Juan Antonio Ayala/Redacción Editorial de Metro News
-El rescate de la palabra: Un origen entre los escombros y la voluntad
-De Kalimán a los clásicos: La democratización del saber sin prejuicio
-El libro como herramienta de supervivencia y motor de cambio social
El acto de leer en México ha sido históricamente reducido a una métrica de desempeño académico o a un símbolo de estatus intelectual, ignorando que el verdadero acceso a la cultura suele nacer de la carencia y la curiosidad más elemental. El análisis de la trayectoria de Juan Antonio Ayala revela una verdad incómoda para las élites culturales: el pensamiento crítico no se gesta exclusivamente en las aulas de prestigio, sino en la capacidad de encontrar un "tesoro" en un diccionario rescatado de la basura. Esta narrativa rompe con el determinismo social y coloca la voluntad individual y el apoyo familiar —encarnado en la figura de la abuela— como los pilares de una alfabetización emocional y cognitiva que precede a la escolarización formal.
Históricamente, la lectura en el país ha enfrentado barreras estructurales; según datos del INEGI, el promedio de libros leídos por la población adulta se mantiene estancado, mientras que el mercado editorial, condicionado por intereses económicos, prioriza la ficción ligera sobre la crítica social que, en palabras del autor, "incomoda al poder". Esta dinámica no es azarosa: un pueblo que consume realidades edulcoradas es menos propenso a cuestionar las estructuras de mando. La transición de Ayala de las historietas populares como Condorito o Memín Pinguín hacia la literatura de Rulfo, García Márquez y tratados de criminología, demuestra que no existen "lecturas menores", sino etapas de un desarrollo intelectual que debe ser respetado.
Desde una perspectiva sociológica, la lectura funciona como un mecanismo de defensa. En contextos de vulnerabilidad —como la migración o la precariedad económica—, el libro se convierte en un manual de supervivencia. La mención de Napoleon Hill en un entorno hostil como un estacionamiento en California subraya que la literatura técnica o de desarrollo personal cumple una función pragmática inmediata: evitar que el individuo se "rompa por dentro". Aquí, la lectura deja de ser un adorno para convertirse en una armadura.
Sin embargo, el panorama actual es crítico. La industria editorial suele privilegiar el lucro sobre la profundidad analítica, desincentivando la investigación seria. Esto genera un vacío en el tejido social donde la comprensión de la realidad se sustituye por el entretenimiento vacío. La propuesta editorial es clara: se debe combatir el esnobismo intelectual que desprecia al lector principiante. Si el ejercicio de leer es equivalente a un entrenamiento físico, forzar a la población a "correr maratones" literarios sin haber aprendido a "caminar" con textos accesibles solo garantiza el abandono y la apatía.
En conclusión, la promoción de la lectura debe despojarse de su aura de obligación y presentarse como una herramienta de control emocional y lucidez mental. En un México donde las leyes y las políticas públicas a menudo obedecen a intereses electorales más que al sentido común, el ciudadano que piensa mejor es un ciudadano más difícil de manipular. Fomentar una "cosecha social" de lectores libres, que transiten sin vergüenza de lo popular a lo académico, es la única vía para reconstruir una base social capaz de entender y, eventualmente, transformar su propia historia. Leer no es una competencia contra otros, es una alianza con uno mismo para no claudicar ante la realidad.
La voz del autor: Preguntan, ¿cuál libro recomienda para leer y que cambie la vida?
La pregunta suena sencilla. Pero lleva dentro una cosecha social de respuestas, de esas verdades disfrazadas que cada quien acomoda según le conviene. Hay quien dice que leer alimenta el alma. Otros, que es perder el tiempo… que mejor un resumen, un audio, un video rápido y listo. Como si la prisa también supiera pensar.
Para quienes nos apasiona la lectura, tenemos una historia del cómo iniciamos, cuento brevemente la mía: Mi primer "mejor amigo" fue un diccionario sin las primeras hojas. Lo rescaté de un montón de basura cuando tenía aproximadamente cinco años, porque mi abuelita vio en esos desperdicios un tesoro. Ella me enseñó a leer letras antes de que yo supiera lo que era una escuela. Pase muchas horas jugando con ella, juegos identificando letras, luego palabras, memorización de significados, etc. A los seis años, mientras otros niños pensaban en canicas, yo ya me perdía en la biblioteca del pueblo buscando libros.
Crecí en una casa con sangre de familia pero que parecía vecindad, donde cada puerta era un mundo de gente distinta y con ello, sus literaturas. Había de todo: desde las hazañas de Kalimán, las risas de Condorito, Archie, Memin Pingüin, fotonovelas, hasta esas novelas de vaqueros o policías que la gente se peleaba en los puestos del mercado. También había “Selecciones”, de esas que te enseñaban sin que te dieras cuenta. Esa fue mi cosecha social: una mezcla de alta literatura y cultura popular que me enseñó que, para entender el mundo, hay que leerlo de todo.
Luego vino el salto. De García Márquez, Cortázar, Neruda, Paz, Rulfo, incluso J.J. Benites, pasé a los pasillos de una biblioteca en Santa Ana, California. Recién llegado, viviendo en un estacionamiento y con el inglés reprobado en la mochila, un desconocido me puso en las manos a Napoleon Hill. Ese libro me enseñó a sobrevivir. Después vinieron los clásicos del desarrollo personal, economía, inversiones, arquitectura, filosofía, psicología, sociología y hasta la criminología que estudio hoy. Cada libro, fue una etapa. No una medalla.
Y aclaro: esto no es para impresionar a nadie. Es para aterrizar una idea. La lectura no es una competencia. Es un proceso. Depende de tu entorno, de tus heridas, de tus ganas, de lo que necesitas entender para no romperte por dentro. Lo digo porque he visto a muchos "intelectuales" despreciar libros sencillos o autores populares. Se les olvida que la lectura tiene niveles. Es como el ejercicio: no puedes correr un maratón si apenas estás aprendiendo a gatear.
En México, la realidad es cruda, la lectura está en el abandono. No solo porque la gente no lee, sino porque a veces el mercado prefiere la ficción barata antes que la investigación que incomoda al poder. Me lo han dicho las editoriales: "Juan Antonio, la crítica social no atrae tanto como la ficción". Hoy vende más la novela que la realidad.
Mi consejo desde esta esquina es claro: lee según tu nivel y ritmo. Si te duermes, no es fracaso… es señal. Cambia de libro. Busca otro tono. Otro tema. Otro lenguaje que te hable a ti, no al ego de alguien más. Leer es como entrenar. Primero miras. Luego entiendes. Luego imaginas. Y un día, sin darte cuenta, ya estás viviendo lo que lees.
Y si alguien te llama mal lector… que siga corriendo su maratón. Tú apenas estás aprendiendo a caminar. Y eso también cuenta. Tampoco te sientas menos si hoy prefieres algo con dibujos o letras grandes. Lo importante es que el cerebro empiece a dibujar lo que el escritor plasma.
Yo promuevo la lectura por tres razones simples y efectivas:
-Te enseña a pensar mejor (muy necesario hoy en día).
-Te ayuda a dominar a tus propios demonios internos. (Control emocional)
-Te mantiene joven la mente (mejor lucidez, la flacidez ya es otra historia).
Disfruta lo que lees. Elige con libertad. Toda lectura enseña. No tragues libros por obligación, sino como compañía. Hoy puede ser un libro. Mañana, quizá, una persona que también entienda ese idioma de gustos. Y ahí… ahí empieza otra historia.


