Eugenio Amézquita Velasco
José Luis Revilla Macías, Entrevistador
Equipo Técnico de Raíces de Comonfort: Manuel Cortez, Silvestre León, Al Rabi Arredondo; Roger Zea, Emigdio González, David Eduardo Guevara y Verónica Calixto
-El manuscrito colonial resguardado en El Colmich revela nuevas luces sobre la historia fundacional, los orígenes otomíes y la tenencia de la tierra en el antiguo municipio guanajuatense.
-Investigaciones recientes realizadas en el Centro de Estudios Históricos del Colegio de Michoacán apuntan a que el Códice Chamacuero fue elaborado entre 1670 y 1700, utilizando papel de origen genovés.
-El análisis filológico y material del documento indígena busca conectar su contenido histórico con motores de búsqueda modernos mediante un proyecto digital integral coordinado por especialistas.
-La preservación documental encabezada décadas atrás por el padre Agustín Ayala salvaguardó más de 400 expedientes históricos fundamentales para entender el poblamiento del Bajío.
El patrimonio documental e histórico del estado de Guanajuato posee en el Códice Chamacuero uno de sus testimonios más valiosos y complejos. Durante una emisión de Raíces de Comonfort, el promotor turístico José Luis Revilla Macías sostuvo una entrevista con el arqueólogo e investigador Rodrigo Daniel Hernández Medina, especialista del Centro de Estudios Históricos del Colegio de Michoacán (Colmich), para profundizar en los detalles arqueológicos, históricos y materiales que envuelven a este documento colonial y al fondo documental que lo acompaña.
El Códice Chamacuero no es una pieza aislada, sino el documento principal —registrado como el expediente número siete— dentro de un acervo de más de 400 piezas históricas que conforman el fondo homónimo. Este valioso archivo fue trasladado a la institución michoacana en la década de los noventa por iniciativa del presbítero Agustín Ayala, figura recordada con afecto en el barrio de San Agustín de Comonfort. Ante el riesgo de pérdida o dispersión de la memoria local, el sacerdote decidió confiar los manuscritos a un centro de investigación dotado de condiciones estrictas de temperatura y humedad, asegurando su resguardo en la Biblioteca Luis González y González. La catalogación inicial de este fondo fue realizada en su momento por la historiadora Silvia Gómez como parte de su proceso de titulación, sentando las bases para la investigación actual.
En el plano cronológico y material, las indagaciones científicas recientes han refinado considerablemente el contexto de su manufactura. Si bien los primeros análisis ubicaban su creación de manera amplia entre los siglos XVI y XVII, los estudios interdisciplinarios actuales reducen la ventana de elaboración a las últimas décadas del siglo XVII, específicamente entre 1670 y 1700. Análisis de laboratorio conducidos junto al especialista Alejandro Mesa demostraron que el soporte material empleado es papel de origen genovés, adquirido de manera limitada por las comunidades indígenas locales.
La creación de este manuscrito responde a coyunturas legales e históricas muy específicas del periodo novohispano. A partir de 1690, la corona española implementó las denominadas leyes de composición de tierras, cuyo propósito central era incrementar la recaudación tributaria frente al crecimiento de las haciendas. Para frenar la merma territorial o justificar la expansión de sus tierras comunales y agrícolas —en un proceso equiparable a la dotación ejidal posterior—, los pueblos de indios necesitaban acreditar fehacientemente su origen y su calidad jurídica como comunidades indígenas. En este contexto, los habitantes del barrio de San Agustín recurrieron a la elaboración de un manuscrito en lengua otomí, utilizando la tradición pictográfica mesoamericana para compilar memorias orales, genealogías y copias de títulos más antiguos. El uso del otomí y de las ilustraciones tradicionales constituyó la prueba irrefutable de su identidad ante la administración colonial.
Actualmente, el proyecto de investigación que encabeza Rodrigo Daniel Hernández Medina en el Colmich abarca múltiples disciplinas. Por un lado, se desarrollan estudios físicos y químicos para determinar con mayor precisión la antigüedad del papel y ejecutar un nuevo proceso de restauración a cargo del laboratorio de diagnóstico patrimonial. Asimismo, se trabaja en colaboración con el doctor Alonso Guerrero Galván, de la Dirección de Estudios Lingüísticos del INAH, para lograr una traducción integral del otomí colonial al español.
En paralelo, las humanidades digitales juegan un papel fundamental. En coordinación con el doctor Víctor Gayol, se impulsa un sistema de digitalización avanzada que trasciende la simple consulta visual de imágenes en línea. El objetivo técnico consiste en vincular cada palabra del documento con metadatos y códigos que permitan su indexación en los motores de búsqueda web, evitando que el patrimonio indígena quede relegado en la era de la inteligencia artificial.
La recuperación de estas raíces históricas adquiere una relevancia crítica para la sociedad contemporánea de Comonfort y la región del Bajío. Con una conquista y pacificación que demandó medio siglo de confrontaciones durante la llamada guerra chichimeca, el territorio se configuró a partir de una profunda convivencia entre pueblos chichimecas y otomíes. La divulgación rigurosa de estos vestigios no solo fortalece la identidad comunitaria, sino que subraya la imperiosa necesidad de valorar el patrimonio histórico como un cimiento indispensable para el presente y el futuro de la sociedad guanajuatense.
La transcripción de la entrevista al Antropólogo Rodrigo Daniel Hernández Medina, por el Ing. José Luis Revilla Macías, conductor de Racíes de Comonfort
José Luis Revilla Macías:
Ingeniero Revilla: Amigos de Raíces de Comonfort, el capítulo que vamos a presentar hoy resulta muy interesante; habla de nuestros orígenes. Aunque ya se ha tocado a través del maestro Carlos Francisco Rojas y de otras personas, yo creo que tenemos que seguir divulgando el patrimonio que tenemos del Códice Chamacuero. El Códice Chamacuero, como sabemos, es un libro que el padre Agustín Ayala, en 1990, lo llevó al Colegio de Michoacán. ¿Por qué? Porque lo conocía. El padre Agustín Ayala había nacido en La Piedad, vecino de Zamora, entonces conocía el Centro de Investigación Histórica. Y cuando recibe y valora lo que es el Códice Chamacuero, decide llevarlo al Colegio de Michoacán; ahí se restituye. Y bueno, creo que, finalmente, en pocas palabras, la joya del Colmich es el Códice Chamacuero. El proceso de 1990 para acá ha sido muy interesante, pero todavía no está completamente terminado el proyecto, y para eso el maestro... Nos sentimos muy orgullosos por estar aquí en Raíces de Comonfort. Rodrigo Daniel Hernández Medina, correcto. Sí, nos acompaña y nos va a hablar del trabajo que viene haciendo en el Colmich y del Códice Chamacuero. Gracias, maestro, bienvenido al antiguo Chamacuero, hoy Comonfort.
Rodrigo Daniel Hernández Medina:
Al contrario, ingeniero Revilla, le agradezco mucho su interés en el tema, también su amabilidad y su hospitalidad al recibirme aquí en Posada Chamacuero, en el antiguo Chamacuero. Muchas gracias también al equipo de Raíces de Comonfort; Arturo, que también por allá anda, fue nuestro enlace. Y sí, efectivamente, estoy haciendo una investigación en el Centro de Estudios Históricos del Colegio de Michoacán sobre el Códice Chamacuero. Pero, para comenzar, yo quisiera hacer una aclaración importante sobre el tema: usualmente solemos confundir dos cosas que son parte de lo mismo, pero son diferentes. Una cosa es el Códice Chamacuero y otra cosa es el fondo Chamacuero. El fondo Chamacuero es el grupo de documentos que acompañaban al códice, y esto es importante porque eran más de 400 documentos que el padre Agustín Ayala llevó al Colegio de Michoacán. Esos documentos se resguardan —son más de 400, no les doy una cifra exacta con temor a equivocarme— en la Biblioteca Luis González, en el fondo especial o fondo reservado, ahí mismo en el Colegio de Michoacán.
José Luis Revilla Macías:
Ahí mismo, porque yo, cuando fui las dos ocasiones, vi que estaban en una caja especial, en una vitrina, en un aula donde se controla la temperatura y la humedad.
Rodrigo Daniel Hernández Medina:
Así es. Todo el fondo reservado del Colegio de Michoacán tiene diversos fondos: el fondo Cayetano Reyes, el fondo Chamacuero, el fondo especial, fondo antiguo, etcétera. Se divide en diferentes archivos, y uno de esos es el fondo Chamacuero que, como usted bien dice, se encuentra dentro de una vitrina y los documentos están repartidos en varias cajas especiales de archivo con temperatura controlada. Exactamente, y uno de esos documentos —que es el documento siete— es el Códice Chamacuero. El Códice Chamacuero es una parte de lo que es el fondo Chamacuero. Hay varias propuestas para entender cómo fue que llegaron esos documentos. Como usted ya bien dijo, el padre Agustín Ayala los llevó allá en la década de los noventa en un afán de preservar. Yo estuve investigando, haciendo un trabajo de campo aquí en el barrio de San Agustín —que fue donde vivió la mayor parte del tiempo el sacerdote que llevó los documentos al Colegio de Michoacán—, y recuperé muchos datos interesantes sobre la vida del padre. Además, estuve rastreando su actividad en periódicos y revistas, y tuve la oportunidad de encontrar una nota como parte del expediente del códice, donde se hace una reseña en conmemoración de los, creo, cincuenta años de sacerdocio del padre Agustín Ayala, explicando cómo decidió llevar esos documentos. Después pude encontrar una entrevista que le hicieron para el boletín del Archivo del Estado de Guanajuato, donde dice que, preocupado por la integridad de los documentos, decidió llevarlos a una institución que pudiera darles un proceso de restauración, restitución documental y resguardo. Él menciona que había intereses de ciertas personas sobre esos documentos, pero no ahonda más. Pienso que fue lo mejor que pudo haber hecho el padre Agustín Ayala, una persona culta a la que se recuerda con cariño...
José Luis Revilla Macías:
...sino hubiera acabado en la panza de un marrano y luego nos hubiéramos comido al marrano. Bueno, lamentablemente así se han perdido una gran cantidad de documentos. Ningún lugar está exento de accidentes o desgracias: temblores, incendios, cualquier cosa. De cualquier forma, los documentos están lejos de su lugar de origen, pero bien resguardados. Además, cuando llegaron al Colegio de Michoacán, al doctor Carlos Rejón Peredo le interesaba mucho que se hiciera una investigación sobre esos documentos, porque no se conocían muchos códices ni documentación indígena del Bajío. Entonces comisionó al doctor Carlos Rejón a Silvia Gómez, en ese entonces pasante de la licenciatura en historia, para que hiciera el recibimiento de los documentos y, como parte de su proceso de titulación, elaborara un catálogo de todo ese bagaje documental recibido. La maestra Silvia Gómez se dio a la tarea de hacer una transcripción, catalogarlos y ordenar el archivo, proceso que le permitió titularse como licenciada en historia y nos otorga hoy el catálogo documental del fondo Chamacuero. Quien se interese puede consultarlo en la página de la Biblioteca Luis González y González del Colegio de Michoacán. Ingeniero, es importante conocer la historia, saber nuestros orígenes y recuperar el orgullo. No todo lo que nos venden en la televisión y los medios de comunicación es lo mejor para nosotros. Tengo entendido que este códice fue elaborado entre 1530 y el siglo XVII. Correcto. Y ahí está el trabajo que se sigue realizando, esperando una divulgación mayor para todos. En ese sentido, Raíces de Comonfort está dispuesto a realizar los programas necesarios para dar a conocer este patrimonio.
Rodrigo Daniel Hernández Medina:
Muchas gracias por el ofrecimiento y, de nuevo, gracias al espacio de Raíces de Comonfort. Es muy importante dar a conocer lo que hacemos en los centros de investigación, que muchas veces se convierten en torres de marfil donde los investigadores están encerrados y la gente desconoce su labor. Es fundamental divulgar las investigaciones. Hay procesos que deben respetarse; por ejemplo, durante la investigación del documento no se pueden revelar muchos detalles, pero hay avances que puedo compartir. El códice es objeto de un proyecto integral de investigación que incluye un proceso de digitalización robusta —algo recién salido del horno que hablé hoy por la mañana con el doctor Víctor Gayol—. Al mismo tiempo, se encuentra en un estudio de su antigüedad material: análisis químicos y físicos del papel para lograr un fechamiento más preciso. Asimismo, se le aplicará un nuevo proceso de restauración a cargo del Laboratorio de Diagnóstico del Patrimonio del Colegio de Michoacán, y colaboramos con la Dirección de Estudios Lingüísticos del INAH, con el doctor Alonso Guerrero Galván, para realizar una traducción del otomí colonial al español y conocer el contenido íntegro del códice, sumado a la investigación de doctorado que estoy realizando para comprender toda la historia del documento desde su elaboración hasta su llegada al Colmich. Como puede ver, es un proceso muy amplio. Respecto a la digitalización coordinada por el doctor Víctor Gayol, especialista en humanidades digitales, hablábamos de la necesidad de que no solo se cuente con las imágenes descargables desde la página de la biblioteca —salvo detalles técnicos ocasionales—, sino que estén vinculadas con los motores de búsqueda de la web. La intención del proyecto consiste en transcribir el documento y conectar cada palabra con un código que permita a los buscadores localizar términos específicos, facilitando el acceso inmediato en tiempos donde la inteligencia artificial restringe las búsquedas. De lo contrario, el códice corre el riesgo de quedar relegado en internet al ser tratado solo como imagen. Imagínese: la guerra chichimeca en este lugar, de muy difícil conquista, llevó cincuenta años aproximadamente. Esos son nuestros orígenes: chichimeca y otomí.
José Luis Revilla Macías:
A veces me dan ganas de hacer que la sociedad se sacuda y recupere de verdad el orgullo de esas raíces. Somos lo que fueron nuestros antepasados; que no se nos olvide y que demostremos con trabajo, constancia y una vida sistemática que podemos dar resultados.
Rodrigo Daniel Hernández Medina:
Correcto. Y es muy interesante lo que menciona, ingeniero. El Códice Chamacuero, como bien señaló, se elabora en un periodo que se estimaba en el siglo XVII, entre 1630 y 1700, pero ahora hemos reducido el periodo posible de elaboración a las últimas dos o tres décadas del siglo XVII, siendo muy probable que se haya elaborado entre 1670 y 1700 —con mayor probabilidad entre 1680 y 1700—. Esta reducción de veinte años nos habla de un documento más tardío, pero muy interesante, porque en esas décadas, a partir de 1690, la corona española desarrolló las leyes de composición de tierras. Frente al avance y crecimiento de las haciendas, a la corona le interesaba recabar más tributo, por lo que necesitaba que existieran más pueblos de indios. Con esta ordenanza se permitió que los pueblos de indios expandieran sus tierras de cultivo y comunales —de forma similar a la dotación ejidal posterior a la revolución—. Para ello, los indígenas necesitaban demostrar su identidad ante la corona presentando documentación probatoria. En el caso del barrio de San Agustín —que al parecer buscaba volver a ser pueblo, pues primero lo fue—, elaboraron este manuscrito con papel italiano. Esta es otra primicia: los estudios del maestro Alejandro Mesa, del Laboratorio de Diagnóstico del Patrimonio, han revelado que el papel empleado para el códice es de origen genovés. Al conseguir una cantidad limitada de este papel italiano, los indígenas tuvieron que aprovecharlo al máximo para plasmar copias de documentos más antiguos ilustrados bajo la tradición pictográfica mesoamericana, registrando memorias transmitidas oralmente entre las capillas de indios del barrio de San Agustín y otros barrios del pueblo de Chamacuero. Y quedó registrado en la lengua originaria, el otomí, cuya presencia en el códice constituía la marca irrefutable de su calidad como indios; presentar un documento en lengua indígena era reconocerse a sí mismos como tales.
José Luis Revilla Macías:
Así es. Yo no tenía duda, porque los códices a veces se hacían en papel amate, piel de venado u otras fibras de maguey. Ahí está una aportación más, doctor Rodrigo Hernández, para seguir platicando de nuestra historia y de lo que nos permite ser lo que somos hoy. Pienso que tener la noción de que el códice permaneció aquí durante siglos y posiblemente fue manufacturado aquí —estoy casi seguro de que así fue, pues tiene un hermano, el Códice Martín de Toro, elaborado en Tarimoro, aunque durante mucho tiempo se le atribuyó erróneamente al pueblo de Chapa de Mota en el Estado de México o Hidalgo— nos habla de una rica tradición pictográfica en el Bajío que aún falta por estudiar. Como señaló el maestro Gerardo Sámano en su tesis sobre el códice Martín de Toro —consultable en el repositorio de la Universidad Autónoma del Estado de México—, este Códice Chamacuero nos narra el proceso de conquista y evangelización en estas tierras y está al alcance de todos. Es una invitación para que la sociedad, especialmente los jóvenes, se involucren en este tema. Doctor, muchas gracias por estar en Raíces de Comonfort.
Rodrigo Daniel Hernández Medina:
Ingeniero, muchas gracias por el espacio, a todo su equipo por estar acá, y a Arturo por el contacto. Nos vemos en la próxima, hasta luego. #MetroNewsMx #GuanajuatoDesconocido


