800 años del Tránsito de San Francisco de Asís: Octubre 3 de 2026

Redacción Noticias 02
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Eugenio Amézquita Velasco

Con ocasión de conmemorarse los 800 años del nacimiento a la vida eterna de San Francisco de Asís (1226-2026), la Familia Franciscana en todo el orbe recuerda con profunda emoción espiritual el Tránsito de San Francisco. La palabra tránsito (del latín transitus, que significa paso o cruce) encierra la esencia misma de la muerte del Poverello: no como un final trágico u oscuro, sino como su Pascua personal, el paso definitivo de este mundo frágil a la plenitud de la luz divina.

Las fuentes franciscanas y sus biógrafos: Testigos de una muerte anunciada

Para reconstruir con rigor histórico y fidelidad mística los últimos instantes de Francisco, la historiografía medieval y franciscana cuenta con documentos de valor incalculable escritos por testigos presenciales y biógrafos oficiales.



-Tomás de Celano: Primer biógrafo oficial del santo, comisionado por el Papa Gregorio IX con motivo de su canonización en 1228. En su Vita Prima (Primeras Vísperas y narración detallada del tránsito) y posteriormente en la Vita Secunda (escrita hacia 1246-1247), Celano describe con un realismo conmovedor la atmósfera de dolor y gozo que rodeó el lecho de muerte de Francisco.
-San Buenaventura de Fidanza: Autor de la Legenda Maior (aprobada en 1263), quien sistematiza teológicamente la vida del santo, presentando el tránsito de Francisco como el sello definitivo de una existencia configurada plenamente con Jesucristo crucificado.
-La Leyenda de los Tres Compañeros y el Espejo de Perfección: Obras redactadas por los discípulos más cercanos de Francisco (Fray León, Fray Rufino y Fray Ángel), quienes recogen los detalles más íntimos, domésticos y humanos de sus últimos días en la Porciúncula, preservando sus últimas recomendaciones y el tono exacto de sus palabras.


El escenario y la condición física del santo en la Porciúncula

A finales del verano de 1226, consciente de que su cuerpo mortal se consumía rápidamente, Francisco pidió a los hermanos que lo trasladaran desde el Palacio Episcopal de Asís —donde había estado bajo cuidado médico— hasta su lugar amado en el mundo: la pequeña y humilde iglesia de Santa María de los Ángeles (la Porciúncula), cuna y matriz de la Orden de los Hermanos Menores.

Su estado físico era de extrema postración. A lo largo de los años, sus mortificaciones corporales, las intensas vigilias de oración y las fatigas apostólicas habían arruinado su salud. Padecía una grave afección hepática, hidropesía, dolores insoportables en el estómago y, sobre todo, una severa enfermedad ocular (tracoma) que lo había dejado prácticamente ciego. A esto se sumaban las llagas de los estigmas recibidos en el monte Alvernia en septiembre de 1224, llagas abiertas y sangrantes en manos, pies y costado que le causaban un sufrimiento continuo.

Pese a estar físicamente destruido, su mente permanecía lúcida y su espíritu encendido de un ardor místico inquebrantable. Antes de expirar, dictó sus últimas disposiciones, conocidas como el Testamento, exhortando a sus seguidores a guardar fidelidad absoluta al Evangelio, a trabajar con sus propias manos, a vivir sin privilegios y a amar entrañablemente a la Iglesia.


Los últimos gestos: Desnudez evangélica y la última cena

Los testimonios recogidos en el libro Espejo de Perfección y en las crónicas de Celano detallan una serie de actos simbólicos profundamente dramáticos que Francisco quiso realizar antes de morir.

-El despojo total sobre la tierra: Sabiendo que la muerte era inminente, Francisco suplicó a los hermanos que, en el momento de expirar, lo despojaran de su burdo hábito y lo colocaran completamente desnudo sobre la tierra desnuda, tal como había vivido y tal como había llegado al mundo. Quería emular de forma absoluta la pobreza de Cristo en la cruz. Los hermanos cumplieron esta voluntad con reverente obediencia, dejándolo reposar en el suelo durante el tiempo necesario para caminar tranquilamente una milla.
-La fracción del pan (memoria de la Cena): Como un eco directo de la Última Cena de Jesús con sus apóstoles, Francisco mandó traer pan, lo bendijo, lo partió y repartió un pedazo a cada uno de los hermanos presentes, bendiciéndolos a todos —tanto a los que estaban allí como a los ausentes de las provincias lejanas— y encomendándoles la observancia de la paz y la pobreza.
-La presencia de Doña Jacoba de Settesoli (Fratella Jacoba): Una noble romana terciaria franciscana, a quien Francisco llamaba cariñosamente "hermana", acudió providentemente a la Porciúncula llevando consigo paños para su mortaja y los famosos mostaccioli (unos dulces de almendra y miel) que a Francisco tanto le gustaban en Roma. Su presencia aportó un toque de profunda ternura humana a las últimas horas del santo.

El Cántico de las Criaturas y la bienvenida a la "Hermana Muerte"

Meses atrás, en medio de intensos dolores físicos y una crisis de oscuridad espiritual en San Damián, Francisco había compuesto la estrofa cumbre de su Cántico del Hermano Sol, integrando por primera vez a la muerte dentro de la gran sinfonía de la creación.

-«Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal, de la cual ningún hombre vivo puede escapar...»

Lejos de manifestar temor ante el abismo del fin de la vida terrena, cuando los médicos le anunciaron que le quedaban apenas pocas semanas de vida, Francisco prorrumpió en alabanzas y exclamó con alegría exultante: «¡Bienvenida sea mi hermana Muerte!». Para él, la muerte corporal dejaba de ser un castigo para convertirse en el umbral luminoso que abría las puertas del banquete eterno con el Altísimo.



El Momento del Tránsito: El Salmo 141 y los acontecimientos excepcionales

El deceso de San Francisco ocurrió exactamente al caer la tarde del sábado 3 de octubre de 1226.

-La fecha exacta: Aunque la Iglesia católica celebra su solemnidad litúrgica el 4 de octubre, el Tránsito litúrgico se conmemora tradicionalmente en las vísperas, la tarde del 3 de octubre, puesto que en el cómputo litúrgico medieval el día comenzaba al atardecer.
-El canto del Salmo: En sus últimos suspiros, Francisco pidió que le leyeran el relato de la Pasión de San Juan. A continuación, haciendo un esfuerzo supremo con la voz quebrada, comenzó a entonar junto con sus hermanos el Salmo 141 (140):
«A voz en grito clamo al Señor, a voz en grito suplico al Señor; desahogo ante él mi angustia... Sácame de la prisión, y daré gracias a tu nombre...»

-El milagro de las alondras: Un detalle poético y místico recogido por sus biógrafos señala que, en el instante exacto en que Francisco exhaló su último aliento, una densa bandada de alondras —aves silvestres que solían posarse cerca y a las que Francisco tenía especial afecto por su plumaje humilde y su canto matutino— descendió de improviso sobre el techo de la choza de la Porciúncula. A pesar de ser ya entrada la noche, hora en que estas aves guardan silencio, comenzaron a cantar con inusitada dulzura y alegría, revoloteando en círculo antes de alejarse, como despidiendo al amigo de la creación.

Visiones coincidentes y testigos oculares

Los cronistas franciscanos destacan dos hechos extraordinarios acaecidos de manera simultánea en otras localidades, interpretados por los biógrafos como signos inequívocos de la santidad excepcional del fundador:

-La visión del Obispo Guido de Asís: El obispo se encontraba en ese momento de peregrinaje en el santuario de Nuestra Señora del Monte Gargano. Durante la noche, tuvo una visión en la que vio a Francisco ascender directamente al cielo envuelto en una claridad deslumbrante, semejante a una gran estrella sobre una nube luminosa.
-Fray Agustín de Terra di Lavoro: Este fraile, ministro provincial y hombre de reconocida santidad, se encontraba agonizando en un convento cercano. Súbitamente, recobró las fuerzas, incorporándose en el lecho y gritando ante los hermanos atónitos: «¡Espera, padre, espera! ¡Ya voy contigo!», y expiró en el mismo instante en que Francisco pasaba de este mundo al Padre.

El tránsito de San Francisco cerró una existencia terrestre breve en el tiempo —murió a la edad de 44 o 45 años—, pero de una densidad espiritual monumental que transformó el rumbo de la Iglesia medieval. Su cuerpo fue trasladado en solemne procesión al día siguiente, domingo 4 de octubre de 1226, hacia la iglesia de San Jorge en Asís, en medio de una multitud enfervorizada que cortaba ramas de olivo y cantaba salmos de victoria.

A ocho siglos de distancia, conmemorar el octavo centenario de su tránsito no constituye una mera evocación arqueológica, sino una llamada viva a redescubrir la radicalidad evangélica, la pasión por la paz, la fraternidad universal y el cuidado respetuoso de la "casa común" que Francisco legó a la humanidad. #MetroNewsMx #GuanajuatoDesconocido

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