El sacrificio de San Jenaro Sánchez: perdón ante la saña del verdugo

Guanajuato Desconocido
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Eugenio Amézquita Velasco

-San Jenaro vaticinó su propio destino al afirmar que sería de los primeros en morir durante la persecución.
-Su ejecución el 17 de enero de 1927 se caracterizó por una brutalidad extrema y una agonía lenta en el mezquite.
-El perdón público a sus verdugos antes de morir consolidó su figura como un símbolo de paz en tiempos de odio.

El martirio de San Jenaro Sánchez Delgadillo no fue solo un acto de violencia política, sino la culminación de una entrega pastoral que desafió las leyes anticlericales de la época. A diferencia de otros movimientos de resistencia, su figura destaca por una obediencia absoluta y un temple heroico que se manifestó en una agonía prolongada, diseñada por sus captores para quebrar su espíritu.

La crónica de su muerte en el cerro de La Loma revela una crueldad que trascendió el fusilamiento convencional. Al ser colgado de forma deficiente, el sacerdote sufrió una muerte lenta que convirtió su último aliento en un testimonio de fe; sus palabras de perdón hacia los soldados no fueron un formalismo, sino un acto de caridad extrema frente a quienes, incluso tras su muerte, ultrajaron su cuerpo con bayonetas.

Hoy, la memoria de San Jenaro Sánchez Delgadillo permanece viva en Cocula y en el santoral mexicano como el buen pastor que se negó a abandonar a sus ovejas. Su legado trasciende el conflicto cristero, recordándonos que la coherencia entre la palabra predicada y el acto final del sacrificio es lo que define la verdadera estatura de un hombre de fe.

En la ciudad de Tecolotlán, Jalisco: San Jenaro Sánchez Delgadillo, sacerdote y mártir de la persecución mexicana.

Nació en Agualele, comunidad del municipio de Zapopan, Jalisco (Arquidiócesis de Guadalajara), el 19 de septiembre de 1876. Fue vicario en Tamazulita, parroquia de Tecolotlán, Jalisco (Diócesis de Autlán). Su párroco elogiaba su obediencia. Los fieles admiraban su honestidad, fervor y elocuencia al predicar, y aceptaban con gusto la guía del padre Jenaro cuando exigía una buena preparación para recibir los sacramentos.

Militares y algunos colonos lo reconocieron mientras caminaba por los campos junto con algunos amigos fieles. Liberaron a todos los demás, pero al padre Jenaro lo llevaron a una colina cerca de Tecolotlán, donde prepararon una horca en un árbol. El padre Jenaro, con heroica serenidad frente al pelotón, pronunció las siguientes palabras: "Paisanos, me van a colgar; yo los perdono, que los perdone también mi Padre Dios y ¡que viva siempre Cristo Rey!".

Fue vicario en varias ciudades: Nochistlán, San Marcos y prefecto del seminario en Cocula. Más tarde fue cura en la parroquia de Tecolotlán y capellán en Tamazulita, Jalisco. En 1923, sus padres se mudaron con él. En este servicio de capellanía destacó por su bondad y celo apostólico. 

Cuando llegó la persecución en 1926, se escondió, permaneciendo en un rancho y cuidando de su congregación lo mejor que pudo. Siempre fue obediente, sincero y amante de la verdad. Dijo: "Creo que en esta persecución morirán muchos y tal vez yo sea el primero".

Cuando fue descubierto y arrestado, estaba con la familia Castillo en el rancho La Cañada. Le esperaba una terrible agonía. Lo llevaron a una colina llamada La Loma, donde los soldados pretendían colgarlo. Les dijo que los perdonaba con la gracia del Señor y exclamó el saludo a Cristo Rey. 

Tiraron de la cuerda, pero lo colgaron mal, lo que le causó un gran sufrimiento, muriendo lentamente en terribles tormentos. Cuando lo bajaron al suelo, le dispararon una bala en el hombro y luego lo apuñalaron con una bayoneta. Dejaron el cadáver tirado en el suelo sin sepultar. Fue su madre quien recogió el cuerpo y lo enterró en la parroquia de Cocula. Juan Pablo II lo canonizó el 21 de mayo de 2000. #MetroNewsMx #GuanajuatoDesconocido

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