Eugenio Amézquita Velasco
El testimonio de José Luis Revilla Macías nos sitúa en Comonfort, Guanajuato, el último día de 2025, en medio de una celebración que rebasa lo festivo para convertirse en un acto de identidad y espiritualidad. Los tapetes de aserrín y los tendederos que cubren unas diez calles no son simples ornamentos: son sígnos del amor al Santísimo Sacramento de un pueblo que ha sabido mantener viva una tradición religiosa nacida en pleno siglo XX.
La gratitud como eje comunitario
Revilla subraya que esta práctica es una forma de agradecer a Dios por el año que termina y pedir bendiciones para el que inicia. En un mundo marcado por la prisa y la fragmentación social, Comonfort ofrece un ejemplo de cómo la gratitud se materializa en arte efímero y en rituales colectivos. Los tapetes y altares, vinculados a la actividad espiritual refuerzan la idea de que la fe se expresa tanto en la estética como en la acción comunitaria.
El tequio como raíz compartida
El concepto de tequio, mencionado por Revilla, conecta esta tradición con prácticas ancestrales de trabajo comunitario en México. Diez horas de esfuerzo colectivo no son solo una inversión de tiempo: son un recordatorio de que la vida en comunidad se sostiene en la cooperación, en la voluntad de construir juntos algo que trasciende lo individual. En Comonfort, el tequio se transforma en arte sacro y en celebración pública.
La dimensión litúrgica
La culminación de la jornada, con la salida del cura bajo palio y el Santísimo recorriendo calles y bendiciendo altares y tapetes, otorga a la tradición un carácter litúrgico profundo. No se trata únicamente de un festival cultural, sino de un acto de fe que integra lo artístico y lo religioso. La presencia de Jesús, como señala Revilla, se hace tangible en la obra colectiva y en la procesión que cierra el día.
Patrimonio intangible y turismo cultural
La invitación final —“Vengan a Comonfort, vale la pena”— abre otra dimensión: la del turismo cultural. Este tipo de tradiciones son patrimonio intangible que merece ser difundido y protegido.
El relato de Revilla no es solo una crónica local; es un espejo de cómo las comunidades mexicanas preservan su identidad religiosa frente a la globalización. En Comonfort, la tradición de los tapetes de aserrín y altares vivientes demuestra que la cultura no se conserva en museos, sino en las calles, en las manos de vecinos que trabajan juntos, en la fe que se renueva cada año.
La vigencia de esta práctica nos recuerda que el patrimonio cultural no es estático: se recrea, se adapta y se transmite. En tiempos donde la cohesión social se ve amenazada, Comonfort ofrece una lección de resiliencia comunitaria y de belleza compartida.
La tradición descrita por José Luis Revilla Macías es más que un evento festivo: es un acto de memoria, gratitud y fe que convierte a Comonfort en un referente de cómo la cultura y la espiritualidad pueden sostener la vida comunitaria. Preservar y difundir estas prácticas es una tarea urgente para quienes creen que la identidad de un pueblo se construye en sus calles, en sus rituales y en su capacidad de trabajar juntos. #GuanajuatoDesconocido #MetroNewsMx


