Eugenio Amézquita Velasco
APASEO EL GRANDE, Gto.- En el marco de la celebración por el 501 aniversario de la llegada del Evangelio y la fundación de Apaseo el Grande, el Nuncio Apostólico en México, Mons. Joseph Spiteri, presidió una solemne Eucaristía, haciendo un llamado a la responsabilidad social y a la construcción de una "paz dinámica" basada en el diálogo y la humildad.
La ceremonia contó con la presencia de destacadas figuras eclesiásticas, entre ellos el Cardenal Alberto Suárez Inda, Arzobispo emérito de Morelia; Mons. Víctor Alejandro Aguilar Ledesma, Obispo de Celaya; y el párroco de la comunidad, Pbro. Daniel Huerta Ibáñez, además de diversos sacerdotes concelebrantes.
Responsabilidad y tejido social
Durante su homilía, el representante del Vaticano destacó la historia de la comunidad como un ejemplo de superación ante la adversidad. Recordó que los asentamientos originales fueron reconstruidos repetidamente gracias a la constancia de sus habitantes, exhortando a los fieles a no ser espectadores, sino "protagonistas" en la construcción de su propia historia.
Mons. Spiteri enfatizó que la paz no debe entenderse como un simple silencio o la ausencia de conflicto, sino como el resultado de un compromiso activo. En sus palabras, la paz es un "don de Dios" que debe hacerse realidad a través del trabajo conjunto y el respeto a la dignidad humana.
Para alcanzar una convivencia armónica en una sociedad que reconoció como amenazada por la violencia, el Nuncio enumeró tres condiciones fundamentales basadas en la figura de San Juan Bautista:
-Corazón humilde: Identificó el orgullo como la raíz de los conflictos familiares y sociales.
-Desarme del lenguaje: Instó a cuidar la expresión verbal como reflejo del corazón, evitando el daño gratuito hacia el prójimo.
-Diálogo auténtico: Propuso el respeto recíproco y la escucha como los únicos medios para reconocer las necesidades reales de la comunidad y salvaguardar los derechos fundamentales, incluyendo la libertad de conciencia y expresión.
La familia como núcleo
Finalmente, el Nuncio Apostólico subrayó el rol de la familia, citando el entorno de San Juan Bautista como modelo de formación en valores. Resaltó que es en el hogar donde se aprende la justicia, la solidaridad, el valor del trabajo honesto y la compasión hacia los más vulnerables.
La celebración concluyó con una oración por la comunidad, pidiendo por la intercesión de San Juan Bautista y de la Virgen María —bajo la advocación de la Inmaculada Concepción— para fortalecer la participación ciudadana en el desarrollo y la prosperidad de Apaseo el Grande.
La transcripción de la homilía de Mons. Joseph Spiteri, Nuncio Apostólico
Estimadas hermanas, estimados hermanos: dar gracias a Dios por el don de la vida es siempre una bendición, una bendición para nosotros, una bendición personal y también comunitaria para todos nosotros como sociedad. ¿Por qué? Porque reconocemos en nuestra acción de gracias, como la que estamos viviendo hoy por los 500 años de evangelización y de la fundación de Apaseo el Grande, que hay alguien, reconocemos que hay alguien, que es nuestro Padre Dios, que nunca nos abandona.
A pesar de todos los problemas que podemos enfrentar en nuestra vida, de todos los desafíos que encontramos, Dios, nuestro Padre, nos quiere con amor infinito y esta es la más grande bendición que podemos recibir, porque es una bendición que nos fortalece, nos fortalece en medio de las dificultades y nos recuerda, como dice la primera lectura de hoy, que desde el seno materno Dios nos ha elegido, nos conoce personalmente y, más importante, nos ama, nos quiere; y, además, cada persona tiene una misión en la vida.
Eso es también lo que recordamos al dar gracias a Dios: nuestra misión, la misión que cada uno y cada una de nosotros ha recibido. A veces no reconocemos esta misión que Dios nos ha confiado y vamos vagando ahí, errando por caminos equivocados y hiriendo a los demás y a nosotros mismos. Pues, San Juan Bautista nos invita a reconocer el amor de Dios en nuestro corazón, siempre presente en nuestro corazón; nos invita a renovar constantemente nuestra vida, a convertirnos, a pedir el perdón de Dios, a encontrar a través de la misericordia del Señor la capacidad de renovarnos cada día.
La segunda lectura de los Hechos de los Apóstoles, en la predicación de Pablo, nos ha recordado que Juan predicaba un bautismo de conversión. Esto es lo que necesitamos también nosotros, porque siempre hay cosas que podemos cambiar en nuestra vida en el sentido de mejorar nuestras acciones, mejorar nuestra relación con Dios, mejorar nuestra relación con nuestros hermanos y hermanas; y por eso necesitamos reconocer la gracia de Dios en nuestro corazón, que Dios está siempre con nosotros.
El Papa, en varias ocasiones, nos ha recordado que cada uno de nosotros es un protagonista de la vida, del camino de la vida, de la construcción de una sociedad mejor; y como protagonistas, entonces, somos también responsables. Cada uno de nosotros debe sentirse responsable de la historia, de cómo está construyendo la historia de su vida personal y también la historia de su comunidad, la historia de su familia, de las asociaciones a las cuales pertenece, de la sociedad civil donde uno está viviendo.
La historia de Apaseo nos enseña, además, la importancia del trabajo personal y comunitario. El primer asentamiento fue destruido varias veces, como sabemos; sin embargo, fue reconstruido gracias al valor y a la constancia de aquellos que deseaban y querían formar una nueva vida para su comunidad. Querían vivir en paz, trabajar estas tierras fértiles, desarrollando nuevas posibilidades sociales basados sobre la paz, lo que podemos llamar la comunión, la fraternidad social.
Todos, todos deseamos vivir en paz, todos queremos este don de la paz, pero olvidamos muchas veces que la paz es un don de Dios y que debemos, y estamos invitados a hacer la realidad en nuestra vida y en nuestra sociedad, pero trabajando juntos, porque hay condiciones para construir una verdadera paz. No queremos la paz de los cementerios, no queremos la paz de un silencio donde todos estén callados; queremos una paz dinámica, donde cada persona se siente protagonista, llevando y ofreciendo su trabajo, su empeño, sus dones. Y una primera condición para construir la paz, y que nos enseña también nuestro gran santo San Juan Bautista, es que hace falta un corazón humilde.
San Juan, como ya decimos, bautizaba, presentaba un bautismo de penitencia de la conversión. Él vivía con humildad; sabemos cómo dejó todo para estar totalmente al servicio de la palabra de Dios, de su misión de preparar el camino al Salvador. El orgullo, que muchas veces nace en nuestro corazón, sabemos que está siempre en la raíz de todos los conflictos, desde los conflictos que podemos tener dentro de nuestras familias, en nuestros hogares —cuando cada uno de nosotros piensa y dice, proclama: "Aquí mando yo"—, hasta los conflictos en nuestras comunidades civiles y los conflictos internacionales también. Sabemos cuántas guerras, o a lo mejor ni siquiera nos recordamos de cuántas guerras hay en el mundo, porque muchas de estas guerras están olvidadas, como muchos conflictos civiles en tantos países, también en nuestro querido México, muchas veces están totalmente olvidados. Por eso necesitamos mucha humildad para vencer el orgullo.
Y así llegamos al segundo punto, que con humildad necesitamos, como dice el Santo Padre, desarmar el corazón y nuestro lenguaje. El lenguaje es la expresión del corazón, pero muchas veces nuestro lenguaje y nuestras palabras hieren inútilmente y causan conflictos inútiles al no respetar la dignidad de nuestros hermanos y de nuestras hermanas. Y el tercer punto es que, gracias a este empeño de desarmar el corazón y el lenguaje, logremos establecer un diálogo auténtico y seamos capaces de escuchar con respeto recíproco los unos a los otros, porque gracias al diálogo reconoceremos también las necesidades reales de nuestros hermanos y hermanas y podemos descubrir y respetar la dignidad de cada persona, respetar la libertad de conciencia, la libertad religiosa, la libertad de expresión de cada persona, y así lograremos ser también nosotros artesanos de paz, artesanos que se implican directamente en la construcción de la paz desde nuestros hogares.
Podemos recordar hoy la importancia de la familia, que nos enseña también San Juan Bautista, porque él nació en una familia: su padre Zacarías, su madre Isabel; él ahí aprendió ante todo cómo amar a Dios y cómo respetar la ley de Dios. La familia es el núcleo fundamental de cada sociedad; es donde aprendemos los valores de respeto de la dignidad de cada persona, el respeto de la justicia, del trabajar juntos a favor del bien común. En la familia buscamos ayudarnos los unos a los otros, los más fuertes a los más débiles, y este debe ser también el modo de vivir dentro de nuestras comunidades. En la familia se aprende la dignidad del trabajo y se evita la equivocación del dinero fácil; se aprende el valor de la solidaridad, de la compasión, de acompañar a quien se encuentra solo o atraviesa momentos de crisis, de fragilidad humana, de dolor. En la familia aprendemos también cómo recibir la vida con amor, cuidando de cada persona que es nuestro prójimo, que es nuestra hermana o hermano, y ahí también aprendemos cómo perdonarnos los unos a los otros para seguir caminando juntos.
Queridos hermanos y hermanas, son todos estos valores que estamos celebrando hoy al dar gracias a Dios por estos primeros 500 años de Apaseo, de esta comunidad que superó tantas pruebas y que sigue superándose. Y estamos celebrando este acontecimiento con gozo y con un corazón agradecido. Pedimos a Dios, por la intercesión de San Juan Bautista, que seamos entonces nosotros todos, cada uno y todos juntos, los que van indicando el Cordero de Dios, los que van dando testimonio de la misericordia del Señor en medio de nuestra sociedad, en medio de una sociedad muchas veces amenazada por la violencia.
Que seamos nosotros, como Juan el Bautista, los que proclaman la verdad, pero que es la verdad del amor, de la misericordia y del perdón de Dios. Queremos pedir esta gracia también por la intercesión de María, la santísima Madre de Dios y Madre nuestra, que ustedes veneran aquí en el misterio de su Inmaculada Concepción, con la Purísima, pedir por su intercesión y la intercesión de San Juan Bautista la fuerza necesaria para seguir construyendo juntos esta ciudad de Apaseo con la participación de todos. Que cada ciudadano y ciudadana se sientan siempre protagonistas de esta aventura para gloria de Dios y para el bien de toda nuestra querida comunidad. Y que así sea. #MetroNewsMx #GuanajuatoDesconocido


