Eugenio Amézquita Velasco
-La Diócesis de Celaya ordenó a nueve sacerdotes en San Miguel de Allende, en el marco de los 100 años de la resistencia cristiana.
-El obispo recordó a los mártires de 1926 que fueron ejecutados durante la persecución religiosa y la Ley Calles en Guanajuato.
-Se rememoró al beato Elías del Socorro Nieves, presbítero fusilado en Cortazar en 1928 tras ejercer el culto en la clandestinidad.
-Resaltan el martirio de los campesinos Jesús y Dolores Sierra Vera, quienes prefirieron morir antes que abandonar a su párroco.
-Autoridades eclesiásticas y autoridades civiles de San Miguel de Allende atestiguaron la consagración litúrgica de nueve presbíteros.
-El llamado eclesial urgió a defender a la familia frente a las nuevas persecuciones ideológicas y la pérdida de valores.
-Invocando a San Miguel Arcángel, la homilía definió el sacerdocio como una milicia espiritual frente al adversario y el mal.
-Evocan al beato José Trinidad Rangel, fusilado en San Joaquín en 1927 por mantener la administración clandestina de fe.
-Durante la postración litúrgica, los ordenandos se unieron de forma mística a la tierra bañada por la sangre de los mártires.
-A 100 años del conflicto cristero, la Iglesia exigió a los nuevos presbíteros escribir la historia con el testimonio de vida.
SAN MIGUEL DE ALLENDE, GTO.- En una ceremonia litúrgica celebrada en la ciudad de San Miguel de Allende, bajo la advocación y el patrocinio de San Miguel Arcángel y San Felipe Neri, la Diócesis de Celaya ordenó a nueve presbíteros: Luis Ignacio, José Guadalupe, Carlos Alberto, Marcelo, Rodolfo, Félix, Juan Rodolfo, Abraham Salatiel, Víctor Alonso y Jesús Antonio.
La ordenación contó con la presencia de integrantes del presbiterio diocesano, sacerdotes procedentes de otras diócesis, religiosos, religiosas, seminaristas, familias de los ordenandos y fieles del pueblo de Dios. Asimismo, asistieron representaciones de las autoridades civiles del municipio: el profesor Acasio Martínez, director de Cultura; Laura Flores, titular de Servicios Públicos y Calidad de Vida; y Miriam Janet Sandoval, síndica del Ayuntamiento, a quienes se agradeció la colaboración brindada para la realización de la celebración, en representación del presidente municipal.
Durante la homilía, la autoridad eclesiástica enfatizó que la ordenación no ocurre en un vacío histórico, sino que se inscribe en el marco de los cien años de la resistencia cristiana en la región del Bajío y la memoria de los mártires locales: el beato fray Elías del Socorro Nieves, el beato José Trinidad Rangel y los beatos laicos Jesús y Dolores Sierra Vera. Con base en las lecturas proclamadas, la homilía desglosó el ministerio sacerdotal a través de tres dimensiones esenciales:
Se equiparó el contexto actual y el de los mártires con el llamado del profeta Isaías, ocurrido tras la muerte del rey Ozías en un marco de incertidumbre nacional. De manera análoga, se recordó la persecución religiosa de 1926 a 1929 impulsada por el Estado mexicano para suspender el culto público y limitar la libertad religiosa.
En ese entorno maduró la vocación del padre Elías del Socorro Nieves, un hombre de salud precaria y temperamento retraído que ejerció su ministerio oculto en la Cañada de Caracheo hasta su martirio el 10 de marzo de 1928 en el camino a Cortazar, donde perdonó a sus verdugos. Se explicó que el pasaje del serafín que purifica los labios del profeta con una brasa del altar prefigura el rito sacramental de la imposición de manos y la unción crismal con el fuego del Espíritu Santo, capacitando a los nuevos presbíteros para dar el «aquí estoy» definitivo ante el Obispo y la Iglesia.
El ministerio sostenido por la Iglesia doméstica
A través de la cita bíblica de San Pablo a Timoteo y los documentos eclesiales Lumen Gentium (número 11) y Familiaris Consortio (números 49 al 64), se abordó la teología de la familia como comunidad de vida, amor y escuela de santidad. Este precepto se ejemplificó con la historia de los hermanos Jesús y Dolores Sierra Vera, laicos, campesinos de la Cañada de Caracheo y padres de familia que protegían al padre Nieves.
Al ser capturados por fuerzas federales el 10 de marzo de 1928, los hermanos rechazaron la oferta de libertad a cambio de abandonar al sacerdote, priorizando el vínculo bautismal por sobre el instinto de conservación, muriendo junto a su pastor bajo la consigna oral: «Nos vemos en el cielo». En este punto, se hizo un llamado a los nuevos ordenandos a reevangelizar a las familias contemporáneas frente a las nuevas persecuciones e ideológicas, recordando que su fe primigenia proviene de sus padres y abuelos, y advirtiendo que la predicación auténtica genera contradicción.
La misión mar adentro, Duc in altum
Tomando como base el pasaje evangélico del mandato de Jesús a Simón Pedro Duc in altum, se rememoró la vida del sacerdote José Trinidad Rangel, originario de El Asno, municipio de Dolores Hidalgo. Tras el decreto de la Ley Calles y la supresión del culto público, el padre Rangel mantuvo un ministerio itinerante y clandestino en casas particulares hasta su martirio el 25 de abril de 1927 en San Joaquín, tras una acusación calumniosa.
Se enmarcó la labor de los presbíteros como una milicia espiritual custodiada por San Miguel Arcángel, en la que cada absolución y Eucaristía representa la proclama «Quis ut Deus?» («¿Quién como Dios?») frente al adversario y las ideologías contemporáneas.
Al término del sermón, se contextualizó el significado del rito de postración y el canto de la letanía como un acto de anonadamiento que une místicamente a los ordenandos con la tierra de la Cañada de Caracheo y San Joaquín. Se les recordó que tras la imposición de manos dejan de pertenecerse a sí mismos para ser de Jesús e in aeternum de la Iglesia.
La ceremonia concluyó invocando la protección de la Virgen de Guadalupe, de San Felipe Neri y San Miguel Arcángel, instando a los nueve presbíteros a ser formadores de familias, evangelizadores intrépidos en las periferias y continuadores de la historia de la Iglesia mediante el testimonio de su vida.
La transcripción del mensaje la homilía de Mons. Víctor Alejandro Aguilar Ledesma, Obispo de Celaya
Mons. Víctor Alejandro Aguilar Ledesma:
Estimados hermanos sacerdotes de nuestro presbiterio de esta amada diócesis de Celaya, hermanos sacerdotes que nos acompañan de otras diócesis: sean todos bienvenidos. Queridos hijos Luis Ignacio, José Guadalupe, Carlos Alberto, Marcelo, Rodolfo, Félix, Juan Rodolfo, Abraham Salatiel, Víctor Alonso, Jesús Antonio, que en breve serán configurados con Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote: gracias por entregar su vida completamente a Cristo en su Iglesia para siempre.
Estimados hermanos religiosos, religiosas: gracias por estar entre nosotros. Queridos seminaristas, estimadas autoridades civiles: en representación de las autoridades está con nosotros el profesor Acasio Martínez, director de cultura; Laura Flores, titular de servicios públicos y calidad de vida; Miriam Janet Sandoval, síndico del ayuntamiento. Gracias, y a través de ustedes saludo al señor presidente y gracias por la ayuda y colaboración que han prestado para poder realizar esta celebración de ordenación. Padres de familia, familiares, amigos de estos ordenandos: gracias por entregar un hijo a la Iglesia.
Estimados hermanos, hermanas, fieles cristianos todos, pueblo de Dios: nos congregamos en esta insigne ciudad de San Miguel de Allende bajo la advocación y el patrocinio del príncipe de la milicia celestial, San Miguel Arcángel, cuyo grito primigenio: «Quis ut Deus? ¿Quién como Dios?», resonó en el albor de la creación frente a la rebelión angélica y que, siglos después, encontró eco en las cañadas y llanuras del Bajío bajo la forma de un grito martirial: «¡Viva Cristo Rey y Santa María de Guadalupe!».
La presente ordenación de estos presbíteros no acontece en un vacío histórico: se inscribe en una tierra fecundada por la sangre de los mártires. Evocamos de manera especial y particular a los beatos fray Elías del Socorro Nieves, José Trinidad Rangel, y a los hermanos Jesús y Dolores Sierra Vera. A la luz de la Palabra que hoy ha sido proclamada, contemplamos tres dimensiones esenciales del ministerio presbiteral que los mártires vivieron hasta el derramamiento de su sangre.
La primera dimensión, queridos hijos que van a ser ordenados, es la vocación purificada en tiempos de crisis. El profeta Isaías recibe su vocación en el año de la muerte del rey Ozías; es decir, en un momento de orfandad política y de incertidumbre nacional. La visión del trono no acontece en la estabilidad, sino en la crisis. De manera análoga, la vocación de nuestros mártires maduró durante la persecución religiosa de 1926 a 1929, cuando el Estado mexicano pretendió clausurar el culto público, expresión de la libertad religiosa.
Isaías, ante la santidad divina, exclama: «¡Ay de mí, que soy un hombre de labios impuros!». Este sentimiento de indignidad es constitutivo de toda vocación sacerdotal auténtica. Elías del Socorro, hombre de salud precaria y de temperamento retraído, experimentó en su carne esta debilidad y fragilidad. Oculto en la Cañada de Caracheo, consciente de su vulnerabilidad, no se atribuyó fortaleza propia: solo en el Señor. Es entonces cuando el serafín purifica sus labios con una brasa tomada del altar.
Este gesto prefigura el rito que ustedes, queridos hijos, vivirán en breve: la imposición de manos y la unción crismal no es una mera habilitación jurídica, es una purificación con el fuego del Espíritu Santo que los capacita para proclamar la Palabra y ofrecer el sacrificio. Solo tras la purificación, el profeta puede responder: «Aquí estoy, mándame a mí». El padre Nieves respondió de igual manera al martirio el 10 de marzo de 1928, en el camino a Cortazar.
Agotado por la enfermedad y la persecución, ofreció su vida y perdonó a sus verdugos. Su «aquí estoy» no fue pronunciado en un lugar solemne como este, sino en un camino polvoriento. Que el ejemplo, bajo la intercesión de San Miguel Arcángel, defensor del honor divino, y la alegría de San Felipe Neri, sostengan, queridos hermanos, su propio «aquí estoy», que también en breve, delante del Obispo y delante de la Iglesia, dirán: «Aquí estoy, mándame a mí».
La segunda dimensión es el ministerio sostenido por la Iglesia doméstica, la familia. El apóstol San Pablo escribe a Timoteo: «Tú has seguido de cerca mis enseñanzas, mi conducta, mis persecuciones... y de todo esto me libró el Señor. Ciertamente, todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo Jesús sufrirán persecución. Tú, en cambio, permanece en lo que aprendiste y creíste, sabiendo de quién lo aprendiste y que desde niño conoces las Escrituras».
San Pablo remite la perseverancia de Timoteo no solo a su propio magisterio, sino a su origen: la fe que habitó primero en su abuela Loida y en su madre Eunice. Aquí, la teología de la Iglesia doméstica, expresada en la Lumen Gentium 11 y Familiaris Consortio (del 49 al 64), donde la familia se presenta como una comunidad de vida y amor, santuario de vida, escuela de santidad, encuentra su verificación histórica más elocuente en los hermanos mártires Dolores y Jesús.
Ellos no eran clérigos: eran fieles laicos, padres de familia, campesinos de la Cañada de Caracheo, una familia que ayudaba y ocultaba al padre Nieves. El 10 de marzo de 1928, al ser capturados junto con el sacerdote, las fuerzas federales les ofrecían la libertad a cambio de abandonarlo. En virtud de la formación recibida en su Iglesia doméstica, comprendieron que el vínculo bautismal es superior al instinto de conservación y rehusaron separarse de su pastor: murieron con él.
Su exclamación final, transmitida por la tradición oral: «Nos vemos en el cielo», es la síntesis más perfecta de la escatología familiar. Queridos ordenandos, ustedes no han llegado a este altar por generación espontánea: son fruto de una Iglesia doméstica, de su familia que les enseñó a persignarse, a orar, a amar la Eucaristía, a respetar a los sacerdotes. No olviden jamás que su primera formación no fue en el seminario ni en una casa religiosa: fue su familia.
Fueron sus padres, sus abuelos, quienes han transmitido la fe, y su ministerio futuro será estéril si no se dedican prioritariamente a reencontrar y reevangelizar a la familia, hoy asediada por nuevas persecuciones ideológicas, no menos insidiosas que las de 1926. Como afirma San Pablo: «Los que quieran vivir cristianamente sufrirán persecuciones». Es una promesa, no una hipótesis, y si tu predicación no genera contradicción alguna, debe ser motivo también de un serio examen de conciencia.
Tercera dimensión: la misión mar adentro. El Evangelio nos presenta a Simón Pedro fatigado tras una noche de pesca infructuosa. Jesús le ordena: «Duc in altum, rema mar adentro». Pedro, profesional de la pesca, obedece a un carpintero, resultando en una pesca sobreabundante que rasga las redes. Ante ese prodigio, Pedro confiesa su indignidad: «Apártate de mí, que soy un hombre pecador», confesión que resuena como la del profeta Isaías.
Esta perícopa ilumina la figura del padre José Trinidad Rangel, oriundo de El Asno, municipio de Dolores Hidalgo. Él encarnó el remar mar adentro: ante el decreto de la Ley Calles y la supresión del culto público, no se refugió en la prudencia humana ni en la orilla segura; siguió ejerciendo su ministerio itinerante y clandestino. Celebraba la Eucaristía en casas particulares, administraba los sacramentos y era sostenido por la fe de un pueblo que se sentía abandonado.
Su celo lo condujo al martirio el 25 de abril de 1927 en San Joaquín, víctima de una acusación calumniosa. Al igual que San Pedro, él lo dejó todo y siguió al Señor hasta el final, hasta el martirio. En este punto, la intercesión de San Miguel Arcángel resulta pertinente: el Arcángel no es un guerrero genérico, es el custodio del honor de Dios y el defensor del pueblo que combate espiritualmente. Por eso, hermanos, cada absolución sacramental de ustedes, cada Eucaristía celebrada, es un acto de «Quis ut Deus?» («¿Quién como Dios?»): arrebatarle el alma al adversario y restituirla a Dios.
Hermanos, el sacerdocio es, en esencia, una milicia espiritual. Concluyendo: en breve se postrarán en el suelo en el rito de postración y el canto de la letanía. Ese gesto de anonadamiento les une místicamente al polvo de la Cañada de Caracheo, bañada con la sangre del padre Nieves y los hermanos Sierra Vera, y al polvo de San Joaquín, donde cayó José Trinidad Rangel. Es tierra santa. Al levantarse por la imposición de las manos ya no se pertenecen: son de Jesús para la Iglesia in aeternum, para siempre.
Que el Señor Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote, los haga configurarse con Él, y la intercesión de San Miguel Arcángel, príncipe de la milicia de esta iglesia militante, la de los beatos fray Elías del Socorro, José Trinidad Rangel, y San Felipe Neri, les conceda ser sacerdotes fieles aún en la fragilidad, capaces de perdonar y perseverar hasta el fin; ser formadores de iglesias domésticas, de familias que comprendan su llamado a la santidad y, si fuera necesario, hasta el testimonio supremo.
Sacerdotes de duc in altum, intrépidos evangelizadores de las comunidades de las periferias, a veces superando calumnias y a veces el cansancio propio; juntos, una Iglesia sana que, como bien lo sabemos, es una Iglesia exigidamente misionera. Eso, hermanos: sacerdotes misioneros, sacerdotes también custodios celosos del honor divino, que con la espada de la Palabra de Dios y la Eucaristía proclamen incansablemente ante toda ideología contemporánea: «Quis ut Deus?» («¿Quién como Dios?»).
Que nuestra Madre de Guadalupe les enseñe a permanecer de pie cuando otros huyen, y puedan confesar como hace cien años lo hicieron nuestros sacerdotes y nuestras familias, con audacia, con valentía y con su vida: «¡Viva Cristo Rey y Santa María de Guadalupe!». Ustedes son sacerdotes en los cien años de la resistencia cristiana. Toca la segunda parte de esta historia, que ahora les toca a ustedes escribir: si ellos la escribieron con sangre, a ustedes les toca escribirla con el testimonio de su vida hasta el final. Gracias y felicidades. #MetroNewsMx #GuanajuatoDesconocido


