañón; bendito Dios. Gracias a quienes colaboraron; saludo a todos mis hermanos decanos que hoy están aquí, demás hermanos sacerdotes, hermanas religiosas y movimientos laicales, gracias por estar aquí en este hermoso día.

Les decía que esta mañana recordamos a Maximiliano, el sacerdote que cargó sobre sus hombros al prójimo condenado y dijo: "Yo soy sacerdote católico, yo muero por él". Esta tarde, la primera lectura nos presenta a los levitas que cargan el arca; David congregó a todo Israel, los levitas cargaron el arca sobre sus hombros y David hizo que los cantores cantaran con alegría; metieron el arca y la colocaron en la tienda preparada.

¿Ven la continuidad de este día? El arca del Antiguo Testamento es María; ella es el arca de la nueva alianza que, hoy en su Asunción, entra en la tienda definitiva del cielo. Pero, ¿qué pasó cuando en 1926 cerraron también esta Catedral del Sagrado Corazón y todos los templos de México? El arca ya no podía estar en el templo; entonces Dios suscitó nuevos levitas. La familia Sierra Vera, familia de esta diócesis del Sagrado Corazón, fue esa familia, podríamos decir entre comillas, levítica. En su casa de Cañada de Caracheo convirtieron una troja en templo, cargaron el arca sobre sus hombros, escondieron a fray Elías del Socorro Nieves, escondiendo también ahí la Eucaristía y rezando el Rosario, como Kolbe esta mañana que cargó a un padre de familia.

Dolores y Jesús cargaron el arca, que es el sacerdote, como los levitas de David cargaron el arca, que es Cristo. Por eso, hoy en esta misa vespertina, el arca que ellos tanto cuidaron en la tierra, María Asunta, los introduce a ellos en la tienda del cielo. Ellos, como lo he repetido varias veces, son esta Iglesia doméstica en plenitud: una casa que se hizo arca cuando cerraron nuestros templos. Las casas se volvieron nuestros templos y allí el sacerdote era el padre de familia, la madre la catequista y los hijos discípulos y misioneros dispuestos a entregar su vida. Esos eran tiempos en que nos dimos cuenta del valor de los laicos; desgraciadamente, después, pasada la persecución, pues volvimos otra vez a los templos, olvidando el valor de la Iglesia doméstica.

Esta mañana, en la misa de san Maximiliano, la Iglesia proclama el triunfo del amor que da la vida. Esta tarde, san Pablo nos da la teología de ese triunfo: cuando lo mortal se revista de inmortalidad, se cumplirá; la muerte ha sido devorada por la victoria. ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está tu aguijón? Gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo. Hermanos, esta lectura podríamos decir que es el puente entre lo que celebramos en la mañana y esta tarde; entre Kolbe y la Asunción, entre 1928 y 2026.

Esta mañana, desde ese búnker del hambre, le gritó a la muerte nazi: "¿Dónde está tu victoria?". Esta tarde, la Virgen Asunta le grita a toda muerte: "¿Dónde está tu victoria?". Su Hijo, el Sagrado Corazón, titular de esta catedral y de toda nuestra diócesis, la resucitó y la llevó al cielo. Y en medio, nuestros siervos de Dios: el 10 de marzo de 1928, en el camino de la Cañada a Cortazar, un camino polvoriento, la muerte pareció vencer; tres cuerpos quedaban tendidos en el suelo: el del sacerdote agustino, fray Elías del Socorro Nieves, y los de sus dos fieles laicos, Dolores y Jesús Sierra Vera. Tres cuerpos, un solo martirio, un solo corazón.

Los federales creyeron tener la victoria, pero hoy, cien años después, aquí en la Catedral del Sagrado Corazón, en el centenario cristero, nosotros cantamos con Pablo, con Kolbe y con María Asunta: la muerte ha sido devorada. ¿Dónde está la victoria de Calles? No está. ¿Dónde está la victoria sobre esos tres cuerpos? Está aquí, en estas actas que van a Roma. La victoria es del Sagrado Corazón de Jesús, que nunca dejó de latir ni en Celaya, ni en la Cañada de Caracheo, ni en los corazones de los hermanos Sierra; ni siquiera cuando cerraron las puertas de esta catedral, el Sagrado Corazón. Su victoria se hizo presente también en la Cañada de Caracheo.

Por eso, hermanos, cuando celebramos al mártir de la caridad, Kolbe, que murió por un padre de familia, esta tarde celebramos a los mártires de la caridad, Dolores y Jesús, que murieron por su padre sacerdote, junto a él, formando con él esos tres cuerpos que son semilla de la Iglesia en Celaya. El mismo martirio, la misma victoria para el padre Nieves y para los hermanos Sierra. Y si el Evangelio de esta tarde cierra este día, podemos decirlo así... en el Evangelio una mujer grita: "Dichosa la mujer que te amamantó". También podemos decir: dichoso Kolbe, dichosos hermanos Sierra, dichoso padre Nieves.

Esta tarde, en el Evangelio, esta mujer que grita: "Dichoso el vientre que te llevó, los pechos que te criaron", pero Jesús les responde: "Dichosos más bien los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen". Sabemos bien que Jesús no está despreciando a su madre, la enaltece en lo más hondo; María es dichosa no solo por haber llevado a Jesús en su vientre, sino porque lo llevó primero en su corazón, escuchando y cumpliendo su palabra. Su Asunción es el premio de quien escuchó y cumplió hasta la cruz. Esta es la clave de este día entero que hemos vivido y que estamos viviendo en esta Catedral del Sagrado Corazón aquí en Celaya.

Si Kolbe fue dichoso porque escuchó la palabra —nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos— y la cumplió en Auschwitz, Dolores y Jesús Sierra Vera fueron dichosos porque escucharon la palabra: "Yo soy el buen pastor que da la vida por sus ovejas", y cuando vieron a su pastor perseguido, se quedaron con él hasta formar con él esos tres cuerpos martiriales. Escucharon la palabra de Jesús, del Sagrado Corazón, titular de nuestra catedral, de nuestra diócesis, y la cumplieron; la cumplieron hasta dar la vida, hasta derramar su sangre. Por eso, hoy en esta misa vespertina, ellos ya participan de la dicha de la Asunción.

Hijos de esta amada diócesis de Celaya, qué hermoso día en esta catedral; empezamos con el martirio de Kolbe y terminamos esta tarde con la gloriosa gloria de la Asunción. Empezamos con el corazón traspasado y terminamos con el corazón glorificado. En unos momentos, como lema episcopal, "Fiat", el mismo "Fiat" de María que escuchó y cumplió, vamos a sellar estas actas de los hermanos Dolores y Jesús. Las sellamos aquí, en la Catedral del Sagrado Corazón, en el día en que la Iglesia une a Kolbe con la mujer asunta.

Que el Sagrado Corazón de Jesús, que esta mañana dio fuerza a Kolbe y esta tarde corona a su madre, presente a estos tres mártires, fray Elías y sus dos fieles, Dolores y Jesús, en Roma y en el cielo de María. Que el arca, que los levitas de Cañada cargaron sobre sus hombros, los introduzca hoy en la tienda del cielo; y a nosotros, familia de la diócesis del Sagrado Corazón, al celebrar el centenario cristero, no solo aplaudamos a los mártires, sino que anhelemos la gloria de la tarde: escuchar la palabra y cumplirla, para que un día también nosotros seamos asuntados, llevados al cielo por el corazón de Cristo.

De corazón, hermanos, esta Eucaristía la celebramos con gozo, con dicha, y podemos hoy con mucha enjundia poder confesar, como ellos, el amor a Cristo, a la santísima Virgen María, a la Iglesia, a la familia y a su querido padre Nieves. Los invito a ponernos de pie y confesemos también con ese grito de nuestros hermanos cristeros, que ellos también lo gritaron y que también nosotros hoy, al enviar ya selladas estas cartas junto con nuestro corazón y nuestra fe, pidiendo que pronto nos volvamos a reunir en esta catedral con la alegría de tener dos beatos y podamos peregrinar de aquí a la Cañada de Caracheo, cargando esa arca entre los levitas y el pueblo de Dios.

¡Viva Cristo Rey! ¡Viva! ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva! ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva! ¡Viva Santa María de Guadalupe! ¡Viva! ¡Viva el Sagrado Corazón de Jesús! ¡Viva! ¡Vivan los mártires de la diócesis de Celaya! ¡Viva! ¡Viva nuestra amada diócesis! ¡Viva! Bueno, también a los hermanos Sierra, más discretito para que no digan que está... bueno. Pues, de verdad, es un gusto y que esta celebración nos llene de mucho, mucho gozo y de una esperanza cierta, que pronto veamos a los hermanos Sierra junto con su querido padre Nieves siendo beatos. Que así sea. #MetroNewsMx #GuanajuatoDesconocido

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