Eugenio Amézquita Velasco
Un firme llamado a la perseverancia espiritual, a superar el "embotamiento" mental provocado por el uso excesivo de la tecnología y a no asfixiar la fe con las preocupaciones cotidianas, fue el eje central de la homilía dominical pronunciada por el Obispo de la Diócesis de Celaya, Monseñor Víctor Alejandro Aguilar Ledesma, en la Catedral municipal.
Al reflexionar sobre la Parábola del Sembrador, el prelado señaló con franqueza las dificultades contemporáneas para transmitir el Evangelio, particularmente entre las nuevas generaciones. Explicó que el desconocimiento de las labores del campo debido al uso constante de dispositivos móviles obliga a la Iglesia a buscar nuevas analogías para comunicar el mensaje de Cristo.
"Hoy es un poco más difícil, sobre todo con los jóvenes. Muchos niños no saben qué es un arado porque ellos saben puras aplicaciones del celular; hoy tendríamos que hablar con analogías propias de la tecnología", reconoció el pastor diocesano.
La falta de constancia frente al compromiso
Durante su mensaje, Monseñor Aguilar Ledesma contrastó la emoción inicial que muestran muchos fieles al asistir a cursos o retiros espirituales con el abandono posterior de sus compromisos cristianos por falta de resiliencia y constancia.
"Mucha gente recibe el Evangelio y se emociona, pero es pura emoción. Ya cuando llega el compromiso, viene la dificultad o la prueba, se secan. Empezaron con carrera de caballo fino y terminaron con carrera de burro matalote; empezaron muy bien su vida pero no perseveran", advirtió el Obispo, enfatizando que la vida de oración y la asistencia a la Eucaristía requieren de una disciplina constante.
Asimismo, censuró que los asuntos superfluos y las falsas urgencias del día a día absorban el tiempo debido a lo verdaderamente importante: la conversión del corazón. Lamentó que muchas personas opten por desentenderse de la palabra divina bajo la actitud de tener "orejas de pescado" para evitar asumir responsabilidades morales y espirituales.
Llamado a la gracia y a la siembra constante
Desde la perspectiva doctrinal, el jerarca católico recordó que la efectividad de la palabra de Dios no solo depende del terreno del corazón, sino de la apertura a la gracia divina, la cual comparó con la lluvia que empapa la tierra árida e interior. Citando un pensamiento de Mahatma Gandhi sobre la incoherencia de quienes viven en la Iglesia pero mantienen el corazón seco, exhortó a los fieles a dejarse absorber enteramente por los Sacramentos.
Finalmente, el Obispo animó a los sacerdotes, catequistas y padres de familia a persistir en la labor evangelizadora sin desanimarse ante la indiferencia o la dureza del entorno. Recordó que la misión del cristiano es ser sembrador constante del amor de Dios, dejando los tiempos de la cosecha a la entera disposición de la Providencia.
La transcripción completa de la Homilía de este XV Domingo del Tiempo Ordinario, de Mons. Víctor Alejandro Aguilar Ledesma
Mons. Víctor Alejandro Aguilar Ledesma, obispo de Celaya:
Hoy, hermanos, la palabra de Dios nos invita a que veamos en Jesús a ese buen sembrador que utiliza una parábola, es decir, un recurso literario en el que normalmente Jesús utilizaba elementos de la naturaleza. Hablaba y decía: "Fíjense en los pájaros, fíjense en que hacen sus nidos; las zorras tienen madrigueras, las semillas de mostaza, las redes de los pescadores". Todos eran recursos que Jesús utilizaba para enseñar.
Hoy es un poco más difícil, sobre todo con los jóvenes; los más grandes sí entendemos qué es el campo, la semilla, el sembrador, la cosecha, etcétera, pero muchos jóvenes y niños no. Ayer, con todas las muchachas que están haciendo su retiro "Pre-vida" para la vida contemplativa, yo les decía esa frase de Jesús: "El que pone la mano en el arado y mira hacia atrás no es digno de mí". Son muchachas de unos 15, 16 o 17 años, y les preguntaba qué era un arado. Pues no sabían. "Es como un instrumento de la agricultura", ¿verdad? Eso es lo más cercano que pudieron decir de estos temas.
Por eso mucho dice Jesús: "Oirán una vez y oirán otra vez, y no entenderán". Hoy necesitamos explicarles, llevarlos al campo, que vean cuáles son las flores, cómo se llaman las plantas, cómo se llaman las semillas, cuáles son los instrumentos de trabajo en la agricultura, porque ellos saben puras aplicaciones del celular. Entonces, hoy tendríamos que hablar con analogías propias de la tecnología, pero bueno, pues tenemos aquí también gente grande y gente pequeña y, pues bueno, tratemos de entendernos, ¿verdad?
Lo primero que Jesús nos enseña es que él ha venido a evangelizar, es decir, a sembrar su semilla en el corazón de todas las personas. La semilla es su palabra, es la palabra de Dios que quiere ser sembrada en el corazón de cada uno. Pero hay un corazón duro, de esos que pues no dejan que esa semilla entre ahí; Jesús lo compara con un camino que está duro, donde la gente pisotea la semilla porque no la valora y, además, se la comen los pájaros. Muchos corazones nuestros pueden estar así, o en alguna etapa de nuestra vida estuvimos así.
Después habla de una tierra que pues está llena de piedras, está pedregosa, y sí, ciertamente germina la semilla, pero luego se seca, se marchita cuando vienen los rayos del sol. Mucha gente, dice Jesús, recibe el evangelio, escucha la palabra de Dios, se emociona con la palabra de Dios, pero es pura emoción. Ya cuando llega el compromiso, viene la dificultad o la prueba, pues se secan, se marchitan. Son esas gentes que van al retiro, ¿verdad?, o van a un curso y "¡ah, ahora sí!", ¿verdad? Sienten que van a... pero a la hora de la reunión de la perseverancia ya se nos marchitaron, ya no llegaron. Empezaron con carrera de caballo fino y terminaron con carrera de burro matalote, ¿verdad?
Empezaron muy bien su vida pero no perseveran, no son constantes. La constancia es lo que le da al corazón la oportunidad de que la semilla fecunde, crezca y dé fruto. No nomás es recibir la semilla; hay que ser constantes, perseverantes, resilientes. No es nomás venir a misa un día cuando te nazca; tienes que perseverar, ser constante en la oración, en la escucha de la palabra. Hay que perseverar en todo en la vida, ¿verdad? Si vas al gimnasio, no nomás es un día, tienes que perseverar. Los que estamos gordos pues es que le hemos perseverado, ¿verdad?, a los tacos, a las tortas le has perseverado. No engordaste el día que nomás te comiste una torta, no es el día que te comiste unos tacos; es la perseverancia, la constancia de cada fin de semana estar allí. Hay que estar allí pues para que el cuerpo dé de sí. Entonces, para que la palabra fecunde pues hay que estar ahí, hay que escuchar una vez y otra vez, porque se nos olvida.
Hay otra tierra, dice el Señor, que está llena de abrojos, está llena de hierbas; entonces pues sí germina, pero al crecer junto con tanta hierba, asfixian la plantita. Hay que quitar la maleza para que pueda crecer una planta. Los que son campesinos dicen: "El que no asegunda no es buen campesino". ¿Qué significa asegundar? Pues una vez que la plantita ya creció, hay que meter otra vez el arado para echarle tierrita a la pata de la planta para que se tape la maleza, las hierbitas se tapen y dejen que esta crezca y no le estén robando nutrientes a la planta. Pues dicen: "Quien no asegunda no es buen campesino, no sabe ser campesino".
También nosotros, hermanos, muchas veces dejamos crecer sí la palabra de Dios, pero en medio de tantas preocupaciones que traemos que asfixian esa palabra. Estás lleno de preocupaciones. Cuando ahorita ustedes mismos, o ahorita en esta misa, mentalmente ya fueron a su taller, a su casa, ya fueron al partido de fútbol, ya vinieron, ya regresaron a ver en qué va todavía el obispo, ¿verdad? Porque traes tanto ruido, tanta cosa, que no estás aquí; sí estás físicamente aquí, pero ¿cuántas veces ya fuiste y te viniste a tu casa, ya fuiste y arreglaste cosas? Porque decía Santa Teresa: "Tenemos la imaginación, que es la loca de la casa". Y esa imaginación, si uno no la sujeta, pues te vas; y si la sigues dejando, te duermes, te induce al sueño. Algunos ya hasta se echaron un sueñito a gusto.
Pues así tampoco la palabra de Dios no va a dar fruto, ¿eh?, aunque vengas muchas veces a misa. Pero pues, o sea, escuchando la palabra de Dios y estás lleno de preocupaciones, pues tampoco allí. Esa palabra de Dios, aunque se siembre, aunque llegue, no va a dar fruto; se va a asfixiar entre tanta cosa que traes. Hay personas que van a un retiro y le dicen: "Nos vemos tal día para la perseverancia, para la reunión". Y llega el momento de la reunión, llega el momento del encuentro, son las 5 de la tarde o las 6 y no llegó. Le hablas por teléfono: "Juanita, ¿dónde estás? Juanita, quedaste de venir". "Ay, ¿pero qué crees? Es que, ¿ya ves cómo está lloviendo? Es que se cayeron muchas hojas, están en la puerta de mi casa, tengo que barrerlas, ¿cómo me voy a ir y voy a dejar eso así? Es que se rompió la casita del perro, del Fifí, y ¿cómo me voy a ir?, tengo que... pues ¿cómo dejo esto aquí? Es que dije...". Y ahí están. Hasta por el teléfono se ven todos los abrojos saliendo allí que la están asfixiando, ¿verdad? Porque tienes un montón de cositas que hacer, cositas que entretienen todo el santo día y que no haces lo que tenías que hacer. Y por eso, a veces lo urgente, todas esas urgencias, nos impiden hacer lo importante.
Entonces hay que hacer lo importante, aunque a veces las urgencias se tengan, porque hay que hacer lo importante en la Eucaristía; y eso importante es que escuches, que veas, que entiendas, que abras el corazón a la palabra para que esa palabra dé fruto. Dice el Señor que hay tierra buena, hay corazones buenos; es más, ni siquiera toda la tierra es igual de buena. Dice Jesús: "Hay corazones que dan el ciento por uno, hay del sesenta y hay del treinta". O sea, hay tierras buenas, pero ni siquiera todos damos lo mismo. Hay gente del cien, que da el cien; otros ya el sesenta: "Ya con eso, Señor, ya no me pidas tanto, ya con esto". Otros del treinta: "Bueno, voy a dar algo pero no todo". Y así somos muchos en la vida.
Hay garbanzos de a libra, personas que sí dan el plus, que son capaces de no solamente hacer lo que tienen que hacer, sino que hacen eso y un poco más. Esa es la diferencia en nuestra Iglesia y en nuestro mundo: la gente que hace un poco más, la que da el cien. Y hay gente también que se limita a hacer lo que le toca: "No me pidas más; yo barro el frente de mi casa pero no más aquí. Si a medio metro allá está una hojita o está una bolsita, ahí la dejo, aunque después el aire te la vuelva a echar a tu lugar, pero no me toca". Hay gente que así somos; son buenos, hacen lo que les toca, pero están dando el treinta, están dando el cuarenta, todavía falta más.
Y dice el Señor: "Miren es que él, como buen sembrador, él insiste, persiste". Él es un sembrador que no se desanima, de verdad; él quiere seguir sembrando y sembrando en nosotros. Si alguna semillita cayó en terreno duro, no se desanima. Si hay semillas que ya se las llevaron los pájaros... hay personas que ya se las llevaron los pájaros, que ya se enfadaron, que ya les llegó no sé qué, que se hicieron protestantes, que ya se los comieron los pájaros, pues ni modo. Tampoco el sembrador se pone a pelearse con los pájaros: "¡Eh, pájaros, regrésenme mi semilla!". No, pues ya se la comieron los pájaros, hay que seguir sembrando. El Señor sabe que hay que sembrar y no hay que cansarnos de sembrar.
Aunque veamos la indiferencia, la dureza, la inconsistencia, la falta de perseverancia, nosotros como evangelizadores —el obispo, los sacerdotes, los catequistas— tenemos que seguir y perseverar, y ser constantes como Jesús; seguir sembrando. Un papá, una mamá tiene que seguir sembrando en sus hijos, aunque uno parece que ya no oye, que él ya se cansó, el otro ya se anda... tú siembra, porque vas a tener corazoncillos duros, a otros les falta constancia, otros están llenos de cositas que hacer que por eso no van a misa, no vienen a esto, no son constantes en la escuela. Tú siembra, hay que estar sembrando. Si pensamos que con la pura sembrada primera ya quedó, no; porque muchas veces esa semilla no encontrará una tierra bien dispuesta.
Y la razón la da el Señor, dice: "Es que miren, es que a veces la gente ni viendo atina, porque verán y verán, oirán una vez y oirán otra vez, pero dice, no entenderán". ¿Por qué? Porque han tapado sus oídos, han cerrado sus ojos y han endurecido el corazón. Por eso oye la gente como que ve y no ve, que le dices: "¿Qué, no ves?". Pues no ven. "¿Qué, no oyes?". Pues no. "¿Qué, no te das cuenta de esto?". Pues no. Dice que a veces tenemos nuestra cabeza embotada. Embotada es como si tuvieran la cabeza dentro de un bote, de una olla, y nomás nos oímos a nosotros mismos: mis pensamientos, mi ideas, y traemos tanta revoltura allí que ya hasta nos duele la cabeza de estar pensando en eso mismo. Está nuestra mente embotada. Por eso el Señor dice que así no vas a poder dar fruto; si no abres esos oídos, tus ojos y dejas de tener duro el corazón, la semilla no da fruto.
Y es que, ¿saben cuál es la razón?, dice Jesús: "Porque no se quieren convertir, no quieren convertirse ni volver a mí". Es decir: "Yo mejor no oigo". Como jugábamos los chiquitillos antes: "Tengo orejas de pescado", ¿verdad? "Yo no oigo nada, tengo orejas de pescado, a mí no me digan nada". Y entonces mejor yo no oigo, mejor yo no veo, mejor yo no escucho para no comprometerme, porque no te quieres convertir, no quieres que el Señor te cambie, porque tú quieres y yo quiero seguir siendo igual. O sea: "A mí no me metan, yo quiero seguir con mis ideas, con mis cosas, con mi modo de ser, yo no quiero dar fruto". Por eso, si tú eres un corazón duro, dice el profeta: "Deja que caiga el agua y remoje esos terrones, esas piedras que están pues duras".
Decía Mahatma Gandhi: "Yo admiro a Cristo pero no al cristianismo, porque son como piedras en medio del agua". Vivimos mucho tiempo como una piedrita en el agua; sacas esa piedra del agua, que duró cientos o miles de años ahí, la sacas, la quiebras y por dentro está seca. Nosotros podemos tener años en la vida cristiana, muchas misas, muchos retiros, mucho todo, mucha teología, mucho todo, pero mis ideas son mías; sigo teniendo mi tierra dura. Por eso dice el profeta Isaías: "Mi palabra es también como lluvia que viene y empapa la tierra, la moja para que la semilla ahí pueda germinar". Porque también el problema no es que siembre la semilla; si le falta el agua, si le falta la gracia, esa semilla, aunque esté abierta la tierra y sea sembrada la semilla en esa tierra, pero no tiene agua, no va a dar fruto hasta que no llegue la gracia y empape esa tierra.
Por eso, hermanos, hoy en tiempos de aguas, aunque sea dense una empapada de agua de esa cuando llueve para que vean qué es lo que el Señor está diciendo. Empápense. Empaparse no es que "¡ay, me cayó una gotita!". No, es ahí como cuando estábamos chiquitillos y llovía y había esas canales, ¿verdad?, por donde caía el agua, y uno chiquitillo iba pasando y de repente, ¿verdad?, uno decía de repente: "Me cayó el agua", ¿verdad?, y ahí se metía uno al chorrote de agua. Pues así hay que dejar que el agua de la gracia de Dios te empape, no andes ahí mojando: "¡Ay, me cayó tantita agua!". No, pues empápate, deja que la gracia de Dios te empape. Empapar significa que te moje así como una esponja que metes a una cubeta de agua; ¿cuánta agua va a agarrar la esponja?, toda hasta que se llena. Así hay que empaparnos para poder dar el fruto deseado.
Pues hermanos, siendo como Jesús, sembradores, sigamos sembrando también nosotros. Dejémonos empapar por la gracia de Dios, que la palabra de Dios habite en nuestros corazones y que demos el fruto que el Señor espera, no el que tú quieras dar; lo que el Señor espera. No des tú el treinta porque el Señor espera de ti el sesenta, tú tienes que dar el sesenta; no des el sesenta si está esperando de ti el cien. no le des al Señor lo que tú quieras, dale lo que el Señor espera de ti; eso es lo que hay que dar.
Y finalmente, somos sembradores, no cosechadores. Sabrá Dios a quién le tocará... toca sembrar, ¿a quién tocará cosechar?, no sabemos. No dijo: "A ver una parábola sobre los cosechadores, a ver quién va a venir a cosechar". No, aquí en todo este mundo todos venimos a sembrar; hay que sembrar aquí y allá, y donde nos toque estar, ahí hay que llevar la palabra de Dios y sembrarla en los corazones. ¿Dónde irá a dar fruto? No sabemos; tarde o temprano la gracia. Tú sigue sembrando en tus hijos, aunque digas: "¡Ay, ya este parece que este no!". Tú sigue sembrando. Y aunque tu hijo no hace caso, ahí cuando esté dormido y medio modorrillo, ¿verdad?, en el... ahí háblale al oído y dile: "No cierres este oído, no endurezcas tu corazón; Dios te ama, Dios te quiere, Dios quiere salvarte, conviértete al Señor tu Dios". Háblale al oído, díselo. Ya es sembrar la palabra ahí, ya después dará fruto cuando el Señor así lo disponga o cuando la persona se disponga con la gracia a dar fruto.
Entonces, todos a sembrar con entusiasmo y a disponer nuestros corazones nosotros para dar el fruto que el Señor espera de nosotros, y que hoy nos llenemos y nos empapemos de su gracia para el fruto que el Señor espera de nosotros. Que así sea. #MetroNewsMx #GuanajuatoDesconocido


