En honor de la madre campesina

Guanajuato Desconocido
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Eugenio Amézquita Velasco

La madre campesina mexicana es un monumento vivo de barro y sol, una mujer cuya biografía no se escribe con tinta, sino con las cicatrices que el temporal y el azadón han dibujado en sus palmas. Ella es la guardiana del maíz, la que entiende el lenguaje secreto de las nubes y la que ha convertido el sacrificio en una forma de oración diaria.

Su jornada comienza cuando el lucero del alba aún custodia el cielo. Sus manos, morenas como la tierra de surco, despiertan antes que sus ojos para cumplir con el rito sagrado del nixtamal. El sonido rítmico de las manos palmeando la masa es el latido del hogar rural; cada tortilla es un acto de amor que alimenta la herencia de sus ancestros.

En el campo, ella no es solo una trabajadora; es parte del ecosistema. Se le ve con el rebozo ceñido al talle, inclinada sobre la milpa con una resistencia que desafía las leyes de la anatomía. Conoce la diferencia exacta entre el olor de la tierra que pide agua y la que anuncia cosecha. Sus alegrías son sencillas y profundas: el primer brote verde tras la sequía, el olor del café de olla con canela tras la jornada, y el sonido del viento acariciando los maizales.

Pero el campo mexicano también es tierra de ingratitudes. Sus tristezas tienen el sabor del polvo y la incertidumbre. Sabe lo que es ver una cosecha entera morir bajo una helada o perderse por la falta de apoyos, sintiendo que el sudor de todo un año se evapora sin dejar rastro. Su cuerpo guarda el registro de los "aires" y los reumas, secuelas de años de trabajar bajo la lluvia o bajo un sol que no perdona, pero su rostro, surcado por arrugas que parecen senderos, jamás muestra la derrota.

Su mayor pena, sin embargo, no nace de la tierra, sino de la distancia. Es la madre que vio partir al hijo hacia "el otro lado", entregándolo al desierto con la bendición en la frente y un nudo en la garganta. Es la madre que sale al patio o al corral de la casa y desde ahí, mirando a la distancia, y con la fe puesta en Dios, lanza su bendición para el hijo lejano.

-Su sentir: Cada vez que el viento sopla del norte, ella siente un frío que no se quita con fogones.
-La espera: Vive pendiente del teléfono en la tienda del pueblo o de la llegada del correo, atesorando cada fotografía donde ve a su hijo con ropa extraña, en paisajes que ella no alcanza a imaginar.
-El consuelo: Reza frente al altar familiar, entre veladoras y flores de cempasúchil, pidiendo a la Virgen que las mismas manos que ella crió con tanto esfuerzo, no se olviden del sabor del hogar ni de la lengua de sus padres.

Ella es la esencia del México profundo. Al final de sus días, su piel tiene la textura del cuero curado y su mirada la profundidad de un pozo antiguo. Muere como vivió: con la dignidad de quien sabe que ha cumplido su misión de sostener la vida.

No deja herencias de oro, sino semillas y valores. Deja el secreto de cómo curar con hierbas, cómo agradecer a Dios por la tierra y por lo recibido y cómo mantener la fe cuando el cielo se cierra. Es la madre que, desde su nacimiento hasta su último suspiro, fue raíz, tallo y fruto de una nación que se niega a olvidar su origen campesino. #MetroNewsMx #GuanajuatoDesconocido

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