"Yo Soy"": Jesucristo, manifiesto de la eternidad en el tiempo - Evangelio del día

Guanajuato Desconocido
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Anacleto González

El Evangelio correspondiente al martes 24 de marzo de 2026 -Martes de la V Semana de Cuaresma- es el de San Juan 8, 21-30.

Evangelio según San Juan (8, 21-30)

En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos:
«Yo me voy y me buscaréis, y moriréis por vuestro pecado. Donde yo voy no podéis venir vosotros».
Los judíos comentaban: «¿Será que va a suicidarse y por eso dice: "Donde yo voy no podéis venir vosotros"?».
Jesús les dijo: «Vosotros sois de aquí abajo, yo soy de allá arriba; vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo. Con razón os he dicho que moriréis en vuestros pecados: pues, si no creéis que "Yo soy, moriréis en vuestros pecados».
Ellos le preguntaron: «¿Quién eres tú?».

Jesús les contestó: «Ante todo, eso mismo que os estoy diciendo. Mucho tengo que hablar y juzgar de vosotros; pero el que me envió es veraz, y yo comunico al mundo lo que he escuchado de él».
Ellos no comprendieron que les hablaba del Padre. Y añadió Jesús: «Cuando hayáis levantado en alto al Hijo del hombre, sabréis que "Yo soy", y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me enseñó. El que me envió está conmigo, no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada».
Cuando decía estas cosas, muchos creyeron en él.

La reflexión sobre el Evangelio, Juan 8, 21-30, nos sitúa en el corazón de la tensión entre la finitud humana y la infinitud divina. En este pasaje, Jesús lanza una advertencia que resuena con una gravedad ontológica: «Si no creéis que "Yo soy", moriréis en vuestros pecados». Esta afirmación no es solo un desafío para los fariseos, sino una invitación a trascender la ceguera del "aquí abajo" para abrazar la luz del "allá arriba".

La Revelación del Nombre: El Misterio del "Yo Soy"

El núcleo de este Evangelio es la auto-revelación de Jesús como el "Yo Soy"** -Ego Eimi-. Como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica -n. 446-, al atribuirse este nombre, Jesús revela que Él es el mismo Dios que se manifestó a Moisés en la zarza ardiente. No es un atributo, es Su esencia. 

San Agustín, Doctor de la Iglesia, profundiza en este misterio en sus Tratados sobre el Evangelio de Juan, señalando que mientras el hombre cambia y perece, Dios "Es". Para Agustín, morir en el pecado es precisamente permanecer en lo que "no es", en la nada del mal, rechazando a Aquel que es la Fuente del Ser. San Hilario de Poitiers -Padre de la Iglesia- refuerza que esta unidad de esencia con el Padre es lo que otorga a la muerte de Cristo su valor redentor.

La dialéctica de los mundos: Arriba vs. abajo

Jesús establece una ruptura: «Vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo». Esta "distancia" no es espacial, sino cualitativa. San Juan Crisóstomo explicaba que los judíos no podían entender a Jesús porque sus corazones estaban "pesados", anclados en una interpretación materialista de la Ley. 

Santo Tomás de Aquino, en su Catena Aurea, recoge la visión de los Padres para explicar que el "abajo" representa la concupiscencia y el pecado, mientras que el "arriba" es la gracia. El Papa León el Grande, en sus sermones, recordaba que Cristo descendió para que nosotros pudiéramos ascender; Su alteridad es la que permite nuestra divinización.

La Cruz como Exaltación: "Cuando hayáis levantado en alto..."
Aquí reside la paradoja cristiana. Jesús vincula el conocimiento de Su identidad con Su crucifixión. San Gregorio Magno comenta que la Cruz es el "trono" desde donde se manifiesta la verdad. Para los ojos del mundo -el "abajo"-, la Cruz es fracaso; para la fe, es la elevación del Hijo del Hombre.

San Buenaventura, el Doctor Seráfico, en su Itinerario de la mente a Dios, ve en este "ser levantado" el camino místico: debemos ser levantados con Cristo para entender quién es Dios. Por su parte, Santa Teresa de Jesús, Doctora de la Iglesia, nos recordaría que no se puede conocer al Padre si no es a través de la Humanidad Sagrada de Cristo, especialmente en Su Pasión.

Magisterio y Doctrina Social: El Pecado como Ceguera Social
La advertencia de "morir en el pecado" tiene una dimensión colectiva. La Doctrina Social de la Iglesia, desde la Rerum Novarum de León XIII hasta la Laudato Si’ de Francisco, advierte que cuando una sociedad rechaza el "Yo Soy" -la primacía de Dios-, termina construyendo estructuras de pecado. 

El Papa Benedicto XVI, en su encíclica Spe Salvi, señala que un mundo que se cierra al "allá arriba" pierde la esperanza y se vuelve autorreferencial. Si no creemos en Aquel que es la Verdad, quedamos a merced de los relativismos que, como los fariseos, preguntan con sarcasmo: «¿Quién eres tú?», no para buscar la respuesta, sino para evadir la responsabilidad.

El Testimonio de los Doctores y la Tradición

San Juan de la Cruz: Enseña que creer en el "Yo Soy" exige un vacío de las criaturas -el "mundo"- para que el Creador llene el alma.
Santa Catalina de Siena: En sus Diálogos, presenta a Cristo como el "Puente" que une el cielo con la tierra. Sin este puente, la humanidad permanece aislada en su propia muerte espiritual.
San Roberto Belarmino: Subraya que la obediencia de Jesús al Padre -«Hago siempre lo que le agrada»- es el modelo de la verdadera libertad.
San Jerónimo: Insiste en que el desconocimiento de las Escrituras es desconocimiento de Cristo; los fariseos tenían la letra, pero les faltaba el Espíritu que "levanta".

El Evangelio concluye con una nota de esperanza: «Muchos creyeron en Él». Creer es la antítesis de morir en el pecado. El Papa Juan Pablo II, en Veritatis Splendor, nos recordaba que solo ante Cristo el hombre encuentra el sentido de su vida. 

La Iglesia nos pone ante el espejo: ¿Somos de "abajo", esclavos de nuestras estructuras y prejuicios, o permitimos que el "Yo Soy" nos levante? La invitación de los Padres y Doctores es clara: reconocer a Cristo en la Cruz es el único camino para no morir en la finitud, sino nacer a la eternidad del Padre. #MetroNewsMx #GuanajuatoDesconocido

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