Por Silvestre Ortega Noria
Cronista de Santa Cruz de Juventino Rosas
Cronista de Santa Cruz de Juventino Rosas
El día de ayer, mientras iba camino al pueblito perdido entre la Sierra Gorda guanajuatense, ese pueblecito de nombre Atarjea, que aunque es el primero en la lista de los municipios de nuestro estado en orden alfabético, es el último en progreso y en mencionarse como estado; Atarjea, Guanajuato, que solo ofrece bosque de piñón y pendientes maravillosas con un camino que serpentea entre rocas donde casi se toca la bóveda celeste con unas nubes grises en este tiempo y un aire más frío que fresco.
Lo profundo de las barrancas hacía que los árboles en lo profundo se vieran muy pequeños, mientras las rocas que resguardan el camino parecían guardianes de una Nochebuena que estaba a punto de llegar. A lo lejos el camino se estrechaba cada vez más, mientras mi ánimo me recordaba una noche de arrullo al Redentor que llegó un 24 de diciembre a las 12 de la noche, en una comunidad de Salamanca, Gto.
Mientras el camino avanza el horizonte se mira tranquilo y en paz esperando la noche, para que al día siguiente transcurra y de nuevo esperar la que habrá de ser llena de rumores por los cánticos y rezos que habrán de desvelar a los lugareños en una noche que se espera llena de amor; los vecinos de estos lugares que ya deben tener arreglado el nacimiento. Entonces recordé la misa de gallo, que con las alabanzas del viejo pastor alentando a los vecinos, sus voces se fundían en un solo arrullo para recibir al Redentor que había nacido en Belén y ahora se manifestaba en ellos por medio de las alabanzas y oraciones únicas por esos lugares y las lecturas predilectas que hablan del amor y de la paz que trajo el Redentor; y ahora en ese pintoresco lugar debería de ser igual o mejor la alegría, pues la bondad que se lleva en esas tierras indómitas se unió a la bondad del delegado. Que ahora yo quería que fuera igual en Atarjea.
De pronto me detuve al observar un titibuchsi de esos que ahora les llaman chivitos coloraos, y miré su confianza en una tierra donde no es tan perseguido para cazarlo; admiré su plumaje gris, que contrastaba con su plumaje rojo digno del mejor traje hecho por el mejor sastre, pero que después me puse a pensar y a platicar con mi esposa e hijos: no, ese traje ni el mejor sastre lo puede realizar y ahora en la víspera de la Nochebuena nos da la oportunidad de admirarlo de cerca en su hábitat natural. ¡Qué plumaje, sí señor! ¡Qué soberbio, dije yo! ¡Tiene frío!, comentó mi esposa. ¡Está pequeño!, dijeron mis hijos.
Llegamos al Chilarito que está a medio camino de Santa Catarina y Atarjea y al ver solamente el horizonte con las hermosas nubes y un silencio donde no había nadie más que nosotros, comentó mi esposa: recuerda que nos toca la posada y no hemos comprado los dulces, en señal de que deberíamos regresar. Entonces recordé al viejo párroco de La Ordeña, municipio de Salamanca, el que nos había invitado a la misa y después a la cena en casa del delegado y recordé su plática que dijo que tenía ahí muchos años y cuando llegó ahí no había civilización y a él le había tocado ser médico, partero, consejero, maestro y director del coro de la comunidad entre la población que era muy difícil sacarlos de la rutina.
Me detuve a mirar hacia Atarjea y pensé para qué tomé en este día la posada si mi familia todos íbamos juntos, quién va a decir que estamos bien. Recordé que habíamos perdido mucho tiempo en Dr. Mora en el almuerzo con una plaza donde todavía se practica "el trueque", por lo que no me arrepentía de habernos tardado; hasta había comprado unos huaraches de los que usan por acá, y tan solamente entré a la capilla del Chilarito y le tomé una foto a su nacimiento. Pensé otro día tengo que venir a Atarjea y ver su tradición de novenario de Navidad, platicar con sus pobladores y junto con ellos participar en sus tradiciones. Esperar las doce de la noche y escuchar los dulces repiques de la misa de gallo y que lleguen a mis oídos las melodiosas voces de la población entonando sus cánticos y oler el incienso de goma y el aroma de los buñuelos y el atole.
Las lágrimas asomaron a mis ojos al recordar las posaditas de mi niñez en un largo viaje desde mi infancia y que ahora duraba un solo día. Me imaginé los cánticos del siguiente día en un pueblecito que es el primero de la lista de los municipios del estado de Guanajuato y el último en visitarse pero que sus tradiciones son de alegría, paz y felicidad. Con los ojos llorosos me di la vuelta en un pensamiento único por un 24 de diciembre que no viví en Atarjea, Gto.
Atentamente:
Silvestre Ortega Noria, cronista municipal de Santa Cruz de Juventino Rosas, Gto. Feliz Navidad para todo el mundo, especialmente para Eugenio Amezquita y familia.



