Celaya no se raja, no se rinde, no se dobla, porque tiene a Jesús en el corazón y tiene como madre a María de Guadalupe: Sr. Obispo

Redacción Noticias 02
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Eugenio Amézquita Velasco

-Mons. Víctor Alejandro Aguilar Ledesma recordó el cierre de templos hace un siglo y cómo el pueblo llevó la Eucaristía a escondidas por los cerros.
-Denunció que las familias sufren heridas profundas por la violencia, los desaparecidos y la falta de esperanza. 
-Afirmó con firmeza que Celaya no se raja, no se rinde ni se dobla ante la adversidad porque tiene a Dios.
-Reveló su próxima partida a la Diócesis de Querétaro tras cinco años y tres meses de intenso ministerio.
-Recordó su llegada a Celaya en plena pandemia, lidiando con templos semivacíos, cubrebocas y mucho miedo.
-Reconoció el valor de los sacerdotes que atendieron a los enfermos y a las víctimas de la violencia.
-Comparó la peregrinación con la visita de María a Isabel, llevando prisa por compartir la alegría de Cristo.
-Sostuvo que la fe guadalupana está impresa en el alma de los fieles, más allá de imágenes o estandartes.
-Llamó a resistir el agnosticismo, el consumismo y el materialismo conservando viva la fe en Cristo Rey.
-Exhortó a los peregrinos a regresar a sus comunidades para hacer que la fe vuelva a saltar de alegría.

La homilía pronunciada por Monseñor Víctor Alejandro Aguilar Ledesma durante la peregrinación varonil de la Diócesis de Celaya a la Basílica de Guadalupe trasciende el marco litúrgico tradicional para convertirse en un documento sociopolítico y pastoral de alto impacto. En su discurso, el obispo no solo articuló la devoción guadalupana, sino que tejió una narrativa que conecta directamente el trauma histórico del Bajío con las heridas punzantes del México contemporáneo, marcando además un emotivo cierre a sus cinco años y tres meses de gestión episcopal antes de su transición a la Diócesis de Querétaro.


La metáfora de la montaña: de la persecución cristera al dolor contemporáneo

Uno de los ejes más potentes del análisis discursivo de Monseñor Aguilar Ledesma es el paralelismo histórico que establece entre la Sagrada Familia huyendo a la montaña y la resistencia del clero y los fieles del Bajío durante la persecución religiosa de hace un siglo.

Al recordar cuando los templos fueron cerrados y los sacerdotes expulsados, el obispo valida la clandestinidad histórica (cuevas, cerros, misas a escondidas) no como una derrota institucional, sino como la génesis de una fe popular inquebrantable.

Esta analogía no es casual. Al evocar a las familias sacerdotales perseguidas de antaño, el prelado construye un puente simbólico hacia el contexto actual de Guanajuato, marcando una continuidad en la resistencia comunitaria frente a la adversidad sistémica.



El balance pastoral: gobernar una diócesis en la encrucijada de la crisis

El discurso funciona también como una radiografía honesta y valiente del periodo comprendido entre la salida de la pandemia global de COVID-19 y la aguda crisis de seguridad que padece el estado de Guanajuato.

El obispo recuerda su llegada en un momento de templos semivacíos, cubrebocas, distancia social y un profundo miedo generalizado. Este reconocimiento humaniza la figura episcopal al confesar los temores iniciales.

Frente al azote de la delincuencia, los homicidios y las desapariciones forzadas, el pastor destaca la labor silenciosa y riesgosa de sus sacerdotes y agentes de pastoral, quienes nunca abandonaron a las víctimas a pesar del peligro latente.


La teología de la resistencia: "Un peregrino no se dobla"

En el plano doctrinal, la homilía reinterpreta el pasaje de la visitación de María a Isabel bajo una óptica de movilización social y espiritual. El salto de alegría de la criatura en el vientre materno se convierte en una exigencia urgente para sanar el tejido social herido.

Al rechazar el agnosticismo, el consumismo y el materialismo, el obispo blinda a su comunidad frente a la desesperanza. La frase "un peregrino no se raja, un peregrino no se dobla" trasciende la retórica religiosa para instalarse como un manifiesto de dignidad civil y fortaleza comunitaria.

La amalgama entre la consigna cristera -¡Viva Cristo Rey!- y la devoción guadalupana refuerza una identidad colectiva que, según el análisis del discurso, se resiste a ser colonizada por la apatía o el miedo.


La alocución de Monseñor Aguilar Ledesma se erige como un testamento pastoral donde la fe deja de ser un refugio pasivo para transformarse en un motor de cohesión social. Al anunciar su partida rumbo a Querétaro prevista para el veinticinco de noviembre, el jerarca deja una diócesis marcada por cicatrices profundas pero sostenida por una estructura de fe comunitaria que, armada con su memoria histórica y su fervor guadalupano, se niega a rendirse ante la violencia.

La transcripción de la homilía de Mons. Víctor Alejandro Aguilar Ledesma, en la Basílica de Guadalupe

Obispo Víctor Alejandro Aguilar Ledesma:
Pueden acomodarse un poquito, por favor; no se nos vayan a dormir tan pronto. Sabemos que vienen cansados de tanto caminar, la lluvia, el aire, de tanto pedalear. De tanto correr, pero vamos a ofrecerle a nuestra madre santísima este momento. Queridos hijos de mi amada Diócesis de Celaya, sacerdotes, religiosos y religiosas. Laicos, peregrinos a pie al Tepeyac, ciclistas, antorchistas, familias, amigos todos bienvenidos. Bienvenidos todos a esta casita sagrada que hoy tiene para mí un significado muy especial.

Hoy venimos a visitar a nuestra madre, nuestra señora, a esta "niña mía" decía San Juan Diego. En el evangelio de la visitación, nos dice el texto que María se puso a prisa en camino. Y fue a la montaña. ¿Por qué tanta prisa de María de ir hacia la montaña? Porque llevaba a Cristo, lo llevaba en su seno, y quería compartir con aquella familia. Isabel y Zacarías, esta alegría; no podía guardar para ella sola este gran anuncio. Que ella portaba en su vientre: a Jesús el Salvador, el bien más preciado de todos.

Esta es la definición de lo que hacemos cada año en nuestra marcha fervorosa. El peregrino, el ciclista, el antorchista de Celaya no solo viene a pedir favores. Viene a dar gracias también; viene cargado, lleno de fe, con Cristo en el corazón.
Y esa presencia de Cristo les da la fuerza necesaria para llegar hasta este recinto. Así como le dio la fuerza a María para llegar a la casa de su prima Santa Isabel. Así también cada uno de ustedes, hermanos, sale lleno de la presencia de Cristo hoy.

Después de esta Eucaristía, para que llenos de alegría llevemos a nuestras parroquias. A nuestras familias, a nuestros paisanos, la alegría de la presencia del Señor Jesús. Santa Isabel estaba en la montaña; Zacarías, su esposo, estaba mudo en el templo. Podemos decir que era una familia sacerdotal perseguida por las autoridades de entonces. ¿No es esta la historia también de nuestros abuelos de hace ya cien años? Recordemos que hace un siglo cerraron esta basílica, la catedral de nuestra Celaya.

Nuestros templos sufrieron el cierre y se expulsó con violencia a los sacerdotes. Y el pueblo del Bajío, con María, se fue a la montaña y al cerro del Cubilete. Se fue a distintos cerros, a cuevas y a las casas a celebrar la misa a escondidas.
Llevaban la Eucaristía a prisa a los enfermos, de rancho en rancho predicaban la fe. Y con María llevaban ustedes también —nuestros antepasados— a Jesús con presteza. Para que se encontrara con Isabel y Zacarías, con sus familias y comunidades enteras.

Que nadie se privara de la presencia del Señor en medio de tanta adversidad. Nuestros abuelos, nuestros sacerdotes y obispos no se amedrentaron ante el peligro. Al contrario, llevando a Jesús en el corazón, lo compartieron con los hermanos. Por eso, hermanos, hermanas, esta peregrinación anual que hacemos no es un folklore. Cada vez que salimos de Celaya hacia el Tepeyac, repetimos aquel grito de combate. Que era la confesión de fe de nuestros mártires ante la tiranía y la prueba.

Ellos gritaban con fervor: "¡Viva Cristo Rey!" y "¡Santa María de Guadalupe!". "Reina de México, salva nuestra patria y conserva nuestra fe para siempre". Hoy también venimos a confesar públicamente nuestra fe en Cristo y en su madre.
A pedirles que salven nuestra patria en este mundo de agnosticismo y materialismo. Sigamos conservando en nuestras familias, parroquias y en el Bajío esta devoción. Nos podrán cerrar los templos, incluso incendiarlos, pero jamás la fe del pueblo.

Jamás podrán quitarnos del corazón la presencia de Cristo que llevamos en el ADN. Ni la presencia de María de Guadalupe que llevamos estampada en nuestra alma. No solamente en una imagen o estandarte, sino impresa en lo profundo del ser. Porque somos cristianos y somos guadalupanos de convicción y de pura cepa. Lo que pasó en el vientre de Santa Isabel tiene que pasar hoy en nuestra diócesis. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, la criatura saltó en su seno gozosa.

Hermanos peregrinos, nuestra diócesis necesita volver a saltar de alegría hoy. Porque muchas de nuestras familias están heridas por la violencia y el dolor. Por los desaparecidos, por la falta de esperanza de muchos de nuestros jóvenes.
Necesitamos oír de nuevo el saludo de María al regresar a nuestras comunidades. Que su familia y paisanos los vean diferentes y digan que ya saludaron a Dios. Seamos una diócesis que, llenos de la presencia de Cristo y de María, saltemos.

¿Y por qué no estar alegres si está aquí presente nuestra madre bendita? ¿No estoy yo aquí, que soy tu madre? ¿No estás en el cruce de mis brazos? ¿Qué es lo que te angustia? Este es el fruto de nuestra gran peregrinación. No volver iguales; lleguemos con el corazón lleno de Cristo y de amor a María. Que se exprese en la alegría de vivir nuestra fe diaria y cotidiana. Y hoy permítanme aquí, delante de ella, dar gracias a Dios como pastor y obispo.

De Celaya: hace 5 años y 3 meses, Dios nuestro Señor, por el Papa Francisco. Me confió esta amada Diócesis de Celaya, y ahora por el Papa León XIV. Me encomienda una nueva diócesis, la hermana Diócesis de Querétaro. Llegué a esta diócesis en tiempos difíciles, saliendo de la pandemia mundial. Con los templos semivacíos, con cubrebocas, sana distancia y gel antibacterial. Pero sobre todo había mucho miedo, mucha violencia y dolor en Guanajuato.

Gracias a ustedes he aprendido que hay que ser fuertes y firmes en la fe. Gracias a mis hermanos sacerdotes por el testimonio dado en esos días difíciles.Yendo a ver a los enfermos, celebrando con riesgo de contagio y entrega total.
Gracias a todos los que atendieron a las víctimas de la violencia con amor. Y gracias, sobre todo, a ustedes, peregrinos, ciclistas, antorchistas y familias. Porque de ustedes aprendí que no hay que rendirse ni rajarse jamás.

Un peregrino no se dobla, un peregrino jamás dice "hasta aquí" en su camino. Un ciclista pedalea con fuerza, un antorchista corre con el alma encendida. Y así nuestra diócesis camina con Jesús y de la mano de nuestra madre. Sabiendo que Celaya no se raja, no se rinde, porque tiene a Cristo en el centro. Cinco años se pasan rápido; vengo a poner este tiempo en manos de la Virgen. Para que ella purifique mis faltas y presente al Señor solo lo bueno realizado.

Pido perdón si le fallé a alguien, y les pido que sigan rezando por mí. Por mi nueva diócesis y mi encomienda en Querétaro a donde llegaré el 25. El 25 de noviembre a las once de la mañana en el estadio olímpico los espero. Allá también llevaré a prisa a Cristo a las montañas como ustedes enseñaron. Me voy con el corazón agradecido, con dolor por la partida pero con confianza. Cuenten siempre con mi oración, mi cariño, mi amistad y mi bendición sincera.

Que Santa María de Guadalupe y nuestros santos mártires nos ayuden siempre. Que Celaya siga llena del corazón de Jesús y de amor a la Virgen madre. ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Santísima Virgen de Guadalupe, reina de México! ¡Viva el Sagrado Corazón de Jesús! ¡Viva nuestra amada Diócesis de Celaya! ¡Vivan los peregrinos a pie, los ciclistas y los antorchistas de corazón! Que Dios les bendiga y les acompañe de regreso a casa con bien. ¡Amén! #MetroNewsMx #GuanajuatoDesconocido

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