Ejercito Mexica: El Arte de la Guerra Azteca

Guanajuato Desconocido
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Eugenio Amézquita Velasco

-La maquinaria bélica mexica: disciplina, rito y el honor que forjó la identidad de una nueva nación.
-El sistema militar de Tenochtitlán no solo buscaba la expansión territorial, sino la dura trascendencia espiritual a través del sacrificio humano.
-La caída del imperio azteca ante Castilla no fue el fin de un pueblo, sino el violento parto de la identidad mestiza.

La historia de Mesoamérica no puede entenderse sin desentrañar la complejidad de su columna vertebral: el ejército mexica. Más que una fuerza de choque, el aparato militar de Tenochtitlán era una institución totalizadora que fusionaba la política, la estratificación social y una cosmogonía donde la guerra era el motor que mantenía vivo al sol. Al analizar la estructura descrita en la crónica de "Hijos de la Hispanidad", nos enfrentamos a una realidad que rompe con el mito del "buen salvaje" o del guerrero improvisado; nos encontramos ante una maquinaria de precisión matemática y una voluntad de poder inquebrantable.

El orden del sol y la tierra

En el corazón de este análisis yace la figura del Tlatoani, el "orador", cuya voluntad se traducía en tácticas letales a través de una cadena de mando impecable. La existencia de figuras como el Tlacochcalcatl y el Tlacatecatl demuestra que el imperio poseía un Estado Mayor con una visión logística avanzada, capaz de gestionar regimientos de 8,000 hombres -el xiquipilli- con una eficiencia que rivalizaba con las legiones romanas o los tercios europeos. La meritocracia era el eje: en Tenochtitlán, la sangre noble ayudaba, pero solo la captura de enemigos en el campo de batalla otorgaba el verdadero estatus. El ascenso de un guerrero, desde el humilde tlamani hasta la élite de los cuachique -los rapados-, era un camino de sangre y honor que garantizaba que el mando estuviera siempre en manos de los más aptos.



Este sistema de castas guerreras —Águilas, Jaguares, Coyotes— no era mera ornamentación. El uso de uniformes que imitaban depredadores sagrados cumplía una función psicológica de terror sobre el adversario, una "guerra de imágenes" donde la identidad del combatiente era su primera arma. El equipo defensivo, como el ichcahuipilli -algodón endurecido con sal-, resultó ser tan efectivo que los propios españoles, cargados con pesadas y calurosas armaduras de metal, no tardaron en adoptarlo. Esto nos habla de una tecnología adaptativa que, lejos de ser primitiva, estaba perfectamente sintonizada con su entorno y su propósito.

La contradicción de la victoria

Sin embargo, el análisis crítico revela una vulnerabilidad intrínseca en la filosofía bélica mexica: el objetivo de la captura sobre la aniquilación. Las "Guerras Floridas" y la preferencia por el cautivo vivo para el sacrificio ritual, si bien sostenían el orden religioso, limitaron la efectividad táctica frente a un enemigo europeo que practicaba la guerra de exterminio total. Mientras el guerrero jaguar buscaba la gloria individual y el tributo viviente, el soldado castellano buscaba la eliminación del oponente y la toma definitiva del territorio.

El macuahuitl, esa espada de madera con filos de obsidiana capaces de decapitar a un caballo, es la metáfora perfecta del imperio: una belleza letal, pero frágil frente al acero toledano y la pólvora. La obsidiana, aunque más afilada que cualquier metal de la época, se quebraba al primer impacto contra las protecciones metálicas. Esta superioridad técnica europea, sumada a las alianzas de los pueblos sojuzgados por el tributo mexica, marcó el fin de la hegemonía de la Triple Alianza.

El crisol de la hispanidad

Llamar a la caída de Tenochtitlán una simple derrota es un error de perspectiva histórica. Fue, en realidad, un choque de dos voluntades de grandeza. El análisis objetivo nos obliga a reconocer que el México actual no es el sucesor exclusivo de los mexicas, ni una extensión trasplantada de España, sino el resultado de esa colisión. El valor de los guerreros que juraron no retroceder jamás quedó fundido en el carácter del pueblo mestizo.

La legislación de Guanajuato y la ética periodística nos exigen evitar el daño moral y la polarización simplista. No hubo "buenos" ni "malos" absolutos; hubo hombres de su tiempo actuando bajo códigos de honor que hoy nos parecen brutales, pero que fueron los cimientos de nuestra civilización. La verdadera herencia hispana reside en comprender que la valentía del guerrero águila y la determinación del capitán castellano son dos caras de la misma moneda. Al honrar la historia del ejército mexica, no solo recordamos un pasado de gloria militar, sino que validamos la raíz de una nación que nació del encuentro más dramático y transformador de la historia humana. La grandeza de México es, en última instancia, el eco de esos tambores y conchas de caracol que aún resuenan en nuestra sangre.

La descripción de la historia guerrera azteca

Narrador: 
En el corazón del altiplano central de México hace más de cinco siglos floreció una civilización cuyo poder no se medía solo en tierras conquistadas sino en la precisión disciplina y ferocidad de su ejército. Bajo las órdenes del tlatoani miles de hombres marchaban como un solo cuerpo listos para luchar no solo por la victoria sino por sus deidades. Sus armas eran temidas sus tácticas calculadas y su valor legendario pero ¿cómo estaba organizado este formidable ejército? ¿qué secretos guardaban sus armas y estrategias? En este documental exploraremos las entrañas del poder militar mexica y descubriremos cómo un pueblo logró construir una máquina de guerra que hizo temblar a reinos enteros.

En el corazón de Tenochtitlán una ciudad que parecía flotar sobre las aguas el poder se concentraba en una sola figura el tlatoani. Más que un gobernante era la voz y la voluntad del imperio un líder con autoridad absoluta sobre la ciudad estado. A su lado un gran consejo compuesto por los representantes de cada calpulli las unidades sociales y políticas del pueblo mexica ofrecía consejo y apoyo. Tenochtitlán albergaba veinte de estas comunidades cada una dirigida por un calpullec un jefe que no solo representaba a su gente sino que también cumplía un papel clave en la organización militar del imperio. Juntos el tlatoani y sus consejeros tejían las estrategias que mantenían unida y en expansión a una de las civilizaciones más poderosas de Mesoamérica.

Por debajo del tlatoani el mando militar recaía en una figura temida y respetada el tlacochcalcatl. Era el jefe supremo del ejército mexica el estratega que transformaba la voluntad de guerra del gobernante en planes precisos y letales. Sobre sus hombros descansaba la responsabilidad de planificar cada campaña calcular rutas anticipar movimientos enemigos y garantizar la victoria. Su sola presencia imponía respeto portaba un casco en forma de calavera símbolo de muerte para sus enemigos y de autoridad incuestionable para sus hombres. Bajo su dirección el ejército azteca no solo marchaba avanzaba como una máquina de guerra perfectamente engranada. Junto al tlacochcalcatl el tlacatecatl ocupaba el más alto rango en la jerarquía militar. Su papel equivalía al de un general y su responsabilidad era proteger las puertas mismas de Tenochtitlán. Cada tlacatecatl dirigía un tlacateco cuartel o arsenal estratégicamente ubicado en una de las cuatro entradas de la ciudad. Desde allí comandaba un regimiento xiquipilli formado por ocho mil guerreros listos para responder ante cualquier amenaza.

En el mundo mexica cada hombre era un guerrero en potencia desde los catorce años recibía entrenamiento militar básico sin importar si su vida cotidiana estaba dedicada al comercio la artesanía o el cultivo de la tierra. La base de la jerarquía la formaban los tamemes cargadores encargados de transportar armas y suministros en campaña. Por encima de ellos se encontraban los telpochcalli jóvenes reclutas que aún no habían probado la guerra. El siguiente peldaño lo ocupaban los yaoyizque plebeyos que ya habían combatido pero que aún no habían conseguido un prisionero el único camino para ascender en el ejército y en la sociedad. Para el joven guerrero la norma era clara tenía tres oportunidades para capturar a su primer cautivo en batalla solo entonces comenzaba su verdadero ascenso en el escalafón militar.

En el ejército mexica cada cautivo capturado en combate abría la puerta a un nuevo rango y a una nueva distinción. Con su primer prisionero el guerrero se convertía en tlamani recibía un garrote un escudo con bordes de obsidiana dos capas distintivas y un taparrabos rojo brillante que proclamaba su logro. Con dos cautivos ascendía a cuextecatl este título le permitía portar el traje negro y rojo llamado tlahuiztli sandalias y un casco cónico que lo distinguía entre la multitud. Con tres prisioneros alcanzaba el rango de papalotl mariposa y recibía un emblema con esta figura para llevar en la espalda símbolo de honor y respeto. Con cuatro o más cautivos se convertía en cuauhocelotl caballero águila o jaguar con el peinado temillotl una coleta recogida hacia atrás que solo portaban los más temidos.

En la cima estaban los cuachique o guerreros rapados para llegar allí era necesario haber capturado más de seis prisioneros y haber acumulado hazañas legendarias. Se afeitaban la cabeza dejando únicamente una larga trenza sobre la oreja izquierda y pintaban su rostro y cráneo en dos colores azul y rojo o amarillo. Vestían el tlahuiztli amarillo y juraban no dar jamás un paso atrás en combate bajo pena de muerte a manos de sus propios compañeros. Los otomís guerreros de noble cuna compartían ese juramento y reputación custodiaban a los novatos y eran considerados los más valientes del ejército imperial. En este sistema cada rango no solo implicaba más prestigio sino también una mayor exigencia de valor y compromiso absoluto con la victoria o la muerte.

En la cúspide del poder militar mexica se encontraban las órdenes de élite unidades especiales que llevaban el nombre y el espíritu de animales sagrados o figuras míticas. Su uniforme imitaba la piel los colores y hasta las formas de la criatura que representaban y el casco adoptaba la cabeza del animal convirtiendo al guerrero en una visión imponente en el campo de batalla. Entre ellos destacaban los guerreros del águila cuauhpilli procedentes de la nobleza símbolos de fuerza visión y dominio desde las alturas. A su lado los guerreros del jaguar ocelopilli de origen plebeyo igualaban sus méritos en combate encarnando la astucia y ferocidad del gran felino. Existían otras órdenes igualmente temidas los guerreros coyote los enigmáticos tzitzimime los devotos de Xipe Tótec los huaxtecos y los pardos. Cada uno llevaba no solo un uniforme sino un legado y una reputación que intimidaba antes incluso de blandir un arma. En la guerra mexica la imagen del guerrero era tan decisiva como su filo.

En la guerra mexica el amanecer era la hora de la verdad cuando el sol apenas iluminaba las montañas columnas de humo se elevaban en el horizonte señales que anunciaban el inicio de la batalla y que coordinaban a las distintas divisiones del ejército. Luego el silencio del alba era roto por el estruendo de tambores y el sonido profundo de las conchas de caracol los tlapitzalli que marcaban el momento de avanzar. El combate comenzaba con una lluvia de armas arrojadizas el grueso de la primera línea lo formaban plebeyos armados con hondas y arcos que cubrían el campo con proyectiles. Cuando la distancia se acortaba los guerreros empuñaban el atlatl el lanzavenablos preferido para los tiros cortos por su letalidad era el preludio de lo inevitable el choque directo cuerpo a cuerpo donde se decidía el destino de la jornada.

En el fragor de la batalla el honor dictaba el orden de entrada los primeros en lanzarse eran los cuachique los guerreros rapados temidos por su juramento de no retroceder jamás. Tras ellos irrumpían los caballeros águila y jaguar vistiendo sus imponentes armaduras con forma de depredadores sagrados solo después entraban en acción los plebeyos y los jóvenes que combatían por primera vez. Al inicio las líneas se mantenían firmes cada rango en su posición mientras los mexicas trataban de acorralar y flanquear al enemigo. Pero cuando el combate se intensificaba la formación se rompía y la guerra se convertía en un conjunto de duelos individuales en ese momento ya no importaban las órdenes ni la estrategia solo la fuerza la destreza y la voluntad de sobrevivir. En retaguardia aguardaban los otomís tropas de élite reservadas para momentos decisivos. Los jóvenes guerreros en cambio no entraban en combate hasta que la victoria mexica estaba prácticamente asegurada solo entonces se les permitía lanzarse a la persecución buscando su primer prisionero entre los enemigos que huían.

En las llamadas guerras floridas el objetivo no era la aniquilación sino la captura. Los guerreros mexicas preferían atrapar a sus adversarios con vida a veces inutilizándolos mediante un corte en los tendones o provocando heridas que los incapacitaran. Para el mexica un cautivo valía más que un enemigo muerto era la llave para ascender en el honor militar y un tributo viviente para los dioses. La astucia era tan importante como la fuerza entre las tácticas más temidas de los mexicas estaba la retirada fingida pequeños grupos de guerreros atacaban con ferocidad para luego simular una huida desordenada. El enemigo confiado los perseguía sin saber que avanzaba hacia una emboscada donde más tropas mexicas aguardaban ocultas para cerrar la trampa. Si el adversario lograba refugiarse en su ciudad la batalla no terminaba el objetivo casi nunca era destruir sino conquistar una vez tomada el templo principal era incendiado enviando un mensaje visible a kilómetros de distancia la victoria mexica era total.

Más allá de la capital el imperio se extendía por vastas provincias cada una bajo la autoridad de un tlatoani o tlatoque. Estos gobernadores eran la voz del poder en sus territorios y también comandaban los ejércitos provinciales su misión no se limitaba a la administración eran responsables de mantener el orden recaudar tributos y responder al llamado de guerra del tlatoani supremo. Cuando la capital lo ordenaba sus hombres marchaban y con ellos el peso de las alianzas y la lealtad que sostenía el corazón del imperio. El ejército azteca estaba organizado con precisión casi matemática cada gran regimiento xiquipilli reunía a ocho mil hombres. Esta fuerza colosal se subdividía en unidades llamadas tlaxilacallis equivalentes a calles formadas por unos dos mil guerreros. Dentro de cada tlaxilacalli las tropas se agrupaban en compañías conocidas como calpullis con alrededor de cuatrocientos combatientes liderados por un tiachcauh capitán que representaba la misma calle o región donde se reclutaban sus hombres. Y aún más abajo en la cadena cada calpulli se dividía en cuartos bajo el mando de oficiales siempre nobles locales que garantizaban disciplina y lealtad. Así desde el tlatoani hasta el último guerrero el ejército mexica funcionaba como un entramado perfectamente coordinado.

En la base de esta compleja estructura estaban las unidades más pequeñas los pantlis formaciones de apenas veinte hombres dirigidas por sargentos conocidos como telpochtlahtoques. Eran el eslabón final de la cadena militar pero también la pieza que aseguraba la coordinación en el campo de batalla. El ejército mexica se organizaba según el alcance y función de sus armas honderos arqueros y lanzadores de venablos dominaban el combate a larga distancia lanceros mantenían al enemigo a raya en la media y en el momento decisivo las unidades de choque avanzaban para el combate cuerpo a cuerpo empuñando armas de mano y escudos. Cada guerrero sabía su lugar y cada formación su momento de actuar. Entre las armas arrojadizas de los mexicas la más humilde a la vista podía ser también la más letal la tematlatl o honda era una sencilla correa tejida con fibras de ixtle extraídas del maguey. En su centro una pequeña bolsa sostenía el proyectil pero no cualquier piedra servía las mujeres del imperio preparaban con esmero proyectiles pulidos guardados en bolsas para la batalla. En manos de un tirador experto estas piedras podían volar a más de cien metros cayendo con una fuerza capaz de incapacitar a un enemigo antes siquiera de que alcanzara el combate cuerpo a cuerpo.

Otra de las armas más emblemáticas era el tlahuitolli el arco azteca con una longitud de al menos un metro y medio estaba elaborado en madera flexible y su cuerda combinaba nervios de animales con pelo de ciervo hilado. Las flechas o mitl llevaban puntas de sílex pedernal obsidiana e incluso espinas de peces. Entre todas había una especialmente temida la minacachalli con forma de arpón una vez clavada su extracción era casi imposible incluso para los hábiles médicos mexicas. Los conquistadores españoles pronto sintieron su eficacia Pedro de Alvarado fue herido cuando una de estas flechas atravesó la silla de montar dejándolo lisiado para siempre. La arqueología experimental confirma que un arquero entrenado podía disparar hasta doce flechas por minuto y los arqueros de Tehuacán eran capaces de lanzar dos o incluso tres flechas al mismo tiempo. Sin venenos en sus puntas su letalidad dependía de la puntería la fuerza y de un carcaj el micomitl que portaba veinte flechas listas para volar.

Otra arma versátil en el arsenal mexica era la tlacochtli la jabalina diseñada tanto para la caza como para la guerra alcanzaba una longitud cercana a un metro ochenta. Su delgado cuerpo de madera remataba en puntas afiladas de obsidiana bronce o incluso huesos de pescado ligera pero letal podía lanzarse a distancia o emplearse en combate cercano perforando la carne y el orgullo del enemigo. En manos de un guerrero experimentado la tlacochtli no era solo un proyectil era una sentencia. Entre las armas menos comunes del mundo mexica estaba la tlacalhuazcuahuitl o cerbatana era un tubo de madera hueca por donde se lanzaban dardos ligeros de madera rematados con aletas de algodón para estabilizar su vuelo pero lo más letal no era su impacto sino lo que llevaba impregnado.

Cuando la distancia se acortaba y la batalla se volvía personal entraban en juego las armas de choque para el combate cuerpo a cuerpo. Una de estas armas era el tepoztopilli la lanza mexica con una longitud cercana a un metro noventa. Su astil de madera terminaba en una punta de pedernal u obsidiana y en su versión más temida en una hoja romboidal incrustada con pequeñas cuchillas del mismo material. Diseñada para perforar y desgarrar esta arma no contaba con regatón como las lanzas europeas pues en Mesoamérica no existía la caballería aquí la lanza no era un muro defensivo era un brazo extendido que buscaba abrir paso entre el enemigo empujando al guerrero hacia el choque final. Pocas armas representan tanto al guerrero mexica como el macuahuitl a simple vista era una espada de madera pero sus filos guardaban un poder mortal cuchillas de obsidiana incrustadas en ambos lados fijadas con resinas especiales capaces de cortar con una precisión temible.

El análisis iconográfico sugiere que era un arma reservada a los nobles y las crónicas españolas relatan su supuesta capacidad para decapitar caballos de un solo tajo o destripar a un hombre tal vez la leyenda exageró su filo pero no su peligro las lascas de obsidiana podían incrustarse en el hueso provocando hemorragias o infecciones fatales. Existían dos versiones el macuahuitl normal de unos setenta a ochenta centímetros con seis a ocho cuchillas por lado y el macuahuitzoctli más corto de unos cincuenta centímetros y cuatro cuchillas por lado. Los españoles llamaban a la primera espada de dos manos comparándola con sus propios montantes aunque aquí en la tierra mexica era más que un arma era un estandarte de rango y un sello de muerte.

No todas las armas mexicas buscaban cortar o perforar algunas estaban hechas para aplastar. La macana era una maza de madera maciza rematada por una protuberancia contundente sencilla en apariencia pero capaz de fracturar huesos y escudos en ocasiones la letalidad aumentaba con una punta de madera afilada. Aún más temida era la cuauhololli una maza corta de entre cincuenta y setenta centímetros con una piedra firmemente atada en su extremo. En manos fuertes su golpe podía destrozar un cráneo o inutilizar un brazo de un solo impacto. En el fragor del combate estas armas no buscaban la elegancia buscaban la certeza de que el enemigo no volvería a levantarse. Entre las armas más versátiles del mundo mesoamericano estaba el tlaximaltepoztli el hacha su diseño era simple pero efectivo un mango de madera con una cabeza de bronce firmemente encajada en el extremo. Era una herramienta indispensable para la vida cotidiana pero en el campo de batalla se transformaba en un arma capaz de abrir escudos astillar huesos y decidir combates en cuestión de segundos. En manos de un guerrero mexica el tlaximaltepoztli recordaba que en la guerra incluso los instrumentos más humildes podían convertirse en portadores de muerte.

Entre las armas más temidas y cargadas de significado del mundo mexica estaba el tecpatl forjado en pedernal obsidiana o sílex tenía forma lanceolada hoja de doble filo y extremos alargados uno afilado en punta el otro más achatado. Su lugar en la historia no se limita al combate el tecpatl era el cuchillo ritual por excelencia empleado en los sacrificios humanos que honraban a los dioses y sellaban pactos con la sangre pero también en el campo de batalla era el arma de corto alcance de los guerreros jaguar ideal para el combate cerrado cuando el enemigo estaba ya demasiado cerca para blandir una espada o una lanza. En manos de un mexica el tecpatl era más que acero volcánico era la herramienta con la que se ofrecía la vida propia o ajena a los dioses.

El guerrero mexica no solo confiaba en su destreza y armas también en la protección que lo cubría sus armaduras cascos y escudos estaban fabricados con materiales adaptados al clima y al tipo de guerra que libraban. Su eficacia era tal que incluso los conquistadores españoles acostumbrados al peso y rigidez del metal abandonaron sus corazas para adoptar las defensas de algodón endurecido utilizadas por los mexicas eran más ligeras más cómodas y frente a las armas indígenas ofrecían una protección sorprendente. No es casualidad que en el lienzo de Tlaxcala los españoles aparezcan ya con estas protecciones algunos las habían conocido incluso antes de llegar a México durante los viajes de Cristóbal Colón. Entre las protecciones más características del guerrero mexica estaba el ichcahuipilli un acolchado similar al gambesón europeo confeccionado en algodón endurecido con sal adquiría una rigidez capaz de resistir el filo de las armas mesoamericanas. Su diseño era sencillo un chaleco que podía llegar hasta las nalgas o en su versión más larga probablemente reservada a los nobles cubrir buena parte de las piernas. Podía usarse solo o debajo de los tlahuiztli los trajes de los guerreros y a menudo se complementaba con protecciones adicionales para brazos y muslos confeccionadas con el mismo material ligero resistente y adaptable el ichcahuipilli demostraba que en el arte de la guerra mexica la defensa era tan ingeniosa como el ataque.

La defensa del guerrero mexica se completaba con el chimalli un escudo redondo de entre veinte y setenta y cinco centímetros de diámetro. Su fabricación combinaba materiales adaptados a la guerra mesoamericana madera cuero cañas entretejidas y reforzadas con algodón e incluso caparazones de grandes tortugas. Según el rango militar podía adornarse con cobre plata o láminas de oro sus diseños eran tan variados como simbólicos plumas de vivos colores cuentas cascabeles y metales preciosos decoraban su superficie a menudo en relación directa con el traje del guerrero. En el reverso dos tiras de cuero permitían embrazarlo algunos chimallis más pequeños y ricamente adornados eran de uso ceremonial y hoy reposan en museos. Las crónicas mencionan otro tipo menos recordado un escudo de gran tamaño capaz de cubrir todo el cuerpo flexible podía plegarse bajo el brazo y desplegarse cuando era necesario como un paraguas de guerra. Diego Godoy que lo vio entre los indígenas de Chamula lo describió como una pavesina que protegía desde la cabeza hasta los pies un muro portátil para quienes sabían cuándo resistir y cuándo avanzar.

Para proteger la cabeza y al mismo tiempo infundir terror en el enemigo los guerreros mexicas portaban el cuatepotli el casco fabricados en madera y recubiertos con cuero plumas o pieles no solo ofrecían defensa también eran un estandarte visual de la identidad guerrera. Muchos representaban las cabezas de animales vinculados a las órdenes militares más prestigiosas águilas jaguares y coyotes cada diseño transmitía fuerza ferocidad y el espíritu del animal que encarnaban. Algunos como el yelmo del traje de tzitzimime llevaban el simbolismo aún más lejos un cráneo humano que envolvía la cabeza del guerrero de modo que parecía que el hombre estaba siendo devorado por la criatura que representaba. En la guerra mexica la imagen era tan poderosa como la espada y el cuatepotli era un grito silencioso que anunciaba quién se acercaba y qué destino aguardaba al enemigo.

El ejército mexica fue mucho más que un conjunto de hombres armados fue una máquina de guerra precisa disciplinada y profundamente ligada a la cultura y religión de su pueblo. Su organización sus tácticas y su valor en combate lo convirtieron en una de las fuerzas más formidables que haya conocido Mesoamérica. Frente a ellos los hombres de Castilla no se encontraron con un enemigo improvisado sino con un adversario digno que luchó con honor un adversario que con sus propios códigos y creencias entendía la guerra como un deber sagrado y un camino hacia la gloria. Y fue precisamente ese encuentro entre dos civilizaciones diferentes pero igualmente orgullosas lo que marcó el inicio de una nueva era de la que nacería el México que hoy conocemos una era de choque de mestizaje y de grandeza donde la valentía mexica y la determinación española se entrelazaron para forjar una historia común.

Hoy desde la distancia de los siglos podemos reconocer que sin el temple de los guerreros aztecas la conquista de México no habría sido la misma y sin la llegada de España la historia de América no sería ni una sombra de lo que hoy es. Porque honrar la memoria de nuestros antepasados tanto de quienes llegaron desde España como de quienes ya habitaban estas tierras es comprender que la verdadera herencia hispana se construyó con el valor de todos. Honrar la hispanidad es también reconocer el temple de los guerreros que la enfrentaron porque su valor lejos de desaparecer quedó fundido para siempre en la nueva nación que emergió de aquella conquista. Así bajo un mismo cielo la historia no recuerda vencedores y vencidos sino hombres que con la espada el escudo y la fe forjaron el destino de un continente. Suscríbete y forma parte de quienes aún sienten el llamado de la grandeza bienvenido a Hijos de la Hispanidad donde el espíritu de un imperio nunca muere. #MetroNewsMx #GuanajuatoDesconocido

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