Eugenio Amézquita Velasco
Bajo el cielo amplio del Bajío guanajuatense, la ciudad de Celaya se convirtió en el escenario de una de las manifestaciones de fervor religioso y comunitario más grandes e imponentes de su historia reciente. Miles de almas —hombres, mujeres, jóvenes, niños y ancianos procedentes de las diversas parroquias, decanatos y municipios que conforman la Diócesis de Celaya— confluyeron en una jornada maratónica que quedó grabada en la memoria colectiva. Esta gran festividad de fe, marcada por el sentido universal de las misiones y por la emotiva despedida de su pastor diocesano, monseñor Víctor Alejandro Aguilar Ledesma, transformó las calles, los espacios deportivos y el diamante de un histórico recinto en un altar vivo de oración, fraternidad y esperanza.

Los momentos antes de la salida: El despertar de la esperanza en la Calzada Independencia
El ambiente matutino en las inmediaciones de la emblemática Calzada Independencia respiraba una mezcla de solemnidad, alegría y bullicio ordenado. Desde tempranas horas, los contingentes parroquiales comenzaron a congregarse en el punto de reunión acordado, convirtiendo el espacio en un mosaico multicolor de identidad católica. Las familias enteras llegaban portando con orgullo estandartes bordados con los rostros de sus santos patronos, imágenes de la Virgen María y cruces misioneras que ondeaban suavemente con la brisa.
En este preámbulo, los rostros reflejaban tanto la expectativa del camino por andar como la profundidad de la devoción. Los grupos de catequesis infantil ajustaban los últimos detalles de sus vestimentas y los accesorios que utilizarían; los jóvenes coordinaban la distribución de folletos, cantos y guías de oración; mientras que los adultos mayores, con rosarios firmemente entrelazados entre sus manos callosas, compartían palabras de aliento y reflexionaban sobre las intenciones particulares que llevaban en el corazón: la paz mundial, la salud de los enfermos, la unión familiar y la fortaleza para las comunidades.
Los sacerdotes de las distintas vicarías recorrían los grupos impartiendo bendiciones, animando a los fieles a vivir la procesión no solo como una caminata física, sino como un peregrinar interior. Las banderas de los cinco continentes —representativos del Rosario Misionero con sus colores distintivos: verde para África, rojo para América, blanco para Europa, azul para Oceanía y amarillo para Asia— se izaban con gallardía, recordando el mandato evangélico de llevar la Buena Nueva a todo el mundo. El aire vibraba con el sonido de las primeras porras religiosas, los ensayos de cantos acompañados por guitarras y el murmullo incesante de las oraciones comunitarias que preparaban el espíritu para dar el primer paso.
La marcha: Un río humano por las calles de Celaya
Cuando se dio la señal de partida, la concentración se transformó en un majestuoso río humano que comenzó a fluir por las arterias viales de la ciudad. La procesión avanzó con paso firme y ordenado, serpenteando por calles y avenidas tradicionales de Celaya, donde el tejido urbano pareció detenerse para atestiguar el paso de la multitud devota.
El contingente, flanqueado por elementos de tránsito y seguridad vial que facilitaron el paso seguro de los peregrinos, avanzó dejando a su paso una estela sonora de cantos marianos y letanías recitadas al unísono. Las fachadas de las casas y los comercios locales se convirtieron en improvisados palcos: familias enteras salían a las puertas y ventanas para saludar con respeto, aplaudir, grabar el momento con sus teléfonos o arrojar pétalos de flores al paso de las imágenes sagradas.
El paisaje urbano se llenó de vida: el contraste del asfalto gris con la marea de paraguas multicolores abiertos para protegerse del sol, las túnicas blancas y coloridas de quienes participaban en las representaciones vivientes, los carteles con mensajes de paz y evangelización, y la estela de humo de incienso que flotaba en el ambiente. Durante la marcha, el rezo del Santo Rosario se convirtió en el compás rítmico de los pasos; cada misterio se ofrecería por una región del planeta distinta, uniendo las voces de miles de celayenses en un solo clamor espiritual. Las paradas breves permitían reagrupar a los contingentes rezagados, momento que los peregrinos aprovechaban para hidratarse, compartir una sonrisa, cambiar impresiones con feligreses de otros municipios y renovar las fuerzas para continuar la ruta trazada hacia el norte de la ciudad.
La llegada: El ingreso apoteósico a la Unidad Deportiva Miguel Alemán Valdés
Tras recorrer kilómetros de pavimento y avenidas principales, la larga columna humana comenzó a aproximarse al complejo deportivo más importante de la ciudad. La llegada a la Avenida Irrigación marcó el punto de transición entre el bullicio de las calles urbanas y la magnitud institucional del recinto anfitrión: la Unidad Deportiva Miguel Alemán Valdés.
El acceso principal de la unidad deportiva se convirtió en un embudo ordenado pero imponente. Los peregrinos, con el cansancio visible en sus rostros pero con la mirada iluminada por el entusiasmo, cruzaron las puertas principales en un flujo constante que parecía no tener fin. Los acomodadores y voluntarios de la organización coordinaban la distribución de los bloques de fieles hacia las diferentes zonas asignadas, asegurando que cada parroquia, movimiento laical y grupo apostólico encontrara su lugar preciso.
El ambiente en el interior de la deportiva era de una algarabía festiva y profundamente fraterna. Mientras los contingentes continuaban ingresando por los pasillos perimetrales, el eco de los altoparlantes daba la bienvenida oficial a las delegaciones foráneas provenientes de municipios vecinos. Los puestos informativos, los equipos de logística de emergencia y los sacerdotes organizadores supervisaban cada detalle para garantizar el orden. La atmósfera de este momento se caracterizó por la emoción contenida de saberse parte de un acontecimiento histórico para la diócesis, donde la fatiga de la caminata se desvanecía ante la cercanía del gran recinto que aguardaba para la celebración central.
El Santo Rosario Viviente Misionero en el Estadio de Béisbol "Ciro Soto Lara"
El punto culminante y más imponente de toda la jornada tuvo lugar en el interior del Estadio de Béisbol "Ciro Soto Lara", situado en el corazón de la Unidad Deportiva Miguel Alemán Valdés. El diamante y las gradas del estadio lucían completamente aborregados, albergando a miles de fieles que ocuparon cada rincón disponible bajo la gran bóveda celeste y las lonas protectoras dispuestas para la ocasión.
El escenario principal, montado sobre el terreno de juego, sirvió como plataforma para el desarrollo del majestuoso Santo Rosario Viviente Misionero. Los jóvenes y adultos encargados del rezo de los misterios del Santo Rosario, entrelazados con el sentido universal de la misión cristiana en los cinco continentes.
Monseñor Víctor Alejandro Aguilar Ledesma, obispo de la diócesis, presidió la ceremonia desde el centro del estrado, acompañado por decenas de sacerdotes concelebrantes. Su presencia revestía un significado profundamente emotivo, al tratarse de uno de sus últimos grandes actos pastorales masivos al frente de la Diócesis de Celaya antes de asumir su nueva encomienda episcopal en Querétaro. Los asistentes respondieron con aplausos nutridos y muestras de cariño inquebrantable cada vez que el prelado tomaba el micrófono para guiar las reflexiones de los misterios.
El rezo del rosario dentro del estadio fue una experiencia coral ensordecedora y armónica a la vez. Las voces de entre cuatro y cinco mil personas resonaban en las gradas, rebotando en las estructuras del estadio de béisbol como un eco ininterrumpido de fe. Cada decena del rosario estuvo dedicada a un continente específico, acompañada por la iluminación de velas y antorchas que los fieles encendían conforme caía la tarde, creando un firmamento artificial de lucecitas titilantes en medio de las gradas.
Las meditaciones de los misterios se centraron en la paz mundial, la reconciliación entre los pueblos, la fortaleza de las familias y la vocación misionera de la Iglesia. Las pausas musicales, interpretadas por coros diocesanos con arreglos de cuerdas y voces celestiales, elevaron el misticismo del encuentro, generando momentos de profundo silencio meditativo donde solo se escuchaba el viento y el palpitar colectivo de miles de corazones unidos en oración.
Hacia el final de la tarde, la ceremonia concluyó con la bendición solemne impartida por el obispo, quien agradeció con la voz quebrada por la emoción los años de caminata compartida con el pueblo celayense, dejando una huella imborrable en la historia pastoral de la región. Con cantos de despedida, abrazos de paz entre desconocidos que ahora se reconocían como hermanos en la fe, y la promesa de mantener encendida la antorcha de la evangelización, los miles de asistentes comenzaron el desalojo ordenado del estadio "Ciro Soto Lara", sellando una jornada que perdurará como un hito indeleble en las páginas de la religiosidad popular de Celaya. #MetroNewsMx #GuanajuatoDesconocido








