Se suele argumentar que tiempos pasados fueron mejores. Todo depende de quién argumente. Como las generaciones de mayor edad son las que suelen imponer criterios de validez, se da crédito a estas afirmaciones. Sin embargo, para ser objetivos, los bisabuelos se quejaron del comportamiento de los abuelos y estos de nuestros padres. Así, llegará el momento en que parecerá reprobable el comportamiento de nuestros futuros nietos y bisnietos.
El lenguaje cambia y lo que antes escandalizaba, hoy es inocente. Minucias del Lenguaje (FCE, 1992) reporta que don Rufino José Cuervo —lingüista colombiano, sin relación con José Antonio de Cuervo iniciador del tequila en Jalisco— se quejaba amargamente del uso sin recato de la exclamación ¡Caray! La palabra es un eufemismo procedente de vocablo carajo. El diccionario oficial señala que esta última voz aplica como vulgarismo para referirse al miembro viril. Sin embargo, nuestros bisabuelos la desvirtuaron para suavizarla (lo que sucede en la actualidad con la expresión ¡no manches!).
La frase que encabeza esta colaboración hace referencia a una película de 1941 estelarizada por Joaquín Pardavé. La cita hacía referencia a las añoranzas por un tiempo pasado, presumiblemente mejor.
Justo, por ese entonces (1938), se publicó el libro La vida inútil de Pito Pérez, de José Rubén Romero. En uno de sus pasajes hace crítica al estilo barroco que solía caracterizar la forma presuntamente culta de hablar y escribir de entonces. Ese estilo todavía pervive en la escritura del sector Público: «Al profesor Gallegos no se le escucha pasar porque va en hombros de sus veinte juanetes, y apenas toca el suelo. Detiénese en las esquinas, monologa en alta voz, con grandilocuencia que, por incomprendida, le ha ocasionado tantos sinsabores (...) Ahí está el bochorno de verse insultado por un carbonero. "Bucólico morador de las selvas umbrías, ¿en cuánto apreciáis el fardo de madera calcinada que lleváis sobre los lacerados omoplatos de este rústico pollino?" le preguntó el profesor Gallegos al carbonero que llevaba su mercancía sobre un burro. "Eso lo será usted, roto pinche –le respondió el hombre–. Se vale de que son ricos pa' humillar a los probes..."».
El autor denunciaba a través de sus personajes cómo el lenguaje se usó hasta para marcar diferencias sociales. Pero considerar el lenguaje rebuscado, lleno de cultismos como una forma eficiente, se conservó hasta los años 80 del siglo anterior. Es suficiente con buscar en Internet discursos políticos de la época.
Hoy tiene detractores y partidarios quitar tilde a pronombres demostrativos y al vocablo solo; escribir menos rebuscado, no recurrir a tanto cultismo. Sin embargo, en unas generaciones más, incluso esto será sustituido por otros temas y los que hoy provocan indignación, se olvidarán. Cada generación tiene su lucha.
¿Fue mejor o peor el uso del lenguaje antes? Ni peor, ni mejor; simplemente se dan cambios en la lengua. Así se ponen de moda vocablos o expresiones, algunos perduran otros no y las nuevas generaciones heredan un idioma que no es su invención pero que lo trastocan acorde con sus necesidades. ¡Qué tiempos aquellos!


