Eugenio Amézquita Velasco
Durante la celebración de la Santa Misa de Dominical, el presbítero Manuel Rangel Magaña, rector del Templo de Nuestra Señora de San Juan de los Lagos, centró su homilía en un análisis sobre la naturaleza del poder, la búsqueda de la riqueza material y la necesidad de priorizar los bienes espirituales, tomando como referencia pasajes bíblicos y relatos ejemplificativos.
El párroco inició su alocución recordando el pasaje del Primer Libro de los Reyes referente a la transición del trono de Israel tras la muerte del rey David. Detalló que cuando Dios ofreció a Salomón concederle lo que deseara, el nuevo monarca no solicitó riquezas ni el dominio sobre sus enemigos, sino un corazón sabio para gobernar a su pueblo. De acuerdo con lo expuesto por Rangel Magaña, dicha petición agradó a la Divinidad, por lo que además de la sabiduría le fueron concedidas riquezas y renombre internacional.
Posteriormente, al retomar la figura histórica de Salomón, Rangel Magaña señaló que la búsqueda del poder es una constante social desde la antigüedad, tanto en la esfera pública como en la organización de grupos. El presbítero contrapuso el ejercicio del mando basado únicamente en la emisión de órdenes frente a la capacidad de escucha hacia los dirigidos.
Asimismo, sostuvo que el poder puede propiciar actitudes de venganza y pérdida de piso. Respecto al desenlace de Salomón, expuso que la fama condujo a su desviación moral y a la adopción de religiones ajenas al final de su vida, lo cual derivó en que fuera abandonado por Dios.
En un segundo bloque temático, el sacerdote abordó el texto evangélico de la parábola del tesoro escondido, señalando que en el ámbito cristiano dicho tesoro representa a la figura de Jesús. Rangel Magaña aclaró que la adhesión a este concepto no implica necesariamente la venta de los bienes materiales propios, sino la adquisición de bienes espirituales y la disposición al sacrificio personal. Como ejemplo histórico de renuncia económica, citó la biografía de San Antonio Abad, de quien mencionó que vendió sus pertenencias, encomendó a su hermana menor y vivió de la mendicidad compartida con los necesitados.
En la parte final del sermón, el párroco expuso consideraciones sobre la relación entre el patrimonio económico y la felicidad individual. Sostuvo que la acumulación de riqueza material no garantiza la tranquilidad personal y criticó la tendencia a juzgar o especular sobre el origen del patrimonio ajeno, mencionando en particular las sospechas infundadas sobre negocios ilícitos como el tráfico de drogas.
Para ilustrar este punto, narró la historia de un joven que buscaba aprender a ser feliz y acudió con un hombre acaudalado que vivía en una residencia resguardada por guardias. Según el relato expuesto por el presbítero, el propietario poseía bienes de lujo como un piano y banquetes, pero padecía enfermedades que le impedían comer, sufría de insomnio y vivía con temor a ser envenenado por sus propios hijos, quienes esperaban su herencia.
Con base en dicho relato y en la figura de San Francisco de Asís —quien provino de una familia noble y terminó pidiendo limosna—, el padre Rangel concluyó afirmando que la estabilidad económica media bien administrada permite un correcto uso del tiempo y el disfrute de la vida, mientras que la verdadera felicidad requiere de la renuncia a ciertas comodidades y de la disposición a compartir los recursos con la comunidad. Al término de estas reflexiones, solicitó a los feligreses ponerse de pie para continuar con el rito litúrgico.
La transcripción de la homilía del Padre Manuel Rangel Magaña
Padre Manuel Rangel Magaña:
Acabamos de escuchar en la primera lectura que a Salomón, hijo del rey David, le toca gobernar muerto su padre; él hereda el reino de Israel. Un día le pregunta el Señor a Salomón: «Salomón, pídeme lo que quieras y te lo concederé». Salomón le dice: «Señor, estoy al frente de un pueblo grande y, como dirán en otra ocasión, a veces muy rebelde, muy difícil; por eso quiero que me des sabiduría del corazón».
A Dios le agradó que no le pidiera riquezas, ni el dominio sobre sus enemigos, ni tantas cosas que se pueden pedir. Y por eso pide esa sabiduría del corazón. Y le dice: «Por eso te voy a dar también riquezas, por eso te voy a dar también tantas otras cosas». Ninguno de los reyes jóvenes nunca había pedido sabiduría.
Diríamos que todo el mundo desde aquellos tiempos lucha por el poder; queremos poder, queremos mandar, queremos estar al frente de alguien. Lo ven a veces al frente de los grupos, pero a veces existe esa sabiduría para comprenderlos y un corazón fuerte y noble para también saber escucharlos. Porque a veces los que mandamos nada más ordenamos, pero nunca sabemos escuchar a los demás para que expongan sus problemas y qué es lo que quieren también.
Por eso el Señor le da riquezas a Salomón; va a ser el hombre más sabio y más rico. Empezarán a venir de otros reinos a comprobar la sabiduría de él. Una de las cosas es que a veces el poder nos marea, nos pierde. A veces el poder nos sirve para decir: «Ahora sí me voy a vengar de estos, ahora sí van a ver lo que es exigir, lo que es esto». Y por eso se tiene también tanta sabiduría para poder manejar las cosas.
Salomón fue muy famoso, pero la fama lo perdió. Al final de su vida se desvió, conoció otras mujeres, lo hicieron creer en sus dioses y entonces el Señor lo abandonó. Eso pasa cuando nosotros también abandonamos al Señor. El Evangelio nos habla de un hombre que encontró un tesoro y lo volvió a tapar; fue y vendió todo lo que tenía para comprar el campo, y el dueño del campo tuvo derecho al tesoro.
Y les digo: ese tesoro es Jesús. A veces lo encontramos, pero quisiéramos encontrar siempre que nos vaya muy bien, que todo salga, que no tengamos enfermedades ni desgracias. Pero no, el mismo Jesús lo va a decir: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a todo lo que tiene, tome su cruz y me siga». Acuérdense de aquel muchacho que llegó un día ahí ante Jesús, se arrodilló y le dijo: «Maestro bueno, ¿qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?».
«Si quieres alcanzar la vida eterna, cumple los mandamientos». Y a aquel joven le pensó; renunciar a sus bienes le costó trabajo, y por eso dio media vuelta y se fue triste. Jesús es ese tesoro por el que hay que, en este caso no digo yo vender nuestros bienes, sino adquirir bienes espirituales que son tan necesarios. No nada más bienes materiales, sino bienes espirituales que sean los que nos ayuden a sacrificar un poquito muchas de estas cosas.
Hay quienes han renunciado. Lean la vida de San Antonio Abad; a mí me gusta mucho este santo que lo celebramos creo que en enero, por ahí. Un día él escuchó la palabra de Dios: «Si quieres venir detrás de mí, vende lo que tienes». Pues vendió; tenía una hermanita chica todavía en alguna parte, para que alguien se hiciera cargo de ella, y acabó pidiendo limosna, de lo cual comía y de lo cual también hacía partícipes a los que tenían más necesidad. Renunció, por eso llegó a ser un gran santo.
Dice por aquí un cuento que a veces la riqueza... rico no es el que más tiene, sino el que menos necesita. El que se conforma y sabe vivir con lo que tiene es feliz. Acuérdense de que hay otra frase que dice por ahí: «Sé feliz con lo poco que tienes y no infeliz con lo que no tienes». Nosotros mismos nos amargamos la vida cuando estamos deseando lo de los demás. «Híjole, el de enfrente ya compró coche, ¿y cómo le haría?», y hasta empezamos a inventarles los negocios de la droga.
Y estamos así sufriendo, cuando con lo que tenemos no lo aprovechamos bien para ser felices. Por eso la felicidad no viene solamente de ser rico. ¿Cuántos ricos hay que están pobres en su espíritu y sí viven preocupados? Acuérdense del ejemplo de aquel joven que fue a la aventura a buscar al viejo sabio para que le dijera cómo ser feliz. Llegó allá a un pueblo desconocido preguntando dónde encontrar al viejo sabio: «No, aquí no hay viejos sabios». Se veía una casa allá, una residencia: «¿Quién vive ahí? Ah, Don Fulano, pero ni te acerques porque tiene guardias, está blindado».
Él fue y tocó, y salen los guardias: «¿Qué querías?». «Busco aquí al viejo sabio». Y andaba por ahí el hombre aquel rico, andaba vaciando; dijo: «Déjalo entrar. ¿Qué querías, muchacho?». «Quiero que me diga cómo llegar a ser feliz en la vida». El señor lo pasa, le muestra su casa, ve la sala ahí muy elegante, con un piano: «Al que le gusta la música... no lo compré de adorno». Y así lo pasa al comedor, le enseña los manjares que tiene: «Oiga, pues usted ha de comer muy bien todos los días». «Mira, muchacho, de todo esto que tengo no como nada porque estoy enfermo de no sé qué».
Lo pasa a su recámara, la cama muy invitadora a dormir y todo: «Pero no duermo a gusto, no se me viene el sueño porque siempre estoy pensando. Mis hijos nada más esperan que me muera para repartir todo esto, y siempre estoy pensando no me vayan a envenenar o a hacer algo para que muera pronto. Ya, mira, muchacho, ya vete, ya te dije mucho de mi vida». Y lo corrió. El muchacho saca la conclusión: no es el dinero el que hace feliz, sino el saber vivir bien la vida.
¿Cuántas gentes hay que viven una vida más o menos media económicamente y saben utilizar siempre el tiempo, la vida, divertirse, y no necesitan mucho dinero? Aprovechan lo poquito que tienen para ser todavía más felices. Y para encontrar este otro tesoro, que es Jesús, hay que renunciar a muchas cosas. Les digo, hay tantos santos que han renunciado; San Francisco era de familia noble y acabó también pidiendo limosna para la orden, pero con un amor tan grande a Dios.
Por eso es muy importante que nosotros le demos también importancia a las cosas de Dios. Cuando nosotros de veras, de veras, de veras renunciemos a esta comodidad, a aquella otra, y lo que nos da el Señor nos bendice al saber compartirlo con los demás, entonces empezaremos a sentir esa felicidad y a saber que ese tesoro es nuestro, que ese tesoro, siendo Jesús, siempre será la felicidad para nosotros. #MetroNewsMx #GuanajuatoDesconocido


