Eugenio Amézquita Velasco
FOTOS: Jasiel Suárez García, de Molcajetazo Deportivo
Ubicado en la plaza principal de Victoria, Guanajuato -antiguamente Villa de Xichú-, se erige un monumento que este año cumplirá 125 años de existencia y fue erigido para reconocer a Cristo como el Redentor del Mundo y Rey de todo lo creado. Se trata de un ejemplar clásico de la arquitectura conmemorativa religiosa de inicios del siglo XX en México.
El monumento está construido íntegramente en cantera rosa, material predominante en la región del Bajío. Su estructura es de estilo ecléctico con tintes neoclásicos, compuesta por tres cuerpos principales.
Primero, el basamento, que es una plataforma escalonada de planta cuadrada que eleva la obra del nivel del suelo, otorgándole jerarquía en el espacio público.
Luego, el pedestal en forma de dado, que es un bloque cuadrangular robusto donde se grabaron las inscripciones en sus cuatro caras. Presenta molduras en la parte superior e inferior que sirven de transición hacia la columna.
El fuste y remate, consistentes en una columna corta de fuste estriado que sostiene el elemento simbólico principal: una esfera de piedra perfecta.
El significado de los elementos y las inscripciones
La esfera -orbe- representa el universo y la creación. En la iconografía cristiana, cuando una esfera corona un monumento religioso, simboliza la soberanía de Dios sobre el mundo entero.
La columna estriada, tradicionalmente simboliza la fortaleza y la conexión entre lo terrenal y lo divino. La cantera, su uso no es solo estético; representa la solidez de la fe y el arraigo a la tierra local.
El pedestal presenta 4 caras, en donde cada una de ellas tiene una inscripción. Una de ellas está en latín y es una inscripción Cristológica, que textualmente dice "Jesus Christus Verus Deus et Homo Vivit Regnat et Imperat", que traducido al español significa "Jesucristo, verdadero Dios y hombre, vive, reina e impera."
Otra de las caras del pedestal presenta la inscripción en español que menciona el motivo y dedicatoria del monumento y que textualmente dice "Monumento erigido a Cristo Redentor Nuestro al principio del siglo XX".
La tercer inscripción, también en español, entrega datos reveladores. Que desde 1901, el sitio ya estaba jurídicamente erigido como parroquia y la fecha de la dedicación del monumento. El texto dice "Parroquia de Sn. Juan B. Villa de Xichú Victoria junio 6 de 1901
La cuarta cara del pedestal, también en español cita algo que es una profesión de fe: "Jesucristo venga, bendiga, reine, viva, reine e impere". Es de hecho, la es una variante en español de la aclamación que en latín aparece en una de las caras, enfocada en una invocación de bendición y soberanía divina sobre la región.
Tras un análisis detallado del monumento y de las inscripciones, no se detecta a simple vista el nombre del autor o escultor de la obra. Es común que estas piezas fueran encargadas a maestros canteros locales o regionales cuyos nombres no siempre se grababan en el bloque principal.
La importancia de la fecha de la dedicación
Es interesante señalar que el jueves 6 de junio de 1901, día de la dedicación del monumento, coincidió con la celebración del Jueves de Corpus Christi. (días después de ese momento, se celebraría el viernes 14 de junio de 1901, la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús,. Es decir, al parecer las autoridades eclesiásticas de Victoria aprovecharon esos momentos cristológicos para homenajear a Jesucristo
La fiesta del Sagrado Corazón es una celebración móvil. Se celebra siempre el viernes posterior al segundo domingo de Pentecostés o, lo que es lo mismo, el viernes siguiente a la octava de Corpus Christi.
En 1901, el Domingo de Resurrección fue el 7 de abril; Pentecostés cayó el 26 de mayo; por lo tanto, el Jueves de Corpus Christi se celebró el jueves 6 de junio y. como consecuencia, la fiesta del Sagrado Corazón fue el viernes 14 de junio de 1901. Este 2026, el Jueves de Corpus será el 4 de junio y la fiesta del Sagrado Corazón el 12 de junio de 2026, casi fechas coincidentes con la inauguración de 1901.
En ese año, cuando todavía estaban vigentes las normas litúrgicas del Concilio de Trento -el Concilio Vaticano II, cuyas normas rigen hasta la fecha, se realizaría hasta los años sesentas del siglo XX- el 6 de junio de 1901 fue un día de gran relevancia no solo para Victoria, sino para toda la Iglesia Católica. De hecho, la Fiesta de Corpus Christi es creada a consecuencia de un milagro eucarístico en Europa siglos antes.
Ese día fue Jueves de Corpus Christi, la fecha elegida para la bendición y consagración del monumento en Victoria. Aunque la fiesta específica del Sagrado Corazón de Jesús sería ocho días después, todo el mes de junio de 1901 estuvo marcado por el fervor de la encíclica Annum Sacrum de León XIII -quien había consagrado el mundo al Sagrado Corazón apenas dos años antes-.
Así, 6 de junio de 1901, Jueves de Corpus Christi y día de la inauguración del monumento en Victoria.
La importancia litúrgica de la fecha y los hechos
En 1901 la asistencia a la Santa Misa el Jueves de Corpus Christi ya era de precepto obligatorio para todos los fieles católicos en las festividades correspondientes.
De hecho, el cumplimiento del precepto en esa época era incluso más riguroso que en la actualidad debido a la normativa del derecho canónico vigente antes de la codificación realizada por la Iglesia Católica de 1917.
El precepto en el Jueves de Corpus Christi del 6 de junio de 1901 era claro ya que es una de las fiestas más solemnes del calendario litúrgico. En esa fecha todos los católicos, habitantes de la Villa de Xichú -hoy Victoria- estaban obligados a asistir a misa y a abstenerse de trabajos serviles.
Esto llevaría a pensar que posiblemente el lugar se encontraría muy concurrido y por qué se eligió ese día para la inauguración: era un día feriado religioso donde toda la comunidad estaba congregada.
Es importante asentar que en 1901 las condiciones para cumplir con el precepto y comulgar eran mucho más estrictas que hoy. Se debía realizar el ayuno eucarístico, es decir, no tomar alimento para poder recibir la Sagrada Comunión bajo normas rígidas. Ayuno desde la medianoche ya que para poder comulgar en la misa del 6 de junio, los fieles debían estar en ayuno absoluto -ni agua ni alimentos- desde las medianoche.
La Santa Misa en latín -el idioma oficial de la Iglesia católica- se celebraba íntegramente en ese idioma, de espaldas al pueblo siguiendo el rito Tridentino-, lo que le daba un carácter muy solemne y de respeto profundo al momento de la consagración del monumento.
El hecho de que el monumento de Victoria fuera inaugurado el 6 de junio de 1901 estaría garantizando que fue un evento de asistencia masiva directa o indirectamente obligatorio por ser Jueves de Corpus. No fue un acto civil o político, sino un evento central de la vida religiosa del pueblo bajo las normas de la Iglesia Católica de ese tiempo.
Trascendencia y significado en Victoria, Gto.
El monumento fue erigido para marcar el inicio del siglo XX -6 de junio de 1901-, lo que significa que se encuentra exactamente a dos meses de cumplir 125 años de existencia en ese lugar, lo que le da ya la característica de joya no sólo arquitectónica o histórica, sino espiritual.
Representa la consagración del nuevo siglo. La finalización del siglo XIX y el inicio del siglo XX. Un acto de fe colectiva para poner el futuro de la comunidad bajo la protección de Cristo Redentor.
Reafirma el nombre de la parroquia y la importancia de la villa en esa época. En el contexto histórico mexicano, estos monumentos reafirmaban la presencia de la Iglesia en el espacio público ante las leyes de reforma.
Aquí tienes una propuesta de nota editorial diseñada para un público general. El objetivo es desmenuzar la densidad del lenguaje eclesiástico y conectarlo con la realidad física de los monumentos que vemos en nuestras plazas, como el de Victoria, Guanajuato.
La Encíclica Annun Sacrum: El Corazón que cambió el paisaje, a 125 años de una promesa global
A veces, la historia de un pueblo no se lee en los libros, sino en la piedra. Si se camina por las plazas de nuestras ciudades y se levanta la vista hacia esos monumentos de cantera coronados por una esfera y una cruz, se está asomando a una de las campañas de comunicación y fe más grandes de la era moderna. El "manual de instrucciones" de esas obras no fue un plano arquitectónico común, sino una carta escrita en Roma en 1899: la encíclica Annum Sacrum del Papa León XIII (https://www.vatican.va/content/leo-xiii/la/encyclicals/documents/hf_l-xiii_enc_25051899_annum-sacrum.html )
Pero, ¿qué dice realmente ese documento y por qué debería importar hoy?
La encíclica no fue solo un mensaje religioso; fue una declaración de pertenencia. León XIII propuso algo audaz: que el mundo entero —el "orbe"— no le pertenecía a los imperios ni a los políticos, sino a una fuerza superior de amor representada en el Corazón de Jesús.
Cuando se observa la esfera de piedra en el monumento en Victoria -el orbe pétreo-, se está viendo la representación física de este mensaje de la Encíclica. El Papa enseñó en esa época que Cristo es dueño del mundo por "derecho de nacimiento" -como hijo de Dios- y por "derecho de conquista", pero no una conquista de armas, sino de sacrificio.
En el texto de la Encíclica, aparece el fundamento de la frase que adorna el monumento de Victoria: "Vive, Reina e Impera". Vive, porque no se trata de un personaje del pasado, sino de una presencia actual. Reina, porque su ley no es de castigo, sino de justicia. Impera, porque su influencia llega hasta el último rincón de la tierra -la "posesión de los términos de la tierra" que cita la encíclica-.
León XIII escribió en un momento donde el mundo estaba cambiando drásticamente. Él hablaba de un "muro" que se estaba construyendo entre la vida civil y lo espiritual. La encíclica fue un intento de derribar ese muro, recordando que la paz pública y la armonía social dependen de valores más profundos que la simple política.
Para el ciudadano común de 1901, inaugurar un monumento el 6 de junio no era solo un acto de culto; era poner una "primera piedra" de esperanza ante la incertidumbre del nuevo siglo que comenzaba.
Lo más fascinante de Annum Sacrum es cómo un texto escrito en latín en el Vaticano terminó convertido en bloques de cantera labrados por manos mexicanas. Los habitantes de aquel entonces no necesitaban ser expertos en teología para entender el mensaje: el Sagrado Corazón es el faro.
La encíclica pedía que el signo fuera "un Corazón resplandeciente entre llamas con la cruz encima". Si se observan con atención los detalles del monumento, se verá que los artesanos locales siguieron esa visión al pie de la letra, creando un lenguaje visual que incluso el más inexperto puede interpretar: el triunfo del amor sobre el tiempo.
La carta Annum Sacrum es, en esencia, una invitación a la unidad. Al leerla hoy, más allá de la fe de cada persona, descubrimos el origen de nuestra identidad urbana. Esos monumentos son "testigos mudos" de una época en la que la humanidad decidió que el siglo XX debía comenzar bajo el signo de la protección de Cristo y la paz, porque "Cristo es nuestra paz".
La próxima vez que alguien pase frente a esa esfera de piedra en Victoria, deberá recordar que no es solo un adorno; es el eco de una carta que, hace más de un siglo, intentó recordar que todos habitan un mismo "orbe" y que la verdadera victoria no es la que divide, sino la de Cristo, que "vive y reina" en el respeto común.
Los monumentos en otros países: todo teniendo como centro a Cristo
Este diseño -pedestal con esfera- se conoce como el monumento a Cristo Redentor del cambio de siglo. A finales del XIX, el Papa León XIII instó a los católicos a consagrar el nuevo siglo a Cristo, lo que generó una ola de monumentos similares.
Esto se generó en el contexto de la "recristianización" que impulsó el Papa León XIII con la encíclica Annum Sacrum -1899-, España se convirtió en un terreno fértil para la construcción de monumentos al Sagrado Corazón y a Cristo Rey.
En las regiones de Castilla -tanto Castilla y León como Castilla-La Mancha-, este fenómeno dejó huellas arquitectónicas muy similares a la de Victoria, Guanajuato, especialmente en el uso de pedestales de cantera y orbes pétreos.
En Castilla y León: El epicentro de la devoción
Esta región es fundamental, pues en Valladolid ocurrió la "Gran Promesa" del Sagrado Corazón -"Reinaré en España"-.
Soria -Parque del Castillo-: Existe un monumento al Sagrado Corazón que, aunque ha sufrido modificaciones, originalmente seguía la estética de la época con pináculos coronados por bolas o esferas de piedra, muy similares al orbe de Victoria. Fue erigido siguiendo la recomendación de León XIII de 1900.
Burgos: En diversas localidades de la provincia existen "Cruceros de los Caídos" o monumentos al Sagrado Corazón en las plazas principales que utilizan el orbe pétreo bajo los pies de la imagen o como remate del pedestal, simbolizando que el mundo es el trono de Dios.
Zamora y Salamanca: En las plazas de pueblos de la meseta castellana, es común encontrar pedestales de granito o cantera rosa con inscripciones en latín -Vivat Regnat et Imperat- que sostienen una esfera sobre la cual se erige la cruz o la imagen de Cristo.
Castilla-La Mancha: Monumentos en cerros y plazas
Cuenca -Cerro del Socorro-: Aunque la imagen actual es posterior, el concepto original del monumento buscaba el "Reinado Social" desde un punto elevado que dominara visualmente la ciudad, una réplica del sentimiento que motivó la obra en Victoria.
Albacete y Ciudad Real: En localidades como Alcaraz o Almagro, se encuentran pedestales en plazas que antiguamente servían de base para estas proclamas del cambio de siglo. El diseño de "pedestal + columna + esfera" era el estándar de los maestros canteros para representar el dominio universal de Cristo.
El modelo "Cerro de los Ángeles" -Getafe, Madrid-.
Aunque técnicamente en la Comunidad de Madrid, históricamente pertenece a Castilla la Nueva. Es el monumento más trascendental del "Reinado Social de Jesucristo" en España. (https://es.wikipedia.org/wiki/Monumento_al_Sagrado_Coraz%C3%B3n_de_Jes%C3%BAs_del_Cerro_de_los_%C3%81ngeles )
El Orbe: En el conjunto monumental original -y en sus réplicas en provincias castellanas-, el uso de la esfera de piedra es constante. Representa el Mundus, indicando que la soberanía de Cristo no es solo espiritual, sino social y política sobre la nación.
Motivos de su construcción en Castilla
Estas obras no fueron casuales; respondieron a tres motivos principales:
La Consagración Universal de 1900: Siguiendo las directrices de Roma para recibir el siglo XX, las parroquias castellanas compitieron por erigir el monumento más digno en sus plazas.
Reparación Pública: Se buscaba "limpiar" el espacio público tras las desamortizaciones y periodos de laicismo del siglo XIX, reafirmando la identidad católica del pueblo.
El Reinado Social: La teología de la época enfatizaba que Jesucristo debía reinar en las instituciones y en las calles. El orbe pétreo es la firma visual de esta creencia: el mundo (la esfera) pertenece a su Creador.
La obra que se documenta en Victoria, Guanajuato -fechada en junio de 1901-, es un reflejo exacto de esta corriente española: la misma cantera, la misma tipografía en latín y el mismo símbolo del orbe que hoy todavía se puede ver en las plazas de la meseta castellana.
Los ejemplos para México y otras partes del mundo
Aunque son dos conceptos diferentes los monumentos realizados a inspiración de la encíclica y los monumentos a Cristo rey, le hecho es que se exhalta a Cristo. Entre estas obras, se tienen en México, el monumento votivo nacional a Cristo Rey, en el Cerro del Cubilete (https://es.wikipedia.org/wiki/Cerro_del_Cubilete ) que originalmente tuvo un monumento modesto, dinamitado por manos oscuras. antes de la gran estatua actual; es un símbolo de soberanía nacional de Cristo y de su reinado en el mundo
El monumento a Cristo Rey de La Montañita, ubicado al oriente del municipio de San Luis de la Paz, Guanajuato, se erige no solo como un referente geográfico que ofrece una de las panorámicas más hermosas de la región, sino como un testimonio vivo de la historia religiosa y social del estado. Su origen está profundamente ligado a uno de los episodios más convulsos de México: la Guerra Cristera. (https://www.guanajuatodesconocido.com/2026/04/el-cristo-rey-de-la-montanita-en-san.html )
Pachuca, Hidalgo -Cristo Rey-, construido por mineros que, tras quedar atrapados, prometieron un monumento si sobrevivían. (https://es.wikipedia.org/wiki/Cristo_Rey_de_Pachuca )
Andes -Frontera Chile-Argentina-, el Cristo Redentor de los Andes -1904-, erigido para celebrar la paz entre ambos países y el cambio de siglo. (https://es.wikipedia.org/wiki/Cristo_Redentor_de_los_Andes)
Diversas sitios en España -Castilla-, con monumentos al Sagrado Corazón, simbolizando el reinado social de Jesucristo. Uno de estos ejemplos está en Alcaraz, en la provincia de Albacete, con un monumento de 23 metros de altura realizado en 1956. Se trata de un Sagrado Corazón, situado en la cima del Cerro Santa Bárbara a 1,091 metros sobre el nivel del mar, diseñado y construido por el artista local Tito Gaitano. En la actualidad, rehabilitado gracias a la Asociación Cultural Amigos de Alcaraz y a los donativos de sus habitantes y visitantes. La gente llama comúnmente al lugar "El santo".
La obra de Victoria es, por tanto, una pieza de un rompecabezas global de fe que unió a comunidades de todo el mundo en el tránsito del año 1900 al 1901.
Texto Integro de la Carta Encíclica "Annum Sacrum", del papa León XIII, del 25 de mayo de 1899
Esta es la traducción completa al español de la Carta Encíclica Annum Sacrum, promulgada por el Papa León XIII el 25 de mayo de 1899. Este documento es el fundamento histórico y teológico de los monumentos con el "orbe pétreo" e inscripciones como "Vivit, Regnat, Imperat" que se encuentran en lugares como Victoria, Guanajuato..
CARTA ENCÍCLICA "ANNUM SACRUM"
DEL SUMO PONTÍFICE LEÓN XIII
SOBRE LA CONSAGRACIÓN DEL GÉNERO HUMANO AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS
Recientemente, como bien sabéis, mediante Letras Apostólicas hemos indicado que el Año Sagrado, según la costumbre e institución de nuestros antepasados, se celebre próximamente en esta alma Ciudad. Hoy, con la esperanza y el auspicio de llevar a cabo con mayor santidad esta celebración religiosísima, somos autores y promotores de algo preclaro de lo cual, si todos obedecen de corazón y con voluntades concordes y gustosas, esperamos con razón frutos insignes y duraderos, primero para el nombre cristiano y luego para toda la sociedad humana.
No una sola vez hemos intentado proteger santamente y colocar bajo una luz mayor la probadísima forma de religión que consiste en el culto al Sacratísimo Corazón de Jesús, siguiendo el ejemplo de nuestros predecesores Inocencio XII, Benedicto XIII, Clemente XIII, Pío VI y, con el mismo nombre, VII y IX; y esto lo hicimos especialmente mediante el Decreto dado el 28 de junio de 1889, por el cual elevamos la Fiesta bajo ese título al rito de primera clase. Pero ahora, se presenta en nuestro ánimo una forma de obsequio más espléndida, que sea como la culminación y perfección de todos los honores que suelen tributarse al Sacratísimo Corazón: y confiamos en que sea muy grata a Jesucristo Redentor.
Aunque esto de lo que hablamos no es ciertamente algo que se mueva ahora por primera vez. Pues hace casi cinco lustros, ante la inminencia de los solemnes centenarios después de que la bienaventurada Margarita María de Alacoque recibiera divinamente el mandato de propagar el culto del divino Corazón, se enviaron a Pío IX desde todas partes súplicas, no solo de particulares sino también de obispos, para que quisiera consagrar la comunidad del género humano al augustísimo Corazón de Jesús. Se decidió aplazar el asunto para decretarlo con mayor madurez; mientras tanto, se dio facultad a las ciudades que quisieran consagrarse individualmente, y se prescribió una fórmula de devoción. Ahora, ante nuevas causas, juzgamos que ha llegado la madurez para realizar esta obra.
Y este amplísimo y máximo testimonio de obsequio y piedad conviene totalmente a Jesucristo, porque Él es el príncipe y señor supremo. Evidentemente, su imperio no es solo sobre las gentes de nombre católico, o solo sobre aquellos que, habiendo sido lavados por el sagrado bautismo, pertenecen por derecho a la Iglesia (aunque el error de opiniones los desvíe o el disenso de la caridad los separe), sino que abarca también a cuantos carecen de la fe cristiana, de modo que, verdaderamente, la totalidad del género humano está bajo la potestad de Jesucristo.
Pues quien es el Unigénito de Dios Padre y tiene su misma sustancia, "esplendor de su gloria y figura de su sustancia" (Hebr. I, 3), es necesario que tenga todo en común con el Padre, y por lo tanto, también el imperio sumo sobre todas las cosas. Por eso el Hijo de Dios dice de sí mismo por el Profeta: "Yo he sido constituido rey sobre Sion, su monte santo. El Señor me dijo: Mi hijo eres tú, yo te he engendrado hoy. Pídeme, y te daré las naciones en herencia y en posesión tuya los términos de la tierra" (Ps. II). Con lo cual declara que ha recibido de Dios el poder tanto sobre toda la Iglesia (entendida por el monte Sion), como sobre el resto del orbe de la tierra, donde se extienden sus términos. Sobre qué fundamento descanse esa potestad suprema, lo enseñan suficientemente aquellas palabras: "Hijo mío eres tú". Por el hecho mismo de ser el Hijo del Rey de todas las cosas, es heredero de la potestad universal: de donde se sigue: "te daré las naciones en herencia". Similares a estas son las palabras del apóstol Pablo: "A quien constituyó heredero de todo" (Hebr. I, 2).
Sin embargo, debe considerarse especialmente lo que Jesucristo afirmó sobre su imperio, ya no por los apóstoles o profetas, sino con sus propias palabras. Al preguntarle el gobernador romano: "¿entonces tú eres rey respondió sin ninguna duda: "tú dices que yo soy rey" (Juan XVIII, 37). Y la magnitud de este poder y la infinitud del reino se confirman más abiertamente a los Apóstoles: "Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra" (Mat. XXVIII, 18). Si a Cristo se le ha dado todo poder, se sigue necesariamente que su imperio debe ser sumo, absoluto, no sujeto al arbitrio de nadie, de modo que nada sea para Él ni igual ni semejante; y como se le ha dado en el cielo y en la tierra, debe tener al cielo y a la tierra obedeciéndole. Y en verdad ejerció este derecho singular y propio al ordenar a los Apóstoles divulgar su doctrina, congregar a los hombres en un solo cuerpo de la Iglesia por el lavacro de la salud, e imponer leyes que nadie podría rechazar sin peligro de la salud eterna.
Pero no termina aquí todo. Cristo impera no solo por derecho nativo, como Unigénito de Dios, sino también por derecho adquirido. Pues Él mismo nos libró "de la potestad de las tinieblas" (Coloss. I, 13) y asimismo "se dio a sí mismo como redención por todos" (1 Tim. II, 6). Para Él, por tanto, se han convertido en "pueblo de adquisición (1 Pedro II, 9) no solo los católicos y quienes recibieron el bautismo cristiano, sino los hombres individual y universalmente. Sobre lo cual dice acertadamente Agustín: "¿Buscáis qué compró? Mirad qué dio y encontraréis qué compró. La sangre de Cristo es el precio. ¿Qué vale tanto? ¿Qué, sino todo el mundo? ¿Qué, sino todas las naciones? Por todo dio cuanto dio" (Tract. 120 in Ioan.).
San Tomás nos enseña la razón de por qué los mismos infieles están sujetos a la potestad y dominio de Jesucristo. Pues al preguntar sobre su poder judicial y si se extiende a todos los hombres, habiendo afirmado que el poder judicial sigue al poder regio", concluye claramente: "A Cristo todas las cosas están sujetas en cuanto a la potestad, aunque todavía no le estén sujetas en cuanto a la ejecución de la potestad" (3 p. q. 39 a. 4). Este poder e imperio de Cristo sobre los hombres se ejerce por la verdad, por la justicia y, sobre todo, por la caridad.
Pero a ese doble fundamento de su potestad y dominio, Él mismo permite benignamente que se añada de nuestra parte, si queremos, la devoción voluntaria. Pues Jesucristo, Dios y Redentor a la vez, es rico en la posesión colmada y perfecta de todas las cosas: nosotros, en cambio, somos tan pobres y necesitados que nada de lo nuestro es suficiente para obsequiarle. Pero, por su suma bondad y caridad, no rechaza que le demos y adjudiquemos lo que es suyo, como si fuera de nuestro derecho; y no solo no lo rechaza, sino que lo pide y ruega: "Hijo, dame tu corazón".
Por lo tanto, podemos ciertamente complacerle con la voluntad y el afecto del ánimo. Pues al consagrarnos a Él, no solo reconocemos y aceptamos su imperio abierta y gustosamente, sino que testificamos con el hecho que, si fuera nuestro lo que damos como don, lo daríamos con suma voluntad; y le pedimos que no se digne rechazar recibir de nosotros eso mismo, aunque sea plenamente suyo. Esta es la fuerza de lo que tratamos, este es el sentido de nuestras palabras.
Y puesto que en el Sagrado Corazón está el símbolo y la imagen expresa de la infinita caridad de Jesucristo, que nos mueve a amarnos mutuamente, por ello es conveniente dedicarse a su Corazón augustísimo; lo cual no es otra cosa que entregarse y obligarse a Jesucristo, porque cualquier honor, obsequio y piedad que se tributa al divino Corazón, se tributa verdadera y propiamente al mismo Cristo.
Por tanto, excitamos y exhortamos a cuantos conocen y aman el divinísimo Corazón a que asuman voluntariamente esta devoción; y desearíamos que todos lo hicieran el mismo día, para que las manifestaciones de tantos miles de almas que hacen el mismo voto lleguen al mismo tiempo a los templos del cielo.
Pero, ¿dejaremos escapar de nuestro ánimo a los innumerables otros a quienes la verdad cristiana aún no ha iluminado? Pues nuestra persona representa a Aquel que vino a salvar lo que había perecido y que entregó su sangre por la salud de todo el género humano. Por lo tanto, a esos mismos que se sientan en la sombra de la muerte, tal como estudiamos asiduamente cómo despertarlos a la que es verdaderamente vida (enviando nuncios de Cristo a todas partes para instruirlos), así ahora, compadecidos de su suerte, los encomendamos de manera especial al Sacratísimo Corazón de Jesús y, en cuanto está en Nos, los dedicamos.
De esta manera, esta devoción que persuadimos a todos será provechosa para todos. Pues hecho esto, en quienes está el conocimiento y el amor de Jesucristo, sentirán fácilmente que les crece la fe y el amor. Quienes, conociendo a Cristo, descuidan sin embargo sus preceptos y su ley, les será lícito arrebatar del Sagrado Corazón la llama de la caridad. Finalmente, para aquellos infelices que luchan con la ciega superstición, pediremos todos con un solo ánimo el auxilio celestial para que Jesucristo, así como ya los tiene sujetos según la potestad, los sujete algún día según la ejecución de la potestad, y no solo "en el siglo futuro, cuando cumpla su voluntad sobre todos, salvando a unos y castigando a otros (S. Tom. i. c.), sino también en esta vida mortal, impartiéndoles la fe y la santidad; virtudes con las cuales puedan ellos dar culto a Dios, como es debido, y tender a la eterna felicidad en el cielo.
Tal dedicación trae también a las ciudades la esperanza de cosas mejores, ya que puede restaurar o estrechar más firmemente los vínculos que por naturaleza unen a las repúblicas con Dios. En estos últimos tiempos se ha actuado especialmente para que entre la Iglesia y la sociedad civil exista como un muro. En la constitución y administración de las ciudades se tiene en nada la autoridad del derecho sagrado y divino, con el propósito de que ninguna fuerza de la religión afecte la costumbre de la vida común.
Lo cual equivale casi a quitar de en medio la fe de Cristo y, si fuera posible, desterrar a Dios mismo de las tierras. Con los ánimos exaltados por tanta insolencia, ¿qué tiene de extraño que la mayoría del género humano haya caído en tal perturbación de las cosas y sea sacudida por tales olas que no dejen a nadie libre de miedo y peligro? Es necesario que los cimientos más ciertos de la incolumidad pública se desmoronen al posponer la religión. Dios, tomando las penas justas y merecidas de los rebeldes, los ha entregado a su propia lujuria para que sirvan a sus pasiones y ellos mismos se consuman con una libertad excesiva.
De aquí nace esa fuerza de los males que ya hace tiempo se asientan y que exigen vehementemente que se busque el auxilio del Único por cuya virtud sean expulsados. ¿Quién es ese, sino Jesucristo, el Unigénito de Dios? Pues no se ha dado a los hombres bajo el cielo otro nombre en el que convenga que seamos salvos" (Hechos IV, 12). A Él, pues, se debe acudir, que es el camino, la verdad y la vida.
Se ha errado: hay que volver al camino; las tinieblas han cubierto las mentes: debe disiparse la oscuridad con la luz de la verdad; la muerte ha ocupado: hay que aprehender la vida. Entonces finalmente será lícito que se sanen tantas heridas, entonces todo derecho reverdecerá en la esperanza de la antigua autoridad, y se restaurarán los ornamentos de la paz, y caerán las espadas y las armas fluirán de las manos, cuando todos acepten gustosos el imperio de Cristo y le obedezcan, "y toda lengua confiese que el Señor Jesucristo está en la gloria de Dios Padre" (Fil. II, 11).
Cuando la Iglesia, en los tiempos próximos a sus orígenes, era oprimida por el yugo de los césares, se mostró en lo alto al joven emperador la Cruz, anuncio y causa a la vez de la amplísima victoria que siguió pronto. He aquí hoy otro signo auspiciosísimo y divinísimo ofrecido a los ojos: a saber, el Corazón sacratísimo de Jesús, con la cruz superpuesta, resplandeciendo con esplendidísima blancura entre llamas. En él deben colocarse todas las esperanzas; de él debe pedirse y esperarse la salud de los hombres.
Finalmente (lo cual no queremos pasar en silencio), también esa causa, privadamente nuestra pero bastante justa y grave, nos impulsó a emprender esto: que Dios, autor de todos los bienes, nos conservó no hace mucho tiempo después de haber rechazado una peligrosa enfermedad. De tan gran beneficio, al aumentar ahora por Nos los honores al Sacratísimo Corazón, queremos que conste públicamente tanto la memoria como la gratitud.
Por tanto, ordenamos que en los días nueve, diez y once del próximo mes de junio, se realicen súplicas determinadas en el templo principal de cada ciudad y pueblo, y que en cada uno de esos días se añadan a las demás preces las Letanías del Santísimo Corazón aprobadas por Nuestra autoridad; y en el último día se recite la fórmula de la Consagración, la cual os enviamos, Venerables Hermanos, junto con estas letras.
Como presagio de los dones divinos y testimonio de Nuestra benevolencia, os impartimos amorosamente en el Señor la bendición apostólica a vosotros, al clero y al pueblo que presidís.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 25 de mayo de 1899, año vigésimo segundo de Nuestro Pontificado.
LEÓN PP. XIII
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