Eugenio Amézquita Velasco
Fotos: Fernando Zárate Ortiz
Fotos: Fernando Zárate Ortiz
-El cronista de Salvatierra, Pascual Zárate Ávila, pone de relieve la importancia de la historia oral frente a la modernidad.
-Las redes sociales se transforman en una herramienta vital para fortalecer el tejido social a través de la memoria colectiva.
-Zárate Ávila destaca cómo el relato humano y la emoción son elementos que ningún documento oficial puede suplir con eficacia.
-El narrador comunitario Fernando Chacón expone las heridas arquitectónicas que el Plan Guanajuato dejó en el patrimonio de Acámbaro.
-Ambos ponentes coinciden en que la preservación del patrimonio debe ser una tarea conjunta entre la ciudadanía y el Estado.
La palabra como trinchera y patrimonio
El rescate de la memoria en el estado de Guanajuato ha dejado de ser una tarea exclusiva de los archivos polvorientos para trasladarse a la vibrante y a veces caótica arena de la oralidad y las plataformas digitales. En este escenario, la intervención de Pascual Zárate Ávila, cronista de Salvatierra y colaborador de Guanajuato Desconocido, marca un hito en la forma en que entendemos la preservación cultural. Su análisis no se limita a la enumeración de fechas; propone una metodología donde la tecnología sirve al espíritu humano para evitar la erosión de la identidad.
Para Zárate Ávila, la historia oral no es un accesorio del dato duro, sino el alma misma del patrimonio. En su exposición, enfatiza que el cronista moderno debe ser un puente entre la tradición y las nuevas herramientas de comunicación. Al utilizar Facebook y YouTube no como simples distractores, sino como repositorios de la memoria, Saura logra lo que muchas instituciones fallan en conseguir: la revitalización del tejido social. El cronista relata con agudeza cómo el simple acto de sentar a un propietario de un antiguo mesón frente a una cámara para narrar su historia familiar no solo documenta un inmueble, sino que reintegra a individuos aislados a la vida pública, devolviéndoles un sentido de pertenencia y dignidad.
La profundidad del planteamiento de Saura estriba en la distinción entre información y emoción. Según el colaborador de Guanajuato Desconocido, un investigador puede describir un monumento con palabras elegantes, pero solo el protagonista, el dueño de la vivencia, puede transmitir la carga emocional que hace que una comunidad decida proteger su entorno. Esta visión es disruptiva: el patrimonio ya no es solo piedra y cal, sino la narrativa que lo sostiene.
El contraste de la modernidad: El caso Acámbaro
En un segundo plano de análisis, pero estrechamente vinculado a la tesis de la pérdida patrimonial, aparece la voz del narrador comunitario Fernando Chacón, quien ofrece un testimonio descarnado sobre las consecuencias del progreso mal planificado. A través de su relato sobre la implementación del Plan Guanajuato durante el gobierno de Juan José Torres Landa, Chacón reconstruye la paradoja de la modernización de los años sesenta.
Si bien el Plan Guanajuato es reconocido por sentar las bases del corredor industrial y transformar la economía del estado, el costo para ciudades como Acámbaro fue, en términos culturales, catastrófico. Chacón detalla con precisión quirúrgica el desmantelamiento del centro histórico: la demolición de portales icónicos como el Victoria y el Tabaqueros, la destrucción de la arquitectura civil para ensanchar calles y el error histórico de trasladar el mercado local sobre los vestigios de la huerta del convento de San Francisco.
Este testimonio sirve como el ejemplo negativo de lo que Saura Ávila busca prevenir. Mientras Saura propone usar la tecnología para atesorar lo que queda, Chacón recuerda cómo el Estado, en su afán de "modernizar", borró las huellas que hoy podrían haberle valido a Acámbaro la denominación de Pueblo Mágico. La demolición de la memoria edificada en Acámbaro es presentada por el narrador no solo como una pérdida estética, sino como una desconexión con el pasado insurgente de la ciudad, donde Miguel Hidalgo fue nombrado Generalísimo.
La tecnología al servicio del espíritu
El análisis de Pascual Zárate Ávila cierra el círculo con una propuesta técnica y ética. No basta con grabar; hay que hacerlo con calidad profesional. El cronista de Salvatierra insiste en que la limpieza del sonido y la edición en vivo son fundamentales para captar audiencias que hoy están acostumbradas a la inmediatez audiovisual. Su enfoque es pragmático: si la historia oral quiere competir con el entretenimiento vacío, debe presentarse con la misma pulcritud técnica, pero con un contenido radicalmente superior.
Zárate Ávila concluye que la historia oral tiene una doble función social. Primero, es una terapia para la comunidad, pues al escuchar sus propias historias, los ciudadanos sanan brechas y fortalecen lazos familiares y gremiales. Segundo, se constituye como una fuente primaria inagotable para futuros investigadores. Al archivar estas voces "en la nube", se asegura que el testimonio del artesano, el comerciante y el ciudadano común no desaparezca con ellos.


