Eugenio Amézquita Velasco
-Estreno mundial de La Musa de Tecozautla Filosofía, obra del maestro Roberto Arellano, originario de Comonfort, Gto.
-La pieza retrata paisaje y comunidad: inicia clara, se vuelve reflexión y regresa transformada, como la vida compartida.
-Arellano trasciende con música que honra la tierra, la fe y la belleza cotidiana, proyectando a Guanajuato al mundo.
El estreno mundial de "La Musa de Tecozautla Filosofía" marcó un hito en la vida cultural de México. La obra, compuesta por el maestro Roberto Aguilar Arellano, originario de Comonfort, Guanajuato, no es solo una pieza musical: es un manifiesto sonoro que coloca al oyente frente a la memoria, la tierra y la comunidad.
El concierto reunió a un ensamble integrado por María Pérez Francis, Efraín Molina, Alondra Barquera Martínez, Daniel Espinosa, Diego López Monroy, el propio maestro Arellano y los integrantes del Taller de Guitarra de la Facultad de Ciencias. La conjunción de talentos dio vida a una obra que se mueve entre lo íntimo y lo universal.
La música inicia con claridad y sencillez, como el paisaje que se abre ante los ojos. Luego se transforma en reflexión profunda, preguntándose por el sentido de la vida compartida. Finalmente regresa al inicio, pero enriquecida, como quien vuelve a casa con nuevas enseñanzas. Cada silencio, cada acorde, cada variación es parte de un discurso que no busca deslumbrar con artificios, sino conmover con verdad.
"La Musa de Tecozautla Filosofía" es un homenaje al pueblo y a su gente. Habla de la tierra, del trabajo comunitario, de la fe y de la belleza cotidiana. Su fuerza radica en la claridad poética: la vida en comunidad es como una melodía que se transforma, pero nunca se pierde. Roberto Arellano logra que la música se convierta en filosofía, en contemplación activa, en un espejo de lo que permanece cuando el tiempo pasa.
Este estreno no solo consagra a la obra, sino que proyecta al maestro Arellano como una figura que trasciende fronteras: un creador que desde Guanajuato ofrece al mundo una música que honra la memoria, la identidad y la esperanza.
Tecozautla, en el estado de Hidalgo, visto musicalmente por un comonforense
La pieza del maestro Roberto Aguilar Arellano es como un retrato musical de Tecozautla. No es una canción cualquiera: es música que quiere hacernos pensar y sentir al mismo tiempo.
Empieza suave y clara, como cuando uno mira el paisaje y reconoce lo que siempre ha estado ahí, las calles, los cerros, la gente.
Luego cambia el tono, se pone más serio, como si la música se preguntara por el sentido de la vida y de la comunidad. Es un momento de reflexión, como cuando uno se detiene a pensar en lo que ha pasado y lo que viene.
Después regresa al inicio, pero ya no suena igual. Vuelve más rico, más adornado, como si la experiencia nos hubiera enseñado algo nuevo.
La música juega con colores y emociones. A veces suena alegre, otras veces más pensativa. Los silencios también cuentan, porque dejan respirar y sentir lo que está pasando.
En pocas palabras, esta obra es un homenaje al pueblo de Tecozautla, Hgo. y a su gente. Habla de la tierra, del trabajo compartido, de la fe y de la belleza que se encuentra en lo cotidiano. No busca presumir con notas complicadas, sino transmitir un mensaje claro: la vida en comunidad es como una melodía que se transforma, pero nunca se pierde.
“La Musa de Tecozautla Filosofía” se sostiene en una síntesis: motivo claro, modalismo luminoso, ritmo que respira danza sin encadenarse a ella, y una forma que regresa transformada. La obra no pretende deslumbrar con complejidad técnica, sino con claridad poética: coloca al oyente frente a una pregunta —qué permanece del lugar cuando el tiempo pasa— y le ofrece una respuesta musical que no cierra, sugiere. Es música que honra un territorio y su gente mediante contemplación activa: mirar, recordar, agradecer.
El análisis musical de “La Musa de Tecozautla Filosofía” de Roberto Arellano
Esta pieza, por su título y dedicatoria territorial, sugiere una poética que entrelaza paisaje, memoria y contemplación. El enfoque “filosofía” apunta a una música que se pregunta por su propio sentido: más que describir Tecozautla, parece meditar sobre él. En un análisis integral como lo harían maestros de distintas épocas, cruzando forma, lenguaje armónico, retórica melódica, ritmo, texturas, y semántica cultural se obtienen aspectos interesantes.
La forma y arquitectura discursiva
La obra se percibe como una estructura tripartita con retorno (A–B–A’), donde el regreso no es repetición, sino resignificación: el material inicial reaparece con variación tímbrica y adornos que revelan “lo aprendido” en el episodio central.
La sección B funciona como “diafragma filosófico”: suspende la afirmación melódica de A para explorar ambigüedad modal, cromatismos o desplazamientos métricos, que desestabilizan la percepción y abren espacio para la reflexión.
Las clausuras evitan el golpe definitivo. Prefieren cadencias ampliadas, retardos y apoyaturas, insinuando que la contemplación del paisaje y la tradición no se cierra, se prolonga.
Se advierten perfiles modales (dórico/ mixolidio) integrados a armonías funcionales ligeras. Esto crea un intermedio entre folclor y concierto: acordes con terceras claras conviven con grados alterados característicos del canto tradicional.
El uso de séptimas (mayores y menores), novenas y acordes con cuarta suspendida genera campos de gravedad que no buscan resolver rápido, favoreciendo la “escucha pensante”.
Los cambios de centro tonal se realizan por afinidad (terceras relativas o dominantes secundarias discretas) y a veces por timbre más que por eje armónico, apostando por la continuidad del paisaje sonoro.
Melodía, prosodia y figuración
La línea principal combina arco amplio (gesto de horizonte) con inflexiones locales (apoyaturas, mordentes), como si trazara cerros y veredas. Hay una economía de saltos grandes, reservándolos para clímax afectivo.
Un núcleo de 3–5 notas aparece con variación rítmica y transposición, actuando como “musa” recurrente. Su transformación progresiva es el motor filosófico: cada aparición dice algo distinto del mismo lugar.
Trinos, pequeñas escalas y portamentos se emplean con sobriedad; no como virtuosismo vacío, sino como respiración del discurso, imitando acentos del habla regional o del canto procesional.
La obra se asienta en compás regular (frecuentemente ternario o compuesto, afín al vals/huapango estilizado), pero introduce síncopas y anticipaciones que animan el pulso sin romperlo.
Momentos de superposición 3:2 evocan danzas tradicionales y aportan tensión sin agresividad, como “juego de sombra y sol” en la textura. Las respiraciones, cesuras y calderones son parte constitutiva: el tiempo contemplativo es esencial a la filosofía del título.
La combinación de solista (instrumento melódico o voz) con acompañamiento armónico crea un teatro íntimo. Arpegios y bordones sostienen, mientras líneas internas (contracantos) abren profundidad.
La obra cuida los graves como suelo (tierra/roca), los medios como cuerpo (comunidad) y los agudos como cielo (trascendencia). La densidad crece en clímax con sumas tímbricas, no con saturación.
Reverb natural o sugerida realza el carácter ceremonial, asociando el sonido a plazas, templos o balnearios, inscribiendo la música en un lugar concreto.
La “musa” no es una figura externa: es la voz interior de Tecozautla, la evocación de oficio comunitario (tequio), aguas termales, reloj monumental, y la continuidad de lo sagrado en lo cotidiano.
La pieza se interroga sobre la permanencia: cómo el tiempo (reloj), la naturaleza (manantiales) y la comunidad (trabajo colectivo) se vuelven música. La forma A–B–A’ encarna ese retorno transformado. Aunque no es litúrgica estricta, adopta gestos de procesión, bendición y contemplación, proponiendo una ética de escucha y encuentro.
Lecturas históricas comparadas
-Clásico-romántico: Uso de motivo y variación (Beethoven/Brahms) con cantabile lírico (Schubert), en equilibrio entre arquitectura y emoción.
-Impresionismo: Colores modales y armonías de extensión (Debussy/Ravel) para pintar luz y agua.
-Nacionalismo latino: Melos y ritmos que evocan danzas sin citarlas literalmente (Revueltas, Moncayo, Ginastera), integrando folclor a lenguaje de concierto.
-Minimalismo lírico: Repetición transformativa como meditación (Pärt/Glass) aplicada con calidez, evitando la frialdad mecánica.
Técnica interpretativa y praxis
-Articulación: Legatos largos para horizonte; staccatos ligeros en figuraciones de danza; acentos orgánicos, no metronómicos.
-Dinámica: Terraced dynamics que respiran con la frase; crescendi que emergen desde la textura, no desde el volumen.
-Rubato: Medido y conversado entre voces; el rubato no desfigura el pulso ceremonial, lo ilumina.
-Afinación y balance: Cuidar la pureza de intervalos modales; el acompañamiento nunca tapa la melodía: la “musa” debe oírse.
Estructuras motivas y desarrollo
-Motivo raíz: Tres notas (tónica–segunda–tercera o su espejo) crean identidad.
-Transformación: Secuencias, inversión suave y cambio de modo (mayor/menor/mixolidio) aportan evolución sin perder reconocimiento.
-Contra-motivo: Línea secundaria en terceras sextas que responde a la musa, como diálogo comunidad–individuo. #MetroNewsMx #GuanajuatoDesconocido


