Eugenio Amézquita Velasco
-La homilía dominical del Obispo de Celaya profundiza en la universalidad de la salvación divina, recordando que el plan de amor de Dios trasciende fronteras históricas y convoca a todos los pueblos sin exclusión.
-El pasaje de la mujer cananea se analiza no como un rechazo, sino como una pedagogía divina diseñada para probar, refinar y ensanchar la confianza inquebrantable de una madre suplicante.
-Frente al conformismo espiritual contemporáneo, el testimonio de perseverancia interpela a la feligresía a asumir una fe activa, capaz de trascender la prueba y comprometerse con la evangelización.
La reflexión litúrgica presentada por la autoridad eclesiástica en el vigésimo domingo del tiempo ordinario ofrece una plataforma de análisis espiritual y teológico de suma relevancia para la comunidad católica actual. A través de la exégesis de las lecturas bíblicas, el mensaje central trasciende la mera repetición doctrinal para confrontar al creyente con la naturaleza de la gracia, la persistencia en la oración y la urgencia de anunciar el Evangelio en un mundo marcado por la indiferencia y la fragmentación social.
El recorrido doctrinal inicia con una constatación fundamental sobre la economía de la salvación. El profeta Isaías y el apóstol Pablo sirven como preámbulos para recordar que el designio divino no conoce privilegios excluyentes. Aunque la historia sagrada hunde sus raíces en la elección del pueblo de Israel, el propósito último de la revelación siempre fue constituir a ese pueblo como luz de las naciones. La cerrazón histórica de quienes pretendían monopolizar las promesas divinas encuentra su eco en actitudes contemporáneas donde la fe es asumida como un patrimonio privado o un privilegio estéril. Frente a esta tentación, la enseñanza pastoral subraya la amplitud desbordante del amor de Dios: el pastel de la salvación alcanza para todos, y la resistencia humana no anula el empeño divino de rescatar a la humanidad entera.
En el centro de esta reflexión se erige el episodio evangélico del encuentro entre Jesús y la mujer cananea en territorio gentil. La lectura de este pasaje, alejada de interpretaciones superficiales que vislumbrarían en el Maestro una actitud de desprecio, se interpreta como una magistral pedagogía de la fe. El silencio inicial de Cristo y la dura metáfora sobre el pan de los hijos y los perritos no buscan humillar, sino provocar una respuesta radical. La cananea, dotada de una humildad lúcida y de una esperanza a toda prueba, no se repliega ante el aparente rechazo ni abandona su súplica tras el primer escollo. Su persistencia a través de los diversos "rounds" de la prueba revela una convicción inquebrantable: reconoce su condición, acepta su pequeñez, pero aferra su alma a la certeza de que una sola migaja de la misericordia divina es suficiente para sanar su dolor.
Esta actitud dialoga directamente con las exigencias del caminar cristiano actual. El obispo enfatiza que la fe no es un sentimiento efímero ni un accesorio devocional, sino la llave que abre el acceso al poder de Dios. En una época donde el cansancio espiritual y el escepticismo diluyen el fervor comunitario, la figura de la mujer cananea se levanta como un modelo paradigmático de perseverancia. Aguantar la prueba, persistir en la plegaria cuando el cielo parece guardar silencio y mantenerse firme ante las adversidades son las marcas distintivas de una fe madura que no se arredra ante las dificultades, sino que las convierte en el espacio donde se manifiesta la grandeza del poder divino.
Finalmente, la dimensión eclesial de la homilía concluye con un llamado apremiante a la corresponsabilidad misionera. La salvación recibida no puede ser atesorada con egoísmo; exige ser compartida. La urgencia de llevar la Buena Nueva a los alejados, a los paganos y a quienes se muestran indiferentes ante la verdad de Cristo constituye el deber ineludible de la Iglesia doméstica. Cada celebración eucarística, entendida como el banquete donde se anticipa la plenitud del Reino, convoca al creyente no solo a comulgar el Cuerpo del Señor, sino a transformarse en portador de esa esperanza para los hermanos. Así, la reflexión dominical trasciende el templo para convertirse en un mandato de vida: vivir la fe con enjundia, perseverar en la prueba y anunciar sin descanso que la misericordia de Dios está abierta para todos los pueblos.
La transcripción de la Homilía de Mons. Víctor Alejandro Aguilar Ledesma, obispo de Celaya
Mons. Víctor Alejandro Aguilar Ledesma:
Pueden sentarse, por favor. Estimados hermanos sacerdotes, estimados fieles todos, hoy, en este vigésimo domingo del tiempo ordinario, la palabra de Dios nos invita a reconocer cómo Dios tiene un plan de salvación para todos los pueblos; una hermosa verdad que debemos aprender y que san Pablo, en una carta a Timoteo, dice: "Dios quiere que todos los hombres se salven". Todos. En otras palabras, Jesús decía: "No quiero que ninguno de los que el Padre me ha dado se pierda".
La primera lectura, el profeta Isaías, invita al pueblo de Israel a abrir su mente, porque ellos pensaban que solamente la salvación y las promesas eran para el pueblo de Israel; es decir, que el pastel era para ellos solos. Ciertamente, es el pueblo elegido; Dios eligió a Abraham, a Isaac, a Jacob; eso no podemos negarlo, es el pueblo elegido, pero él estaba puesto para ser luz de las naciones. Incluso, hoy en la oración dice: "El templo será una casa de oración para todos los pueblos".
El mismo pueblo de Israel, en Jerusalén, en el templo, también hicieron sus divisiones; está el templo, la parte para todos los judíos, y había el atrio de los gentiles. Gentil son todos los que no pertenecen al pueblo judío, incluso aquellos que estaban en la región cerca del Mediterráneo, Tiro y Sidón; todas esas eran ciudades portuarias, entonces ellos los consideraban como perritos. Aparte de ser gentiles, eran gente promiscua de los puertos, así que ellos se sentían salvados, grandes o únicos.
El salmo nos dice hoy que todos los pueblos alaben al Señor. Los mismos salmos ya invitan a que toda la humanidad alabemos y conozcamos al verdadero Dios, no que todos adoren a Dios, sino al verdadero Dios, y por eso la invitación a que haya mensajeros que vayan a todos los pueblos para que todos alaben al Señor. Fíjense, hasta los mismos hijos, cuando se tenían hijos, no se tenía solamente un hijo como un acto biológico; al tener un hijo se tenía la conciencia de que era un acto casi teológico, es decir, un hijo es un adorador de Yahvé, un adorador de Dios. Entonces, el hijo no era solamente para gastar, para que herede tus bienes, para que tengas en qué gastar el tiempo; no, el hijo era un acto de fe, alguien que iba a prolongar la adoración, la alabanza a Dios. Por eso, los papás, que transmitían la vida, se dedicaban a que esos chiquitillos, desde pequeños, se supieran la Torá; cuando ellos hacían su bar mitzvah, como su primera comunión, recitaban de memoria los textos de alabanza a Dios. El salmo dice, pues, ojalá que esto lo hicieran todos los pueblos, que todos alabaran a Dios.
San Pablo, en la segunda lectura, dice: "Miren, y para ellos que era la salvación, yo quiero provocarles celos a ver si se salvan". Pero no, sus rebeldías, están indiferentes. Ustedes saben que el pueblo judío, donde nació Jesús, el Redentor, pues muy pocos creen en él, y precisamente su rebeldía, dice san Pablo, fue la ocasión de que los que éramos rebeldes antes, conociéramos la alabanza a Dios, la adoración a Dios, conociéramos la Buena Nueva, conociéramos la salvación y fuéramos partícipes también de ese pastel. También todos estamos llamados a compartir ese pastel de salvación que alcanza para todos, porque es Dios el que quiere salvarnos. Qué hermosa expresión: Dios quiere que todos se salven. ¿Quién es el que quiere? Él. A veces nosotros somos los rebeldes que no queremos salvarnos; él está empeñado en salvarnos y salvarnos a todos, pero no nos comamos nosotros ese pastel, hay que compartirlo con los demás.
Hoy, el Evangelio nos presenta una escena singularmente interesante, porque de alguna manera Jesús anda en Tiro y Sidón, en tierra de gentiles. Se le acerca una cananea; la región de Canaán era donde estaban el dios Baal y donde estaban todas las tentaciones del pueblo judío, que decía: "No volteen para allá porque se hacen politeístas, se van a hacer laicos, se van a hacer relajados moralmente; es decir, no, con los cananeos no se metan". Ah, Jesús fue y se metió allá; obviamente que se le iba a acercar una cananea, pues andaba en esa región, pero una cananea que ya conocía de Jesús.
Jesús, en esta escena, yo quisiera llevarlos a meditar, no es que la esté rechazando en el sentido estricto de la palabra; más bien la está provocando, está provocando la fe. Y realmente fueron momentos difíciles, porque primero ella le habla a Jesús: "Jesús, hijo de David, ten compasión de mí, tengo una hija enferma", y Jesús ni caso le hizo; como dice la canción, pasaste a mi lado con tanta indiferencia. Primer round.
Segundo round: los apóstoles interceden por ella, porque yo creo que ya los había enfadado de ir tanto grite y grite; los apóstoles interceden ante Jesús: "Jesús, atiéndela", porque ya nos enfadaron, porque ya nos cansó, porque ahí viene molestando, porque viene dando lata. Y Jesús le dice a sus apóstoles: "Miren, yo no he sido enviado sino a las ovejas descarriadas de Israel". Recuerden que la salvación es para ustedes, no para estos que no saben. Ustedes eso quizás también lo hacían para ver si les abría también la cabeza, porque también eran duros de cabeza los apóstoles, no crean que el Señor agarró puros letrados de Harvard, no, eran fichitas todos los apóstoles. Y también ahí el Señor... pues ya tuvieron que decirle a la mujer cananea: "¿Sabes qué? Pues no sirvió la intercesión", ahí nos mandó con las teclas destempladas también a los pobres apóstoles. Pero no se rindió, fue y se le patentó ahí enfrente, se postra ante él y le dice: "Señor, ayúdame".
Y Jesús vuelve a sacar el tema de esa idea que tenían los judíos, que la salvación solo era para ellos, y se lo dice en una comparación entre dura y ridícula, pero también muy histórica, porque así les decían: "Mira, no está bueno dar el pan de los hijos a los perritos". O sea, los milagros, la obra mía de salvación, es para los judíos. ¿Qué quieren? Ustedes hubieran aguantado todos esos rounds, ya no es cierto, ya se hubieran ido luego, luego; por eso me voy, ay, yo no... Esta aguantó uno, dos, y faltó un tercero. Ese tercero, pues estaba la cosa difícil. Pero fíjense qué astucia también de la mujer cananea, usa el mismo argumento de Jesús: es verdad, es verdad, eso es verdad, de que tú eres judío, que la salvación es para los judíos, que el pueblo judío es el pueblo elegido. Está bien, yo no te quiero quitar nada de eso, yo lo que sé es que tú eres el Mesías, que tú eres el hijo de David, que tú eres el que ha venido a salvarnos, y yo lo que te pido es una migaja para este perrito; sí, soy un perrito, pero dame una migaja. De todas maneras, siempre come uno pan, se desmorona, y alguna morona pues cae al suelo, y todos los perrillos, cuando eran perros de verdad, no los perros que tienen ustedes que comen croquetas y comen pura cosa fina, ya comen mejor que nosotros, pero esos perrillos, cuando eran perros, pues sí se comían las moronas, que todo lo que sobraba de los alimentos. ¿Qué le dice la cananea? "Yo nomás te estoy pidiendo una morona, una morona de tu misericordia, de tu amor, de tu poder".
Y Jesús, dice el Evangelio, tuvo que reconocer la fe de aquella mujer y le dice: "Mujer, qué grande es tu fe". No nada más que tienes tantita fe, ¡qué grande es tu fe! Pues hermanos, todos estamos llamados a vivir de la salvación que Dios nos ofrece, pero hay que vivirla en la fe, y no cualquier fe, sino la fe como esta cananea. Y aunque a veces nos diga: "Señor, pues es un perrito", hay que insistirle: "Señor, acuérdate de mí, ayúdame, ayúdame". Pero aguanta un round, a veces dos, a veces tres; ya aguantó tres, alguno de ustedes puede aguantar cuatro, pero hay que... cuando el Señor nos provoca, ¿por qué? Porque la fe es la llave que nos da acceso al poder de Dios. Dios quiere, ¿quién sabe?, pero que puede, yo sí sé, yo sé que puedes; no sé si quieras. La fe es la que nos da el acceso para que Dios quiera y con su poder nos conceda lo que pedimos, los milagros. De ahí la invitación a que todo el mundo, a que todos vivamos de la fe, vivamos en la fe, pero una fe grande como esta mujer cananea.
Pues hermanos, que al aceptar en la fe el plan de salvación de Dios que ha llegado a nosotros, y que nosotros tenemos que difundirla a todos, ¿a quién?, a todos, a paganos, a gentiles, a todos tenemos que llegar el Evangelio y provocar en ellos la fe. No que cada quien siga como está, que haga las cosas como quiera, al cabo cada quien, todos se van a salvar; se van a salvar si aceptan a Jesucristo. El que crea en él se salvará, el que se resista, el que es rebelde a creer, pues se condenará. Por eso la urgencia de llevar el Evangelio, de llevar a los que no han aceptado a Cristo en su vida, llevarlos a este mundo, a que coman también de este pastel y se sientan felices en la fiesta de la salvación. Y nosotros lo experimentamos cada domingo en la Eucaristía; el Señor nos invita a compartir su salvación, aceptar a Cristo en nuestro corazón, comulgarlo, llevarlo a los hermanos que están fuera para invitarlos también al banquete de la salvación. Que así sea. #MetroNewsMx #GuanajuatoDesconocido


