La vida, como la piñata... "le das y le das, y si no le diste a la piñata dicen: Y tu tiempo se acabó": Sr. Obispo de Celaya

Guanajuato Desconocido
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Eugenio Amézquita Velasco

-El obispo señaló que el corazón humano está hecho exclusivamente para Dios y solo en Él hallará su verdadera felicidad y descanso.
-Advirtió que confiar ciegamente en personas o bienes materiales genera profundas desilusiones, ya que los seres humanos son falibles.
-Destacó que el rey Salomón pidió un corazón sabio en lugar de riquezas, priorizando la sabiduría divina sobre las expectativas humanas.
-Exhortó a los padres a priorizar la evangelización y la educación en la fe sobre el materialismo para guiar correctamente a sus hijos.
-Señaló que las ideologías contemporáneas y las adicciones desvían a la juventud, instando a distinguir lo valioso de las baratijas.
-Recordó que el tiempo es un recurso no renovable, urgiendo a los fieles a no postergar decisiones vitales ni caer en la inercia.
-Llamó a romper la monotonía diaria y extraer la novedad del tesoro interior para servir activamente a Dios y a los semejantes.

En su mensaje litúrgico correspondiente a la homilía dominical, -en que se celebra Santa Ana y San Joaquín, los abuelitos de Cristo- Mons. Víctor Alejandro Aguilar Ledesma, obispo de la diócesis, dirigió una reflexión centrada en la búsqueda humana de la felicidad, la desilusión provocada por las expectativas terrenales y la necesidad de priorizar la formación en la fe por encima del materialismo y las ideologías contemporáneas.

Durante la reflexión, el obispo de Celaya citó a San Agustín al señalar que «el corazón está hecho para Dios y solo en Él encontrará descanso». Asimismo, expuso que las personas suelen depositar su expectativa de plenitud en relaciones afectivas o en la maternidad/paternidad, lo cual con frecuencia deriva en desilusiones al tratarse de seres falibles. En este contexto, invocó la cita bíblica: «Dichoso el hombre que confía en el Señor, maldito el hombre que confía en el hombre».

De igual forma, criticó la acumulación de bienes materiales —como la búsqueda constante de un millón de pesos o inmuebles— como una falsa vía para conseguir la estabilidad emocional o espiritual.

La sabiduría de Salomón frente al utilitarismo

Analizando las lecturas bíblicas de la jornada, Aguilar Ledesma recordó la pasaje del Antiguo Testamento en el que Dios se aparece en sueños al rey Salomón para concederle lo que pidiere. El prelado contrastó las peticiones humanas habituales —salud, dinero o soluciones inmediatas— con la elección de Salomón, quien solicitó «un corazón sabio, sensato y prudente» para saber cómo vivir, qué decir y qué omitir.

El obispo subrayó que, como respuesta a no haber pedido riqueza ni la destrucción de sus enemigos, Dios le otorgó a Salomón tanto la sabiduría pedida como las añadiduras no solicitadas, en congruencia con la máxima evangélica de «buscar primero el reino de Dios».

Educación en la fe contra ideologías y consumismo

Tomando las parábolas evangélicas del tesoro escondido, la perla preciosa y la red de pesca, Mons. Aguilar Ledesma dirigió un mensaje explícito a los padres de familia:

«Lo más importante no es solo darles educación o bienes para que 'no sufran como uno sufrió', sino evangelizarlos. Lo que el corazón de un hijo necesita es formación en la fe para saber discernir el valor real de las cosas».

Para ilustrar el riesgo del materialismo en los jóvenes, el obispo utilizó analogías sobre la preferencia de bienes efímeros —como un teléfono inteligente sobre la formación académica— y advirtió sobre los riesgos del uso de drogas y la adopción de ideologías que, según sus palabras, «carcomen a la juventud».

El tiempo como recurso no renovable y la novedad constante

En el tramo final de la argumentación, el prelado instó a la comunidad a tomar decisiones con sentido de urgencia, al definir el tiempo como un «recurso no renovable». Rechazó las doctrinas sobre la transmigración de las almas o el eterno retorno, calificándolas de ilusiones, y recordó que la libertad o libre albedrío implica la responsabilidad individual de elegir entre el bien o el daño personal y social.

Finalmente, aludiendo a la figura del «escriba instruido que saca de su tesoro lo nuevo y lo antiguo», Aguilar Ledesma exhortó a los fieles a romper la rutina diaria, evitar la monotonía y asumir los compromisos cotidianos en el «aquí y el ahora», adaptando el mensaje de fe a las circunstancias actuales de cada individuo.



La transcripción de la homilía de Mons. Víctor Alejandro Aguilar Ledesma

Mons. Víctor Alejandro Aguilar Ledesma:
Estimados hermanos en el Señor Jesús, en este domingo la palabra del Señor nos invita a que podamos reconocer cómo nuestro corazón está hecho para Dios y solamente en Dios encontrará su felicidad y su descanso. Ya decía San Agustín: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en ti». Nosotros, los seres humanos en esta vida, siempre andamos buscando esa felicidad, y pensamos que esa felicidad está el día en que encuentres tu media naranja, cuando le dices: «Mi vida, mi amor, mi bombón, mi tesoro», o cuando van a tener un hijo y piensan que ahí va a estar la felicidad. Pero claro que después de esa ilusión también viene la desilusión. Pensamos que está en una persona, y pues las personas desilusionan. 

Por eso dice la Palabra de Dios: «Dichoso el hombre que confía en el Señor, maldito el hombre que confía en el hombre», porque los seres humanos podemos fallar y vamos a fallar. No podemos poner toda nuestra confianza ahí; son seres falibles, no son infalibles, fallan. Igual ocurre con los hijos: piensas que vas a tener un hijo que te va a cuidar, que te va a querer y que va a ver por ti cuando ya estés grande; sin embargo, del tamaño de la ilusión es también la desilusión.

A veces pensamos que la felicidad está en los bienes materiales: «Cuando yo tenga un millón de pesos, ahora sí voy a ser feliz», o dos millones, o cinco millones... y los tienes y sigues igual; quieres más. Pensamos: «Cuando tenga una casa, cuando tenga...», y siempre vamos ansiando algo en lo que esperamos encontrar esa felicidad. Hoy el Señor, en la primera lectura, se le aparece en sueños a Salomón y le dice una frase que recuerda a cuando soñamos con la lámpara de Aladino, donde sale un genio y te dice: «Pídeme tres deseos». 

Todos estamos pensando en que nos salga un Aladino, pero fíjense: hoy a Salomón el Señor en sueños le dice: «Salomón, pídeme lo que quieras». ¡Qué barbaridad! ¿Cuántos no quisiéramos un sueño de esos? ¿Y qué pedirías tú? «Ay, pues salud, tener dinero para la medicina, que mi hijo deje de hacer esto, que mi hija volviera a hacer aquello...». O sea, puras expectativas muy humanas, pero no pedimos lo esencial, lo verdaderamente importante en la vida. Salomón le dice: «Señor, dame un corazón sabio, dame sabiduría».

La sabiduría, hermanos, no consiste en saber muchas cosas ni en ser una persona erudita y culta. La sabiduría es un don de Dios que nos ayuda a saber vivir, a entender quién soy, qué debo hacer en esta vida y a dónde debo ir: «Dame, Señor, un corazón sabio, sensato y prudente. ¿Qué es lo que tengo que hacer y qué es lo que no tengo que hacer? ¿Qué es lo que tengo que decir y qué es lo que no tengo que decir? Dame, Señor, sabiduría». Y fíjense: después de que pide sabiduría, el Señor le dice: «Por haberme pedido sabiduría, un corazón sabio, sensato y prudente, y no haberme pedido riquezas, ni una larga vida, ni tampoco que acabara con tus enemigos, te voy a conceder lo que me pediste y además lo que no me has pedido». 

Eso nos suena a aquella frase de Jesús: «Busquen primero el reino de Dios y su justicia, y lo demás se les dará por añadidura». Pero nosotros buscamos primero las añadiduras y buscamos después el reino de Dios. Por eso hoy el Evangelio nos invita a que el reino de Dios sea para nosotros como un tesoro por el cual vale la pena vender todo y comprar ese terreno donde se encuentra enterrado, para ir a buscarlo y sacarlo porque has encontrado algo muy valioso.

Así es el hombre cuando encuentra a Dios en su vida. San Francisco decía: «Mi Dios y mi todo». Ya encontraste todo lo que necesitabas: solo Dios basta, como decía Santa Teresa. San Francisco diría: «Yo para vivir necesito pocas cosas, y cada día las necesito menos», porque encontró al Señor. También dice Jesús que el Reino se parece a una perla. Alguien que conoce de joyas sabe cuál es la joyería de fantasía y cuál es la que sí vale, cuáles son las perlas naturales de mar y cuáles son las que han creado artificialmente. 

Por eso, un comerciante en perlas finas sabe dónde está el mayor valor y vende todas las baratijas que tiene para comprar aquella de mayor valor. Decía el Papa Benedicto XVI que cuando encuentras a Cristo, encuentras el sentido de tu vida. Papá, mamá: ¿qué es lo que debes darle a tu hijo? ¿Qué es lo más importante? ¿Educación? ¿Una casa para que no sufra como tú sufriste? No: evangelízalo, dale esa perla preciosa, no lo llenes de baratijas. Lo que su corazón necesita es educación en la fe, es encontrar esa perla preciosa que es el Señor, porque dándole eso le das las herramientas para que pueda vivir y entender todo lo demás.

Entonces sí sabrá qué es una cosa y qué no lo es, qué es lo más importante y qué no lo es en la vida. Tendrá un corazón como Salomón, sabio y prudente, y sabrá vivir en la vida; no se dejará llevar por las ideologías que hoy carcomen a la juventud, no se dejará llevar por las drogas. ¿Por qué? Porque sabe qué es lo importante y qué son baratijas en la vida. Imagínense un joven que dijera como el salmo: «Señor, tus mandamientos valen más que mil monedas de oro y de plata». 

Si uno le pusiera a un gatito enfrente un poco de Whiskas y a un lado de las Whiskas le pusieras un millón de pesos, ¿qué escogería el gato? Las Whiskas, perfectamente. Así pasa con un chiquitillo que no conoce el reino de Dios: aunque le pongas algo tan valioso, se va a ir por las Whiskas. Si a un muchacho le dices: «¿Qué es más importante, que te paguen una colegiatura, un diplomado o un nuevo celular iPhone?», ¿qué elegiría? Un celular. Necesitamos un corazón que descubra la perla preciosa en medio de las baratijas.

Dice el Señor: «Miren, el reino de Dios es también como una red». El Señor nos ha captado a todos con su amor y su misericordia. Aquí estamos todos, es una red; pero en esa red entran peces buenos y peces malos. Dios agarró de todo y nos agarró a todos, pero ahora estamos en la posibilidad de ser peces buenos o peces malos, de elegir bien, saber discernir bien y saber escoger lo que me hace bien y lo que me hace daño. ¿Qué es lo que debo hacer y qué es lo que no debo hacer para ser un pez bueno o un pez malo? 

Ese libre albedrío, esa libertad que Dios nos dio, esa posibilidad de elección, es realmente nuestra gloria, pero también nuestra tragedia, porque así como puedo elegir tomarme un vaso de leche, puedo tomarme cianuro. Alguien puede decidir servir a sus hermanos o puede decidir suicidarse; alguien puede decidir formar un matrimonio feliz y tener unos hijos felices, o ser un matrimonio disfuncional con heridas, traiciones y tantas cosas. Podemos dedicar nuestro tiempo para servir al Señor y a los hermanos, o dedicar el tiempo para perderlo miserablemente en la vagancia y en las drogas.

Al final del tiempo, dice la Escritura, los ángeles de Dios separarán los peces buenos de los malos. Como en la piñata, cuando te ponen el suéter o el trapo para taparte los ojos y le das y le das, pero si no le diste a la piñata te dicen: «Tu tiempo se acabó». Llega un momento en nuestra vida en el que tu tiempo se acabó. El tiempo es un recurso no renovable. Así como ustedes me ven aquí, los chiquitillos dicen: «Ay, padre, pues ya está bien grande usted». Pues también fui chiquitillo, también fui monaguillo; el tiempo se va agotando. 

Cuando uno cumple años hay un año más, o bueno, un año menos, o un año más cerca de nuestro Señor, pero es un tiempo que se va agotando. A los abuelitos que ya tienen 80 o 90 años, pues también es tiempo de que ya decidan bien, se agota el tiempo. Una vez a un abuelito de 90 años le dije: «Oiga, señor, pues ya confiésese, arregle su vida, ya es tiempo». Se queda pensando el abuelito y me dice: «Padre, más adelante, más adelante». ¡Ya está en el hoyo, hermano, ya! Hay cosas para las que ya es el tiempo, no puedes postergar las cosas al infinito.

Eso de la transmigración de las almas y el eterno retorno son ilusiones para aquellos que piensan que van a vivir eternamente. El tiempo se acaba; simplemente tu ser singular y particular deja de estar. Finalmente dice el Señor en esa sentencia tan hermosa que hay que ser como ese padre de familia, como un escriba instruido que saca de su tesoro lo nuevo y lo antiguo: lo que Dios te dice hoy y lo que te dijo ayer. 

¿Qué es lo que te pide hoy en tus circunstancias de vida? A lo mejor antes me pidió unas cosas cuando yo era hijo, cuando fui hermano o cuando tuve a mis padres. El Señor me pidió cosas en su tiempo; eso es algo viejo, ya lo hice. Pero hoy me pide algo nuevo: ya no soy el hermano, ya no soy el hijo porque ya no tengo a mis padres. Hoy me pide los compromisos de ser obispo, de ser padre, de estar al pendiente de ustedes; eso es nuevo. Dios siempre nos dice: «Hoy, en este día, ¿qué es lo que necesitas hacer?».

Hay quienes dicen, como los tradicionalistas: «Es que en la Iglesia no puedes...». Es ahora, en el aquí y el ahora. ¿Qué te pide el Señor que hagas? Saca esa novedad, saca eso nuevo del tesoro que Dios ha puesto en tu corazón para ofrecerlo a Dios y a los demás. Siempre hay algo nuevo que ofrecer. A veces la gente pregunta: «¿Qué hay de nuevo? ¿Qué hay de nuevo?». «Nada». 

¿Cómo no va a haber nada nuevo? El día es nuevo, es una nueva oportunidad. ¿Cómo que no hay nada nuevo? ¡Está vivo! Si fuera yo, ya me habría espabilado hace tiempo. ¿Qué va a hacer hoy? «Voy a hacer esto, voy a hacer lo otro...». Eso es lo nuevo. Saca eso nuevo que vas a hacer hoy, no hagas lo mismo de siempre. Hoy, ¿qué vas a hacer de nuevo? «Ah, pues ahora me voy a bañar dos veces». ¡Bendito Dios! «Ahora voy a ir a ver a un enfermo». Algo nuevo.

Saca cosas nuevas a diario de tu vida. No entres en la rutina, la monotonía, el cansancio ni el fastidio de la vida. Hay cosas antiguas que hay que recordar y agradecer a Dios, pero hay cosas nuevas que hay que sacar de nuestro baúl. Abre ese baúl, abre ese corazón, abre esa conciencia, abre tu inteligencia y saca cosas nuevas. Vístete de manera diferente, búscate otra camisa de otro color, busca otro tipo de zapato, algo nuevo. No seas siempre la misma con lo mismo. Ponte otro perfumito, cámbiale. «Es que este me gusta mucho a mí». Sí, pero a mí no, ya búscate otro. Hermanos, la novedad de cada día nos la da Dios, que es eternamente joven. Él es el mismo de antes, sí, pero Cristo es ayer, hoy y siempre. El que encuentra al Señor Jesús encuentra el tesoro, esa perla, ese corazón sabio y prudente que te lleva a ser bueno y a sacar lo bueno todos los días para los demás. Que así sea. #MetroNewsMx #GuanajuatoDesconocido

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