El Sagrado Corazón no es una "devocioncita piadosa", es el centro mismo del Evangelio: Obispo de Celaya

Guanajuato Desconocido
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Eugenio Amézquita Velasco

-La pedagogía del amor divino y la urgencia de la reconciliación social marcan la solemnidad patronal en la Catedral de Celaya.
-El Sagrado Corazón no es una devocioncita de escapulario, sino el centro del Evangelio donde late el amor humano de Cristo.
-Venimos del amor de Dios para amar; nuestra vocación es hacer visible el amor invisible del Padre a través del prójimo.
-Frente al cansancio de la vida, el Obispo exhortó a ir a Jesús tal como estamos, pues solo en Dios descansa el alma herida.
-La confesión y la Eucaristía son el verdadero alivio que inyecta entrega ante la tristeza crónica y las depresiones.
-La escuela de Cristo exige un perdón de setenta veces siete y renunciar a la venganza, pues solo la justicia divina sana.
-Monseñor pidió desterrar el "corazón de pollo" que se apachurra para asumir el Corazón de Jesús, grande para la lucha.

En un mundo profundamente fatigado por las tensiones cotidianas, el relativismo y las fracturas emocionales, la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús se erige no como un refugio de sentimentalismo estéril, sino como la respuesta teológica y existencial definitiva a la crisis de sentido actual. Así lo constató el Obispo de Celaya, Monseñor Víctor Alejandro Aguilar Ledesma, durante su homilía en la festividad del santo patrono de la diócesis y de la Parroquia del Sagrario Catedral, donde desglosó con agudeza pastoral la esencia de lo que llamó “la escuela del amor de Cristo”.



Con una elocuencia cercana pero teológicamente robusta, el prelado fue contundente desde el inicio: la devoción al Corazón de Jesús está lejos de ser un mero accesorio en el catálogo de la piedad popular o una “devocioncita de escapulario”. Al contrario, representa el núcleo incandescente de la revelación cristiana: el amor increado del Padre que se hace accesible, vulnerable y visible a través de los afectos humanos del Hijo. En una sociedad que ha desfigurado el concepto del amor —reduciéndolo al egoísmo o al consumo—, Monseñor Aguilar Ledesma recordó que la ontología del ser humano es vocacional: fuimos creados por amor y para amar.

El diagnóstico pastoral del Obispo sobre la realidad contemporánea fue preciso. Reconoció el cansancio crónico que agobia a las familias, a los jóvenes sumidos en la apatía escolar, a los padres que contemplan la rebeldía de sus hijos e incluso el desgaste de los propios sacerdotes y religiosas. Frente a esta "cultura del agobio", la editorial de su mensaje no propuso escapismos ni placebos psicológicos —como las vacaciones exprés o las terapias superficiales—, sino la audaz propuesta de San Agustín: *“Nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”*. El verdadero descanso no es la ausencia de actividad, sino la presencia de la gracia en el Sacramento de la Reconciliación y la Eucaristía.

“Así como estás, cansado, con tu pecado arrastrado por años, así tienes que ir al médico de las almas”, exhortó el pastor, derribando la falsa premisa puritana de que se debe estar limpio para acercarse a la fuente de la misericordia que es Cristo mismo.

Un punto neurálgico de la alocución episcopal fue la dimensión social y comunitaria del amor divino. El Obispo enfatizó que el termómetro de la madurez espiritual es la capacidad de visibilizar el amor invisible de Dios a través del prójimo. En este sentido, la escuela de Cristo exige dos asignaturas radicales: la mansedumbre y la renuncia absoluta a la venganza. Al afirmar que *"la venganza es de Dios porque solo Él es justo"*, Monseñor Aguilar desarmó las lógicas humanas del ojo por ojo que tanto ensangrientan el tejido social, llamando a un perdón heroico de "setenta veces siete" como única vía de sanación interior y colectiva.

Finalmente, al dirigirse a los niños y jóvenes que recibieron el Sacramento de la Confirmación, el Obispo de Celaya vinculó la solemnidad con la efusión del Espíritu Santo, recordándoles que el don recibido no es un amuleto, sino el motor para abandonar el “corazoncillo de pollo” —frágil, asustadizo y propenso a la depresión— y revestirse del Corazón de Jesús: grande para amar, grande para luchar y grande para resistir las adversidades del mundo moderno. La festividad patronal en la Catedral no fue, pues, una simple efeméride del calendario litúrgico; fue una sacudida de fe, un recordatorio de que la Iglesia de Celaya camina protegida por el fuego de un Dios que se niega a cansarse de nosotros.

La transcripción de la Homilía de Mons. Víctor Alejandro Aguilar Ledesma, en Catedral

Mons. Víctor Alejandro Aguilar Ledesma:
Saludo con mucho cariño a mis hermanos sacerdotes en esta solemnidad de la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. Estamos muy contentos en nuestra diócesis porque experimentamos el amor de Dios en Jesucristo nuestro Señor. Cuando una persona se siente amada, se siente feliz, protegida y cuidada. Cuando nosotros no solo sabemos que Dios nos ama, sino que experimentamos su amor, es algo realmente maravilloso. Por eso dice ese canto de los chiquitillos y de algunos de la renovación: "El amor de Dios es maravilloso".

El amor es maravilloso porque, cuando una persona está enamorada, ve todo de color de rosa; ve las cosas a colores. ¿Ustedes se han enamorado de grandes? Sí, ¿verdad? A los chiquitillos todavía les pregunto, pero eso es otra cosa. Se han fijado cómo están las personas que se enamoran: están felices, pero a veces están medio idas, como que quedan afectadas por el amor. El amor es una afectación; la persona amada comienza a vivir en la otra persona. Ese es el amor cuando tú lo experimentas: cuando la persona a quien amas vive en ti. En cada glóbulo rojo, en cada glóbulo blanco, ahí circula. Lo ves, lo hueles, lo sueñas, lo visualizas y deseas estar con esa persona, sea él o ella. El amor así es.

Cuando celebramos la solemnidad del Sagrado Corazón, no celebramos una devoción o una devocioncita piadosa entre tantas que tenemos en tantos escapularios. No, este es el corazón mismo del Evangelio: el amor de Dios que late en un corazón humano, el de Cristo. Ese es el centro, el corazón de Jesús, porque de hecho el corazón es el símbolo del amor. Qué hermoso nos dice San Juan en la segunda lectura la definición de Dios: "Dios es amor". Y cuando uno estaba chiquitillo como ustedes y asistía al catecismo, las catequistas nos enseñaban un cantito: "Dios es amor, la Biblia lo dice; San Pablo también lo repite". En realidad, búscalo en la Primera de Juan, capítulo 4, versículo 8: "Dios es amor".

Venimos del amor de Dios, venimos para amar y nuestra vocación, entonces, es el amor. Aquí una santa dijo: "Yo soy el amor de Cristo en el mundo". Eso es lo que tenemos que hacer. Por eso dice San Juan que el que no conoce a Dios no ama; pero el que ama a Dios se siente amado y, precisamente porque experimenta ese amor, ama a Dios y ama a sus hermanos. En esto conocemos que amamos a Dios: en que amamos a nuestros hermanos. Ahí se hace visible el amor invisible de Dios, tal como se hizo visible en Jesucristo el amor del Padre.

Esto ya va para los niñitos que se van a confirmar. Dice Jesús: "Si alguien me ama, mi Padre lo amará y vendremos a él y ahí vamos a hacer nuestra morada". O sea, que habite en nosotros el amor del Padre y del Hijo. ¿And quién es el amor del Padre y del Hijo? El Espíritu Santo. Ustedes que se van a confirmar ahorita van a recibir el amor del Padre y del Hijo en su corazón. Ahí, en ese corazón, va a latir el amor de Dios por el Espíritu Santo que reciben hoy.

Este amor de Dios primero es gratuito, no se compra. Es como el amor de una madre: aunque sus hijos estén feítos o como sean, ella dice: "¡Ay, mi hijito!". Es el amor del cuervo, ¿verdad? ¿Cómo ve una mamá a sus hijos? ¿Bonitos o no? Los padrinos también tienen que ver a sus ahijados bonitos; véanlos bonitos y denles su domingo para que se vea también ese amor.

Ese amor es misericordioso. ¿Qué significa misericordioso? Que Él mira nuestras miserias con su amor. Por eso su amor es más grande que nuestros pecados. Por eso dice Jesús en el Evangelio: "Tú que te sientes cansado, fatigado, agobiado por la carga, ven". Pero ven así como estás. Cuando uno va con un médico —con el traumatólogo, con el urólogo o con el internista—, vas así como estás, no vas a esperar a curarte para luego ir. Así tienes que ir, para que el corazón y el amor de nuestro Señor, con toda su fuerza a través del Espíritu Santo, te sane.

Tienes que venir así como estás: cansado. A veces todos nos cansamos en la vida. No crean que no; a veces el papá también tiene ganas de soltar la toalla y decir: "Ya no aguanto a estos chiquillos, esta señora ya me tiene cansado". Pues aquí dice el Señor: "Ven". O esa señora que ya no aguanta a la vecina, a los hijos o a ese hijo flaco y renegón que no hace caso, que te tiene hasta la coronilla y te impacienta: "Ven", dice el Señor. Tú, muchachito, que ya no quieres estudiar, que te cansaste, que no sabes si vas a terminar este semestre y ya no quieres más: "Ven", dice el Señor. Tú, que traes esa culpa o ese pecado arrastrando de años y años, hoy el Señor te dice: "Ven así como estás, ven, que yo te aliviaré".

¡Hombre, si el Señor es un alivio de veras! Cuando uno experimenta el amor de Dios, te llega el alivio a tu vida y te sientes ligero. Cuando alguien experimenta el amor del Señor, hace una buena confesión y comulga bien, hasta se siente ligerito, como si le salieran alas. Cuando vas a un buen retiro donde experimentas el amor del Señor, de veras se siente uno con ganas de vivir. Dices: "¡Ay, qué alivianón me dio el Señor con este retiro!". Vengan a mí, yo los aliviaré. Pero a veces andamos yendo a no sé dónde. No, hay que ir con el Señor.

Hay que venir al Señor, a tu misa el domingo. Tú, jovencito, niño, a tu misa el domingo, no le falles. Si vas pasando por un templo, métete y hazle una visita al Santísimo; que te dé una alivianada el Señor ahí. Incluso los padrecitos agobiados y fatigados: vete con el Santísimo, que te dé un levantón, que te inyecte amor, que te inyecte entrega. Y hasta las religiosas también, cuando ya están todas nerviositas, vete con el Señor: "Ven, Señor, me siento agobiado, fatigado y cansado de la vida". Ahí está el Señor.

Además, Jesús nos dice: "Aprendan de mí". En la escuela de Jesús, Él no nos dijo que aprendiéramos a hacer milagros, a caminar sobre el agua, a multiplicar panes o a resucitar muertos. No, lo único que nos dijo fue: "Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón". Hay que entrar en esta escuela del amor de Cristo. En ella vas a aprender que todo hay que mirarlo desde el amor de Jesús. San Pablo decía: "Tengan los mismos sentimientos que tiene Cristo". Entonces hay que amar y mirar a las personas desde Jesús. ¿Cómo miraría Jesús a esta señora, a este vecino, a este hijo o a esta hija? Desde un amor que no se cansa de amarnos, que no se cansa de perdonarnos, que no se cansa de animarnos. No se cansa el amor del Señor porque es un amor divino.

Por eso Jesús se quedó crucificado. A veces les regalan crucifijos en las bodas, o traemos una cruz en la cadenita, o tenemos en nuestro cuarto un Cristo pegado en la cabecera de la cama para que no se nos olvide su amor. Nadie tiene mayor amor que el que da la vida; ahí está el signo. Y todavía hay gente que ve un crucifijo y dice: "Es que yo pienso que Dios a mí ya no me ama, yo creo que ya ni me oye, ya se olvidó de mí, mira cómo ando". No, ahí está. Cada que veas un crucifijo, no se te olvide cuánto te ama el Señor, cuánto nos ama Cristo y gratuitamente. Nos ama y nos elige para sanarnos, aliviarnos y apapacharnos. Ese es el Señor.

en esta escuela aprendemos otras dos cosas: a perdonar y a no vengarnos. "La venganza es mía, no es tuya", dice el Señor. Tenemos que entrar a la escuela donde Jesús te dice que hay que perdonar hasta setenta veces siete. No te canses. Si dices: "Ya me cansé de perdonar, ya me agobié"*, ven a esta escuela. Aquí aprende de Jesús que es setenta veces siete y que la venganza no te toca a ti ni a mí. ¿Por qué? Porque uno en la venganza no es justo: o te quedas corto o te pasas. Solo Dios es justo. La venganza, dice la Palabra de Dios en varios textos, es de Él; eso tenemos que dejárselo a Él.

En esta escuela se aprende a amar, porque el amor es el único que sana. Les platico que una hermana mía tiene un hijo adolescente de esos precoces que empiezan a "emplumar". Antes andaba muy bien vestidito, todo en orden, pero de repente le llegó la adolescencia y se empezó a dejar el pelo largo, se empezó a pintar no sé qué, traía el pantalón abajo y los tenis desabrochados. Mi hermana lo regañaba, le decía de cosas y el muchacho rezongaba por todo. Luego ella le decía: "Mira, ya está la comida", y él respondía: "No quiero, cómetela tú". Flaco como una lombriz, el ingrato, todo trasijado, no comía. Así tuvo meses a mi hermana, lidiando con él. Al poco tiempo, lo vio que se empezó a bañar, se cortó el pelo y luego le empezaba a agarrar perfume al papá. Un día ella le preguntó: "Oye, hijo, ¿pues qué está pasando contigo?". Él solo dijo: "Ahorita vengo, después te platico", y se fue. ¿Qué creen que tenía? Ya tenía una novia. Y esa novia logró que se bañara, se pelara, comiera, se amarrara los zapatos y se subiera el pantalón. ¿Qué le había pasado al sobrinillo este? Se había enamorado. Por el amor a esa muchacha hacía todo lo que la mamá nunca logró que hiciera. ¿Qué lo cambió? El amor. Los regaños no cambiaron nada, pero el amor cambia.

Por eso, a ese hijo tuyo, aunque sea rebelde, cuando esté dormido, ve y grítale despacito en el oído: "Cristo te ama, Dios te ama así como eres, respóndele a ese amor de Dios". Ahí, cuando está todo modorrillo en la noche, dale la bendición y dile eso. Eso es lo que va a hacer cambiar nuestro corazón.

Hoy debemos decirle: "Señor Jesús, danos un corazón como el tuyo para poder descansar". Con eso termino. San Agustín decía: "Nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en ti". Cuando andamos agobiados y cansados, pensamos en cómo descansar y se nos ocurre irnos de vacaciones a Ixtapa o a Puerto Vallarta, o tomar una aromaterapia o una medicinita. Pero como decía Agustín, nuestro corazón nunca va a descansar hasta que descanse en el Señor. Nunca. Solo en Cristo descansan todas las ansiedades, nerviosismos, tensiones, presiones y depresiones. La depresión empieza siendo una tristeza crónica: todos los días estás triste, esa tristeza se vuelve crónica y luego viene la depresión que te lleva más y más abajo. Para levantar de esto, un ansiolítico o una terapia pueden servir, pero donde realmente se descansa es en el Señor.

Pues hoy digamos: "Sagrado Corazón de Jesús, en ti confiamos nuestra vida, nuestros negocios, nuestras familias y nuestros problemas. Ahí están, Señor. Yo quiero vivir en tu amor, protégeme con él. Gracias por tanto amor, gracias porque nos das tu Espíritu Santo, gracias porque puedo caminar en tu amor". En medio de las dificultades y adversidades de este mundo me siento feliz porque me siento amado por ti. Ayúdame a amar a los demás como tú los amas, a perdonar, a no ser vengativo, a hacer el bien y a dejarme curar por tu amor, porque solamente el que perdona sana, y solamente la persona sana es feliz.

Sagrado Corazón de Jesús, danos un corazón semejante al tuyo. Vamos a pedirle hoy al Señor que nos dé un corazón así, grande para amar, y que se nos quite ese corazoncillo de pollo que traemos a veces, que no aguanta nada, que luego luego se pone triste, se fractura y se apachurra. Danos, Señor, un corazón grande para amar, grande para luchar, grande para rezar, grande para ser como tú.

¿Ustedes de qué tamaño tienen el corazón? ¿Grande o chiquito? Grande, como el de Jesús. ¿Quién tiene corazón de pollo? Verdad que no queremos tener corazón de pollo; con eso no llegamos lejos. Necesitamos el corazón de Jesús: grande para amar, como Él nos ama a nosotros.

Le damos un aplauso muy fuerte al Sagrado Corazón hoy en el día de su fiesta. ¡Más fuerte, más fuerte! Eso, que se vea que queremos mucho al Sagrado Corazón de Jesús. Vamos a ponernos de pie, por favor. #MetroNewsMx #GuanajuatoDesconocido

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